Ayer celebramos La Divina Comida, ágape que cinco compañeros de universidad organizamos para sorprender y agasajar al resto. Ya hablé de ello en Septiembre, en aquel post sobre Keats: a la salida del cine nos fuimos de cañas y entre trago de cerveza y tapa de serrano fuimos jugando a convertir la obra literaria o cinematográfica en algo físicamente comestible. Otro ejercicio de alquimista más, a los que soy tan aficionado. Convertir el barro en oro, ¿no es como hacer de la harina el pan? ajñlfnpañnfnañ o casa lirón matraca en cómo lisonjero consuegra miro mía ornitorrinco es decir, la letra, la palabra, el fonema, la entonación, ¿no son materia sin sentido que el alquimista reorganizará seleccionando para crear algo como... ?
Pensaban que estaba ocioso en sus prisiones estrechas, y nunca estarlo ha podido quien firme al pie de la brecha, en guerra desesperada contra sí mismo pelea.
Pensaban que estaba solo, y no lo estuvo jamás el forjador de fantasmas, que ve siempre en lo real lo falso, y en sus visiones la imagen de la verdad.
(Rosalía de Castro)
La palabra, la letra aslada que la poeta aquí transmuta en metal precioso. Aunque yo, sin embargo, admiro a los alquimistas que hacen del sonido melodía:
Es necesario el fuego, llámalo pasión. Hay alquimistas que unen sus talentos para crear algo grande, inmenso y bello. Se junta la voz del flamenco con el piano del jazz, el ritmo del son, la letra dolida, la melodía como un sollozo y surge este oro que publico en el blog de La Belleza. Eso sí, quien se atreve a la alquimia se arriesga al fracaso, tentativa tras tentativa algo puede hacerse, y hasta es posible que nunca se encuentre aquello que se busca. Pero caminante no hay camino, se hace camino al andar que dijo otro poeta que sí encontró el oro de su poesía, prueba de ello son su último verso:
Estos días azules y este sol de la infancia. (Antonio Machado)
Y hay también, en mi opinión, mucha riqueza en el intento. En el mero hecho de sentarse -o encaminarse- a estudiar y a ensayar, a ensoñar, ya se intuye el oro, como si se derramara. Pero volvamos al principio, que uno como tonto camina y camina y acabada la linde sigue caminando. Estábamos, digo, bebiendo cañas y azuzando a los perros del ingenio para que ladraran platos sonoramente literarios. Así surgieron El pavo en llamas, Miré los quesos de la patria mía y demás estimulantes gástricointelectuales. Ayer pasamos la tarde dándole a los fogones, con el placer que da cocinar para los amigos, sin responsabilidad laboral alguna, que al igual que el jefe te puede amonestar severamente el amigo suele ser condescendiente y agradecido. El pan Pan Quijote de la Mancha y El Bizcocho demediado fueron artesanos, que para eso había una panadera-editora entre los cinco. Si es que los alquimistas de hoy somos así: polifacéticos, polimorfos, polifónicos, políglotas, polizontes, polillas, politicofóbicos, polietcéteras. Como todos los cocineros, soy algo vanidosillo, pero eso no quita para aceptar que El Bizcocho Demediado fue lo más rico que se comió ayer. Bueno, en mi opinión. Otros alababan las cocochas. Apuntamos muy alegremente lo de Las alegres cocochas de Windsor. ¿Dónde encuentro yo ahora las cocotxas? Me preguntaba. El pasado Miércoles las encontré antes del cierre en un pequeño mercado que hay en Aluche, en la calle Seseña, en una tienda de congelados. Con el tendero compartí impresiones sobre las caras, suntuosas y sustanciosas cocochas. -¿De merluza o de bacalao? -De merluza, prefiero las de bacalao, pero a la gente le gusta más las de merluza. -Se venden más las de merluza, pero a mí también me gustan más las de bacalao, son más gelatinosas, tienen más sabor. Ya hice mi elogio a la kokotxa en este otro post a ritmo de swing, receta incluida. Fuimos aplaudidos, aunque me dejó mal sabor de boca el fallo en los 20 granitos de arroz y un orejón desmenuzado, el arroz se me pasó y el dulzor no tuvo su punto. Además, que dejé al anfitrión la olla medio requemada. La culpa la tiene el Neruda, que seguro que se vengó por hacer de su obra más dulzona un jocoso postre. Y con esto y un bizcocho (demediado) hasta el siguiente post tocho. Que el espíritu de la golosina os bendiga.
La crítica en general y su expresión en obituarios en especial necesita mili.
Necesita, digo, llegar a la mayoría de edad para la sabia ecuanimidad y la templanza de ánimo.
(Olé, qué bien me queda)
O mejor no, quién quiere madurar, ni yo mismo lo quiero, excuso excusas (Pequeño Alex de Burgess dixit). Y menos en las artes y las letras, donde esa madurez es segadora mortal de talento. Mejor la visceralidad adolescente de los articulistas y opinadores.
Falleció Berlanga, el gran director de cine patrio -ahora sí que es gozoso decirlo, patrio, con esa ironía y comicidad suya-. Fallece uno de los grandes y los degustadores de alabanzas como yo leemos en los periódicos y escuchamos en la radio las elegías de amigos, colegas, espectadores, y conocidos.
