viernes, 29 de octubre de 2010

Incómodo Miguel Hernández. Impresiones para un centenario.


(Otra vez se trata de un post orgánico, que irá creciendo, se irá edificando a lo largo del día, quizá hasta la noche, quizá hasta mañana)

Uno. Centenario

Me llamo barro aunque Miguel me llame.
Barro es mi profesión y mi destino
que mancha con su lengua cuanto lame.

Soy un triste instrumento del camino.
Soy una lengua dulcemente infame
a los pies que idolatro desplegada.

En estos días tenía yo la impresión de que no se celebraba el nacimiento de Miguel Hernández, si no el centenario de su muerte.
Por eso publiqué en mi Jardín ese Hoy es día de llantos en mi reino, como si guardáramos el luto, el funeral por una fecha de duelo.
Sin embargo, Miguel cumple cien años, y cien locos se complacen en su milagrosa poética. Se saló con la suya, se le salió el milagro-cima de la boca y de los dedos. Unos de los mejores poemas en lengua castellana quedan para la posteridad.
A fuerza de tesón y cabezonería, que el talento puede llegar como la lluvia, pero la tierra seca de Orihuela necesita el regadío por mano del hombre.

Dos. Beatos y mártires Miguel y Federico.

Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado
y por varón en la ingle con un fruto.

Quedan los dos así, en mi santoral literario, en este santuario donde reza mi devota admiración.
Quedan los dos así, hermanados por un igual trágico destino. Parecía que iban llamando con sus versos a la muerte, jugando al escondite con ella, dejándo ganar, amañando el juego como si ella fuese una niña. Parecía también que la quisieran, como enamorados.
No la tenían miedo, no, tan sólo una tristeza impotente ante el final: se acabó el juego.
Miguel, el hermano pequeño, buscó la tragedia metiéndose de lleno en ella. Pudiendo llevar vida de hogar, en un exilio fructífero, donde posíblemente hubiese sido su labor más trascendente que en un nicho. Como un toro embistió a la niña-muerte que juega a ser torero.
Federico, el hermano mayor, se quedó quieto. Llamó, no buscó apenas. Hizo que se escondía, quiso que fuese ella la que le encontrara. Pudiendo llevar una vida de exiliado fecundísimo... se dejó besar definitivamente por esa novia a la que llevaba cortejando desde siempre.
Cualquiera que lea luego las crónicas de este tiempo diría que fueron hermanos.
Federico se sentía incómodo ante el hermano pequeño. Le evitaba. Un día llegó a decir a Vicente Aleixandre, por teléfono, que le echara de su casa. Si estaba Miguel, él no iba. Aleixandre y Neruda fueron los únicos que aceptaron al nuevo poeta que entró en la fiesta -duró casi un decenio- sin el traje de gala, pero con más ánimo de fiesta que cualquiera de ellos.
Sin embargo Federico no era mal hermano, esto de la vergüenza pasa en las mejores familias. Cuando Miguel publicó su primer libro, Perito en lunas, no tuvo buenas críticas. Apesadumbrado, mandó un ejemplar a Federico, pidiéndole que valorara la obra con sinceridad. Federico le escribió una carta justa: ánimo, eres buen poeta, hay buen campo abonado según veo, sigue. No te rindas.
(Con otras palabras, claro, perdonen la licencia por la ficción. Este es un blog de fábula).
Y feliz el hermano pequeño por esa única sonrisa del hermano mayor, siguió.
Tanto fue así, que en El rayo que no cesa Juan Ramón Jiménez hizo en El Sol, el diario de Ortega, una crítica elogiosa: fue su consagración.
Miguel Hernández, corredor de fondo, hizo un buen sprint final, alcanzando a Lorca.
Normal que el otro se encelara.
Normal que hasta otros más iguales en ideas como Alberti se rieran de Miguel. Era la envidia.

Tres. Elegías, proyectos, poetas longevos

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.


