domingo, 2 de enero de 2011

Amor y pedagogía, de don Miguel de Unamuno y Jugo

Extravaga, hijo mío, extravaga cuanto puedas, que más vale eso que vagar a secas. Los memos que llaman extravagante al prójimo, ¡cuanto darían por serlo! Que no te clasifiquen; haz como el zorro, que con el jopo borra sus huellas; despístales. Se ilógico a sus ojos hasta que renunciando a clasificarte se digan: es él, Apolodoro Carrascal, especie única. Sé tú, tú mismo, único e insustituible. No haya entre tus diversos actos y palabras más que un solo principio de unidad: tú mismo. Devuelve cualquier sonido que a tí venga, sea el que fuere, reforzándole y prestándole tu timbre. El timbre será lo tuyo. Que digan: "suena a Apolodoro", como se dice: "suena a flauta" o a caramillo, o a oboe, o a fagot. Y en esto aspira a ser órgano, a tener los registros todos.
(Don Fulgencio, personaje de Amor y Pedagogía)
Entre todos lo mataron y él solito se murió.
(Dicho popular)

La ciencia es una estrategia,
es una forma de atar la verdad
que es algo más que materia,
pues el misterio se oculta detrás
(Luis Eduardo Aute)

Después de los excesos navideños -y lo que nos queda, que hay roscones volantes rellenos de trufa y nata- mejor será dejar las rutinas navideñas e ir al grano de literatos, dando de comer así a las gallinas de la inspiración, que cloquean que da gusto cuando empollan huevos como libros.

En literatura, como en el cine, los hay camaleónicos -capaces de cambiar de registro- y los hay que son siempre ellos mismos, aunque se vistan de mona o seda.
Camaleón por excelencia en literatura lo es Vargas-Llosa, mientras que Umbral será siempre su sello reconocible en columna, novela o ensayo.
Así en cine, es camaleón Philip Seymour Hoffman, mientras que Woody Allen haga de lo que haga ante todo será Woody Allen. Aunque no salga como actor, inevitable será sacarse a sí mismo con otra piel. Así Unamuno, como Allen, aunque no haya personaje Unamuno en sus novelas y relatos, Unamuno será quien narre y se meta en los diálogos. Tanto mundo interior tienen, tanto ego o tantos egos, benditos sean.
Camaleones frente a egos, y dentro de cada raza hay otras divisiones. Dentro de los egos están los histriónicos, y Unamuno es uno de ellos. Si me diera por contar los signos de admiración que hay dentro en su obra no acabaría nunca. La obra de Unamuno es un monólogo continuo a lo Segismundo, ¡ay, mísero de mí, ay infelice, apurar cielos pretendo ya que me tratáis así qué delito cometí contra vosotros naciendo …! A la vez que es un diálogo o debate contra sí mismo. Unamuno son muchos unamunos que no por ser otros dejan de ser unamunos.
Unamuno es grande, y lo sabe, y es grande porque aún sabiéndolo se ríe de sí mismo. Los de la Generación del 98 eran muy especialitos ellos, cada uno para echar a comer aparte, y sin embargo, tan diferentes entre sí... hablo de ellos como literaturas, lo que sé de ellos, de sus vidas, es de oidas, y ya se sabe qué es lo que pasa con los chismorreos literarios.
Unamuno, no lo olvidemos, es un humorista. Un trágico, sí, pero humorista, él mismo aconseja el humor como tabla de salvación para esta tragedia irremediable.
Si Unamuno viviera hoy quizá sería cineasta y sería Woody Allen pero más histriónico. Y viceversa. Mr. Allen escribiría novelas no muy extensas en las que los personajes se encierran entre signos de admiración para pelearse consigo mismos y con el mundo, pero sobre todo consigo mismos.
Y con su creador, o con el Creador. 
He leído todo o casi todo de Unamuno en novela y relato, y he quedado admirado, yo también entre signos de admiración, peleado y peleándome. Niebla, Abel Martín, La Tía Tula, San Manuel Bueno, Martir y cuentos vecinos. Son todos una emotiva lucha que no cesa, ternura y atrocidad, personajes caricaturescos, tan humanos.
Yo recomiendo a Unamuno, puede que no te guste, pero no perderás si no te gusta, si no te gusta lo dejas y te olvidas y ya, pero si te gusta ganarás un ego unamuniano. Tú serás Unamuno, o como diría él, él será tú.
Esta novela trágica, además, viene con postre chiste, me he carcajeado a gusto con el epílogo.
Luego pasaremos a hablar de la novela en sí, pero antes hablemos de los postres.
Pues bien, le ofrecen a don Miguel publicar el libro, pero tiene que cumplir un cierto número de páginas para poder ser editado. Hay un problema, que la novela está terminada y son cien páginas. ¿Qué es lo que hace, entonces? ¿Añade anécdota, diálogos, descripciones? Mal o bien, todo está escrito, no va a quitarle ni a añadirle nada, es su obra y es como es, buena o mala. Entonces escribe un epílogo, que no es ni más ni menos que un buen puñado de páginas con este tema: mi editor me ha pedido que escriba más páginas para poder publicar la obra, y aquí estoy, llenando papel y más papel hasta cubrir el cupo. Desconcertado yo de tamaño morro, incrédulo, no puedo evitar reír y reír. Decenas de páginas así: aquí sigo, escribiendo, ¿cuántas páginas quedan, aún quedan? Sigamos pues. Silbando sobre el papel. Hablando de sustancia  e insustanciales cosas. Y así.
Luego como colofón, un tratado de cocotología, o el arte y metafísica de las pajaritas de papel. Entre la seriedad y la broma, siguiendo el método científico, cachondeándose del método científico. 
Según parece Unamuno era un experto en hacer pajaritas, y yo no podía evitar acordarme de unos de mis personajes de cómic predilectos: Superlópez, un supermán cañí que en el trabajo de paisano le da a la pereza o digna laboriosidad de creación de pajaritas.
Acaban de dar las dos de la mañana.
Mañana sigo.
..........................

