"¿Qué es más fuerte, un hombre, o una pasión?" Valerio Beaz San José, nuestro profesor de Lingüística, había dejado de fumar y guardaba sus chicles de nicotina en uno de los paquetes de tabaco de pipa que había utilizado hasta hace bien poco. Hablaba con una alumna, y yo pasaba por ahí cuando escuché esa pregunta que se me quedó grabada. Hablaban sobre el tabaco, y lo difícil que era abandonar esa costumbre que, según este profesor -que tenía una visión original sobre Lingüística, y que impartió, gracias a una pregunta mía, una magistral clase sobre la lengua calé-, más que una costumbre o un vicio era una pasión.
Otros, sin embargo, estamos de acuerdo con el sentido vital de la película que ayer comenté de manera demasiado frugal. Claro, uno se va por las ramas hablando de discos redondos, que se le va la inspiración, que no dura más de un arrebato. (Paréntesis, he estado viendo en dvd la primera hora de la película española de culto "Arrebato", de Iván Zulueta, director que podría considerarse como un Salinger de cine patrio, dada su escueta y celebrada filmografía. Es algo friki, magnético, extrañísimo, misterioso, con un Esusebio Poncela que como siempre demuestra ser uno de los actores con más personalidad) Otra vez, hoy, por las ramas. Vayamos al grano de las pasiones, simiente de lo que es un hombre. En la peli de ayer, la pasión era la pista para resolver un crimen. Decía el personaje borrachín e hilarante Sandoval que las personas pueden cambiar de vestuario, de estado, de oficio, de ciudad, hasta de sexo -esto lo digo yo-, pero no de pasiones. Yo suelo identificar pasión con vocación, y vocación con vida. Por eso estoy de acuerdo con Sandoval y es una de las razones por las que me gustó la película. Creo que mi profesor se confundía. El tabaco no es una pasión, es un vicio, una costumbre deliciosamente perniciosa, o perniciosamente deliciosa. He aquí la escena en que Sandoval explica su teoría:
Sigo preparando la sección disco redondo, al igual que sigo con la lista de los libros del deshielo. Que te crees tú eso, ¿desde cuando sigo al pie las estrategias que me programo para una vida ordenada? Ahí tengo empezados unos cuantos tomos insatisfechos, con el amor a medio hacer, ¡David, sigue, sigue! Y yo buscando la mortadela fuera teniendo el solomillo en casa. Es que son tan bonicos los libros que uno no tiene... Eso sí, hace ya años que no robo, hoy soy un ciudadano ejemplar, cedo el asiento en los autobuses y saludo cortesmente en los comercios. Pero todo se andará, adoro hacer listas pero odio seguirlas, así que estoy con otras lecturas para el deshielo, ya contaré. A lo que doy vueltas es a lo del disco redondo, años llevo dando vueltas a los mismos discos, ya que disco redondo es aquel al que uno siempre vuelve, y nunca se cansa de escucharlo y siempre siente las mismas emociones. Con las mismas canciones. Toma pareado. Ray Loriga empezaba así uno de los capítulos de su novela Héroes, -que leí el siglo pasado, ahí es nada- donde el personaje escuchaba la canción Héroes de David Bowie una y otra vez. Yo cuento con una buena veintena de discos redondos a los que recurro para reconciliarme más que con el mundo, conmigo mismo. La discografía de los Héroes del silencio es de por sí un disco redondo. Pero fue El espíritu del vino la obra más intensa que escuché nunca. Una y otra vez, una y otra vez, yo había dejado de fumar y me nicotinizaba todas las noches escuchando tamaña obra maestra, a la que aún sigo dando vueltas, más que intentando comprender su misterio, zambuyéndome en él, en cada canción. Y no son las más conocidas las canciones que más me apasionan del disco, al menos Culpable no lo es:
¿querrán las glándulas lascivas declararme culpable? si me ofrecí a tus rodillas y no quería quedarme...
