viernes, 25 de diciembre de 2009
Reflexiones para un nuevo año (II)
Déjame entrar ha sido la mejor película que he visto este año, la película de vampiros que más me ha estremecido hasta hoy. Más que Entrevista con el vampiro, que habré visto cuatro o cinco veces, más aún que Drácula de Coppola. Perturbadora, estéticamente impecable, una rareza magistral en las antípodas de la saga Crepúsculo -sí, caí en la tentación y ví la primera parte, cualquier episodio de la serie True Blood vale más, tiempo perdido...- Déjame entrar, con sus personajes en soledad extrema, con sus paisajes de ciudad desiertos y nevados, es, como me dijo un amigo, perfecta.
Ha sido un año de buenas películas...
En Gran Torino, Clint Eastwood demuestra que si en América Woody Allen es el genio de la comedia, él lo es del drama.
Ágora, donde podemos constatar que todas las críticas negativas que recibe el prodigio Amenábar son pura envidia.
500 días juntos, una comedia antiromántica con unos gags geniales y una estructura innovadora, impropia de la comedia americana al uso.
Celda 211, trepidante, dura, violenta, con un sorprendente Luis Tosar, que siempre hizo, plano, el mismo personaje. Aquí por fin demuestra lo buen actor que es en el papel de Malamadre.
De otras películas ya he hablado en post anteriores.
Lo que ocurre es que muchas veces uno prefiere, antes que escribir sobre una película, ver otra película.
jueves, 24 de diciembre de 2009
Reflexiones para un nuevo año (1)
miércoles, 23 de diciembre de 2009
Villancico, de Gloria Fuertes

Ya está el niño en el portal
que nació en la portería,
San José tiene taller,
y es la portera María.
Vengan sabios y doctores
a consultarle sus dudas,
el niño sabelotodo
está esperando en la cuna.
Dice que pecado es
hablar mal de los vecinos
y que pecado no es
besarse por los caminos.
Que se acerquen los pastores
que me divierten un rato
que se acerquen los humildes,
que se alejen los beatos.
Que pase la Magdalena,
que venga San Agustín,
que esperen los reyes magos
que les tengo que escribir.
domingo, 20 de diciembre de 2009
Esa moneda
Esa moneda, amor, esa moneda...
Esa moneda fue acuñada en la Real Casa de la Moneda, en Madrid, allá por los albores del nuevo siglo, y hoy podría jurar, ya con su alma, que es la moneda más viajada y manida, pasando por manos mil, cambiado su valor de objeto neutro por valores tan diversos como el valor de una escarola, el valor de un bebedero de canarios, el valor de un guante de ducha, el valor una entrada de museo, el valor de un sobre de cromos, el valor de un libro de saldo, y el valor de dos soldaditos de plomo en el rastro, uno manco y otro cojo.
El día de su nacimiento fue como un vómito de plata. Brillo de Cuproníquel, corazón de latón, de níquel su sangre sólida.
Convivió los primeros días en monedero de plástico con algunas iguales de menos precio pero no menos valía, porque si con una moneda menor das tu limosna, o compras pan, y con una de más masa un mal tabaco, o va en el juego...
También había ahí de los cuarenta una rubia peseta, con larga vida y un millón de usuarios, que lo mismo sirvió en sus primeros años para pagar caricias como en los últimos para caer de suelo en suelo, sin que nadie se parase a recogerla, menos ese ser supersticioso que fue su última dueña.
Esa moneda, amor, esa moneda cuya historia narro, de dos euros pero de azarosa valía, fue cobrando su alma según iba, o venía, reflejante espejo de muchas caras y no menos secretos.
En la mesilla de noche de alguna desnudez fue contagiada. Luego sus dueños siguientes sintieron en sus dedos la vibración erótica de unas nalgas descocadas.
En el cesto de la iglesia fue acto generoso entre tanta purrela. Se la quedó el monaguillo para jugar futbolines.
En los toros fue cambiada por un farias. Yo era de metal, casi de piedra, y aquí me veis, convertida en humo desintegrado en la plenitud del olé de una veróinca.
En el kiosko algún fascículo inacabado sobre el arte del encaje de bolillos. Más un chicle de fresa ácida que regalaste a aquel niño, para entretener su gazucilla hasta la hora del papeo.
