domingo, 16 de noviembre de 2008
La boca del tiempo nos habla y es sorda
La boca del tiempo nos habla y es sorda:
-Voy a hacer luna en porciones con tu nombre.
La boca del tiempo devora y devora:
-Voy a llenar de sombra tus parcelas,
voy a matar mi hambre con tu vida
voy a eclipsar la blanca luna de tu sueño
para que no crezcas
para que no sueñes
para que no vivas.
El hambre en porciones parcela tu nombre
nos habla la luna del sueño y el tiempo
eclipsa la boca y es sorda y devora,
la sombra, la sombra, la sombra, la sombra
Te mata, te mata, te mata, te mata
la boca devora y devora y devora,
y eclipsa y eclipsa y eclipsa y eclipsa.
La boca del tiempo nos dice y no escucha:
-Yo voy a hacer hambre y eclipse con tu vida.
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jueves, 13 de noviembre de 2008
Les vendanges de l'amour
Se dice, se comenta, se rumorea, que las francesas hablan como si estuvieran desnudas, y quizá canten como si en el acto del amor se hallaran, pero yo a Marie Laforet, la verdad, no me la imagino ni de tal guisa ni en tal acción, tal es la elegancia de su rostro y la majestad de sus ojos.
Recuerdo la primera noche que escuché esta canción, en su versión española, hará de esto más de cinco años.
Estaba yo comenzando a trabajar en un lugar que me cambiaría la vida, a mejor, aunque para ello tuve que morirme primero, dar una patada a todo aquello que me hacía infeliz. Estaba trabajando en las mismísimas cocinas de Pedro Botero, famoso por ser el más malo del mundo mundial, en cuyo caldero se cocinaban sobre todo niños. Pero yo aun no sabía donde me había metido. Si la madurez es esto, me dije cuando lo supe, prefiero vomitarla antes de que haga en mí algún efecto trastornador. Pero esta es otra historia que quizá cuente en otros lugares y a otras gentes, quien sabe.
Aquella noche habían robado en casa de un colega, y a otro y a mí nos dejó el coche para que lleváramos a su novia a casa. A la vuelta nos perdimos felizmente, porque nos metimos por barrios del norte bastante cucos, cerca de Ciudad Universitaria, y sin esperarlo nos vimos dentro de la Casa de Campo, donde las lumis tenían repartidas sus zonas según raza, origen, sexo y otras taxonomías. Ejercimos de curiosos sin pararnos, ya sabíamos la leyenda de que el que allí paraba podía ser víctima del ataque de las chicas cocodrilo, eso sí, pagando.
Ya en casa, me acosté, quizá me abrí una birra antes, no recuerdo, pero sí me acuerdo que por aquella época programaba la microcadena para que se apagara solita, y así hice. Escuchaba por entonces, para dormirme, una cadena donde emitían canciones de amor perdidas en las listas de éxitos de décadas anteriores, de esas que podían sonarte de algo, pero que nadie incluía en los recopilatorios para nostálgicos. Sí, estaba Kiss Fm, pero es que me cansaba tanto entonces como ahora.
Es una sensación extraña, despertarte en el primer duermevela sobrecogido por una canción que parece haber sido creada por un ángel para dormirte a tí.
Todo aquel al que le guste la música sabrá de qué hablo, la mente en ese momento no está ensuciada por los problemas del día, pero aun así el corazón necesita consuelo (porque el maldito corazón no puede ovlidar nunca ni el dolor ni la desdicha, aunque la cabeza lo haga), de pronto llega como un beso esa voz y esa melodía, un abrazo universal para tí, el universo entero se ha unido para ofrecerte ese instante de pura felicidad. Quien acaba de despertar está indefenso y desorientado, la música entonces hace de las suyas, sembrando algo en tí que no morirá jamás.
