jueves, 31 de diciembre de 2009

Reflexiones para un nuevo año ( y VII )


El sueño de la razón produce monstruos, de Francisco de Goya

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Reflexiones para un nuevo año (VI)

Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo no se halla
hombre más apenado que ninguno.

Sobre la pena duermo solo y uno,
pena en mi paz y pena en mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.

Cardos y penas llevo por corona,
cardos y penas siembran sus leopardos
y no me dejan bueno hueso alguno.

No podrá con la pena mi persona
rodeada de penas y de cardos:
¡cuánto penar para morirse uno!


En el año 2010 conmemoramos el nacimiento de una de las cumbres de la poesía en castellano, nuestro humilde pastor de verso, grandioso generador de Poesía, Miguel Hernández.
A él le debo, desde la época en Libro de Arena, el mejor post que querría escribir, a él y a Antonio Machado y a Walter Benjamin, que tuvieron una vida truncada para un final común, todo ello gracias a esas malditas guerras y malditos seres que las generan.

Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes, tristes.

Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes, tristes.

Tristes hombres
si no mueren de amores.
Tristes, tristes.





Junto a César Vallejo, alma gemela suya ante el cual también me arrodillo, es un poeta del pueblo y para el pueblo, cantor de su dolor y sus espinas, ellos mejor que nadie, pues también las llevaron para vergüenza atroz de los verdugos.

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena
resuelta en luna
se derrama hilo a hilo
sobre su cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.




A él, junto a Antonio Machado, Lorca, Gabriel Celaya, Pablo Neruda, Jose Agustín Goytisolo y otros tantos otros, le han cantado los mejores.
Porque la buena poesía nació para ser cantada, mejor que para ser leída o meditada en el rancio y erudito boureau de un catedrático sin tacha.

Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.


Recuerda, para el próximo Otoño, tenemos una cita de luna y duelo.
El treinta de Octubre, exactamente.

martes, 29 de diciembre de 2009

Reflexiones para un nuevo año (V)


No morirá el libro por causa de los e-books o de las bibliotecas virtuales, al igual que no murieron ni el cine ni la radio por culpa de la televisión y los reproductores fílmicos domésticos.
El libro no es tan sólo un conjunto de palabras: es un objeto perfecto, fácil de usar, cómodo, atractivo y fragante.
Al igual que el cine es butaca y pantalla gigante, ritual de tardes de invierno lluviosas y calurosas siestas de verano.
Noches de estío en los cines abiertos de verano, cuando parece que todo es estrella.
Al igual que el cine nunca mató al teatro.
¡Basta ya de rollos freudianos!
Los hijos, si son buenos ellos y son buenos los padres, no matan a sus progenitores.
No hay sustitución a manos de culturas asesinas. Lo que hay es -aunque no sepamos verlo ni disfrutarlo- una gran mediateca, a tu servicio.
Mediateca Organismo encargado de recolectar, conservar y poner a disposición de los usuarios documentos de todo tipo y en todos los soportes.


domingo, 27 de diciembre de 2009

sábado, 26 de diciembre de 2009

Reflexiones para un nuevo año (III)

Martin Heidegger en su estudio, y en la siguiente, caminando.
(1)
El camino y la medida,
el sendero y la canción
se encuentran en la misma vía.

Camina soportando
el fracaso y la cuestión,
por la única senda que es tuya.


(2)
Cuando la temprana luz de la mañana crece en silencio sobre los montes...

El oscurecimiento del mundo jamás alcanza la luz del Ser.

Venimos demasiado tarde para los dioses y demasiado pronto para el Ser. El poema que éste ha iniciado es el hombre.


Ponerse en camino hacia una estrella, nada más.

Pensar es ceñirse a un único pensamiento, que un día se mantendrá como una estrella en el cielo del mundo.


(11)

Cuando los rayos del sol de la tarde, entremetiéndose por algún resquicio en el bosque, circundan de oro los troncos...

Los troncos vecinos de la poesía son el canto y el pensamiento.


Los tres brotan del Ser y se elevan en su verdad.


Su relación nos da a pensar aquello que Hölderlin canta de los árboles del bosque:

Y quedan sin conocerse el uno al otro
los troncos vecinos
el tiempo que están en pie.