Parecía que tanto Federico como Miguel, con el mismo grupo sanguíneo en tinta, se desangraran, murieran a lo largo de sus trayectorias poéticas, dándolo todo, como si fuese cada uno el último poema.
Eso es vivir al límite: escribe deprisa, muérete joven, y tendrás una hermosa poética.
El ángel de Federico: como un don innato, que hace poesía según respira.
El proyecto vocacional de Miguel: autodidacto -como escriben algunos, ahora-, pasional, tesonero, ambicioso, con esa facilidad con que se hacen las cosas cuando se ha trabajado duro, antes. Querer es poder. Iba para pastor, para cabrero, pero le hizo un regate al destino.
Porque lo de Miguel fue una evolución constituída por revoluciones personales, una evolución con regates constantes, ¿poeta católico, pastoril, gongorino? No. Poeta del pueblo. ¿Un poeta para una ideología? Pasan pocos años, no, Cancionero y Romancero de Ausencias, el poeta más hondo, la amargura, la intensidad, una alta cima.
Con sólo la Elegía a Ramón Sijé ya es poeta de antología. Compuesto a primeros del 36, este poema muestra la autenticidad poética, liberada de los artificios de Perito en Lunas. Sin duda uno de los más grandes cantos de dolor de nuestra lengua.
Otro que se propuso, años antes, una poesía orgánica, como un proyecto vital, fue Jorge Guillén, el poeta más feliz de los del 27. Una vida dedicada a la vocación, con precisión casi científica, mejor dicho intelectual. No se desangra en cada poema para morir temprano, él, como Neruda y Alberti, fue el poeta longevo de vida fecunda.
Sus cartas de amor recién editadas -alguna he leído- vienen a afirmar mi tesis de que no sólo de tragedia se forja una literatura, una poética de buenos versos con base sólida de proyecto. Él escribió:

¡Cima de la delicia!
Todo en el aire es pájaro.
Se cierne lo inmediato
resuelto en lejanía.

Que la poesía no sólo es la expresión de un sentimiento dolorido, si no un clamor, una canción enamorada, completa: plenitud.
Son dos maneras complementarias, puedes elegir, o quedarte con las dos. Maldito el que pretenda forjar jaulas poéticas, pero bravo por los que eligen un camino-celda, monjes y monjas para Literatura, tan impura y poco virginal.
Ellos son los beatos de esta religión.

Cuatro. Los poetas de COU

Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo no se halla
hombre más apenado que ninguno.

Versos como estos de Miguel Hernández eran los que leía una y otra vez, en aquellos manuales de Tusón y Lázaro Carreter. Eran los que más me llamaban la atención, por su fuerza expresiva que conjugada con la tristeza hacían de mí un aprendiz un tanto histriónico y apesadumbrado, existencialista. Estos versos, con estos de Neruda:

Sucede que me canso de ser hombre.
Sucede que entro en las sastrerías y en los cines
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
Navegando en un agua de origen y ceniza
Y con estos de César Vallejo -lo dije siempre, otro hermano de Miguel Hernández, pero este casi gemelo-:

Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... ¡Yo no sé!

O estos de Blas de Otero:

Creo en el hombre. He visto
espaldas astilladas a trallazos,
almas cegadas avanzando a brincos
(españas a caballo
del dolor y del hambre). Y he creído.

No puedo evitar poner este otro de Blas de Otero entero:

Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte
al borde del abismo, estoy clamando
a Dios. Y su silencio, retumbando,
ahoga mi voz en el vacío inerte.

Oh Dios. Si he de morir, quiero tenerte
despierto. Y, de noche a noche, no sé cuando
oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando
solo. Arañando sombras para verte.

Alzo la mano, y tú me la cercenas.
Abro los ojos: me los sajas vivos.
Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas.

Esto es ser hombre: horror a manos llenas.
Ser —y no ser— eternos, fugitivos.

Y al que más quería entonces, Gabriel Celaya:

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir quien somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.