Me había pasado ya, desde niño. Pero ya de mayor recuerdo el So Long Marianne de Leonard Cohen:
Era como si recobrara algo muy hermoso por lo que merecía la pena vivir, no sabía qué, pero ese tesoro ahí queda, aún hoy.
Y recuerdo también el Romperás de Extremoduro, por una cinta que había puesto uno de mis hermanos, con el que compartía habitación:
¿Qué grupo era éste? ¿Cómo una guitarra tan simple podía embelesarme tanto? Y esa poesía desgarrada como la voz de Robe, con versos bien claros y muy, muy hermosos.
¡Pero ay, el día en que escuché el Y volvamos al amor, de aquella francesita!
Como si siempre hubiera estado ahí, y aun así volviera para quedarse siempre a pedir mi mano y no soltarla nunca. Un beso de algodón de azúcar, como si ya, desde niño, el mal de amores se hubiera abortado, y en la vida el amor fuese una continuidad natural como el pan nuestro de cada día.
Sí, ese pan por el que hay que trabajar con el sudor del inclemente sol del mediodía, pero que nadie duda que estará hoy en la mesa.
El Amor, como una sonrisa de muchacha de voz desnuda, que sorprende con su llegada aunque nunca se fue. Y que permanecerá por siempre.
Como el latir del corazón, que sólo se va con la vida, y a nadie le falta.
Que a nadie le falte.
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martes, 11 de noviembre de 2008
Los hijos de Faulkner

Según iba leyendo El Ruido y la Furia, de William Faulkner, me iba dando cuenta de lo prolífico de su semilla y de lo larga -larguísima- de su descendencia, tal como el Ángel le anunció a Abraham, tal como las estrellas o los granillos de arena.
Es como Karl Marx, Faulkner, ha dado de sí tanto bueno y tanto malo, y al igual que hay una crítica que usa un método marxista, los habrá que todo lo literario lo calibren con un método faulkneriano. Es la condena por inaugurar una nueva época.
Yo leí a los iberoamericanos del boom antes que a Faulkner, y me gustan más las hijas que la madre, aunque a la madre tambien la tengo ya puesto un altarcito con tálamo de amor y tinta, para darle mis despechados ayes umbralianos, ¡ay!
Sí, es grande Faulkner, enorme y luminoso, pero su sombra es de ciprés, también, pero dime tú, improbable lectora, si hay algún sol en el Parnaso que no tenga su amenazante y constante eclipse.
Cinco partes tiene el libro, cuatro puntos de vista y un anexo como un último beso pelín aburrido para ser último. No sobra, pero como que no forma parte del cuerpo, si acaso son gafas que la guapa se pone para que la veamos fea, creyendo que seremos nosotros los que veremos más claro, que no ella.
La famosa primera parte, genial, el mundo visto a través del retrasado Benjamin, no con sus palabras, pero sí con su visión.
La lírica segunda parte, intensa y poética, la del suicida Quentin, ahí hay mucha literatura, mucho hijo vigoroso y mucho aborto literario también. Gabriel García Márquez dijo que era su preferida. Con párrafos como este, cuando el padre le regala el reloj, y le dice que se lo regala no para que intente someter el tiempo: Porque nunca se gana una batalla dijo. Ni siquiera se libran. El campo de batalla solamente revela al hombre su propia estupidez y desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofos e imbéciles. También me gusta cuando dice aquello de que pisa los huesos de su sombra...
La colérica tercera parte, hoy diríamos de Jason que es un tipo estresado, y creo que se logra en el lector esa angustiosa sensación de laboriosidad, pese a que Jason hace nada en ese día, dar vueltas y vueltas, por la casa, por la ciudad, por su cabeza. Un tipo obsesivo, que vuelve a los mismos lugares y mismas ideas, esta parte empieza como termina.