Y esta canción que es para mí como un credo, Bendecida:
De la tierra perdida en la infancia al mundo perecedero bendecida fue la causa de mi fortuna. Algo que no me han consentido y que ahora busco entre tus huesos...
Sobre todo cuando escribo, escucho obsesivamente los mismos discos, Hoy, de la Dama se esconde, Como la cabeza al sombrero, de El último de la fila, Días extraños, de Bunbury y Vegas, Mujeres, de Silvio Rodríguez, Patente de Corso, de Jaime Urrutia -por eso el vídeo que colgué el jueves-, Mientras respiremos, de Loquillo y Trogloditas... Hablo de música cantada en español, claro, no terminaría nunca si me pusiera a escribir sobre todo lo que he oído una y otra vez en otros idiomas, Leonard Cohen, Rem, Beatles... Y el Jazz, que es por sí mismo todo un disco redondo que no se acaba nunca. O, por citar a un sólo autor, Vivaldi es un compositor que lo tomes por donde lo tomes es enriquecedor, bello, genial.
Últimamente lo que más escucho cuando escribo es Antonia Font, que es lo que escucha, según dice en su dietario, Vila-Matas. A ver si me contagia algo.
Es muy fácil decir que los otros son el infierno, pero cuando el infierno viaja contigo mismo, lo más prudente es retirarte del mundo y dedicarte a escribir un dietario. Enrique Vila-Matas
Y el Helville de Luxe de Bunbury, y a Quique González, que no es que me apasione, pero acompaña bien con su voz suave y melodías delicadas.
Pero yo había venido aquí a hablar de buen cine... Uno va al cine para ver buenas películas, no pide más, y esta película reúne en sus dos horas todos los ingredientes del buen cine sin artificios. Ayer ya le dieron el goya a la mejor película hispanoamericana, no sé cuando la estrenaron, creo que en Otoño, y yo no tenía muchas ganas de ir a verla, pero tanto me la recomendaron que cedí, silenciosamente, sin decir nada a nadie. La película parecía de estreno, tan llena estaba la sala 1 de los cines Princesa. Otros estrenos he visto a los que tan sólo asistíamos cuatro felinos y yo. Antes de salir, escogí entre los libros empezados, pito pito gorgorito, tocó el más voluminoso. Me gusta leer en los autobuses, el de Héroes de Loriga, por ejemplo, lo terminé en uno. La película emociona, intriga, enamora, sorprende, violenta y hace reír. El personaje del alcohólico Sandoval es memorable. Excelente, no pierdan la ocasión que aún está en cartel.
Coda
Éramos pocos y parió la abuela, cojo el envite y después del cine me paso por la biblioteca -la semana anterior, en unos cómodos sillones que han puesto tras las estanterías, un inglés no dejaba de monologar que daba pánico- y me alquilo gratis -por ahora es gratis acoger un libro desamparado- Tres rosas amarillas, de Raymond Carver. Así que el próximo post o versa sobre tal volumen de relatos, o sobre una cursilada muy bonita de la colección Harlequín. Tóma cóctel molotov.
La trama sucede en París, en la década de los cincuenta, tiempo aquel en el que los hombres y mujeres de jazz (como Lester Young, apodado cariñosamente Presidente por Billie Holliday, y esta misma, apodada tiernamente Lady Day por Lester Young), iban a esta meca de los artistas a dejarse la voz y hasta la vida.
Cuatro hombres de raza afro americana son acusados y condenados a cadena perpetua por violar y envenenar con ese afrodisíaco llamado “mosca española” a una americana blanca de la alta sociedad, que fue amante de uno de los acusados. Una bonita historia de amor entre estos dos, por cierto. Los cuatro hombres son hombres cultos, de clase alta, elegantes e inteligentes. El escritor negro Roger Garrison investiga, mas que para encontrar pruebas que demuestren la inocencia de los cuatro hombres, para denunciar que si hubieran sido blancos, los acusados no habrían recibido un trato discriminatorio en el proceso ni a la hora del veredicto. Fracasa en sus intenciones. Sin embargo Chester Himes, en los capítulos finales, medita sobre los fallos de Garrison, debidos a sus propios prejuicios. Es una novela negra, también una historia de racismo. Chester Himes es uno de los máximos exponentes del genero, además de uno de los escritores afro americanos más importantes. Trasciende los límites del genero para lanzar sus críticas políticas, sociales, y sus ideas antirraciales Hacía tiempo que no me terminaba el mismo libro en el mismo día, acostumbrado a los voluminosos tomos que uno tiende a acariciar durante semanas.