Todos ellos, fuerza expresiva, claridad. Con dieciocho, diecisiete años, quizá antes: Miguel Hernández, Neruda, Vallejo, Celaya, Blas de Otero. Yo les imitiaba y leía, cuando los profesores se ponían demasiado crípticos, bañándome en las claras aguas de esta poesía. Tan sencilla.



Cinco. Paisajes de Miguel Hernández.
Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada,
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.

Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.

Tuvieron que pasar decenios, puñado de lustros sin lustre, para que los trovadores señalaran a Miguel en su cima.
Nuevos paisajes, con la deseada democracia, paisajes que guías como Joan Manuel Serrat mostraron al pueblo. Para que todos gozaran, aprendiendo, de la poesía.
Paisajes que son canciones, nuevos libros junto a los viejos, revistas, páginas, debates, entrevistas.
¿Quién era Miguel?
En estos días he usado del caótico método de la universidad. Nunca fui buen estudiante, más bien perezoso y desorganizado. Condenado por Esrivá de Balaguer y por Calvino, hallo mi Fe en Cristo y en María, en los que perdonan. Para condenaciones e infiernos ya tenemos las guerras inciviles y las manipulaciones mediáticas, políticas, sindicales.
(A buen seguro habrá un lugar de encuentro, más allá del fin, para los camaradas Miguel Hernández y Marcelino Camacho, el hombre honesto para los trabajadores, que con Nicolás Redondo hacía temblar a los gobiernos, y no este paripé de peloteo al gobierno actual. Los sindicatos siempre, y en cualquier momento, jaque al gobernante, jaque. Nunca palmaditas de buen rollo y paternales amonestaciones.
Después de este berrinche anarcocristiano, continuemos).
Se acercaban los exámenes y yo sin tocar un libro -de deber, los de placer sí los tocaba- ni un apunte. Me hacía entonces con libros de la bibliografía, y con otros que no eran de la bibliografía, y a leer, a comparar, a los esquemas y los apuntes.
Estos días de atrás he recobrado esa sensación feliz del aprendizaje caótico, como quien en un inmenso jardín come de un fruto y de otro. Ideas como frutos. Paisajes.
Dos biografías he tenido en mis manos, las dos antíguas, para la novedad me he empachado a artículos:
Una de Jacinto-Luis Guereña, en Destino, del año 1978, que titula cada capítulo con la palabra paisaje, de ahí este título mío para este apartado: Paisajes de la escuela, Paisajes de Ramón Sijé, Paisajes del amor, Paisajes de la guerra... Y así.
De esta manera, el autor hace una semblanza meditativa y lírica, a veces repetitiva, elogiosa. Llegó hasta mí este verano, rota pero valiosa.
He estado releyendo la biografía de Federico Bravo Morata, editado por Fenicia en el 78. Pertenece a mi hermana, a su biblioteca de filóloga. En su alcoba pasaba yo tardes enteras, quevedianamente, en conversación con los difuntos como libros. Una tarde-noche (Tendría veinte años a lo sumo) la pasé con este libro. Esta semana volví a agenciármelo, y he disfrutado enormemente con su lectura, es un libro lleno de datos, amenísimo, bien documentado pero liviano, aunque no es poco extenso. Es una biografía más exhaustiva que la anterior, pero más entretenida, no tan personal ni repetitiva.
Tenía yo, además, un librito con las cartas y crónicas periodísticas en la batalla. Ayer iba en el metro, en dirección a Tribunal, absorto leyendo los perfiles de los compañeros de trinchera del poeta. Y antes las crónicas, que quisiera transcribir, aunque fuera sólo algún fragmento:
Llegamos a un pueblo desierto: en las piedras de las calles había sangre y pólvora seca. Lo primero que hicimos fue mear, y después nos lanzamos a curiosear por las casas despobladas. Entré en un corral, atraído por el olor a establo y tropecé con una vaca que mugió como si fuera su dueño. Cuando volví a la calle, no pude menos que reírme al ver a un compañero vestido de mujer capitalista, con un gramófono que daba vueltas en sus manos y a la espalda el fusil con un lirio en el cañón. Aquello mudó mis humos y mis pensamientos se hicieron más anchos.
Revista Al ataque nº 3, 23 de Enero de 1937
Luego están las revistas que se vuelcan en el centenario con diversidad de artículos, siempre interesantes, como un País Dominical de hace unas semanas, y El Cultural de hoy del diario El Mundo, con un monográfico que he devorado despúes de una siesta reparadora.
A ver si mañana hay igual suerte con el Babelia y el ABCD.
Cual ha sido mi alborozo al ver que en esta revista (pinchen para leer el artículo) escribía el poeta Jorge Urrutia, nuestro profesor de Literatura en la universidad, uno de los hombres que más sabe de la obra de Miguel Hernández. Ha escrito sobre ella, junto a su padre el también poeta Leopoldo de Luis, y en aquellas clases finiseculares nos mostraba y explicaba los paisajes que quedan hoy de Miguel Hernández: sus obras.
Sus obras, todos sus poemas, en libros, bibliotecas, en internet. Fácil es acceder hoy a su obra. Ël, Miguel Hernández, que no tuvo medios y todo se le ponía en contra, llegó a ser lo que fue. Nosotros, que lo tenemos todo a mano, ¿qué haremos con el paisaje por poblar y edificar de nuestro futuro?
Que largo es el invierno, y nosotros somos tan jóvenes ...