La abnegada cuarta parte, con la templanza y religiosidad de la negra Dilsey, único personaje que no es egoísta, que es bondadoso, que todo lo aguanta sin perder su identidad -los otros personajes no se aguantan ni a sí mismos y van perdiendo su identidad por las esquinas de su alma-. Aquí el narrador no es el ego de un personaje u otro, si no el clásico omnipresente, aunque todo gira alrededor de esta mujer, auténtico motor de la mansión de los Dilsey.
Y la plúmbea quinta parte, la más corta y aburrida, con unas frases que no se acaban nunca, frases como matriuskas que contienen otras frases que a su vez... Es un anexo explicativo, pero la madre que lo parió, no hacía falta -pese a sus últimas páginas, llenas de maligna ironía-.
Yo leía este último capítulo y paraba a cada momento, y fumando, iba llegando a conclusiones, joder, a quien me recuerda esta manera de escribir. Pero mejor me callo, veinte páginas han dado más hijos tontos que hijos brillantes dio la primera parte, la que narra el tonto, ay que joderse.
Y mira que me gustan los libros que suponen un reto, pero Kafka escribió más clarito y dio más literatura e hijos genios.
Pero Kafka es un lied y Faulkner es concierto, aceptémoslo así. Al igual que Sto. Julio Cortázar es combo de jazz y Juan Ramón Jiménez melodía. Más o menos.
Sí, se me ocurrió comparar a los que mamaron de Faulkner con los Compson, y así pude sacar cuatro tipos de literatos faulknerianos:
-Los tontos, son los que abundan, y no diré nombres. No se les entiende nada, se les reconoce por eso, no dejan de gimplar en cada párrafo y dentro de su realidad hay tal confusión espacio temporal que hasta hay críticos que les hacen carantoñas.
-Los suicidas. Estos son brillantes, líricos, pero desafortunados. Los más literarios, quizá, los más auténticos. Amor prohibido y culpa, etcétera. Bellísimas expresiones, pero, ¿triunfan?
-Los de la mirada despiadada al mundo. Parte de la obra de Vargas-Llosa, al que tanto admiro, la incluiría aquí. La cólera, la violencia, la mirada sesgada, la incomprensión, la humanidad al fin y al cabo...
-Los que, como Caddy, se despreocupan de milongas y tangos y van a su propio beneficio, son los que triunfan, casándose con el mejor postor, hasta se venden. Quizá tengan que abandonar alguna ilusión, como hizo Caddy con su hija, algo que les trastornará siempre, pero triunfar, triunfan, que es lo que vende, y en estos tiempos, lo que no vende, no existe.
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sábado, 8 de noviembre de 2008
miércoles, 5 de noviembre de 2008
Sólo quiero caminar. Primer mandamiento del cinéfilo
Decepción, hastío, ideas negras sobre la vacuidad de la existencia que creí derrotadas, y todo por olvidar el primer mandamiento de la ley del degustador de cine.
Todo eso lo he ido sintiendo a lo largo de la última película de Agustín Díaz Yanes, a la vez que la tentación de abandonar la sala pegando alaridos de demente.
Fui contento a ver la peli, al Palacio de la Prensa, en la Plaza del Callao, sesión de las 7 y día del espectador.
Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, uno de los mejores filmes de nuestra tierra en el fin de siglo, aun me late el amor por Pilar Bardem, peliculón, con esa Victoria Abril, mito erótico en mi pre-adolescencia, cuando se salía del televisor en mis sueños para hacer cosas que no se dicen en público. Y el gran Federico Luppi en un pequeño y memorable papel, como todos sus papeles, (memorables, que no todos son pequeños)
¿Segunda parte, Sólo quiero caminar? Habrá que verla, hoy tengo el día libre y a la hora de la siesta no me hace, que en donde curro ahora no sé cuando libraré otra vez y la siesta, cosa sacra es.
El motivo de que no haya disfrutado la película estaba en los protagonistas.