Martin Heidegger , Desde la experiencia del pensamiento



Por la única senda que es tuya, ponerse en camino hacia una estrella, nada más ...


Hölderlin

viernes, 25 de diciembre de 2009

Reflexiones para un nuevo año (II)



Déjame entrar ha sido la mejor película que he visto este año, la película de vampiros que más me ha estremecido hasta hoy. Más que Entrevista con el vampiro, que habré visto cuatro o cinco veces, más aún que Drácula de Coppola. Perturbadora, estéticamente impecable, una rareza magistral en las antípodas de la saga Crepúsculo -sí, caí en la tentación y ví la primera parte, cualquier episodio de la serie True Blood vale más, tiempo perdido...- Déjame entrar, con sus personajes en soledad extrema, con sus paisajes de ciudad desiertos y nevados, es, como me dijo un amigo, perfecta.



Ha sido un año de buenas películas...
En Gran Torino, Clint Eastwood demuestra que si en América Woody Allen es el genio de la comedia, él lo es del drama.
Ágora, donde podemos constatar que todas las críticas negativas que recibe el prodigio Amenábar son pura envidia.
500 días juntos, una comedia antiromántica con unos gags geniales y una estructura innovadora, impropia de la comedia americana al uso.
Celda 211, trepidante, dura, violenta, con un sorprendente Luis Tosar, que siempre hizo, plano, el mismo personaje. Aquí por fin demuestra lo buen actor que es en el papel de Malamadre.
De otras películas ya he hablado en post anteriores.
Lo que ocurre es que muchas veces uno prefiere, antes que escribir sobre una película, ver otra película.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Reflexiones para un nuevo año (1)


Otros se jactan de los libros que han escrito; yo me enorgullezco de los que he leído.
Jorge Luis Borges

Yo sin embargo no me avergüenzo de lo escrito, pero sí de los libros no leídos.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Villancico, de Gloria Fuertes


Ya está el niño en el portal
que nació en la portería,
San José tiene taller,
y es la portera María.

Vengan sabios y doctores
a consultarle sus dudas,
el niño sabelotodo
está esperando en la cuna.

Dice que pecado es
hablar mal de los vecinos
y que pecado no es
besarse por los caminos.

Que se acerquen los pastores
que me divierten un rato
que se acerquen los humildes,
que se alejen los beatos.

Que pase la Magdalena,
que venga San Agustín,
que esperen los reyes magos
que les tengo que escribir.



domingo, 20 de diciembre de 2009

Esa moneda

Esa moneda, amor, esa moneda...
Esa moneda fue acuñada en la Real Casa de la Moneda, en Madrid, allá por los albores del nuevo siglo, y hoy podría jurar, ya con su alma, que es la moneda más viajada y manida, pasando por manos mil, cambiado su valor de objeto neutro por valores tan diversos como el valor de una escarola, el valor de un bebedero de canarios, el valor de un guante de ducha, el valor una entrada de museo, el valor de un sobre de cromos, el valor de un libro de saldo, y el valor de dos soldaditos de plomo en el rastro, uno manco y otro cojo.
El día de su nacimiento fue como un vómito de plata. Brillo de Cuproníquel, corazón de latón, de níquel su sangre sólida.
Convivió los primeros días en monedero de plástico con algunas iguales de menos precio pero no menos valía, porque si con una moneda menor das tu limosna, o compras pan, y con una de más masa un mal tabaco, o va en el juego...
También había ahí de los cuarenta una rubia peseta, con larga vida y un millón de usuarios, que lo mismo sirvió en sus primeros años para pagar caricias como en los últimos para caer de suelo en suelo, sin que nadie se parase a recogerla, menos ese ser supersticioso que fue su última dueña.
Esa moneda, amor, esa moneda cuya historia narro, de dos euros pero de azarosa valía, fue cobrando su alma según iba, o venía, reflejante espejo de muchas caras y no menos secretos.
En la mesilla de noche de alguna desnudez fue contagiada. Luego sus dueños siguientes sintieron en sus dedos la vibración erótica de unas nalgas descocadas.
En el cesto de la iglesia fue acto generoso entre tanta purrela. Se la quedó el monaguillo para jugar futbolines.
En los toros fue cambiada por un farias. Yo era de metal, casi de piedra, y aquí me veis, convertida en humo desintegrado en la plenitud del olé de una veróinca.
En el kiosko algún fascículo inacabado sobre el arte del encaje de bolillos. Más un chicle de fresa ácida que regalaste a aquel niño, para entretener su gazucilla hasta la hora del papeo.
Esa moneda, amor, esta moneda...