Esa moneda, amor, esta moneda...
Esa moneda fue acuñada en la Real Casa de la Moneda, en Madrid, allá por los albores del nuevo siglo, y hoy podría jurar, ya con su alma, que es la moneda más viajada y manida, pasando por manos mil, cambiado su valor de objeto neutro por valores tan diversos como el valor de una escarola, el valor de un bebedero de canarios, el valor de un guante de ducha, el valor una entrada de museo, el valor de un sobre de cromos, el valor de un libro de saldo, y el valor de dos soldaditos de plomo en el rastro, uno manco y otro cojo.
El día de su nacimiento fue como un vómito de plata. Brillo de Cuproníquel, corazón de latón, de níquel su sangre sólida.
Convivió los primeros días en monedero de plástico con algunas iguales de menos precio pero no menos valía, porque si con una moneda menor das tu limosna, o compras pan, y con una de más masa un mal tabaco, o va en el juego...
También había ahí de los cuarenta una rubia peseta, con larga vida y un millón de usuarios, que lo mismo sirvió en sus primeros años para pagar caricias como en los últimos para caer de suelo en suelo, sin que nadie se parase a recogerla, menos ese ser supersticioso que fue su última dueña.
Esa moneda, amor, esa moneda cuya historia narro, de dos euros pero de azarosa valía, fue cobrando su alma según iba, o venía, reflejante espejo de muchas caras y no menos secretos.
En la mesilla de noche de alguna desnudez fue contagiada. Luego sus dueños siguientes sintieron en sus dedos la vibración erótica de unas nalgas descocadas.
En el cesto de la iglesia fue acto generoso entre tanta purrela. Se la quedó el monaguillo para jugar futbolines.
En los toros fue cambiada por un farias. Yo era de metal, casi de piedra, y aquí me veis, convertida en humo desintegrado en la plenitud del olé de una veróinca.
En el kiosko algún fascículo inacabado sobre el arte del encaje de bolillos. Más un chicle de fresa ácida que regalaste a aquel niño, para entretener su gazucilla hasta la hora del papeo.
Esa moneda, amor, esta moneda...
viernes, 18 de diciembre de 2009
La moneda
Sobre el flujo monetario...
Dicen los gurús de la nueva era que el dinero no ha de quedarse estancado, que sólo su flujo enriquece a su propietario. Así es como se enriquecen las naciones. Quien invierte, progresa, quien conserva, se pudre.
Hay teorías sobre ello, yo recuerdo la de Max Weber, ¿por qué las regiones del norte de Europa, protestantes, son más prósperas que las regiones del sur, católicas?
Una vocación religiosa por el trabajo, pero Jesús de Nazaret, el hijo del carpintero, no quiere ricos en su reino, no quiere espíritus con demasiadas cargas naturales. Entonces el dinero que se gana y no se ahorra ha de ser invertido.
Pero hablaré de otro flujo, y es un cuento con el que me deleito en el libre arte de imaginar. Yo voy al estanco y el estanquero me devuelve un euro.
Ensimismado, camino, pensando en quien ha podido tener en sus manos la moneda, y si quizá lo tuviste tú, unos instantes, en tus manos.
O que la moneda que yo suelto llegará a tí, con ese beso del tacto de mis dedos.
Dicen los gurús de la nueva era que el dinero no ha de quedarse estancado, que sólo su flujo enriquece a su propietario. Así es como se enriquecen las naciones. Quien invierte, progresa, quien conserva, se pudre.
Hay teorías sobre ello, yo recuerdo la de Max Weber, ¿por qué las regiones del norte de Europa, protestantes, son más prósperas que las regiones del sur, católicas?
Una vocación religiosa por el trabajo, pero Jesús de Nazaret, el hijo del carpintero, no quiere ricos en su reino, no quiere espíritus con demasiadas cargas naturales. Entonces el dinero que se gana y no se ahorra ha de ser invertido.
Pero hablaré de otro flujo, y es un cuento con el que me deleito en el libre arte de imaginar. Yo voy al estanco y el estanquero me devuelve un euro.
