domingo, 18 de diciembre de 2011

La horda, de Vicente Blasco Ibáñez

Fijémonos bien en que don Vicente practicaba la escritura automática, de ahí su fecundidad.

...pobres seres engañados circulando por la vida en las alas icarianas del capricho...
(Vicente Blasco Ibáñez)


Me parece lo mejor que he leído en los últimos meses.
Vicente Blasco Ibáñez: testigo de una realidad. A esto le sumamos la amenidad de un folletín con la expresividad apabullante de alguien que sabe narrar una historia.
No es, podrá pensarse, Gran Literatura, es, sin embargo, Gran Novela. Ni tuvo, quizá ni tendrá, un pedestal, ni será parte de un canon. No es canónica, ni santa. No tuvo el autor menciones exquisitas, ni las tiene, quizá las tendrá. No forma parte de esa literatura necesaria, si no de la contingente. ¿Es acaso un reportaje, un folletín, algo necesario para una evolución literaria?
No es Arte, pero es retrato de una época.
No es el gran Valle-Inclán.
Pero le ponemos junto a Galdós, junto a Baroja, junto a la Pardo Bazán. Es, por tanto, Literatura.
Clarín ya se acerca más a esa entelequia llamada Arte.
Blasco Ibáñez me gusta más que Flaubert -le reconozco el mérito, pero prefiero Stendhal-. Me gusta tanto como Balzac, como Hugo, como Eça de Queirós, como la Pardo Bazán -con la que hacía manitas-. Me gusta casi tanto como Baroja, como Clarín.
Lo que le pasaba a don Vicente es que era un escritor de best-sellers, fecundísimo, y eso no está muy bien visto. Es lo que hoy sería un Carlos Ruiz Zafón, más por las ventas que por otros valores. A mí Zafón me mola, tiene esa dosis de misterio y ensueño que tanto nos gusta a los adolescentes.
Como dispongo de las obras completas, me fijo en las fechas, y este señor escribía una novela tras otra, dos meses tardaba en parir una criatura de unas trescientas páginas.
(Aunque el record de rapidez/excelencia lo tenga Fernando de Rojas, que nos hizo La Celestina en quince días)
Zafón, sin embargo, tarda unos cinco años en sacar un nuevo best-seller.
Yo creo que Blasco Ibáñez es nuestro Víctor Hugo en muchos sentidos. Testigo directo, vividor, y escritor meón de meada larga. Tuvo nuestro don Vicente, eso sí, la fortuna de tener éxito en vida, y hasta se nos fue a las américas, y tuvo fortuna.

La biblioteca paterna.

Algún día tendré que leer alguna de las novelas valencianas. Todo lo tengo en los tres tomos en Aguilar, que aunque se dicen obras completas no son tal, ya que faltan los folletines como La Araña Negra, de los que don Vicente renegó, aunque hoy siguen leyéndose y hasta vendiéndose.
Forman parte de la biblioteca paterna. Mi padre no es que lea mucho, -sí leía cuando se quedaba de rodríguez en Madrid-, pero siempre le ha gustado mucho comprar, y tratándose de alguien que se dedicó durante muchos años al mundo del libro -trabajó en Sopena, por ejemplo, cuando hacían esos libros manejables y prácticos donde lo mismo encontrabas a Flaubert o a Walter Scott que un diccionario o una enciclopedia -. Así que, sin ser lector habitual como sí lo es mi madre, sí tenía buen gusto para comprar colecciones y encontrar algunas joyas.
Unas obras completas de Lorca con manchas de café con leche y dibujos del propio Federico y míos -ya por entonces quería emularle-. Alejandro Casona muy leído por mí, Episodios Nacionales galdosianos, extrañas enciclopedias de la vida que leía yo de niño con estupor, alguna guía de sexualidad escrita por un cura y un psicólogo franquista -más retro el psico que el cura, pues el cura al menos describía el acto con el lirismo de un ser necesitado, y el psico como si fuese semilla de las taras más perjudicales y los vicios más nefandos-, libros sobre plantas, flores, civilizaciones, colecciones de obras de premios nobel, escritores de éxito sesenteros y setenteros que cayeron casi en olvido como un tal Martín Vigil.
La Horda es de los pocos libros que me me aconsejó mi padre: cómo te describe el rastro, me dijo hace muchso años.
Pero no sólo es el rastro.

La Horda, novela madrileña.