Seis. Incómodo Miguel Hernández

Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.

Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.

Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.

Hay un poema de Pedro Salinas que me recuerda a Miguel Hernández en dos de sus versos:

No, no te quieren, no
tú sí que estás queriendo

Pese a todo, y sobre todo pese a todos, escribió parte de la mejor poesía de ese lustro en castellano, y hoy es uno de los grandes.
Primero su padre, a él no le gustaba que leyera libros ni que escribiera, él hubiera preferido que oliera a tabaco y a sudor, y que se ocupara del trabajo en el campo.
Si leía por las noches, entraba el padre en el cuarto y le daba en la cabeza y apagaba la luz. Luego Miguel seguía leyendo.
En el pastoreo era igual, se llevaba los libros de la pequeña biblioteca del pueblo, o los que le dejaban sus amigos. De pronto aparecía el padre y directo, otra vez, a la cabeza. Parece que cuando empezó a triunfar el padre le felicitó, por primera y última vez. Sin embargo, cuando murió, dicen que dijo: él se lo buscó.
Con los amigos, allí, con los que tanto amó, como Ramón Sijé. Cuando Miguel, inquieto e incómodo en los trajes antíguos, comenzó a criticar a la Iglesia y dejó el conservadurismo por el comunismo -con el auspicio de Neruda-, se distanció de los suyos, sus amigos de siempre, con los que compartió primeras lecturas y escritos. Se sentía incómodo con ellos, hasta que no murió su mejor amigo, Sijé, dicen que no escribió de verdad, con autenticidad, libremente, tal como era él y como pensaba.
Luego en Madrid, presentándose a la élite de la cultura, pidiendo favores, protección, dinero. Escribía a Orihuela, atosigaba a Sijé, a los que sabía que podían mantenerle para su sueño: el estudio y la creación poética. Podía llegar a ser pesado, pidiendo más, pero era franco, no engañaba.
Ya hablamos del caso de Lorca, que le evitaba, en casa de Aleixandre una noche quería leer La Casa de Bernarda Alba. Échale, dijo secamente a Aleixandre Lorca, cuando éste le dijo: ¿qué puedo hacer?
Luego esa incomodiad del lector ante su vida, cuando deja a su familia por la política, pudiendo haberse salvado, haberles salvado del hambre, quién sabe, o quizá no.
Cuando Miguel se entera cómo alimenta su esposa a su hijo, escribe uno de los poemas más hermosos, del que se hizo una de las canciones más bellas
Después de la guerra, detenido, encarcelado, condenado. Era incómoda esa condena: bastante mala fama habían generado con lo de Lorca. Los literatos fascistas, que también los hubo -y no escribían mal- hicieron lo posible porque no le condenaran a muerte, porque le bajaran la pena a treinta años, y lo consiguieron. Sin embargo no duró, enfermó de tuberculosis, curas y otros cuervos quisieron que se redimiera. Quizá aceptara la religión, pero no cedió con sus ideas, eso no lo cambiaba. Por esa razón no le llevaron a un sanatorio para tuberculosos, y se murió en la cárcel.
Allí hizo amistad con jóvenes literatos, como Antonio Buero Vallejo, que le hizo el retrato-icono a Miguel, por el que hoy se le reconoce como a un mito. Aquí lo tenéis, arriba.
Anduvo solo, sin generación, era único, llegó tarde, era de otra clase social, difícil de clasificar entonces, rara avis, aunque hoy, pasado más de medio siglo desde la creación de su obra, casi un siglo, podemos ver su significación, sin la incomodidad dentro del bosque, si no desde fuera.