No en Pilar López de Ayala -cómo me gusta ella-, ni en Ariadna Gil - qué atractivísima siempre-, ni Elena Anaya - ¡Ayshh! Que la quiero para mí-. Ni tampoco en Victoria Abril, que se vuelve a poner el chándal para meterse en túneles, reales y metafóricos.
Tampoco los actores mejicanos, el Diego Luna y el otro, no sé cómo se llama y no lo voy a buscar en google, que esto no es una crítica seria para el Metrópoli o el Fotogramas. Muy buenos actores los dos, sí que sí.
Y la película es trepidante, con una buena conjunción música y acción como un pareado bien rimado.
Muy buena la película, qué pena que no la haya podido disfrutar, y todo por dos de los protagonistas que durante toda la película estuvieron presentes. No volveré a hacerlo, que se joda mi siesta, no volveré a romper el primer mandamiento, porque luego pasa lo que pasa, que los típicos de siempre me joden la función.
NO IRÁS A LA SESIÓN NUMERADA, y menos en día del espectador y a media tarde, capullo.
La parejita que me sentaron al lado, todo el cine medio vacío y van y me sientan con una parejita que ni siquiera eran novios, porque para cosas del amor uno lo comprende, y ni rencor ni nada, y el cine es buen lugar recogido y oscuro para tortolitos.
La jodida parejita que me sentaron al lado parecía más bien un matrimonio que el Sábado se alquila un dvd y comenta tranquilamente cada secuencia. ¡Y justo me tiene que tocar a mí!
No es la primera vez, por eso me lo prometí cuando fui a ver Tesis, evitarás la sesión numerada en el día del espectador, con la estúpida del walkman haciendo ruiditos, y dando grititos.
Muy bien que pongan anuncios de que apaguen el móvil -claro, que el menda no se coscó, a medio metraje le llaman-, pero bozales en la puerta o una tirita ultra adhesiva podrían darnos, encantado de sellarme los labios si la tortura es común.
Aquí el trailer. Os deseo mejor suerte, y nunca olvidéis el primer mandamiento.
Todo eso lo he ido sintiendo a lo largo de la última película de Agustín Díaz Yanes, a la vez que la tentación de abandonar la sala pegando alaridos de demente.
Fui contento a ver la peli, al Palacio de la Prensa, en la Plaza del Callao, sesión de las 7 y día del espectador.
Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, uno de los mejores filmes de nuestra tierra en el fin de siglo, aun me late el amor por Pilar Bardem, peliculón, con esa Victoria Abril, mito erótico en mi pre-adolescencia, cuando se salía del televisor en mis sueños para hacer cosas que no se dicen en público. Y el gran Federico Luppi en un pequeño y memorable papel, como todos sus papeles, (memorables, que no todos son pequeños)
¿Segunda parte, Sólo quiero caminar? Habrá que verla, hoy tengo el día libre y a la hora de la siesta no me hace, que en donde curro ahora no sé cuando libraré otra vez y la siesta, cosa sacra es.
El motivo de que no haya disfrutado la película estaba en los protagonistas.
No en Pilar López de Ayala -cómo me gusta ella-, ni en Ariadna Gil - qué atractivísima siempre-, ni Elena Anaya - ¡Ayshh! Que la quiero para mí-. Ni tampoco en Victoria Abril, que se vuelve a poner el chándal para meterse en túneles, reales y metafóricos.
Tampoco los actores mejicanos, el Diego Luna y el otro, no sé cómo se llama y no lo voy a buscar en google, que esto no es una crítica seria para el Metrópoli o el Fotogramas. Muy buenos actores los dos, sí que sí.
Y la película es trepidante, con una buena conjunción música y acción como un pareado bien rimado.
Muy buena la película, qué pena que no la haya podido disfrutar, y todo por dos de los protagonistas que durante toda la película estuvieron presentes. No volveré a hacerlo, que se joda mi siesta, no volveré a romper el primer mandamiento, porque luego pasa lo que pasa, que los típicos de siempre me joden la función.