Emparentada con la trilogía barojiana La lucha por la vida, en especial con La busca, La Horda es novela sobre los desposeídos a principios del siglo XX. Un extenso fresco donde pareciera que la intención de Blasco Ibáñez es la de hacer un estudio sobre los grupos humanos de entonces con los males que les aquejaban.
Ya desde el comienzo nos muestra el Madrid de entonces con un poder evocador atractivo a mis gustos: barrio de Cuatro Caminos, bajan a Madrid, por Bravo Murillo, las lecheras no sin antes pagar el impuesto en la glorieta. Detrás va la busca, los que se ocupan de recoger la basura, lo que no quieren las clases medias y altas. Vienen -oh, sorpresa, pues ahora se trata de barrio pudiente- de los barrios de la zona de Estrecho.
Nos presenta a Isidro Maltrana, protagonista de la novela, un bohemio y erudito que quizá pertenezca a la clase más impotente, porque, como él mismo se repite a lo largo de la novela, si fuese de la clase de los que trabajan con las manos, que saben ganarse el pan, sería más afortunado. No le han servido de nada sus estudios, saber idiomas, haberlo leído todo, estar enterado de lo que sucede en el mundo gracias al Ateneo y a la Biblioteca Nacional. De vez en cuando hace alguna traducción, algún artículo, que para su soledad le sirven. El problema llega cuando se enamora y se empareja, entonces es cuando le llega el infortunio.
Eran los tiempos en que la bohemia frecuentaba el café Fornos, en Sol. Maltrana pasaba allí las horas, o allí o en las redacciones donde podía caerle algún pequeño banquete.
La trama de la novela es demasiado extensa, los pesonajes de lo más variopintos, para poder hacer aquí un resumen. Ojo: se la recomiendo a todo el que me lea, encarecidamente. Si tienes e-book, podrás encontrarla gratis.(link) Si no, suerte en las bibliotecas y librerías.
Un capítulo está dedicado a la caza furtiva en los bosques de El Pardo. Todo está tan bien narrado, con una expresividad y agilidad tales, que no decae ni aburre, la tensión narrativa es digna del maestro que fue Blasco Ibáñez.
En los últimos capítulos, en la miseria y acompañado por su amada Feli, embarazada, van a vivir a los barrios de las Injurias, a las Cambroneras, más allá del Puente de Segovia: Marqués de Vadillo, Carretera de Extremadura, Pradera de San Isidro ... tan cerca de donde yo vivo. Tienen como vecinos a los gitanos, y Blasco Ibáñez dedica sus buenas páginas a relatar sus tipos y costumbres. Aquí tenéis unas fotos de la época.

Barrio de las Injurias, donde suceden algunas páginas de La horda

Barrio de las Injurias

La Horda, folletín.

Ay de los amores de Isidro y Feli. Ay de su explendor y su ocaso. Ví hace semanas en la filmoteca la serie de la vida del autor, dirigida por Berlanga. Pudimos ver sus comienzos como negro de un folletinista de la época hoy desconocido. Él mismo hizo algunos, que prefirió relegar al olvido.
Gracias a esa técnica de suspense que tienen los folletines decimonónicos, la novela se coge con ganas, y al lector de hoy le asombra y enternece, según. El XIX tuvo sus culebrones como hoy tenemos la tele y sus ficciones tipo Bandolera y Amar en tiempos revueltos.
La lectura es otra cosa, es tener tú que hacerte una imagen con las pistas que te da el creador y testigo de un tiempo pasado. Siempre a favor de la lectura, que te hace coautor y por eso partícipe. Gracias a todos ellos por hacernos jugar al rol que no tuvimos ni tendremos.
La lectura: mi máquina del tiempo.
Maltrana y Feli se van a vivir juntos sin casarse, que en la época era motivo de alarma y escándalo. Yo me acordaba de Larra y su artículo: El casarse pronto y mal, en el que se hace crítica del romanticismo como enfermedad -enfermedad en la que el propio Larra cayó, dándose un tiro-. Más o menos, aquí sin boda, viene a ser lo mismo. En un ideal de belleza y helenismo, Isidro Maltrana creerá superar todas las pruebas, todo irá a su favor, hasta que poco a poco, casi sin notarlo, caerá en la máxima miseria, hasta llegar al hambre y al frío. Si tuviera, digo que se dice, las manos de un proletario, sería más afortunado.

Blasco Ibáñez, autor del naturalismo.