Sin embargo es una novelita atípica, densa, sin diálogo alguno, en la que tan sólo se enumeran los hechos, se muestra el sumario, se presenta -lo mejor de la obra, sin duda- a cada uno de los personajes con su historia personal y sus relaciones, para terminar con algunos capítulos meditativos. Es como si fuese un boceto perfecto para una obra mayor. Con este material de cien paginas, un Himes contemporáneo, un sueco de moda, por ejemplo, haría un superventas de 700 paginas. Ni tan poco ni tanto, digo yo, uno hecha de menos en historias tan interesantes como las vidas de los cuatro condenados y la vida del escritor y la de la victima, un relato más grueso, con los aderezos típicos de las buenas novelas del género negro. Algo de unas trescientas, o cuatrocientas paginas. Según se dice en el prólogo, esta novela causó un gran revuelo en el Paris de los años cincuenta. Era la intención de Himes, lo consiguió. Es lo primero que leo de Chester Himes, y no será lo último, tengo por ahí otra novela de sus famosas crónicas de Harlem, donde ambienta la mayoría de sus novelas.
Hoy fui al cine con la droga del camionero que mantiene el corazón alerta y palpitante. De camino, en el autobús, después de ensimismarme con las castizas estampas de los poblados de Caño Roto y de la pradera del Santo -Isidro-, retomo la lectura barroca de las aventuras del cojuelo diablo. Me acuerdo mucho de Quevedo, como de una antígua novia, de aquella maravilla de Los Sueños. Los dos libros pertenecen a la misma tradición satírico-dantesca, en la que un virgilio -en este caso el diablillo liberado- va mostrando los vicios de la corte, de cualquier corte, con gracias y chistes de época, que, aún hoy algunos, siguen manteniéndose frescos. Los personajes cambian, pero no las faltas, que les sobreviven reencarnándose en otros de la misma condición y el mismo oficio. Pero lo que es dantesco, y sin ápice de sátira, es el paisaje desolado de The Road, película basada en la novela homónima de Cormac McCarthy, novela que ya comenté hace un par de meses en otro post. Es inevitable comparar libro y película, inmensos cada cual en su formato. Como escribo sobre un libro leído hace poco, pero no demasiado para que el film me decepcione, creo que puedo comentar desprejuiciado, ya que normalmente la magnitud de una novela suele quedar ridícula en la película. Tremenda decepción en mi infancia con La Historia Interminable, yo había creado un mundo en la lectura, y en la película no ví más que desatinos. Sin embargo, años después, viendo la película por sí misma, no me pareció tan mala, sino buena. Echémosle la culpa a la droga del camionero que llevaba haciendo efecto una hora más o menos, así que tenía yo esta tarde el entendimiento quisquilloso, tanto que parecía un crítico del Metrópoli o la Guía del Ocio más que este pobre loco sin criterio que se deja las yemas -de ambas partes- en el teclado por vuestra edificación intelecto-sentimental. Guasas aparte -y es que uno no puede sustraerse a su bufa condición-, empecé viendo defectos por doquier, tanto me había fascinado el libro. Hasta que la película fue enseñoreándose de mi juicio, hasta mi rendición sin condiciones. La novela de Cormac no tienen una finalidad comercial, basta leerla para darse cuenta. La película, sí.
