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jueves, 5 de febrero de 2009

Este es el relato más triste que nunca he oído



Así elige Firmín comenzar su memoria, "este es el relato más triste que nunca he oído".
No tenía otra opción, pese a esa comicidad, causticidad e ironía, luminosidad -porque es una obra clara, magra, sin retóricas ni vanas explicaciones-.
Creo no confundirme si digo que es una novela sobre la desolación -fantasma que evita que tú ocupes el trono que te fue arrebatado con la madurez-, pesimista, agria -agridulce, mejor así-, pero todo eso no impide que sea un bocado exquisito, alta Literatura.
Sí, es una muestra de que la alta Literatura no tiene por qué ser aburrida, laberíntica, un juego para mentes superiores, un código para expertos eruditos.

Hay muchos motivos por los que leer este librico:

1- No es una novela para niños, pero es como ese libro que de niño leíste y que tanto te fascinó y que te hizo enamorarte de los libros como objetos y como continentes de algo maravilloso.
2- Me volveré profeta: dentro del boscoso maremágnum de novelas actuales, Firmín se salvará de la quema del olvido. ¿Por qué? Véanse los otros motivos.
3- El tema es tremendamente original, que en comunión con el tono cotidiano de la obra, ofrece una perspectiva nueva sobre la realidad.
4- Es amena, amenísima, más que un Dan Brawn. Pero no atenta a la credibilidad, ¡y eso que es una rata la que lo cuenta! Pero es que hay un pacto literario siempre que se lee, yo te presento estos hechos dentro de este tipo de fábula, etcétera.
5- Es una alegoría, como tantas fábulas, ¿de qué? De lo humano, no sé, léetela tú.
6- ¡Por fin una novela donde las descripciones no son pesadas! Bebe de Hemingway, según parece, y el mismo Ernest reconoció a Pío Baroja como a un maestro. No leía descripciones tan amenas desde la trilogía de La Lucha por la Vida.
7- Los personajes, el librero y el escritor, con los que convive alternativamente. Si hay algo que me produce vergüenza ajena, es un personaje plano, estereotipado. Estos no lo son.
8- El Nosotros, de qué manera Firmín, al hablar de estos dos personajes, se hace partícipe de sus vidas, mientras que ellos -Jerry no tanto, aunque no deja de tratarle como a una mascota, aunque diga de ella que es una rata civilizada- son ajenos a su humanidad. No dice: Norman pasó toda la mañana pasándole el plumero a los libros, dice: pasamos toda la mañana haciendo limpieza.
9-La humanidad, lo humana que es esta rata, coño, que es que piensa, sueña y siente como tú y como yo, y sin dejar de comportarse como una rata, lo que da a Firmin un carácter digno de ternura, asco, admiración, reprobación...
10- La riqueza de los hechos narrados, un tesoro oculto e inolvidable en esas visitas al cine, en esas lecturas, en esas audiciones de jazz, de Bird, Charlie Parker, por eso lo he puesto para que lo oitas mientras lees esto. Y ese baile con Ginger Rogers...
11- La lucidez.
12- Es lo que llamo yo una novela musa, motivadora, inspiradora, pese a todo te anima.
Y hay más, claro que hay más, pero no puedo alargarme más.
¿Críticas negativas? Que últimamente sólo leo cosas desoladoras, como El Mundo de Millás, libros enormes, profundos, llenos de humor, pero desoladores, lo que me faltaba a mí que el frío y el invierno me sientan tan mal. Menos mal que de vez en cuando me meto para el cuerpo un Aristófanes o un Saki...
Me has dejado hecho polvo, Firmín, tío, este relato tuyo..., el relato más triste que nunca he leído.


martes, 20 de enero de 2009

El Mundo (,) de Juan José Millás

Entonces comprendí de súbito que uno se enamora del habitante secreto de la persona amada, que la persona amada es el vehículo de otras presencias de las que ella ni siquiera es consciente. ¿Por quién tendría que haber estado habitado yo para despertar el deseo de M.J.?
Juan José Millás. El Mundo.

La coma del título del post es opcional, está puesta así entre paréntesis como homenaje, quien haya leído el libro sabrá la impertancia que tiene para la fábula esta muleta -o ala- ortográfica.