NO IRÁS A LA SESIÓN NUMERADA, y menos en día del espectador y a media tarde, capullo.
La parejita que me sentaron al lado, todo el cine medio vacío y van y me sientan con una parejita que ni siquiera eran novios, porque para cosas del amor uno lo comprende, y ni rencor ni nada, y el cine es buen lugar recogido y oscuro para tortolitos.
La jodida parejita que me sentaron al lado parecía más bien un matrimonio que el Sábado se alquila un dvd y comenta tranquilamente cada secuencia. ¡Y justo me tiene que tocar a mí!
No es la primera vez, por eso me lo prometí cuando fui a ver Tesis, evitarás la sesión numerada en el día del espectador, con la estúpida del walkman haciendo ruiditos, y dando grititos.
Muy bien que pongan anuncios de que apaguen el móvil -claro, que el menda no se coscó, a medio metraje le llaman-, pero bozales en la puerta o una tirita ultra adhesiva podrían darnos, encantado de sellarme los labios si la tortura es común.
Aquí el trailer. Os deseo mejor suerte, y nunca olvidéis el primer mandamiento.
lunes, 3 de noviembre de 2008
Instrucciones para escribir un poema
Para que el poema surja bello
como flor de luna llena
o como voz de lluvia primeriza
hay que barrer primero la despensa
de todas las ideas que se opongan
al latido sensorial que es el poema.
Hay que llenar la casa de sabores,
dolores, alegrías y tristezas.
Hay que elegir por rey al tiempo libre
hay que escoger por reina a la pereza
hay que crear imágenes de aire
mientras se gesta pose de alma en pena.
miércoles, 29 de octubre de 2008
Yolanda en la estepa
Añoraban una mañana circunstancial. Sólo tenían que cruzar los brazos para adivinarse lejos. Ella vibraba con la caricia de olas imaginarias. A él se le ocurrió que podrían avanzar aún unos metros.
-Las piñas ya no nos distraen - aclaró él como si cantara.
-Mi padre solía decir que yo era algo más que una vaga promesa.
Él hubiera querido vestirla como a una muñeca, pero ya estaba vestida, y él no tenía más ropas que las suyas propias.
-Mi abuelo quizá tuviera la respuesta -siguió ella, a punto de llorar.
El consuelo se sirve en mantel a cuadros. Él preparó unas piedras y unas aceitunas azarosamente. Ella estudió sus movimientos y pensó que tal vez algún día la luna podría morderla ahí donde reside el nervio que si se roza da placer inmenso.
Él desabotonó el botón de la camisa en su pecho y le mostró su pezón derecho.
-Seguro que mi aureola es más clara que la tuya.
Él imaginó que ella le mostraría el suyo. Imaginó también que ese pezón le sonreiría gentilmente, iluminando la gris mañana de la estepa.
No pudo saber si el pezón le sonreía, pero ella sí le sonrió, sin amabilidad, le sonrió como la uña del dedo índice que al cortarse demasiado duele.
-Sacaste tantas aceitunas que no te hacían falta las piedras.
-Pero yo te amo, Dalanyo.
-Todo lo haces al revés.
-El orden de los factores no ha de alterarte.
Ella miró al Norte. Luego al Sur. Después al Este. Por último al Oeste. El mismo horizonte, no había escapatoria.
-No me quieras, no soy justa contigo.
-Nadie es justo en este contexto. Al menos, permíteme que te bese.
Ella escogió las piedras y se las metió en la boca.
-Aoa -dijo.
Él sacó con su boca las piedras, una a una.
Después, se sentaron a comer las aceitunas, apoyándose en la espalda del otro. Ella le daba los huesos, y él se los guardaba en el bolsillo. Los suyos los tiraba al suelo.
Después, ella le dijo que podía mirar su pezón, pero que un postre así se merecía una ruptura después de un beso.