La voz narradora en la película va explicando lo que sucede. En la novela no, el narrador insinúa, elude explicar las causas directamente, para que el lector se trabaje la historia y se haga preguntas, preguntas sin respuestas muchas veces, como esa maldición apocalíptica y sin sentido que es La Carretera. Es decir, el libro no tiene ilustraciones que apoyen en la labor lectora, es el que lee el que ha de dibujar los paisajes desolados. En la película hay redundancia, no sólo te lo pinta, si no que te lo cuenta, cosa que en la novela no sucede. Pero ya digo que según pasan los minutos uno se va adentrando en esa adaptación tan fiel y respetuosa, como pocas que uno haya visto. Si acaso uno no hubiera querido que fuese tan explícita, pero son dos obras distintas, y la película logra su cometido de crear en el expectador la angustia, la desolación, el sobresalto, el miedo y la impotencia. Y el espíritu poético de la obra se traslada al film. Es el mismo espíritu, así quizá la imaginamos todos los que la leímos y la admiramos. Es una película excelente, al igual que el trabajo de los actores. Que Vigo Mortensen es un actor excepcional ya lo sabíamos -aunque el traje de Alatriste le venga raro-, pero el hijo, actor desconocido hasta el momento, también lo es en su encarnación de toda la inocencia y fragilidad humanas ante una catástrofe.
Después del gran éxito de 'Tormenta de verano' se pasa 10 años escribiendo 'El gran momento de Mary Tribune' (1972).Entre medias publico la colección de cuentos 'Gente de Madrid' (1967). No sé si 10, pero ocho sí me costo 'Mary Tribune'. Trato de que no me vuelva a ocurrir escribir una novela tan larga. Fue horroroso. No son cifras exactas, pero la primera versión debía tener 1.300 folios; la segunda, 900, y la tercera, 700. Gasto bosques de papel [...] En todo libro hay un fracaso para el autor, así se venda un millón de ejemplares y le digan que es un genio. En todo libro, y eso sólo lo sabe el autor, hay una diferencia extraordinaria entre el que se pensó y el que se ha hecho [...] Gracias a eso se escribe un libro siguiente. Si uno escribiese un libro que más o menos coincidiese con el que deseaba, probablemente no tendría que escribir otro. Escribes otro libro para borrar el anterior, aun sabiendo que no lo vas a borrar.
Podemeo ver a García Hortelano a la izquierda, junto a Gabriel García Márquez. Con ellos están, entre otros, Mario Vargas Llosa y Carlos Barral.
El gran momento de Mary Tribune es como un concierto barroco. De esa tradición compleja y de claroscuros, de sombras e iluminaciones, se nutren sus páginas. Cada página, además, podría ser ejemplo de riqueza literaria. No facilita la labor al lector, siempre dice las cosas de otra manera: dobles sentidos, ironías y sarcasmos, referencias mil, -muchas de ellas mitológicas-. Todo ello muy manierista, superando la claridad concisa, por ejemplo, de un Jarama ferlosiano, al que homenajea mencionándolo en alguna de sus páginas. Si las cosas se pueden decir de otra manera, más brillante, ingeniosa, e inteligente, va Hortelano y lo dice, dejando al lector sin aliento pero no desalentado. Hortelano el de los hallazgos... Si literatura es reflejar una realidad desde una perspectiva nueva, él lo hace. La historia es lo de menos, mil historias cotidianas muchas veces sin interés, pero contadas con tal gracia y desparpajo, eruditamente, que el mal chiste clavará la carcajada. En esta novela al menos Hortelano no es un contador de historias, narra el fluir alcohólico de un oficinista mujeriego y perezoso. Me acordaba yo de esa película, Leaving las Vegas. Me asombra que se pueda beber tanto alcohol en un día, de bar en bar, de fiesta en fiesta, de alcoba en alcoba el protagonista, narrador y víctima y verdugo de sí mismo, botella de ginebra tras botella de ginebra, en infiernos buscando una Beatriz y en odiseas retrasando aposta el encuentro con Penélope. Estampas inolvidables, personajes dibujados con todas sus contradicciones mediante metáforas y símbolos, con sus referencias, ya lo dije, culturalistas, mitológicas. Mary Tribune es una multimillonaria viuda americana que se liga al prota, se queda en su casa y le cambia la vida, o al menos lo intenta. El prota, narrador innominado, enamorado siempre de la misma -una ex- y cortejante de tantas, se debate de contínuo entre su libertad o la fidelidad a Mary. Es genial cuando le da por imaginar a su amada, Tub, y a otras tantas, como si en las escenas que se narran fuesen al ensoñarse, personajes partícipes de la acción. Yo echaré de menos este libro que me ha acompañado durante semanas, a una media de lectura de unas cuarenta páginas al día, con el obligado paréntesis navideño, donde la lectura, si uno trabaja y además se da a la orgía del turrón y las garrapiñadas, se ve relegada por las reuniones familiares, reuniones de amigos, resacas obligadas, compras sin tino y desatinos nostálgicos. No me extraña, os doy mi palabra, que luego yo caiga una y otra vez en la tentación de las novelas gruesas, de bondades literarias infinitas. Que cuesta leerlas, sí, pero ahí está un Quijote, una Rayuela, Detectives Salvajes, Vida e instrucciones de Uso, Conversación en la Catedral, Lavidaexageradademartínromaña, MaryTribune, novelasnoinferioresaquinientaspáginas, cercanasalasmil, complejas, juguetonas, deslumbrantes, a veces pesadas, pero siempre liberadoras. Novelascomolargosamoresquedejanmarca. Tengo cuentas pendientes, dejé el Ulises de Joyce a las doscientas páginas, no pasé de la primera parte de En Busca del Tiempo Perdido ni del primer libro de El Señor de los Anillos. No me aburrían, no, pero los grandes libros son como grandes empresas, uno no se puede lanzar a ellas a lo loco. Sin embargo me daré unas vacaciones de lector de continentes, y por unos meses me conformaré con islas de pocas páginas.
Tampoco yo le he advertido que a sus años no se debe leer tanto, ni beber tanto, ni ver tanto cine, para que luego, de viejito, no se le acumule a uno el apetito amoroso. (Juan García Hortelano. El gran momento de Mary Tribune. P.798. Ed. B.
Juan García Hortelano -a la derecha- junto al poeta Vicente Aleixandre
He husmeado por la leonera que tengo por alcoba y he buscado un puñado de libros que no superen las doscientas páginas, casi al azar, con más intuición y capricho que lógica y sentido del deber. Libros para las semanas del deshielo, la segunda parte del invierno, que ya sabemos el final, estamos de acuerdo: los brotes verdes en las ramitas, las temperaturas no bajarán de cinco, Urano luchará contra el frío en amanerada carrera hacia el calor y por fin, Neptuno, romperá el hielo a base de sueños y libros de muy diversa índole. -Que son, ¿libros ardientes? No están leídos aún, y es más, quizá reseñe más. Son libros que me ayudarán a entrar en calor, Juan García Hortelano me ha dejado helado, valga la rima asonante.
Hay que ser sublime sin interrupción. El dandy debe vivir y morir ante el espejo. Charles Baudelaire
Luego Umbral diría que no se puede ser sublime todo el día, por eso quizá el Umbrales siga siendo, a pesar de haber conocido yo, ya, a Don Juan García, el mejor de los mejores. Y eso que Hotelano le iguala y manitene mejor que él el ritmo narrativo. Mundo de genios... Pues bien, Juan García Hortelano lo es a lo largo de mil páginas, pero no adelantaré palabras, que en el próximo artículo vomitaré mi rabia en arameo. Menudo concierto barroco que estoy acabando de digerir. Pero es como quien tiene una novia, una mujer, un amigo, que es perfecto y que todo lo hace bien, que se le coge asco, envidia, celos, odio. Así es el personaje de Mary Tribune, un dechado de virtudes, y además buena persona y sufridora. Así también es el libro. Así que en meses no pienso leer un libro que supere las doscientas páginas, porque le Mary Tribune no son mil, son cincomil, por toda la juerga literaria que se corre en cada párrafo. Lector masoquista, así debía llamarse este blog, allá donde haya una novela que supere las quinientas y que sea rarita, lo que se dice Literatura y no convencinal best-seller, voy yo y lo leo. Pese a mi dislexia. No tuve suficiente con Perec en este Otoño, que el Invierno lo ocupo con el Hortelano. Así que ahí van, los libros del deshielo, que reseñaré después de la reseña hortelana, como penitencia por mi narcisista ego lector. Hasta la Primavera. Novelas la mayoría de género, pues, ensayos sin grasa, digo: (No precisamente por este orden)
-El diablo cojuelo, de Luis Vélez de Guevara, ediciones Susaeta. Comenzaré y terminaré con picaresca.