Ensimismado, camino, pensando en quien ha podido tener en sus manos la moneda, y si quizá lo tuviste tú, unos instantes, en tus manos.
O que la moneda que yo suelto llegará a tí, con ese beso del tacto de mis dedos.
El vino que pagué yo,
con aquel euro italiano
que había estado en un vagón
antes de estar en mi mano,
y antes de eso en Torino,
y antes de Torino, en Prato,
donde hicieron mi zapato
sobre el que caería el vino.
viernes, 11 de diciembre de 2009
Eco
Eco y Narciso, de John WaterhouseEsto que estás oyendo
ya no soy yo,
es el eco, del eco, del eco
de un sentimiento;
su luz fugaz
alumbrando desde otro tiempo,
una hoja lejana que lleva y que trae el viento.
Yo, sin embargo,
siento que estás aquí,
desafiando las leyes del tiempo
y de la distancia.
Sutil, quizás,
tan real como una fragancia:
un brevísimo lapso de estado de gracia.
Eco, eco
ocupando de a poco el espacio
de mi abrazo hueco…..
Esto que canto ahora,
continuará
derivando latente en el éter,
eternamente….
inerte, así,
a la espera de aquel oyente
que despierte a su eco de siglos de bella durmiente..
Eco, eco
ocupando de a poco el espacio
de mi abrazo hueco…...
Eco, de Jorge Drexler
Narciso y Eco, de Gonzalo Orquín...Eco merece una disgresión. Su alegría y parlachinería cautivaron a Júpiter; sorprendidos en adulterio por Juno, castigóla ésta a que jamás podría hablar por completo; su boca no pronunciaría sino las últimas sílabas de aquello que quisiera expresar. Pues bien, viendo Eco a Narciso quedó enamorada de él y le fue siguiendo, pero sin que él se diera cuenta. Al fin decide acercársele y exponerle con ardiente palabrería su pasión. Pero.. ¿Cómo podrá si las palabras le faltan? Por fortuna, la ocasión le fue propicia. Encontrándose solo el mancebo, desea darse cuenta de por dónde pueden caminar sus acompañantes y grita: "¿Quién está aquí?" Eco repite las últimas palabras "... está aquí". Maravillado queda Narciso de esta voz dulcísima de quien no ve. Vuelve a gritar: "¿por qué me huyes?" Eco repite: "... me huyes". Y Narciso: "¡juntémonos!" Y Eco: "...juntémonos". Por fin se encuentran. Eco abraza al ya desilusionado mancebo. Y éste dice terriblemente frío: " No pensarás que yo te amo..." Y Eco repite, acongojada: "...yo te amo". "¡ Permitan los dioses soberanos -grita él- que antes la muerte me deshaga que tú goces de mí!"Ovidio. Metamorfosis. Libro Tercero III.
Huyó, implacable, Narciso. Y la ninfa así menospreciada, se refugió en lo más solitario de los bosques. La consumía su terrible pasión. Deliraba. Se enfurecía. Y pensó: "¡ojalá cuando él ame como yo amo, se desespere como me desespero yo!"
Némesis, diosa de la venganza -y a veces de la justicia- escuchó su ruego. En un valle encantador había una fuente de agua extremadamente clara, que jamás había sido enturbiada ni por el cieno ni por los hocicos de los ganados. A esa fuente llegó Narciso, y habiéndose tumbado en el césped para beber, Cupido le clavó, por la espalda, su flecha... Lo primero que vio Narciso fue su propia imagen, reflejada en el propio cristal. Insensatamente creyó que aquel rostro hermosísimo que contemplaba era de un ser real , ajeno a sí mismo. Sí, él estaba enamorado de aquellos ojos que relucían como luceros, de aquellos cabellos dignos de Apolo. El objeto de su amor era... él mismo. ¡ Y deseaba poseerse! Pareció enloquecer... ¡No encontraba boca para besar! Como una voz en su interior le reprochó: "¡insensato!" "¿cómo te has enamorado de un vano fantasma? Tu pasión es una quimera, retírate de esa fuente y verás como la imagen desaparece. Y, sin embargo, contigo está, contigo ha venido, se va contigo... ¡y no la poseerás jamás!."