Y ya es mañana, es decir, hoy, casi veinticuatro horas después.
Podría haberlo terminado esta mañana, pero como la semana pasada estuve trabajando había polvo y pelusas acechándome y hablando de mis miserias, como personajes joyceanos. Así limpiaba, así así, escuchando por el youtube a grupos españoles setenteros, como a los Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán, con esta canción, Señora Azul, que muy bien podría estar dedicada al plomizo de don Avito Carrascal por parte de su retoño, ¡qué teorías, don Avito, oh qué teorías!







El mundo está lleno de don Avitos al igual que de señoras azules, son los autoritarios, aquellos que sólo miran la manzana desde una perspectiva sin comprender que puede haber otras. Por sus monsergas les conoceréis, quieren ser perfectos, tan perfectos, que al final la cagan, y aún así parecen no darse cuenta de la cagada y siguen adelante con sus teorías. Al final son afortunados pese a todo el infortunio creado, pues no conocen la culpa, no creen que hayan estado confundidos, nunca.
¿Tuvieron, los asesinos históricos que gobernaron, algún día, alguna duda de su misión redentora, tembloles el pulso al ejecutar sentencias?
Claro es que don Avito es un pobre hombre, un fascistilla en pequeña escala, pero si un hombre hace eso a nivel doméstico, ¿qué no haría a gran escala, con un gobierno en sus manos?
Claro es que lo hace por el bien de la humanidad, en nombre de la razón -como todos los que esas cosas hacen-, de su fé, que en este caso es la ciencia, la pedagogía, aplicar sin concesiones el método científico en su hijo para hacer de él un genio.
Bien podría haber creado un monstruo, si el hijo le hubiera salido según sus cálculos, pero le salió literato y enamorado, con lo cual un nuevo werther confuso y con empanada mental.
Miren, es que todos le decían lo que tenía que hacer, y de qué manera, como si fuese una máquina de parir ciencia y genialidades.
Que si papá dice tal cosa, que si don Fulgencio otra, que si el amigo poeta lo otro, que si mamá, ay, Mamá, Virgen Santísima, ¡qué ideas, Avito, qué mundo éste!
Si el padre, Avito, sentía algo de culpa había sido por ceder alguna vez al amor, que no por machacar la pedagogía.
Es lo gracioso, y a esta gente se le conoce por su doble moral, son los primeros que incumplen su normativa...
Don Avito, de joven, busca una mujer según su ideal científico, y termina enamorándose de su contrario, una chica que tiene un aura de misterio, que cree en Dios, sumergida en un profundo sueño, a la que durante el embarazo le atiborra a alubias porque tienen mucho fósforo.
Mientras el padre educa al chaval con la frialdad del método deductivo, la madre le llena de besos, cariño, le enseña oraciones.
Así crece Apolodoro, con una diarrea mental que sólo puede ser vertida en algo como la literatura, y en ensueños amorosos.
Cuando el padre se entera de que su hijo se ha hecho novelista, ¿en qué hemos fallado, Fulgencio, en qué hemos fallado?
Don Fulgencio es un tipo genial, que escribe aforismo tras aforismo, entabla altas conversaciones con don Avito, en las que por ejemplo desprecia a la mujer como algo inferior, mientras que de puertas para dentro es su mujer, con sus hechos y no con palabras, la que lleva las riendas.
Pura contradicción, estos dos, lo bueno de don Fulgencio es que es más permisivo, menos deductivo, más inductivo, a verlas venir ...
Al igual que Aureliano Buendía ante el pelotón de fusilamiento recordó el día en que su su padre le llevó a ver la nieve, hasta sus últimos días Apolodoro recordaría la mañana en que su padre le llevó a una policlínica y ahí vio un conejillo víctima de experimentos. Se compadeció de él, Apolodoro, y su padre le dijo que era por el bien de la ciencia.
Intuitivamente, Apolodoro siempre se sentiría como ese conejillo.
Me acordaba yo, leyendo el libro, de esa gran película dirigida por Fernando Fernán Gómez, Mi hija Hildegart, basada en un hecho real de la España republicana, en la que una madre educa a su hija con dura disciplina para hacer de ella algo así como una mesías de la causa feminista. La chica, de adolescente, llega a cartearse con Sigmund Freud, pero más adelante se enamora, lo que provoca la tragedia. Así igual en la ficción con Apolodoro.