viernes, 18 de diciembre de 2009

La moneda

Sobre el flujo monetario...
Dicen los gurús de la nueva era que el dinero no ha de quedarse estancado, que sólo su flujo enriquece a su propietario. Así es como se enriquecen las naciones. Quien invierte, progresa, quien conserva, se pudre.
Hay teorías sobre ello, yo recuerdo la de Max Weber, ¿por qué las regiones del norte de Europa, protestantes, son más prósperas que las regiones del sur, católicas?
Una vocación religiosa por el trabajo, pero Jesús de Nazaret, el hijo del carpintero, no quiere ricos en su reino, no quiere espíritus con demasiadas cargas naturales. Entonces el dinero que se gana y no se ahorra ha de ser invertido.
Pero hablaré de otro flujo, y es un cuento con el que me deleito en el libre arte de imaginar. Yo voy al estanco y el estanquero me devuelve un euro.
Ensimismado, camino, pensando en quien ha podido tener en sus manos la moneda, y si quizá lo tuviste tú, unos instantes, en tus manos.
O que la moneda que yo suelto llegará a tí, con ese beso del tacto de mis dedos.



El vino que pagué yo,
con aquel euro italiano
que había estado en un vagón
antes de estar en mi mano,
y antes de eso en Torino,
y antes de Torino, en Prato,
donde hicieron mi zapato
sobre el que caería el vino.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Eco

Eco y Narciso, de John Waterhouse




Esto que estás oyendo
ya no soy yo,
es el eco, del eco, del eco
de un sentimiento;
su luz fugaz
alumbrando desde otro tiempo,
una hoja lejana que lleva y que trae el viento.

Yo, sin embargo,
siento que estás aquí,
desafiando las leyes del tiempo
y de la distancia.
Sutil, quizás,
tan real como una fragancia:
un brevísimo lapso de estado de gracia.

Eco, eco
ocupando de a poco el espacio
de mi abrazo hueco…..

Esto que canto ahora,
continuará
derivando latente en el éter,
eternamente….
inerte, así,
a la espera de aquel oyente
que despierte a su eco de siglos de bella durmiente..

Eco, eco
ocupando de a poco el espacio
de mi abrazo hueco…...

Eco, de Jorge Drexler



Narciso y Eco, de Gonzalo Orquín



...Eco merece una disgresión. Su alegría y parlachinería cautivaron a Júpiter; sorprendidos en adulterio por Juno, castigóla ésta a que jamás podría hablar por completo; su boca no pronunciaría sino las últimas sílabas de aquello que quisiera expresar. Pues bien, viendo Eco a Narciso quedó enamorada de él y le fue siguiendo, pero sin que él se diera cuenta. Al fin decide acercársele y exponerle con ardiente palabrería su pasión. Pero.. ¿Cómo podrá si las palabras le faltan? Por fortuna, la ocasión le fue propicia. Encontrándose solo el mancebo, desea darse cuenta de por dónde pueden caminar sus acompañantes y grita: "¿Quién está aquí?" Eco repite las últimas palabras "... está aquí". Maravillado queda Narciso de esta voz dulcísima de quien no ve. Vuelve a gritar: "¿por qué me huyes?" Eco repite: "... me huyes". Y Narciso: "¡juntémonos!" Y Eco: "...juntémonos". Por fin se encuentran. Eco abraza al ya desilusionado mancebo. Y éste dice terriblemente frío: " No pensarás que yo te amo..." Y Eco repite, acongojada: "...yo te amo". "¡ Permitan los dioses soberanos -grita él- que antes la muerte me deshaga que tú goces de mí!"
Huyó, implacable, Narciso. Y la ninfa así menospreciada, se refugió en lo más solitario de los bosques. La consumía su terrible pasión. Deliraba. Se enfurecía. Y pensó: "¡ojalá cuando él ame como yo amo, se desespere como me desespero yo!"