Alzó los brazos al cielo Narciso. Llorando. Tiróse los cabellos. Y gritó, blasfemo así: "Decidme selvas, vosotras que habéis sido testigo de tantos idilios apasionados... ¿por qué el amor es tan cruel para mí? Hace siglos que existís; decidme ¿visteis nunca un amor obligado a sufrir designios más rudos? Yo veo al objeto de mi pasión y no le puedo encontrar. No me separan de él ni los mares enormes, ni los senderos inaccesibles, ni las montañas, ni los bosques. El agua de una fontana me lo presenta consumido del mismo deseo que a mí me consume. ¡Oh pasión mía! ¡quienquiera que seáis, aproximaos a mí como a vos me aproximo! ¡Ni mi juventud ni mi belleza son causas para vuestro temor! Yo desdeñe el amor de todas las ninfas... No tengáis para mí el mismo desdén. Pero ¿ si me amáis, por qué os sirvo de burla? Os tiendo mis brazos y me tendéis los vuestros. Os acerco mi boca y vuestros labios se me ofrecen. ¿Por qué permanecer más tiempo en el error? Debe ser mi propia imagen la que me engaña. Me amo a mí mismo. Atizo el mismo fuego que me devora. ¿Qué será mejor: pedir o que me pidan? ¡ Desdichado de mí que no puedo separarme de mí mismo! A mí me pueden amar otros, pero yo no me puedo amar...¡Ay! El dolor comienza a desanimarme. Mis fuerzas disminuyen. Voy a morir en la flor de la edad. Mas no ha de aterrarme la muerte liberadora de todos mis tormentos. Moriría triste si hubiera de sobrevivirme el objeto de mi pasión. Pero bien entiendo que vamos a perder dos almas una sola vida."
Dicho esto, tornó Narciso a contemplarse en la misma fuente. Y lloró, ebrio de pasión, ante su propia imagen. Volvió a traslucir frases entrecortadas... ¿Quién? ¿Narciso? ¿Su imagen llorosa? "¿por qué me huyes? Espérame, eres la única persona a quien yo adoro. El placer de verte es el único que queda a tu desventurado amante."
Poco a poco Narciso fue tomando los colores finísimos de esas manzanas, coloradas por un lado, blanquecinas y doradas por el otro. El ardor le consumía poco a poco. La metamorfosis duró escasos minutos. Al cabo de ellos, de Narciso no quedaba sino una rosa hermosísima, al borde de las aguas, que se seguía contemplando en el espejo sutilísimo.
Todavía se cuenta que Narciso, antes de quedar transformado pudo exclamar: "¡Objeto vanamente amado...adiós...!" Y Eco: "... adiós" cayendo enseguida en el césped rota de amor. Las náyades, sus hermanas, le lloraron amargamente meneándose las doradas cabelleras. Las dríadas dejaron romperse en el aire sus lamentaciones. Pues bien: a los llantos y a las lamentaciones contestaba Eco... cuyo cuerpo no se pudo encontrar. Y, sin embargo, por montes y valles, en todas las partes del mundo, aún responde Eco a las últimas sílabas de toda la patética voz humana.
La muerte de Narciso, de Nicolas Poussin
martes, 8 de diciembre de 2009
La Carretera, de Cormac McCarthy
Un hombre y su hijo...
..., cada cual el mundo entero para el otro...
..., camino del sur, después de la hecatombe...
... la fragilidad de todo por fin revelada.
Y punto.

Me la podría haber perdido, tenía mis reservas, ni el título ni la fachada me llamaban la atención. No sabía ni de qué iba. Pero lo ví barato, y muy recomendado por amigos cuya opinión me importa, así que me decidí. Primero compré el libro, y luego leí la contraportada. Normalmente hago al revés, todos lo hacemos de la otra manera, primero leemos la contraportada, hojeamos, y compramos.
Y eso que lleva años en las tiendas, y ni una sola ojeada por la curiosidad. Reconozco que mis prejuicios venían a que me sonaba a Jack Keruac. Gracias a que normalmente no hago caso a mis prejuicios he podido leer esta gran obra de McCarty, que a buen seguro, muchos lo dicen, será un clásico que se codeará en los anaqueles con los colosos de la literatura.