Y siete. Querido Miguel Hernández.

Adiós, hermanos, camaradas y amigos,
Despedidme del sol y de los trigos
Estos fueron los últimos versos de Miguel Hernánez. A mediados de los noventa le mostraba a un amigo poemas de Dionisio Ridruejo, Manuel Machado, Leopoldo María Panero, Jose Antonio Primo de Rivera. Escritores del bando nacional, y este amigo mío era de derechas. Luego le mostré los dos versos de Miguel Hernández, y me dijo: estos dos versos valen mucho más que todas las poesías de todos estos que me has enseñado.
Hay una escena crucial para la historia de nuestras letras. Durante la guerra, un día Miguel Hernández fue a casa de Vicente Aleixandre con una carretilla. Allí puso los libros del poeta amigo,para salvarlos, y luego sentó ahí al mismo Aleixandre, para salvarle, para cruzar las calles con él y sus libros dentro, como si fuese un vendedor ambulante.
Luego Aleixandre contaría de qué manera le sacó de allí, su cuerpo caliente, sudoroso por tamaño esfuerzo.
Esta historia real, parece más bien un sueño cargado de simbolismo.
A Vicente Aleixandre le concedieron el Nobel en el año 1977, y se vio en este galardón un premio a toda una generación, la del 27.
La estrella más próxima a esa generación-consteleción como una vía láctea, en constelación propia. Él sólo un puente hacia otros poetas, llevando el peso de una tradición, y de su propia fortaleza, un nuevo canto, el grito del hambre, el derecho de todo un pueblo al alimento. Y el derecho a la cultura, que es alimento del alma.

Coda



Cuántos poetas, cuántos murieron allí...

... mi país,
como una espina clavado.
Devolvedles el honor
a quienes se lo habéis robado.

3 comentarios:

hilvanes dijo...

Luis Rosales fue condenado a muerte por ocultar a García Lorca.

Cómo decía Guillén, las locas Españas.

Le ha salido un texto magnífico.

¿Nos regalará una segunda parte?

Sí, por favor!!!

Príncipe de ArroyoLuche dijo...

Le digo lo mismo que le digo a los chavales cada vez que les gusta un plato: me alegro de que le haya gustado. Hoy, por ejemplo, con la lasaña.
Una segunda parte... tendría que esperar.
Tengo pendiente un post que llevo tiempo queriendo hilvanar, sobre el místico poeta William Blake.
A mediados de esta semana.
Eclesiastés, San Juan de la Cruz, Blake ... hasta llegar hasta hoy como quien dice con Cirlot.
Son los poetas donde hallar sabiduría, exaltación vital, consuelo ...

Anónimo dijo...


He leido toda la Historia de
Madrid de Bravo Morata.El autor era
no sólo antifranquista sino también antisocialista. Posiblemente era comunista o filocomunista. Partidario, pues, del asesino Stalin, el mayor de la
historia junto a Hitler.