Némesis, diosa de la venganza -y a veces de la justicia- escuchó su ruego. En un valle encantador había una fuente de agua extremadamente clara, que jamás había sido enturbiada ni por el cieno ni por los hocicos de los ganados. A esa fuente llegó Narciso, y habiéndose tumbado en el césped para beber, Cupido le clavó, por la espalda, su flecha... Lo primero que vio Narciso fue su propia imagen, reflejada en el propio cristal. Insensatamente creyó que aquel rostro hermosísimo que contemplaba era de un ser real , ajeno a sí mismo. Sí, él estaba enamorado de aquellos ojos que relucían como luceros, de aquellos cabellos dignos de Apolo. El objeto de su amor era... él mismo. ¡ Y deseaba poseerse! Pareció enloquecer... ¡No encontraba boca para besar! Como una voz en su interior le reprochó: "¡insensato!" "¿cómo te has enamorado de un vano fantasma? Tu pasión es una quimera, retírate de esa fuente y verás como la imagen desaparece. Y, sin embargo, contigo está, contigo ha venido, se va contigo... ¡y no la poseerás jamás!."

Alzó los brazos al cielo Narciso. Llorando. Tiróse los cabellos. Y gritó, blasfemo así: "Decidme selvas, vosotras que habéis sido testigo de tantos idilios apasionados... ¿por qué el amor es tan cruel para mí? Hace siglos que existís; decidme ¿visteis nunca un amor obligado a sufrir designios más rudos? Yo veo al objeto de mi pasión y no le puedo encontrar. No me separan de él ni los mares enormes, ni los senderos inaccesibles, ni las montañas, ni los bosques. El agua de una fontana me lo presenta consumido del mismo deseo que a mí me consume. ¡Oh pasión mía! ¡quienquiera que seáis, aproximaos a mí como a vos me aproximo! ¡Ni mi juventud ni mi belleza son causas para vuestro temor! Yo desdeñe el amor de todas las ninfas... No tengáis para mí el mismo desdén. Pero ¿ si me amáis, por qué os sirvo de burla? Os tiendo mis brazos y me tendéis los vuestros. Os acerco mi boca y vuestros labios se me ofrecen. ¿Por qué permanecer más tiempo en el error? Debe ser mi propia imagen la que me engaña. Me amo a mí mismo. Atizo el mismo fuego que me devora. ¿Qué será mejor: pedir o que me pidan? ¡ Desdichado de mí que no puedo separarme de mí mismo! A mí me pueden amar otros, pero yo no me puedo amar...¡Ay! El dolor comienza a desanimarme. Mis fuerzas disminuyen. Voy a morir en la flor de la edad. Mas no ha de aterrarme la muerte liberadora de todos mis tormentos. Moriría triste si hubiera de sobrevivirme el objeto de mi pasión. Pero bien entiendo que vamos a perder dos almas una sola vida."

Dicho esto, tornó Narciso a contemplarse en la misma fuente. Y lloró, ebrio de pasión, ante su propia imagen. Volvió a traslucir frases entrecortadas... ¿Quién? ¿Narciso? ¿Su imagen llorosa? "¿por qué me huyes? Espérame, eres la única persona a quien yo adoro. El placer de verte es el único que queda a tu desventurado amante."

Poco a poco Narciso fue tomando los colores finísimos de esas manzanas, coloradas por un lado, blanquecinas y doradas por el otro. El ardor le consumía poco a poco. La metamorfosis duró escasos minutos. Al cabo de ellos, de Narciso no quedaba sino una rosa hermosísima, al borde de las aguas, que se seguía contemplando en el espejo sutilísimo.