Al señor Millás le dediqué uno de los primeros artículos que escribí en un blog, en mi Manicomio anterior, o quizá será mejor decir interior. Le acababan de vestir con ese fajo de billetes que es el Premio Planeta por esta novela de hambre y frío. Una novela de infancia y desolación, de fantasía cotidiana -como todo lo de Millás- y de ganas de morirse -esa escena del adolescente huyendo bajo la lluvia que se confunde con su sollozo por el maltrato-.
No es una novela, aunque él sí la llama así. Son unas memorias, quizá ni siquiera noveladas. Aunque todo lo que toca el literato se literaturiza.
La realidad está literaturizada, ¿quién la desliteraturizará? El desliteraturizador que la desliteraturice, buen desliteraturizador será.
Ahora vas y lo cascas, como decía el otro.
No he leído demasiado de Millás, admirándole tanto quizá debería hacerlo. Papel mojado, El desorden de tu nombre, y un libraco de relatos sobre parejas que tienen sus amantes y a las que les pasan cosas no muy normales.
Recuerda en esa otra realidad cotidiana, en esa manera nueva de mirar las cosas, a esos talentos como Cortázar y Kafka.
Yo lo que más apreciaba de Millás era su humor, pero después de El Mundo, su hondura, su lección de amarga verdad, esa magistral manera de autoretratarse... impedirán que vuelva a acercarme a sus escritos como antes, con tanto desenfado.
Muerto Umbral quizá sea el mejor escritor vivo aquí en España, no lo sé, tampoco he leído a tantos, ni tanto.
Él capitaneando el equipo de los chicos, ¿y el de las chicas, Clara Sánchez, Rosa Montero? No sé, las dos me gustan, y Clara Sánchez un día me llamó misterioso, en el retiro, y eso genera literatura, no sé, no sé... "A David, tan misterioso que ya se ha metido en las páginas de este libro", me dedicó en El misterio de todos los días, novelón que leí aquel verano, y subrayé, y tiene anotaciones en los márgenes y a pie de página, tanto me gustó. Pero Rosa Montero tiene La loca de la casa, que no es moco de pavo...
Es un libro que recomiendo a cualquiera, más que otros que me gustan y de los que pueda hablar aquí, lo recomiendo hasta a los que quieran recobrar esa fiebre de lectura que quizá hayan perdido en algún mamotreto milpagenario -toma palabro-.
Todo el que haya sido niño -lo digo porque muchos se automutilaron de camino hacia esa nada de madurez y hastío- se verá reflejado en algunas páginas. Celebrará o maldecirá las coincidencias, según.
Cuando Juanjo, el personaje de la narración, descubre esa huída de la opacidad circundante a través de las novelas condensadas del Reader's Digest, me acordé de esas larguísimas tardes que no terminaban nunca con la colección de esa revista que tenía mi padre en el pueblo.


O cuando le regalan un par de zapatos nuevos, y de qué manera siente sus pies más ágiles. Recordé cuando a mi hermano pequeño y a mí mi padre nós regaló unas botas de siete leguas, dicho así por él, y doy mi palabra, casi volábamos.
Los miedos, las manías -eso de hacer las cosas en series de tres, eso lo hago yo-, las fantasías como escape, el fracaso escolar, el no entrarle las letras de los libros de texto pese a tirarse horas ante ellos...
Es mucho lo que tiene un libro de poco más de 200 páginas, ágil, de fácil lectura.
Y esa idea que lo llena todo, la escritura como un bisturí eléctrico, que va abriendo y sangrando a la vez que cura y cicatriza la zona a tratar.
Para finalizar, cito a Fernando Sánchez Dragó, quizá porque son, él y Millás, dos escritores antagónicos, ¿o complementarios?
Agradabilísima sorpresa, que me reconcilia con un autor del que siempre me había sentido distante, por no decir lejano. Entre Millás y yo mediaban abismos ideológicos y planteamientos vitales difíciles de salvar, pero eso, en lo que a mí respecta, es asunto zanjado. La lectura sirve, entre otras muchas cosas, para tender puentes de avenencia, cuando no de abierta amistad, entre el lector, el autor y los personajes de los libros. ¡Qué sorpresa! Resulta que Millás y yo no éramos adversarios, sino complementarios. Afinidades, las nuestras, de niños lobos. He devorado 'El mundo' con avidez, casi con lujuria. Lo he hecho mío, lo he subrayado, lo he manoseado, lo he estrujado. No podía desviar la atención hacia otras cosas ni desempeñar tareas, acaso más urgentes, pero menos apremiantes, que entorpeciesen el gozoso fluir, sin prisa y sin pausa, de la lectura. Iba yo, durante ésta, deslizándome con suavidad sin freno, incontenible, de línea en línea, de frase en frase, de párrafo en párrafo, de página en página -no tiene muchas- hasta alcanzar la última. Así leía en la niñez, cuando los libros me ayudaban a inventar el mundo y mis pupilas eran telescopios y microscopios de cera virgen, ajuste fino y alta resolución. Novela o no, ¿qué importa eso? Testimonio, autoanálisis, memoria, ajuste de cuentas, balance del debe y haber, crónica familiar y personal, mirada interior hacia el mundo exterior, reflexión, confesión, sanación (o no… Vaya usted a saber) y, en todo caso, apuesta audaz, riesgo asumido, naipes boca arriba y alta literatura. Mejor, añadiría, casi imposible. Así son los libros que de verdad me gustan.