Coda

Quien lee a menudo y variado se encuentra con estas casualidades más a menudo de lo que la razonable casualidad dictamina.
En aquel verano yo leía el ensayo Gargoris y Habidis, del por aquel entonces joven y sabio Sánchez Dragó, a la vez que me echaba al gaznate del espíritu pequeñas dosis del Juan de Mairena de Machado y leía con placer La leyenda del césar visionario, de Umbral.
Subrayaba con afán de estudiante aplicado, y por ahí debo de tener alguna nota junto a párrafos que remitían a otros párrafos de las otras obras.
Algo bueno debían tener esos tiempos de soledad, en los que el tiempo que me dejaba el trabajo en aquellas cocinas de Pedro Botero lo dedicaba a leer mucho y bien.

En estos días he estado leyendo Cuentos españoles de navidad, editados por Clan, y me he encontrado con uno de Jose María Pemán, del que no había leído nada, de muy similares características al Amor y pedagogía de Unamuno. El republicano y los reyes magos, se llama el relato.
Me da por leer la nota de la introducción referente al cuento de Pemán, y como si quien aquello escribiera reciente tuviera la lectura de Unamuno, dice lo que pienso yo, los personajes recuerdan a los personajes creados por Unamuno.
Bendita sea nuestra literatura, donde un libro lleva a otros libros, un autor a otros autores ...
Será locura creer en trascendencias literarias, en misticismos cirlotianos.
Recuerden que esto es un manicomio, absténganse de traspasar sus puertas los donavitoscarrascales, no sea que sanemos.
Y yo quería hablar de las rosas púrpuras del cairo, a propósito de Unamuno, pero todo se andará, que tengo reciente la lectura de Capote y me espera Hermosa es la juventud, de Herman Hesse.
Hesse, aquel que me deslumbró con El lobo estepario, ¿no había un grupo que se llamaba así, en inglés?
Con ustedes, los Steppenwolf, ¡qué pintas, Avito, qué pintas!



Like a true nature child
We were born
Born to be wild
We have climbed so high
Never want to die
Born to be wild
Born to be wild
 







2 comentarios:

Hilvanes dijo...

He pasado a leer por aquello que se nos acumula el trabajo...pero este post necesita una lectura más pausada y relajada, digerida y ahora tengo la cabeza en las reformas penales del señor zapatero; quien, como no deje de reformar y legislar, no sé dónde vamos a acabar los leguleyos...

Sí le diré, que yo, de Don MIguel, lo tengo todo, hasta sus cartas. Y leído, no le cuento más.

Y todo encima de un radiador todos los libros apilados. NO por ningún motivo en concreto ni nada especial, sino que terminaron ahí y ahí siguen... dando un ambiente bohemio al lugar.

Posdata: yo estoy con los fumadores. Elecciones generales YA !!!

Príncipe de ArroyoLuche dijo...

Como dice Rafael Reig en su último artículo, adiós a todo eso...
Paseando estos días por mi calle, donde hay un bar a cada mirada, sentía yo dentro de estos como una sensación de despoblamiento. En Aluche los bares que siempre están llenos están medio vacíos, los mediovacíos están vacíos, y los vacíos...
Sin embargo no tengo una opinión formada, no sé donde acaban mis derechos frente a los otros.
La mejor opción sería: bares sin, bares con...
Lo que no comprendo es eso de que sí pueda haber máquinas de tabaco por doquier...
Es como si dijeran: prohibido suicidarse, ¿le vendo una soga?
Unamuno en el radiador es buena opción, es como si la casa tuviera calor unamuniano, buen calor ese, ya que don Miguel era un tipo encendido, nada frío.
¡Que los reyes nos traigan gafas de color de rosa y tapones inteligentes que filtren las palabras! Las sabias, a los oídos; las necias, que caigan al suelo y rueden hacia las alcantarillas.