No hay un sólo profeta en la larga crónica de la Tierra que no encuentre hoy aquí su razón de ser. Teníais razón, hablarais de lo que hablarais.
Cualquiera que lea un resumen podría encuadrar la obra en cualquier subgénero de ciencia-ficción y de catástrofes, pero La Carretera está muy por encima de cualquier etiqueta, es alta literatura, se salva por la exquisita escritura, realmente inspirada. Un buen manejo de las técnicas narrativas para crear tensión y desasosiego, emoción sin sentimentalismo, y un escepticismo nada gratuito. Todo ello con un lirismo que le otorga el don de lo literario, ese lirismo que sólo los literatos de raza transportan como ese fuego salvífico del que hablan contínuamente el padre y el hijo. Porque nosotros llevamos el fuego, ¿verdad, Papá? Pregunta siempre el niño al padre. Sí, porque nosotros llevamos el fuego.
Todo ello como en un antiguo ungimiento. Que así sea. Evoca las formas. Cuando no tengas nada más inventa ceremonias e infúndeles vida.
Cuando empecé a leer La Carretera algo me llamó la atención, una manera de describir que ya conocía en otros, y no sé cuanta culpa, o mejor dicho bendición, tendrá el traductor Luis Murillo Fort. De esto y de la riqueza del lenguaje.
No siempre, porque predomina la descripción seca y limpia, sin afectación ni sobrecarga. Pero hay páginas y páginas que tienen ese algo que me hace querer tanto un libro: la metáfora. La metáfora a la manera de Ramón Gómez de la Serna, has leído bien, y he seleccionado para tí unas cuantas greguerías que me dejaron boquiabierto.
Pese a su fama de mal novelista, me he leído media docena de novelas de Ramón, quedando encantado. Tienen mala fama porque dicen que encadena una greguería con otra, y que así no hay manera de que fluya una narración. Lo mismo le echaban en cara a Umbral, que sí, muy literato y muy lírico, pero nones como novelista. Que se vayan a freír tramas esparragueras los que no saben saborear los delicados y fortísimos licores diamantinos de la literatura.
Escribo con conocimiento de causa, he leído El Novelista, El Torero Caracho, Piso Bajo, El Chalet de las Flores... y sé de qué manera se las gastaba este madrileño para urdir tramas, a base o a golpe de metáfora, que daban esa sensación onírica y plástica, que lo estás viendo viviendo un sueño.
En el caso de La carretera hay que añadir a estas metáforas un grado de intensidad, sensación onírica, sí, pero de pesadilla que se repite con una saña cruel demasiado a menudo. Te lo hace pasar mal, el amigo McCarty, acierta al tocar la fibra sensible, con esa plasticidad que otorga la metáfora, mejor que la descripción al uso, que a mí siempre me parece un coñazo. Por eso estoy más a favor de los líricos que describen con impresiones y símbolos que de los que rellenan párrafos con paja, aunque sea de oro puro.
Cambio una página de Ramón por cien de Azorín.
Cormac McCarthy es un escritor genial, un literato de raza, he aquí las pruebas del delito. Selección de greguerías, metáfora+humorismo, aunque aquí el humor sea más bien negro:
Un cadáver en el portal, tieso como el cuero. Haciéndole un mohín al día.
Está nevando, dijo el chico. Miró al cielo. Un solitario copo grisáceo que cayera de un tamiz. Lo atrapó en la palma de la mano y lo vio expirar como la postrera hostia de la cristiandad.
Por la mañana volvía a nevar. Cuentas de hielo gris en ristra sobre los cables de electricidad.
De día el sol proscrito circunda la tierra cual madre afligida con una lámpara.
Reflejando el sol desde aquella oscuridad profunda como un destello de navajas en una cueva.
En las cañadas el humo elevándose del suelo como grupos de velas paganas.
Se sentó a su lado y acarició sus pálidos cabellos enmarañados. Cáliz de oro, bueno para albergar a un Dios.
Presiento que la película será de nuestro agrado. Esperando su estreno... ¿cuantos posts sobre cine te debo ya? Una larga decena, sin duda.
domingo, 6 de diciembre de 2009
Páginas para el recuerdo en los últimos años.