martes, 9 de diciembre de 2008

Leopoldo hijo, loco oficial del reino de las musas...

... donde nada es oficial, si no te duele o no lo gozas.
Lo que es yo, siempre sentí gran curiosidad por las familias literarias, sobre todo las mal avenidas, esas que pasan años sin hablarse con odios ancestrales que anteceden el origen conocido.
Qué pena no haber tenido yo un baile frenético así ante mis ojos como pan de cada día, y eso que en la madrugada del Domingo al Martes, a eso de las 4 A.M., un colega me atizó con la Divina Comedia del Divino Dante en la cabeza, pero se siente, eso no vale, la discusión era astrológico-sentimental, y no litararia.
Yo, cainita, matando el ego de un hermano, y luego sufrir el tormento del remordimiento, protegido de los hombres por el dios del alcohol.
Me tragué El Desencanto y Despues de Tantos Años, de Jaime Chávarri y Ricardo Franco respectivamente, dos veces cada una, en cine o en DVD. Y yo lo miraba todo como un adicto de hoy puediera ver un capítulo más de su culebrón preferido.
El Desencanto fue lo último que ví, la anterior primavera, en hora de almuerzo, con un plato de pasta y una pepsi en bandeja sobre mis rodillas.
Un padre y dos hijos laureados -el otro, el pequeño, Michi, era el más majete, creo que nunca se creyó nada, y por eso era carismático-. Y esa madre tan litararia, edípica.

INFIERNO Y PARAÍSO

«allá estará también la castañera
de ocho pares,
y el humo de los céntimos, y el vaho en los bolsillos»

Leopoldo Panero "Escrito a cada instante"

Pero no sólo los mendigos, padre, van al paraíso
van también aquellos que aun más asco dan
también estos mendigos del ser que acezan
a la puerta del manicomio
esas caricaturas humanas, tal como esta
que Alicia se piensa en el
jardín no
humano de las flores
y quisiera destruir el universo
porque si hay algún monstruo, éste es la desgracia
y la única injusticia que existe es la injusticia evidente
y si hay alguna moral, ésta es la moral del desastre.

Leopoldo María Panero, "Guarida de un animal"


Luego están los Goytisolo, pero en ellos como que el talento está más repartido. Juan, bien considerado -pese a que siempre se está quejando, siempre leo buenas críticas sobre él-, Luís, muy celebrado por los entendidos. Y Jose Agustín... sus canciones están en la memoria colectiva de muchos que nacimos antes que la constitución, gracias a aquel que le musicó.



¿Y los matrimonios, cómo se lo montan? No he leído a Josefina Aldecoa, pero sí a su marido, Ignacio Aldecoa. Carmen Martín Gaite y Rafael Sánchez Ferlosio, los dos leídos, sobre todo la primera, ¿se tirarían voluminosos Proust a la quijotera o les bastaría con el clásico tiro al plato, como a todos los matrimonios?
Y en el extanjero son legión las parejas de poetas, novelistas y artistas de similar ralea. Muchos se alcoholizan, otros enloquecen, algunos se suicidan, los menos envejecen plácidamente en hamacas donde recriminarse los tiempos dorados donde fueron jóvenes, talentudos y atractivos.
¡Y padres e hijos! Además de los Panero, por ahí campearon los Amis -no confundir con la secta americana, los pobres, tienen prohibido pelearse-.
Y que no me olvide yo de los Durrell, hermanos que no se parecían a Caín y Abel, porque uno era un genio de la literatura y el otro de la zoología -rama de la literatura, ¿o era de la biología?-. Sí, sólo un genio pudo crear algo como Mi Familia y Otros Animales, donde el pequeño Gerald observa a su hermano mayor Lawrence, como quien estudia una polilla o una salamanquesa.
Pero ya se me fue la chaveta fuera del asunto, así que como colofón, he aquí Leopoldo María Panero:


miércoles, 19 de noviembre de 2008

Mafalda. Yo te nombro libertad



El personaje de Mafalda fue creado en una época importantísima, de cambio, la de la década de los 60. Por mucho que ciertos intelectuales quieran decir "no fue para tanto, ahí quedó, sus resultados, ¿dónde están?", esta década bien llamada prodigiosa fue el marco del cambio de mentalidades que tanto para bien y para mal disfrutamos y padecemos hoy. Que yo lo estudié y me lo aprendí en aquellos años finiseculares, y gracias a ello hoy mantengo la cabecita virginal y puta, amorosa como la primera vez, maleada de tanta idea cogida al vuelo. Gracias a ello, digo, creo que soy un tipo bastante tolerante y abierto a ideas, abomino del pensamiento único ya venga por parte de estos o aquellos. Gracias a esos libros que estudié y esos profesores a los que admiré, aun no he descubierto el buen camino de la verdad, soy joven y niño, como el primer día, corazón de tábula rasa, herido más de amores que de ideologías.
Los niños de Quino no son reales, son como ideas encarnadas. Son infantes con gustos de su edad e interrogantes de pensadores. Ahí quizá radique su originalidad, en eso y en una pizca de humor genial que lo mismo ralla lo gamberro que lo tierno. Otra cosa a su favor es que sus personajes no son planos, estereotipados.
Fijaos en Manolito, cuadriculado y torpe, pero con una agilidad para las cuentas y los planteamientos económicos muy interesantes.


O Susanita, la frívola, en más de una tira se explica a sí misma, su idiosincrasia es digna de un estudio, no hay más que ver cómo se ruboriza cuando su madre actúa como ella misma es.


Como personajes me gustan Miguelito y Guille, ingénuos y con delirios de grandeza, encantadores y carismáticos, ¿existía el mundo antes de que yo naciera? Pregunta a Mafalda Miguelito en una tira, y ante la afirmación, se pregunta: "¿Y para qué?"



Estos dos quizá sean los más niños, Miguelito y Guille, con toda esa genialidad no mancillada con que nos sorprenden a veces.



Pero yo soy Felipe, pequeño Hamlet, duda constante, soñador y enamorado, enfrentado a una realidad con la que es cobarde, pero con la que, paradójicamente, es consecuente.



Mafalda y Libertad son las abanderadas de los ideales de la época. Son los personajes más irreales, intelectuales, adultos y combativos.

Libertad es como Mafalda, pero más radical. Una alegoría de su propio nombre, pequeña pero respondona.

Yo ahora estoy haciendo, desde hace un par de meses, la colección completa de Mafalda que vende el diario Público todos los domingos. Los Domingos, Lunes o Martes, antes de acostarme, dedico una o dos horas a leer sus tiras.
De las horas de la semana, para mí son las más felices, no solo estoy recobrando las viejas tiras que ya leí hace años, si no que descubro otras nuevas: Quino siempre engancha. Y eso que ahora estoy con Los Detectives Salvajes, de Roberto Bolaño, cuya lectura no aburre y maravilla, ya os contaré tiempo después de ser leída, en plena digestión.
A Mafalda la conocí a principios de los 80, gracias a mi hermana, la progre de mi amplia y variopinta familia, que a mi hermano pequeño y a mí nos regaló el volumen 3. Luego vino el 4, y el 10. Y el tomo conmemorativo por su aniversario, que releí varias veces, con críticas de gente importante, como Sto. Julio Cortázar, crema de la inteligencia y gloria del swing literario. Argentino, como esta niña que no quisiéramos como hija, porque para conciencia crítica ya tenemos el mundo, tal cual es.