-Sí -dijo él-, mi seno es estéril.
Ella se lo mostró. Sí, era claro y le sonreía, pero pícaramente. Él mamó y mamó hasta perder el resuello. Cogió aire y se besaron hasta perder el resuello.
Ella le tapó los ojos.
-Cuenta hasta cien.
-Cien, noventainueve, noventaiocho, noventaisiete...
Cuando abrió los ojos ella ya no estaba en la estepa porque ya no había estepa. La mañana en la ciudad era clara.
Él fue saboreando los huesos de las aceitunas que ella le regaló, recordando así el dulce amargor de la leche de su seno fecundo.
Escrito en Madrid, el 8 de Septiembre del año 2006
-Las piñas ya no nos distraen - aclaró él como si cantara.
-Mi padre solía decir que yo era algo más que una vaga promesa.
Él hubiera querido vestirla como a una muñeca, pero ya estaba vestida, y él no tenía más ropas que las suyas propias.
-Mi abuelo quizá tuviera la respuesta -siguió ella, a punto de llorar.
El consuelo se sirve en mantel a cuadros. Él preparó unas piedras y unas aceitunas azarosamente. Ella estudió sus movimientos y pensó que tal vez algún día la luna podría morderla ahí donde reside el nervio que si se roza da placer inmenso.
Él desabotonó el botón de la camisa en su pecho y le mostró su pezón derecho.
-Seguro que mi aureola es más clara que la tuya.
Él imaginó que ella le mostraría el suyo. Imaginó también que ese pezón le sonreiría gentilmente, iluminando la gris mañana de la estepa.
No pudo saber si el pezón le sonreía, pero ella sí le sonrió, sin amabilidad, le sonrió como la uña del dedo índice que al cortarse demasiado duele.
-Sacaste tantas aceitunas que no te hacían falta las piedras.
-Pero yo te amo, Dalanyo.
-Todo lo haces al revés.
-El orden de los factores no ha de alterarte.
Ella miró al Norte. Luego al Sur. Después al Este. Por último al Oeste. El mismo horizonte, no había escapatoria.
-No me quieras, no soy justa contigo.
-Nadie es justo en este contexto. Al menos, permíteme que te bese.
Ella escogió las piedras y se las metió en la boca.
-Aoa -dijo.
Él sacó con su boca las piedras, una a una.
Después, se sentaron a comer las aceitunas, apoyándose en la espalda del otro. Ella le daba los huesos, y él se los guardaba en el bolsillo. Los suyos los tiraba al suelo.
Después, ella le dijo que podía mirar su pezón, pero que un postre así se merecía una ruptura después de un beso.
-Sí -dijo él-, mi seno es estéril.
Ella se lo mostró. Sí, era claro y le sonreía, pero pícaramente. Él mamó y mamó hasta perder el resuello. Cogió aire y se besaron hasta perder el resuello.
Ella le tapó los ojos.
-Cuenta hasta cien.
-Cien, noventainueve, noventaiocho, noventaisiete...
Cuando abrió los ojos ella ya no estaba en la estepa porque ya no había estepa. La mañana en la ciudad era clara.
Él fue saboreando los huesos de las aceitunas que ella le regaló, recordando así el dulce amargor de la leche de su seno fecundo.
Escrito en Madrid, el 8 de Septiembre del año 2006
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sábado, 25 de octubre de 2008
Ceniza son mis labios, de Manuel Caballero Bonald
En su oscuro principio, desde
su alucinante estirpe, cifra inicial de Dios,
alguien, el hombre, espera.
Turbador sueño yergue
su noticia opresora ante la nada
original de la que el ser es hecho, ante
su herencia de combate, dando vida
a secretos cegados,
a recónditos signos que aún callaban
y pugnan ya desde un recuerdo hondísimo
para emerger hacia canciones,
puro dolor atónito de un labio, el elegido
que en cenizas transforma
la interior llama viva del humano.