Todavía se cuenta que Narciso, antes de quedar transformado pudo exclamar: "¡Objeto vanamente amado...adiós...!" Y Eco: "... adiós" cayendo enseguida en el césped rota de amor. Las náyades, sus hermanas, le lloraron amargamente meneándose las doradas cabelleras. Las dríadas dejaron romperse en el aire sus lamentaciones. Pues bien: a los llantos y a las lamentaciones contestaba Eco... cuyo cuerpo no se pudo encontrar. Y, sin embargo, por montes y valles, en todas las partes del mundo, aún responde Eco a las últimas sílabas de toda la patética voz humana.
Ovidio. Metamorfosis. Libro Tercero III.


La muerte de Narciso, de Nicolas Poussin

martes, 8 de diciembre de 2009

La Carretera, de Cormac McCarthy



Un hombre y su hijo...

..., cada cual el mundo entero para el otro...

..., camino del sur, después de la hecatombe...

... la fragilidad de todo por fin revelada.

Y punto.



Me la podría haber perdido, tenía mis reservas, ni el título ni la fachada me llamaban la atención. No sabía ni de qué iba. Pero lo ví barato, y muy recomendado por amigos cuya opinión me importa, así que me decidí. Primero compré el libro, y luego leí la contraportada. Normalmente hago al revés, todos lo hacemos de la otra manera, primero leemos la contraportada, hojeamos, y compramos.
Y eso que lleva años en las tiendas, y ni una sola ojeada por la curiosidad. Reconozco que mis prejuicios venían a que me sonaba a Jack Keruac. Gracias a que normalmente no hago caso a mis prejuicios he podido leer esta gran obra de McCarty, que a buen seguro, muchos lo dicen, será un clásico que se codeará en los anaqueles con los colosos de la literatura.

No hay un sólo profeta en la larga crónica de la Tierra que no encuentre hoy aquí su razón de ser. Teníais razón, hablarais de lo que hablarais.

Cualquiera que lea un resumen podría encuadrar la obra en cualquier subgénero de ciencia-ficción y de catástrofes, pero La Carretera está muy por encima de cualquier etiqueta, es alta literatura, se salva por la exquisita escritura, realmente inspirada. Un buen manejo de las técnicas narrativas para crear tensión y desasosiego, emoción sin sentimentalismo, y un escepticismo nada gratuito. Todo ello con un lirismo que le otorga el don de lo literario, ese lirismo que sólo los literatos de raza transportan como ese fuego salvífico del que hablan contínuamente el padre y el hijo. Porque nosotros llevamos el fuego, ¿verdad, Papá? Pregunta siempre el niño al padre. Sí, porque nosotros llevamos el fuego.

Todo ello como en un antiguo ungimiento. Que así sea. Evoca las formas. Cuando no tengas nada más inventa ceremonias e infúndeles vida.

Cuando empecé a leer La Carretera algo me llamó la atención, una manera de describir que ya conocía en otros, y no sé cuanta culpa, o mejor dicho bendición, tendrá el traductor Luis Murillo Fort. De esto y de la riqueza del lenguaje.
No siempre, porque predomina la descripción seca y limpia, sin afectación ni sobrecarga. Pero hay páginas y páginas que tienen ese algo que me hace querer tanto un libro: la metáfora. La metáfora a la manera de Ramón Gómez de la Serna, has leído bien, y he seleccionado para tí unas cuantas greguerías que me dejaron boquiabierto.
Pese a su fama de mal novelista, me he leído media docena de novelas de Ramón, quedando encantado. Tienen mala fama porque dicen que encadena una greguería con otra, y que así no hay manera de que fluya una narración. Lo mismo le echaban en cara a Umbral, que sí, muy literato y muy lírico, pero nones como novelista. Que se vayan a freír tramas esparragueras los que no saben saborear los delicados y fortísimos licores diamantinos de la literatura.
Escribo con conocimiento de causa, he leído El Novelista, El Torero Caracho, Piso Bajo, El Chalet de las Flores... y sé de qué manera se las gastaba este madrileño para urdir tramas, a base o a golpe de metáfora, que daban esa sensación onírica y plástica, que lo estás viendo viviendo un sueño.
En el caso de La carretera hay que añadir a estas metáforas un grado de intensidad, sensación onírica, sí, pero de pesadilla que se repite con una saña cruel demasiado a menudo. Te lo hace pasar mal, el amigo McCarty, acierta al tocar la fibra sensible, con esa plasticidad que otorga la metáfora, mejor que la descripción al uso, que a mí siempre me parece un coñazo. Por eso estoy más a favor de los líricos que describen con impresiones y símbolos que de los que rellenan párrafos con paja, aunque sea de oro puro.
Cambio una página de Ramón por cien de Azorín.
Cormac McCarthy es un escritor genial, un literato de raza, he aquí las pruebas del delito. Selección de greguerías, metáfora+humorismo, aunque aquí el humor sea más bien negro:

