viernes, 3 de septiembre de 2010

Mi Kubla Khan



Perdí algún sueño, tan real su vivencia como frustrante su despertar.
La flor de Coleridge, ¿qué harías tú si encuentras la bella flor? Ya en tu mano, entonces despiertas, y ya no está.
Todo aquello tuvo un sentido cuando esa decepción la ví compartida por un tal Samuel Taylor Coleridge, poeta inglés romántico, cuando yo no sabía aún lo que era un poeta romántico y menos aún conocía ese nombre, Coleridge, ni siquiera lo recordé hasta que años después ya tuve contactos con los libros de poesía. Me dije: anda, este señor era aquel que de niño me hizo sentir menos solo.

Había en mi casa un libro enorme que no dejaba de leer y releer a mi antojo, editado por Reader´s Digest -¿en qué casa no había en los setenta, en los ochenta, alguna revista, algún libro, algún compendio editado por Reader´s Digest?-, El libro de lo asombroso e inaudito, a través del cual conocí cómo el poeta Samuel Taylor Coleridge, tras un sueño hermosísimo, feliz -comprobaría yo décadas después que era un sueño tras la ingesta de opio- despertó en estado de gracia y cogió papel y pluma y comenzó a escribir uno de sus poemas más celebrados: Kubla Khan. Hasta que alguien entró y le interrumpió. Cuando Samuel, que había perdido en la charla su ínspirado tránsito quiso volver al poema, ya lo había perdido, lo había olvidado, había salido definitivamente del sueño a la vigilia. Ya no podía trasladar al poema toda aquella fascinación. Aunque al menos sí se salvaron para el sueño de la posteridad los primeros versos.
Así nos sucede a veces, no demasiadas pero sí las suficientes como para no perder su misterio.
Algunas noches soñé que mi barrio tenía mar y playas, que tenía un libro maravilloso en mis manos, o que conocía a alguien especial con quien me citaba, o había un extraño y fascinante paisaje. Luego despertaba, con estado de melancolía durante toda la jornada. Sin embargo, gracias a esos sueños, uno busca esas calles, esos libros, desea esas mujeres, recrea en los paisajes de siempre esos paisajes; uno busca en todo eso su kubla khan.



En Xanadú, Kubla Khan
mandó que levantaran su cúpula señera:
allí donde discurre el Aleph, el río sagrado,
por cavernas que nunca ha sondeado el hombre,
hacia una mar que el sol no alcanza nunca.
Dos veces cinco millas de tierra muy feraz
ciñeron de altas torres y murallas:
y había allí jardines con brillo de arroyuelos,
donde, abundoso, el árbol de incienso florecía,
y bosques viejos como las colinas
cercando los rincones de verde soleado.

¡Oh sima de misterio, que se abría
bajo la verde loma, cruzando entre los cedros!
Era un lugar salvaje, tan sacro y hechizado
como el que frecuentara, bajo menguante luna,
una mujer, gimiendo de amor por un espíritu.
Y del abismo hirviente y con fragores
sin fin, cual si la tierra jadeara,
hízose que brotara un agua caudalosa,
entre cuyo manar veloz e intermitente
se enlazaban fragmentos enormes, a manera
de granizo o de mieses que el trillador separa:
y en medio de las rocas danzantes, para siempre,
lanzóse el sacro río.
Cinco millas de sierpe, como en un laberinto,
siguió el sagrado río por valles y collados,
hacia aquellas cavernas que no ha medido el hombre,
y hundióse con fragor en una mar sin vida:
y en medio del estruendo, oyó Kubla, lejanas,
las voces de otros tiempos, augurio de la guerra.

La sombra de la cúpula deliciosa flotaba
encima de las ondas,
y allí se oía aquel rumor mezclado
del agua y las cavernas.
¡Oh, singular, maravillosa fábrica:
sobre heladas cavernas la cúpula de sol!

Un día, en mis ensueños,
una joven con un salterio aparecía
llegaba de Abisinia esa doncella
y pulsaba el salterio;
cantando las montañas de Aboré.
Si revivir lograra en mis entrañas
su música y su canto,
tal fuera mi delicia,
que con la melodía potente y sostenida
alzaría en el aire aquella cúpula,
la cúpula de sol y las cuevas de hielo.
Y cuantos me escucharan las verían
y todos clamarían: «¡Deteneos!
¡Ved sus ojos de llama y su cabello loco!
Tres círculos trazad en torno suyo
y los ojos cerrad con miedo sacro,
pues se nutrió con néctar de las flores
y la leche probó del Paraíso».

Samuel Taylor Coleridge
Versión de Màrie Montand


El poeta Samuel T. Coleridge

2 comentarios:

Hilvanes dijo...

No conocía yo a este antepasado de Brat Pitt.

Este señor, Kublai Khan, es el emperador conocido en occidente por obra y gracia de Marco Polo, ¿No?

Si yo anotara mis sueños, creo que sería escritora de libros de asesinatos...

Príncipe de ArroyoLuche dijo...

Vaya, pues sí se le da un aire. Por cierto: Brat Pitt, a parte de su fama de guapetón, es un buen actor, la prueba está en Snatch: cerdos y diamantes, en la que borda el papel de gitano.
Esos sueños de novela negra... supongo que usted será mero testigo...