Quizá solo para luchar acecha,
permanece dormido o silencioso
llorando, besando el terso párpado rosa,
el pecho triste de la muchacha amada;
quizá solo aguarda combatir
contra esa mansa lágrima que es letra del amor,
contra
aquella luz aniquiladora
que dentro de él ya duele con su nombre: belleza...
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jueves, 23 de octubre de 2008
Leer a Walt Whitman hasta perder el resuello
Las traducción de los versos de Whitman, menos la versión de León Felipe, es de Pablo Miñé Garzón
¿Cómo quieres que le lea de una manera ordenada, del comienzo al final, al pionero del verso libre?
A chispazos, iluminaciones, como quien coge sin mirar un caramelo, y el que te toca, te toca.
Hoy, al acordarme de él, tomé las Hojas de Hierba, y con lo primero que me sale es con esta máxima, que recuerda a un dicho oriental que tengo yo como mandamiento.

Como un oráculo, un profeta o un santón de luengas barbas, aleccióname como uno de aquellos pastores contemporáneos tuyos, tú, sí, aunque tu religión sea la del credo de tu cuerpo y la fe en la humanidad.
En la guerra de secesión trabajó en hospitales militares, y sus jefes le despidieron porque sus poemas eran indecentes.
Yo, más que escandalizarme, me maravillé al leer sus primeros versos, en una baratísima edición que compré de algunas de sus hojas, Hijos de Adán, cuando era adolescente.
Más de quince años después recuperé su legado, ya en una edición más completa, y ya puestos me agencié al Wilde y al Poe poetas, a Rimbaud completo, al clarividente Blake, y Las Canciones de Bilitis, de Louys -que inspiraría una peli erótica de los 70, con hermosa música-.
Recuerdo aquella mañana de primeros de Septiembre, cuando fui a correos a recoger el paquete.
Dias más tarde, llegando en noche cerrada y lluviosa a mi guarida con una copa de más y un beso de menos, tomé el libro y hallándome sólo, recité en voz alta, que es como se debe leer a los buenos poetas.
Leía un poema y luego otro, hasta perder el resuello, no me cansaba, tampoco se cansaba el entendimiento de comprender tanto y tan bien, palabras cargadas de sentido, ¿o es que acaso, era el don de la ebriedad?.
Cegador y tremendo, con qué rapidez el amanecer me mataría
si no pudiese ahora y siempre sacar de mí amaneceres
¿Cómo quieres que le lea de una manera ordenada, del comienzo al final, al pionero del verso libre?
A chispazos, iluminaciones, como quien coge sin mirar un caramelo, y el que te toca, te toca.
Hoy, al acordarme de él, tomé las Hojas de Hierba, y con lo primero que me sale es con esta máxima, que recuerda a un dicho oriental que tengo yo como mandamiento.
Ni yo ni nadie puede recorrer ese camino por tí.
Habrás de recorrerlo tú mismo.

Como un oráculo, un profeta o un santón de luengas barbas, aleccióname como uno de aquellos pastores contemporáneos tuyos, tú, sí, aunque tu religión sea la del credo de tu cuerpo y la fe en la humanidad.
¿Esto es pues, un contacto? Me lleva, sobrecogido, a una nueva identidad.
En la guerra de secesión trabajó en hospitales militares, y sus jefes le despidieron porque sus poemas eran indecentes.
Creo en la carne y en los deseos.
Ver, oír y palpar son milagros y cada porción y apéndice de mí es un milagro.
Yo, más que escandalizarme, me maravillé al leer sus primeros versos, en una baratísima edición que compré de algunas de sus hojas, Hijos de Adán, cuando era adolescente.
Del dolor de los ríos encerrados,
del río de mí mismo, sin el cual nada sería,
de aquello que me he propuesto hacer ilustre aunque tuviese que quedarme solo entre los hombres,
de mi propia voz resonante que canta al falo
que canta el canto de la procreación...