-Historia de la vida del Buscón, llamado Don Pablos, ejemplo de vagabundos y espejo de tacaños. Ed. Planeta También tengo edición en Austral, pero la de Planeta tiene prólogo a cargo de un don Fulano y notas a pie de página. Ya sabemos de mi masoca leer.
-Crónicas de la guerra civil. Un poeta en el frente, de Miguel Hernández, colección para el diario Público. Estamos en su centenario, y tengo curiosidad por leer las reflexiones de un poeta bajo el signo de Marte.
-El paraíso de la reina Sibila, de Antoine de la Sale, en Siruela. Un relato medieval, que hará mis delicias alguna tarde.
-Violación, de Chester Himes, de la colección Etiqueta Negra para ediciones Jucar. Hace meses que no me tomo un trago de lo bueno.
-Una noche en sus brazos, de Penny Jordan, colección Bianca, editorial Harlequín. No, no estoy de coña, he aquí un admirador de la Tellado, y si te escandaliza más que el título o el nombre de la autora, te escandaliza digo editorial y colección, pues ya no doy más pistas de ediciones. Paso de ser un lector sublime todos los días. Y yo he leído a Perec, tú no...
-Carta al padre, de Franz Kafka. Sí, ya sé que las mezclas no son buenas, que hacen daño, que dan pena, que se acaba por... Vamos, que situar a Kafka junto a la colección Bianca de Harlequín sólo se le ocurre a un degenerado perverso sin entrañas, oye. Pues lo que soy yo.
-Memorias de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez. Que uno tiene que leer de todo, e informarse de melancolías.
-El jugador, de Fiodoro Dostoyevski Dicen que es autobiográfica, oiga.
-El arte de amar, de Eric Fromm. El más cercano de todos aquellos maestros de la escuela de Fránkfort.
Estuvo bien, la mañana de ayer, fría y soleada, pero entretenida, con su cima de emoción sobre las once, cuando me ví en quevediana conversación con los difuntos, que me rodearon con los frutos de su trabajo. Tanto genio junto, y en Madrid, no te pierdas la ocasión, si es que aquí vives... Había cola en la Fundación MAPFRE, y eso que es día de diario. Casi una hora de espera, rodeado de guiris franceses y guiris ingleses. Los que entraban sin espera, con monitor, eran las nuevas generaciones: ¡pero si no les gusta El Arte! Grité escandalizado. Mentira cochina, pudimos acercarnos a cotillear lecciones de pintura, y preguntaban más que el Quintero, pero sin humo. Yo quería mostrarles mis respetos y ofrecerles mis favores a las bañistas de Renoir, ¡pero no había ni una! Y tampoco estaba ese cuadro de Manet que tanto me gusta, pero qué le vamos a hacer, la selección es única y temporal, uno llega a la emoción por tanta grandeza. El Impresionismo es una superación del Realismo. De todo lo anterior, cuando se pintaba intentando serle fiel a las formas. El Impresionismo viene a decir que la realidad no es fiel a sí misma. A través de una intuitiva sencillez. Así sucede también en música -Satie- o en literatura -Baroja, dicen, digo-. Ya de adolescente me impresionó el Impresionismo, y lo hice mi escuela predilecta. El culpable fue Renoir, con sus bañistas.