De las fantasías diurnas en la carretera no había modo de despertar. Siguió caminando pesadamente. Lo recordaba todo de ella, salvo su olor. Sentado en un teatro con ella al lado inclinada al frente escuchando música. Volutas y apliques dorados y los pliegues del telón como columnas a cada lado del escenario. Ella le tenía la mano cogida sobre el regazo y él notaba la parte superior de sus medias a través de la fina tela de su vestido de verano. Congela este fotograma. Ahora maldice tu oscuridad y tu frío y fastídiate.Si la memoria no me engaña, el año 2005 fue el de El Barón Rampante, de Italo Calvino, y la Insoportable levedad del ser, de Milán Kundera.
Cormac McCarthy. La carretera.
Del año 2006 recuerdo ante todo Conversación en la catedral, de Vargas-Llosa, y El libro de las ilusiones, de Paul Auster.
En el 2007 fueron Un descanso verdadero, de Amos Oz, y Crimen y Castigo, de Dostoyevski.
En el 2008, por encima de todos, sobresaliendo entre ruinas de páginas olvidadas, y de otras guardadas en el corazón de la memoria, sobresaliente, Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño.
2009 podría haber sido también de un único monarca, Perec y la extensísima La vida instrucciones de uso. Pero ha venido el pez chico a compartir, a buen seguro, el recuerdo en un futuro del ánima de las horas de lectura de estos meses. La intensa obra de Cormac McCarthy, La Carretera.
De ella hablaré mañana, o pasado, o quizá al otro.
Porque hay un lugar donde me están esperando, pero no me estarán esperando siempre. Y si me retraso, me retraso.
Amos Oz. Un descanso verdadero.
A no ser que el siguiente, rechoncho y dormidito aún en la espera de la aurora de mis ojos, quiera gobernar en triunvirato en el ministerio de las nostalgias literarias:
miércoles, 2 de diciembre de 2009
Simbolismo (IX). El ciprés y la luna

La voz inmóvil
El ciprés, junto a la adelfa,
velando a la luna nueva,
me está llamando:
-Ven, ven...
(No, no, que no voy,
que no.)
El ciprés, junto a la acequia,
velando a la luna llena,
me está llamando:
-Ven, ven...
(No, no, que no voy,
que no.)
El ciprés, junto a la alberca,(Emilio Prados)
velando a la luna muerta,
me está llamando:
-Ven, ven...
(No, no, que no voy,
que no.)
La noche cubre al ciprés
como una campana negra.
Sigue sonando:
-¡Ven!...
¡Ven!...
Camino con ciprés bajo cielo estrellado, de Vincent Van Gogh
sábado, 28 de noviembre de 2009
¡Oh, hazme una máscara!, de Dylan Thomas
Oh, make me a mask
O make me a mask and a wall to shut from your spies
Of the sharp, enamelled eyes and the spectacled claws
Rape and rebellion in the nurseries of my face,
Gag of dumbstruck tree to block from bare enemies
The bayonet tongue in this undefended prayerpiece,
The present mouth, and the sweetly blown trumpet of lies,
Shaped in old armour and oak the countenance of a dunce
To shield the glistening brain and blunt the examiners,
And a tear-stained widower grief drooped from the lashes
To veil belladonna and let the dry eyes perceive
Others betray the lamenting lies of their losses
By the curve of the nude mouth or the laugh up the sleeve.
(Dylan Thomas)
Oh, hazme una máscara
Oh hazme una máscara y un muro que me oculte de tus espías
de esos agudos ojos esmaltados y de las garras ostentosas
de la rebeldía y la violación en los viveros de mi rostro,
una mordaza de árbol, en silencio golpeado para cubrirme de los desnudos enemigos
hazme una lengua de bayoneta en esta oración indefensa,
vuelve mi boca flagrante y que sea una trompeta de mentiras soplada dulcemente,
dame las facciones de un tonto moldeado en vieja armadura y roble
para escudar el cerebro brillante y confundir a los indagadores,
y un dolor viudo manchado de lágrimas caído de las pestañas
para velar la belladona y hacer que adviertan los ojos secos
que otros traicionan las quejumbrosas mentiras de sus pérdidas
con los pliegues de la boca desnuda y la risa solapada.
(Traducción de Elizabeth Azcona Cranwell)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