martes, 11 de noviembre de 2008

Los hijos de Faulkner


Según iba leyendo El Ruido y la Furia, de William Faulkner, me iba dando cuenta de lo prolífico de su semilla y de lo larga -larguísima- de su descendencia, tal como el Ángel le anunció a Abraham, tal como las estrellas o los granillos de arena.
Es como Karl Marx, Faulkner, ha dado de sí tanto bueno y tanto malo, y al igual que hay una crítica que usa un método marxista, los habrá que todo lo literario lo calibren con un método faulkneriano. Es la condena por inaugurar una nueva época.
Yo leí a los iberoamericanos del boom antes que a Faulkner, y me gustan más las hijas que la madre, aunque a la madre tambien la tengo ya puesto un altarcito con tálamo de amor y tinta, para darle mis despechados ayes umbralianos, ¡ay!
Sí, es grande Faulkner, enorme y luminoso, pero su sombra es de ciprés, también, pero dime tú, improbable lectora, si hay algún sol en el Parnaso que no tenga su amenazante y constante eclipse.
Cinco partes tiene el libro, cuatro puntos de vista y un anexo como un último beso pelín aburrido para ser último. No sobra, pero como que no forma parte del cuerpo, si acaso son gafas que la guapa se pone para que la veamos fea, creyendo que seremos nosotros los que veremos más claro, que no ella.
La famosa primera parte, genial, el mundo visto a través del retrasado Benjamin, no con sus palabras, pero sí con su visión.
La lírica segunda parte, intensa y poética, la del suicida Quentin, ahí hay mucha literatura, mucho hijo vigoroso y mucho aborto literario también. Gabriel García Márquez dijo que era su preferida. Con párrafos como este, cuando el padre le regala el reloj, y le dice que se lo regala no para que intente someter el tiempo: Porque nunca se gana una batalla dijo. Ni siquiera se libran. El campo de batalla solamente revela al hombre su propia estupidez y desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofos e imbéciles. También me gusta cuando dice aquello de que pisa los huesos de su sombra...
La colérica tercera parte, hoy diríamos de Jason que es un tipo estresado, y creo que se logra en el lector esa angustiosa sensación de laboriosidad, pese a que Jason hace nada en ese día, dar vueltas y vueltas, por la casa, por la ciudad, por su cabeza. Un tipo obsesivo, que vuelve a los mismos lugares y mismas ideas, esta parte empieza como termina.
La abnegada cuarta parte, con la templanza y religiosidad de la negra Dilsey, único personaje que no es egoísta, que es bondadoso, que todo lo aguanta sin perder su identidad -los otros personajes no se aguantan ni a sí mismos y van perdiendo su identidad por las esquinas de su alma-. Aquí el narrador no es el ego de un personaje u otro, si no el clásico omnipresente, aunque todo gira alrededor de esta mujer, auténtico motor de la mansión de los Dilsey.
Y la plúmbea quinta parte, la más corta y aburrida, con unas frases que no se acaban nunca, frases como matriuskas que contienen otras frases que a su vez... Es un anexo explicativo, pero la madre que lo parió, no hacía falta -pese a sus últimas páginas, llenas de maligna ironía-.
Yo leía este último capítulo y paraba a cada momento, y fumando, iba llegando a conclusiones, joder, a quien me recuerda esta manera de escribir. Pero mejor me callo, veinte páginas han dado más hijos tontos que hijos brillantes dio la primera parte, la que narra el tonto, ay que joderse.
Y mira que me gustan los libros que suponen un reto, pero Kafka escribió más clarito y dio más literatura e hijos genios.
Pero Kafka es un lied y Faulkner es concierto, aceptémoslo así. Al igual que Sto. Julio Cortázar es combo de jazz y Juan Ramón Jiménez melodía. Más o menos.
Sí, se me ocurrió comparar a los que mamaron de Faulkner con los Compson, y así pude sacar cuatro tipos de literatos faulknerianos:
-Los tontos, son los que abundan, y no diré nombres. No se les entiende nada, se les reconoce por eso, no dejan de gimplar en cada párrafo y dentro de su realidad hay tal confusión espacio temporal que hasta hay críticos que les hacen carantoñas.
-Los suicidas. Estos son brillantes, líricos, pero desafortunados. Los más literarios, quizá, los más auténticos. Amor prohibido y culpa, etcétera. Bellísimas expresiones, pero, ¿triunfan?
-Los de la mirada despiadada al mundo. Parte de la obra de Vargas-Llosa, al que tanto admiro, la incluiría aquí. La cólera, la violencia, la mirada sesgada, la incomprensión, la humanidad al fin y al cabo...
-Los que, como Caddy, se despreocupan de milongas y tangos y van a su propio beneficio, son los que triunfan, casándose con el mejor postor, hasta se venden. Quizá tengan que abandonar alguna ilusión, como hizo Caddy con su hija, algo que les trastornará siempre, pero triunfar, triunfan, que es lo que vende, y en estos tiempos, lo que no vende, no existe.

domingo, 12 de octubre de 2008

La Biblia de Jerusalén (II)