Más de quince años después recuperé su legado, ya en una edición más completa, y ya puestos me agencié al Wilde y al Poe poetas, a Rimbaud completo, al clarividente Blake, y Las Canciones de Bilitis, de Louys -que inspiraría una peli erótica de los 70, con hermosa música-.
Recuerdo aquella mañana de primeros de Septiembre, cuando fui a correos a recoger el paquete.
Dias más tarde, llegando en noche cerrada y lluviosa a mi guarida con una copa de más y un beso de menos, tomé el libro y hallándome sólo, recité en voz alta, que es como se debe leer a los buenos poetas.
Así como soy existo. ¡Miradme!
Esto es bastante.
Si nadie me ve, no me importa,
y si todos me ven, no me importa tampoco.
Un mundo me ve,
el mas grande de todos los mundos: Yo.
Si llego a mi destino ahora mismo,
lo aceptaré con alegría,
y si no llego hasta que transcurran diez millones de siglos, esperaré...
esperaré alegremente también.
Mi pie está empotrado y enraizado sobre granito
y me río de lo que tu llamas disolución
por que conozco la amplitud del tiempo.
(Versión de León Felipe)
Leía un poema y luego otro, hasta perder el resuello, no me cansaba, tampoco se cansaba el entendimiento de comprender tanto y tan bien, palabras cargadas de sentido, ¿o es que acaso, era el don de la ebriedad?.
¿Qué significa existir de una forma?
(Damos vueltas y vueltas, todos nosotros, para volver siempre al mismo sitio
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miércoles, 22 de octubre de 2008
Mi nombre y mi rostro, en el periódico del día
Hoy amor, como siempre,
el diario no hablaba de ti,
el diario no hablaba de ti,
el diario no hablaba de ti...
Ni de mí.
(Joaquín Sabina)
Como si fuera un ministro, un torero, la presidenta de alguna organización de fumadoras de pipa o el futbolista que por lesión no puede saltar hoy al campo de juego.
Hoy he salido en los papeles, en un diario -y no gratuito-, en la prensa reciente de la mañana, ¿churro o croissant?, primer bostezo del alba, vagones semivacíos de los más madrugadores.
Sí, sí, he sido entrevistado, yo, uno más que va por ahí, anónimo y confundido con la marea. He sido entrevistado, como un Don Mengano Famoso más.
Soy un ser anónimo, y cientos de miles de ojos anónimos me mirarán y no me reconocerán. La mayoría pasará sobre mí de largo, pisándome con la sombra de sus pestañas. Algunos se detendrán, pocos curiosearán en mis opiniones, quizá un par de hermosos ojos se fijen en mi rostro y sientan curiosidad, ¡ay, mis ojos de papel, hoy, en la prensa! Bajo tus ojos, mis ojos, como letritas legibles, o de un código extraño.
Recuerdo a Adela, una amiga que siendo adolescente se enamoró del rostro sin nombre ni fama de un muchacho, que salía junto con otros celebrando botellón en la Plaza Mayor por fin de clases, y comienzo de Navidad. Recortó la foto, dibujó un corazón con una flecha, y lo paseó en su carpeta durante meses, usando el recorte también como punto de lectura, sí, recuerdo el misterio de El Gran Meaulnes, de Alain-Fournier, ella lo leía sin dejar de encontrarse con ese desconocido, -romántico, ¿no?-. Pero esta es otra historia que algún día te contaré.
En la edición impresa, junto al comentario de siempre de Rafael Reig -que hizo un gracioso manual de literatura sin caer en la tentación del manual pero sí de la literatura y de la gracia-, mi nombre y mi rostro quedarán por siempre en las hemerotecas.
En la portada de la edición digital también se me ve, en primera plana, bajo el mapa del tiempo -de este mal tiempo que hace hoy en Madrid-, muy abajito, casi al final de la caída.
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