Un cadáver en el portal, tieso como el cuero. Haciéndole un mohín al día.

Está nevando, dijo el chico. Miró al cielo. Un solitario copo grisáceo que cayera de un tamiz. Lo atrapó en la palma de la mano y lo vio expirar como la postrera hostia de la cristiandad.

Por la mañana volvía a nevar. Cuentas de hielo gris en ristra sobre los cables de electricidad.

De día el sol proscrito circunda la tierra cual madre afligida con una lámpara.

Reflejando el sol desde aquella oscuridad profunda como un destello de navajas en una cueva.

En las cañadas el humo elevándose del suelo como grupos de velas paganas.

Se sentó a su lado y acarició sus pálidos cabellos enmarañados. Cáliz de oro, bueno para albergar a un Dios.


Presiento que la película será de nuestro agrado. Esperando su estreno... ¿cuantos posts sobre cine te debo ya? Una larga decena, sin duda.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Páginas para el recuerdo en los últimos años.



De las fantasías diurnas en la carretera no había modo de despertar. Siguió caminando pesadamente. Lo recordaba todo de ella, salvo su olor. Sentado en un teatro con ella al lado inclinada al frente escuchando música. Volutas y apliques dorados y los pliegues del telón como columnas a cada lado del escenario. Ella le tenía la mano cogida sobre el regazo y él notaba la parte superior de sus medias a través de la fina tela de su vestido de verano. Congela este fotograma. Ahora maldice tu oscuridad y tu frío y fastídiate.
Cormac McCarthy. La carretera.
Si la memoria no me engaña, el año 2005 fue el de El Barón Rampante, de Italo Calvino, y la Insoportable levedad del ser, de Milán Kundera.
Del año 2006 recuerdo ante todo Conversación en la catedral, de Vargas-Llosa, y El libro de las ilusiones, de Paul Auster.
En el 2007 fueron Un descanso verdadero, de Amos Oz, y Crimen y Castigo, de Dostoyevski.
En el 2008, por encima de todos, sobresaliendo entre ruinas de páginas olvidadas, y de otras guardadas en el corazón de la memoria, sobresaliente, Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño.
2009 podría haber sido también de un único monarca, Perec y la extensísima La vida instrucciones de uso. Pero ha venido el pez chico a compartir, a buen seguro, el recuerdo en un futuro del ánima de las horas de lectura de estos meses. La intensa obra de Cormac McCarthy, La Carretera.
De ella hablaré mañana, o pasado, o quizá al otro.

Porque hay un lugar donde me están esperando, pero no me estarán esperando siempre. Y si me retraso, me retraso.
Amos Oz. Un descanso verdadero.

A no ser que el siguiente, rechoncho y dormidito aún en la espera de la aurora de mis ojos, quiera gobernar en triunvirato en el ministerio de las nostalgias literarias:

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Simbolismo (IX). El ciprés y la luna


La voz inmóvil

El ciprés, junto a la adelfa,
velando a la luna nueva,
me está llamando:
-Ven, ven...

(No, no, que no voy,
que no.)

El ciprés, junto a la acequia,
velando a la luna llena,
me está llamando:
-Ven, ven...

(No, no, que no voy,
que no.)

El ciprés, junto a la alberca,
velando a la luna muerta,
me está llamando:
-Ven, ven...

(No, no, que no voy,
que no.)

La noche cubre al ciprés
como una campana negra.

Sigue sonando:
-¡Ven!...
¡Ven!...
(Emilio Prados)



Camino con ciprés bajo cielo estrellado, de Vincent Van Gogh