Pero luego vinieron otros amores, que superaron a estos franceses, Goya, Dalí, Friedrich, El Bosco, los Simbolistas -Prerrafaelistas, por ejemplo- y los Metafísicos. Sin embargo, nunca se olvida el primer amor, por eso los Impresionistas me emocionaron tanto, más que otros. -¡Carnaza! -Grité ante el espanto e hiralidad de la chica que conmigo iba. Ante Venus, de Bouguereau, sentí una erección metafísica, un alzamiento de mástil espiritual y un dolor estético a lo petite morte. Hizamos banderas, brazo en alto saludamos a la única patria que reconocemos en Manicomio: los relieves fecundos de la diosa del Amor, Venus en perpetuo renacimiento. Luego salimos y bajamos por Recoletos hacia el Paseo del Prado, no antes sin echar una miradita en el Gijón y echar una duda al aire sobre la conveniencia de gastarse los dineros para un desayno en ese antro de cadáveres exquisitos. Así que después de desayunarnos en un lugar que oliera lo mínimo a Literatura nos recorrimos puesto a puesto la Cuesta de Moyano. Allí entre otros comprados, el libro del día, y por un euro, fue El Diablo Cojuelo, de Luís Vélez de Guevara, tatarabuelo del tatarabuelo del Ché, hagamos el chiste. En ediciones Susaeta. Novela de tiempos barrocos y géneros picarescos, como el que esto escribe, pícaro y barroco. Un estudiante huye de la justicia. Buscando escondite se encuentra en el desván de un astrólogo y nigromante que tiene en su poder al diablo Cojuelo. El estudiante se lleva al diablillo y juntos van por los cielos levantando los tejados de Madrid y Sevilla, para ver qué hay por ahí dentro.
Esta obediente lluvia vespertina, que está doblando a vida sobre el mundo, que percute en las cosas, tan flemática, no está lloviendo aquí, no se desploma sobre el presente ni sobre el espacio.
Esta destreza con que el cielo pulsa la cuerda musical de cuanto duerme, para despabilarlo en armonía durante el cumplimiento del crepúsculo, no ocurre vertical, no capitula aquí desde sus cumbres.
Lloviendo está como si no lloviese, como si nunca hubiera dejado de llover. Es una lluvia horizontal que anega los maizales dorados del ensueño, que empapa, sin mojar, la fantasía.
Está lloviendo a todo, la inmemorial, nuestra contemporánea, está lloviendo a aquello que no existe, está batiendo casi cualquier lluvia, cualquier asunto humilde está lloviendo: llueve la mano franca, llueve conformidad con lo cercano, llueve clemencia en lo que más conozco, llueve la adoración por lo sencillo.
La lluvia, ese fenómeno del alma.
No hay progreso que sirva y que nos cale.
El arte de llover será el de siempre. La lluvia de vivir no cambiará.
Somos gente que llueve, gente que ve llover sobre la tierra. La lluvia, la canora, está asperjando el tiempo con su hisopo invisible.
Este post es un encargo. Francisco Umbral escribía cosas por encargo, dinero mediante, según reconocía. A mi no me mueven motivos económicos, me sucede como a Federico, que escribo para que me quieran más. Luego llegaron unos indeseables y le fusilaron, por escribir. Gabrierl García Márquez especificaba: “escribo para que me quieran más mis amigos” Luego llegó Vargas-Llosa, que era su mejor amigo, y le pegó una bofetada en la puerta de un cine. Sin embargo hablamos aquí de la literatura por encargo: -Deme dos kilos de literatura. -¿Gongorina o Quevediana? -¿Mande? -¿Culterana o conceptista? -Conceptista, que me ponen los barroquismos proteicos. -¿Le dejo también los despojos para un caldito? -Es lo que me gusta de la literatura, el despojo, el morbo, criadillas, higaditos y callos. El “negro” literario escribe siempre por encargo. Luego llega un Apolo y le quita los laureles. A mí me dijo un amigo albañil que tenía un amigo que trabajaba en una editorial, que a Arturo Pérez Reverte le escribían los alatristes unos negritos. Pues yo no me lo creo, es lo malo de casarse con Fama, que siendo en España en seguida se te casa el vecino con Envidia. A mí no me importaría ser un negro literario, si luego viviera como un blanco. No me va la fama, yo escribo por levantarle la falda a la musa sin bragas. -¡Cochino! -Estrecha… , cuando te lo hace Vila-Matas te dejas, luego encima le cuentas chismes de otros y él lo escribe en sus dietarios volubles. -¿A ti te enlaza Vila-Matas? -No. -Pues entonces. Anda, te dejo que beses mi mano. -¡Oh, musa! A todo esto, yo tenía que hacer algo sobre una canción de los Pet Shop Boys.
