martes, 13 de octubre de 2009

La vida, instrucciones de uso, de Georges Perec



Abre bien los ojos, mira.
(Julio Verne. Miguel Strogoff)

Con esta cita se abre el mundo que nos regala, tan rizado y generoso, Georges Perec.
Para que lo mires, tal como es.
El mundo es un edificio parisino al que se le ha quitado la fachada para que puedas mirar, tú que eres tan curiosa, o tan curioso, lo que hay ahí dentro.
Todo, sin una aparente selección de estampas de epinar y bibelots que son descritos.
Dime, cuando tu lees, ¿te gustan las descripciones minuciosas, artesanales, que interrumpen el curso de la narración? Yo conocí a una chica que se saltaba las descripciones, pero si te saltas las de este libro, te quedas sin novela.
¿No te gustan las descripciones? toma mil dosis.

Pero cada chuchería, pintura, cómoda, figurilla, tiene su historia, entonces va Perec y nos retrata el alma de las cosas. La historia, intrahistoria, razón y sinrazón de cada cosa.
Decía don Pío Baroja que en la novela cabía todo, y tanto…
Todo tipo de intrigas y romances.
Primero te haces una idea de la estampa con una detallada descripción de lo que la habita. Luego te cuenta la historia no ya de la persona que allí viva, si no también de los que antes vivieron.
Y, como en un puzzle, porque esta novela es un puzzle, al igual que Rayuela se basaba en el juego que le da el nombre, esta obra se va construyendo al igual que un puzzle, que deberás unir tú, sin olvidar nunca que cada pieza ha de ser unida a otra.
Como buen francés, Perec es influido por el pensamiento estructuralista, tan en boga cuando él comenzó a escribir. Un elemento no vale nada por si mismo, se define sincrónica y diacrónicamente junto o frente a otros elementos. (La definición es mía, que me paso todo pensamiento filosófico por el tamiz de mi propia tontería).
Antes, durante, y a buen seguro que después, me he estado informando sobre esta magnitud publicada en la colección Compactos de Anagrama.


En alguna parte lei que recuerda a las películas de Jean-Pierre Jeunet, el director de películas tan deliciosas y extrañas como Amelie, La Ciudad de los Niños Perdidos, y Delicatessen. Es cierto, porque esa detallada descripción de la realidad es personalísima, original, misteriosa, entrañable…
Te coge con delicadeza del cogote para que te vuelvas y mires atrás, a toda aquella curiosidad que tenias de niño, que en todo te fijabas y todo te asombraba.
Ahora voy por la calle y miro a las personas y las cosas como lo haría Perec, como si fuesen una novedad, un misterio, una lección.
¿Es una de las grandes obras de la literatura universal? Lo es.
Te costara leerla, no es fácil, pese a su claridad es complejísima.
Si cada tarde lees un puñadito de sus casi cien capítulos te aseguro que llegado al final ya empezarás a sentir cierta nostalgia.

La tarde en que compre este libro, casi sorprendiéndome a mi mismo, me puse todo contento. Luego, las primeras tardes, que eran las últimas del verano, me iba a leer este libro a la gran terraza de la casa materna, rodeado de plantas, flores, edificios, gorriones y mirlos, bajo el cielo abierto, frente a las acacias, chopos, y plátanos de sombra.
En esas primeras tardes sentí algo muy especial: la felicidad del lector sin prisas, que se cree eterno para poder leer el mundo. Una sensación de mágico equilibrio con las cosas y con todo lo que me rodeaba, me ha salvado este mes de Septiembre de caer en una de esas negros estados de ánimo que me suelen atizar todos los principios de Otoño.

Un artista del trapecio -como se sabe, este arte que se practica en lo alto de las cúpulas de los grandes circos es uno de los más difíciles entre todos los asequibles al hombre- había organizado su vida de tal manera -primero por afán profesional de perfección, después por costumbre que se había hecho tiránica- que, mientras trabajaba en la misma empresa, permanecía día y noche en el trapecio. Todas sus necesidades -por otra parte muy pequeñas- eran satisfechas por criados que se relevaban a intervalos y vigilaban debajo. Todo lo que arriba se necesitaba lo subían y bajaban en cestillos construidos para el caso.
(Franz Kafka. Un artista del trapecio.


Uno lamenta no haber leído lo suficiente para reconocer todos los guiños- historias que Perec nos lanza. En su amor por la literatura, entre sus personajes los hay que son robados de otros libros de autores como Kafka, sí, me he vuelto a reencontrar con el artista del trapecio que leí de adolescente. También, otro de los personajes –con otro nombre-, es Bartleby el escribiente, aquel tipo inolvidable creado por Melville.
Un centenar de personajes principales, especie de novela coral, pero uno tan solo es el más absurdo de todos ellos, quizá el más serio, Bartlebooth, multimillonario inglés con un excéntrico plan que emprende desde casi adolescente para ocupar las horas de su vida.

2 comentarios:

No soy Gustavo Adolfo... dijo...

QUE ENVIDIA ESA DESCRIPCIÓN DE LAS TARDES SEPTEMBRIANAS (SE DIRÁ ASÍ?)... A MI SE ME HA IDO ESE PLACER ANTE EL LIBRO, LAS TARDES REPOSADAS DE GRATA LECTURA, ... , COMO LAS GOLONDRINAS, COMO LAS CIGÜEÑAS ...

Príncipe de ArroyoLuche dijo...

¿y quien eres tu, si no eres Gustavo Adolfo?
Paz interior, pese a quien pese, conocete a ti mismo, acepta tus limitaciones -yo tengo demasiadas, toda presuncion que veas en mi no es mas que orgullo de mequetrefe-, busca esa armonia y sabe guardarla, entonces tendras gloriosos momentos de lectura mas grandes que un baile agarrao con la Rita Jaiguor.