jueves, 8 de octubre de 2009

Sobre la Belleza del Mundo

Esta bitácora cumple hoy un año.



Franz Schubert. Piano Trio In E Flat, Op.100

Esta pieza es netamente bella.
Podrás disentir de mi gusto y de todas mis emociones, y señalar tú otra melodía, que quizás a mí me deje indiferente.
La belleza nunca se casó con nadie, no es propiedad de uno sólo, ni mucho menos de una colectividad. Su relación con ella nos hace únicos.
No puede existir consenso, no debe haberlo, porque entonces todos escribiríamos el mismo verso y compondríamos la misma melodía.
Al igual que, aunque nos aproximemos a una idea de perfección, hemos de desterrar ese absoluto, esa llegada sin regreso ni posibilidad de partida. Hay que seguir buscando, aproximándose a todo aquello digno de nuestro amor.
Y fundirse con la brevedad de unos minutos, porque quizá el asentamiento definitivo signifique la muerte, no física, si no eso que llaman acertadamente “muerte en vida”.
Esta búsqueda, en mi experiencia personal, es aparentemente pasiva, y así ha de ser, porque no me paso el día cavando por ver si encuentro petróleo.
Paso los días volviéndome loco, paso los días buscando en penumbra…
Tampoco estoy aparentemente alerta, esta búsqueda es intuitiva, instintiva, azarosa, pero abierta -es decir, desprejuiciada-. Como una esfinge durmiente vigilo el camino.
No soy una hormiguita en busca de cosas, soy una araña que ha ido hilvanando su educación sentimental, magnética para atraer aquella sangre que me da la vida.
Llámalo sangre o aliento, mirada o beso, objeto o entidad artística, o simple y llanamente enamoramiento. Llámalo también flechazo, de gozo y dolor estremecidos.
En ese breve momento el alma despierta, y como en los versos de Holderlin, saluda la belleza del mundo.
No sucede a menudo ese encuentro, pero sucede tan escasas veces como para que sintamos la urgente necesidad de volver otra vez a la aventura homérica de su busca. Llámalo Itaca, y en cada estación se encuentra más que en la llegada misma, porque a la llegada cesa la búsqueda, y cesa la aventura lírica del alma.
Enamoramiento y temblor, flechazo ante el rostro sexual –por generador de vida e imitador de muerte- de La Belleza.
Este Otoño se cumplen diez años desde que escuché por última vez La Muerte y la Doncella, de Franz Schubert. En la primera parte de su segundo movimiento se halla ese encuentro o flechazo, la más pura y sublime expresión de La Belleza.
“Melodía como esta es una prueba convincente de la existencia de Dios”.
(Mencken)

Para celebrar el primer año de esta bitácora, queda abierta para ti esta pieza de Schubert, y por ahora sigue cerrada para mí, ¿hasta cuándo?

La Belleza del Mundo