Bellísima canción, la de los Byrds, la letra está basada en uno de los libros más sabios y hermosos -¿inspirado por Dios?-, El Eclesiastés, uno de los únicos libros de autoayuda posibles, quizá junto al Tao Te King y algún otro de algún filósofo precristiano, y es que antes del año cero ya todo fue escrito, lo demás es rodar y rodar sobre los mismos caminos, nada nuevo bajo el sol, vanidad de vanidades querer innovar estrellas que no sean flor de un día.
Etcétera, hijitos. Ya dedicaré un día un post a estas páginas, para vuestro deleite y edificación intelectual, con provecho de vuestra maleada conciencia.
En La Biblia hay mucho de todo, mucha literatura, épica y lírica, epístolas y discursos, cuentos y novelas...
Y si hay que escoger una biblia, la de Jerusalén es cómoda y bien enriquecida con introducciones y notas a pie de página, aclaratorias e informativas.
Según dicen por ahí, es la biblia que leen los ateos, muchos literatos lo son, -ateos-, y es que es la que escogen estos por la contextualización constante de las páginas, señales por doquier para no perderse, aquí un paso de cebra, aquí una disección a cada florecica y verso.
Si yo fuera ateo me la compraría, y siendo crédulo y creyente ya me la compré, un día de San Jorge, 23 de Abril el año... ¿2003?
Llegué yo tan contento e interesante a la Casa del Libro de Gran Vía, con mis veinte euricos, la cola era larga y la cajera estaba rodeada de flores que regalaba a cada comprador.

Busqué, encontré, y amé. La edición más barata y pobre, pero edición de Jerusalén, que conste, azul de anochecida, Biblia de bolsillo pequeñuela y manejable, descuanjaringada que la tengo ya por Los Evangelios, entre Los Macabeos y Los Hechos.
La cajerea no me dio la flor -se debió pensar que era un casto curilla, ¡qué tonta!, al no comprar novela ni poesía, sin saber que El Cantar de los Cantares es cima poética, y que el proceso a Jesús de Nazaret no lo supera lo último en género judicial-, y le dije, oye, ¿y mi rosa -o era clavel-?, y me la dio, la única vez que una me regala algo así.
Esta noche comenzaré el libro del profeta Ezequiel, famoso porque es citado en la peli Pulp Fiction por un asesino que busca la redención en las Escrituras.
Los Profetas, esa sección blíblica deja pequeños a la muchos poetas, por su riqueza de imágenes.

jueves, 9 de octubre de 2008

La Biblia de Jerusalén (I)

Según recomiendan por ahí, es algo imprescindible que en todo hogar haya por lo menos cuatro libros.
-Una Biblia.
-Un Quijote.
-Un diccionario.
-Un recestario de cocina.
Otros podrán incluír Las Mil Mejores Poesías en Lengua Castellana -la selección que hizo Ansón hace no muchos años es la mejor que conozco, pero se limita a la temática amorosa, y sin embargo, pregunto, ¿es poesía el verso sin amor?-, o un buen atlas, pero puestos así nos vamos a vivir a la Biblioteca Nacional y satisfechos... siempre falta algo...
A la hora de buscar esos cuatro libricos, nos encontramos con la disyuntiva que a todo lo humano atañe: ¿estética o ética? ¡Ay! Que me haga juego con el mueble, cuanto más voluminosa mejor, que tenga accesorios, ilustraciones, tapas en piel... o que sea de grata lectura.
Tú, futuro integrante del parnaso, si lo que quieres es salir en el programa de Fernando Sánchez Dragó sin que te llamen acémila, lo mejor que puedes hacer es comprarte el ejemplar que tenga al menos una buena parte dedicada al análisis crítico, con introducción erudita y notas a pie de página como caldera en el sótano, para dar combustible a tu hambriento intelecto.
-¿Quijote? Yo tengo una edición muy bonica, conmemorativa, con análisis de Francisco Rico, de Vargas-LLosa, de Francisco Ayala y alguno más que no es manco, precisamente, como el autor, valga la paradoja.
-¿Recetario? Si lo que quieres es guisarte unas lentejitas o freírte un huevo, mejor olvídate de las modas adriáticas, Simone Ortega puede ser tu abuela reencarnada en papel y tinta.
-¿Diccionario? El de la RAE, pero todo el que quiera ser sexador de musas debería soñar con esos dos tomazos del María Moliner, el diccionario de los literatos, que le llaman.
-Sagrada Biblia. La de Jerusalén. En el próximo post hablaré de ella.
Seguro que alguien conoce otras alternativas para todo esto. Se admiten sugerencias, y cuanto más descabelladas, mejor.