Es considerado este valenciano como exponente del naturalismo literario, junto a la Pardo Bázán. No he leído a Zola, que es como el padre de todo esto.
Las descripciones de la miseria del Madrid de entonces son magistrales, sin dar habitación al pudor, sin banalizar todo lo que de un rotrato de lo sórdido y la desolación.
He tenido el gusto de informarme en foros de internet sobre la obra, y hay gente que prefiere La Horda a La Busca barojiana.
Baroja es distinto, Baroja es autor impresionista.
¿Sería extraño si dijera que como obra prefiero La Horda, y como autor prefiero a Baroja?
Si fuera profesor de instituto, o por no pedir tanto, de universidad, sería interesante hacer que los alumnos trabajaran comparando estas dos obras.
Ya sabéis que Baroja es de mis preferidos. Y a partir de hoy, Blasco Ibáñez también.

Literatura legible y adolescente.

Hacía tiempo que no quedaba atrapado por la lectura de esta manera. He vuelto a la novela como cuando era adolescente y prefería leer a hacer otras cosas: atrapado.
La emoción del suspense, la riqueza de trama y personajes, por encima de una búsqueda artística.
Hay libros para todos los gustos, y yo tengo gustos muy variados, y todos pasionales.
Ahora sólo tengo ganas de tumbarme a leer Juego de Tronos. He pasado del folletín mayor, naturalista, de Blasco Ibáñez, -dejado por las noches con pesar, porque al día siguiente madrugaba- al folletín de fantasía de este mundo inventado, apasionante, que promete muchas horas de intrigas y divertimentos.
(Y mi amigo el Marqués de la Pollalzada, que me pasa las lecturas, está bien contento con la elección. Bellas doncellas como ninfas se me pasean en pelota por las páginas de los tomitos. Princesas follarinas y núbiles aristócratas me cogen de la mano y me invitan a pasar dentro de la página, como si se me abrieran de piernas).
No todo va a ser leer literatura de la excelencia, que está muy bien adentrarse en la maravilla de la creación artística y el despertar de la inteligencia en la página. Uno necesita, para mantenere etérnamente joven, su dosis de sangre fresca, su inyección de juventud cada cierto tiempo. Y su polvo con la literatura más ramera, que es la que mejor sabe venderse.
Sentarse a leer sin lapiz para subrayar y dejarse llevar, atrapar, encantar. Pasar las páginas y no darse cuenta de que los minutos se han ido con el movimiento del aire provocado por ellas.
Blasco Ibáñez, autor legible, se sitúa en la adolescencia lectora, cuando se busca el libro con la adicción que provocan los primeros cigarrillos.
Recomendable, muy recomendable.

Coda

Blasco Ibáñez cuenta como escribió "La Horda"


Vicente Blasco Ibáñez
En 1905, cuando vivía yo en Madrid y era diputado, al salir muchas tardes de mi casa con dirección al Congreso, torcía mi camino, como un escolar que siente la atracción tentadora de la libertad, y en vez de dirigirme al llamado «santuario de las leyes», prefería alejarme de él, siguiendo el contorno de los suburbios de la villa. (Seguir leyendo. link)

3 comentarios:

Rubén Romero Sánchez dijo...

El señor Flaubert necesita una única frase para dar sentido a toda una idea, narrativa o descriptiva. Las mejores obras de Blasco Ibáñez están a su nivel.

Príncipe de ArroyoLuche dijo...

De Flaubert me gustaría leer La educación sentimental. Madame Bovary, novela fundacional en muchos sentidos, fue leída en el pasado siglo, quizá en aquellos días en que usted y yo, para celebrar el fin de exámenes, por los descampados de Las Margaritas en Getafe, nos fumábamos aquel chocolate de pésima calidad.
Cuánto honor, usted por aquí: en la próxima tertulia, y ebrios de buen vino, se lo agradeceré recitándole alguna flor del mal de Baudelaire, aunque lo mismo me pide que jugemos a Rimbaud y Verlaine, pero eso como que no.
Gracias, y un abrazo, señor Gañán.

Gero dijo...

Totalmente de acuerdo, ha llegado a mis manos por casualidad y me tiene atrapado. De esa época, que debió de ser bastante inspirada también me gustó mucho La Bodega. Está claro que Blasco Ibañez ha sido menospreciado y olvidado, al menos en los institutos ni se nombra, excepto en la Comunidad Valenciana supongo, pero por otros temas que no son exclusivamente literarios.