Los chicos de la tienda de mascotas.
Me pide Hilvanes haga un post sobre el You are always on my mind de los Pet Shop Boys. Ese era el tipo de canciones que esperaba escuchar uno cuando frecuentaba las discotecas allá por los primeros noventa del pasado siglo. Música disco de calidad, como los Pet Shop Boys y los Communards, ¿recuerdas?
Y sin embargo ponían caca de la vaca con aroma a bakalao. Dejé de ir a las discotecas. No es un tópico, los abanderados del arco iris tiene mejor gusto. Hace unas semanas estuve en un pequeño garito frecuentado por gays, en el que no es que no hubiera canción mala, es que era rara la canción que no tocaba la fibra emotiva. Hasta pincharon alguna olvidada por el marketing del revival. En casa teníamos los discos de los Pet Shop Boys, en cinta o en vinilo, mi hermano pequeño era fan de ellos.
You are always on my mind
Maybe I didn't treat you Quite as good as I should have Maybe I didn't love you Quite as often as I could have Little things I should have said and done I just never took the time
You were always on my mind You were always on my mind
Sin duda era una de las que más me gustaba, lo que no sabía yo es que era una excelente versión de una de las canciones de amor mas bellas, y que fue compuesta para Elvis Presley. Las dos versiones son buenas para el suspiro. Luego llegará un director de cine y hará un biopic sobre un poeta y pondrá la canción como colofón, etcétera. Hace unos dos años el poeta de Manicomio escribió un poema para el que usamos como fondo este tema, en su blog Cor(r)o de Ninfas.
Se me iba cayendo todo todas las dudas las certezas las preguntas las respuestas las deidades las blasfemias las rimas los ripios las metáforas los siempres los ahoras crepúsculos y auroras
Todos los caminos las puertas estrechas los valles nemorosos las tundras, las cavernas todo el rencor que tuve toda la rabia.
Por la boca y los oídos caían sin yo cogerlo por los ojos se caían las palabras y silencios.
Todo lo que yo era todo lo que era yo... sólo que yo no me paraba a cogerlo.
Pero tus ojos, sí, se te cayeron, en mí tu risa, sí, tu voz enjauladora de plata y hueco se te cayeron en mí.
En mí cayeron echando a perder todo mi sueño.
Coda
Esta es la primera canción de los muchachos de la tienda de mascotas que nosotros amamos, con un vídeo excelente.
Una letra de calidad suprema, sobre el pecado y la culpa, sobre los remordimientos y la necesidad de perdón.
When I look back upon my life It's always with a sense of shame I've always been the one to blame For everything I long to do No matter when or where or who Has one thing in common, too
It's a, it's a, it's a, it's a sin It's a sin Everything I've ever done Everything I ever do Every place I've ever been Everywhere I'm going to It's a sin
At school they taught me how to be So pure in thought and word and deed They didn't quite succeed For everything I long to do No matter when or where or who Has one thing in common, too
It's a, it's a, it's a, it's a sin It's a sin Everything I've ever done Everything I ever do Every place I've ever been Everywhere I'm going to It's a sin
Father, forgive me, I tried not to do it Turned over a new leaf, then tore right through it Whatever you taught me, I didn't believe it Father, you fought me, 'cause I didn't care And I still don't understand
So I look back upon my life Forever with a sense of shame I've always been the one to blame For everything I long to do No matter when or where or who Has one thing in common, too