A mí me gusta cuando alguien habla bien de un colega y ensalza su pluma o cámara o pincel a la altura de las nubes parnaso. También me gusta cuando se ponen a parir: a falta de revistas del corazón con sucesos que producen bostecitos, los amantes de las letras tenemos la tentación del cotilleo, del sálvame deluxe de letraheridos. Si no fuera por ello, siendo tan emocionantes los libros, qué anodinas las vidas de los autores si no fuera por esos culebrones de extramuros de las bibliotecas. ¿Por qué no fue Paco Umbral a la boda de Camilo José con la Castaño, siendo su discípulo dilecto? ¿Cuál fue el motivo por el que Gabo fue golpeado con ira por Varguitas? ¿Cuánto se echaba Cervantes para la hucha cuando iba de pueblo en pueblo recaudando para la cosa pública? ¿Góngora y Quevedo se llegaron a dar por culo físicamente también, además de en sentido figurado? Lorca, Buñuel, Dalí ... ¿tararítararí? ¿Pasaba Juan Ramón Jiménez muchas horas esperando a pie de calle a Zenobia cuando ésta no le hacía caso puñetero? La vida de Lope quizá fuera tan interesante como su teatro... Kafka salva su estampa gracias a sus perversos pecadillos de rijoso mirón. Luego está Baroja, que al contrario que lo que dijo Wilde de sí mismo, puso todo su genio en su obra y quizá algo de talento quedó para su vida, más que talento talante, con su fecundidad de trabajador estajanovista.
Pero aquí habíamos venido a meditar sobre los escritores de obituarios. Y sobre Berlanga.
Tienen, los homenajeadores, la extraña costumbre de llorar al difunto diciendo: era el mejor.
Lo mejor excluye otras bondades que quedan por detrás. Como decir: el único, y luego los otros.
Está bien, si no fuera porque en el siguiente sepelio el mejor será el difunto.
Murió Antonio Flores y leí en la prensa: era el mejor compositor de canciones de los ochenta. Luego otro tanto con Carlos Berlanga, hijo genial del genio Luis García-Berlanga. Luego con Antonio Vega, que no era ni mucho menos peor que los anteriores: en mi opinión era mejor. Aunque mejor aún, o en igualdad es Sabina, que se quede muchos lustros.
Hace años, los amigos de Aluche nos echábamos puyitas con eso del mejor amigo, y decíamos caústicamente: éste, que no ha superado aún la edad del mejor amigo.
De ahí viene ese candor adolescente que achaco yo a los que escriben obituarios. En su derecho están, sobre todo si eran amigos, o símplemete admiradores. En nuestros derecho estamos, todos, de sentir esa pasión en el recuerdo, esa pasión excluyente que nos hace decir en un instante dado: el mejor, lo que más me gusta.
Lo mejor es mirarte a tí a los ojos.
Lo mejor es sestear sin preocupaciones.
Lo mejor es comer con las manos.
Lo mejor es vivir como si nada.
Luego están las preocupaciones diarias, vanas, todo es vanidad, etcétera. Hasta que llega otro momento de pasión arrebatado y dices:
Lo mejor es el beso que se roba.
Lo mejor es la ensalada de pimientos.
Lo mejor es levantarse enamorado.
Lo mejor es la paloma picoteando en el quicio de la ventana..
Yo siempre digo: el mejor amigo es el buen amigo que está contigo en ese momento.
La mejor canción es esa que te arrebata en ese momento.
El mejor libro es ese que estás viviendo en ese momento, o que estás recordando porque te dio vida y te la sigue dando.
La semana anterior comí dos veces cocido madrileño, ¿por qué? Por que es el plato que más me apetece en ese momento o que estoy disfrutando en ese momento. Que no se me pongan delante unos macarrones con chorizo, gratinados, eso es lo mejor. O pescadito frito, variado -boquerones, sardinillas, acedías, salmonetes, chicharros, calamares- con un tomate abierto con pizca de sal y chorro de aceite de oliva.
Lo mejor es el instante, pero seamos prudentes: la vida es una suerte de instantes encadenados: los mejores instantes.
Ayer volví a ver Plácido, creía no haberla visto, pero la habré visto ya un par de veces antes de esta de ayer. Dicen que es la mejor de Berlanga. Bueno. La mejor es El Verdugo, que la tengo más fresca en la memoria. Pero si viera La Vaquilla, diría que es la mejor, con uno de los mejores finales de la historia del cine español, los últimos minutos con la canción de Angelillo como fondo, como fondo el azul cielo sobre la tierra seca, las carroñeras aterrizando con segura parsimonia sobre la ya comida y recomida vaquilla, negra metáfora que concluye y representa simbólicamente la película.
Finales de cine que son los mejores finales hay varios, a mí me gustan también dos de Almodóvar, el mejor director español. ¡Uh, perdón, que está por ahí Garci!
Es estremecedor el final de la película ¿Qué he hecho yo para merecer esto? Genuino e impagable también el final de Átame.
En estos días obituarios leía yo, o escuchaba, que Berlanga era el mejor director de cine español, y alguien decía: por encima de Buñuel. Por encima de Buñuel estoy yo, que me monto en mi cabeza unas películas que ni el Azcona-Berlanga en sus mejores momentos.
He visto varias veces, sobre todo, La Vaquilla y Todos a la cárcel. A mi padre le gusta mucho Berlanga, y tiene una buena colección de sus películas. He visto otras, claro, París-Tombuctú con la bellísima canción de Manolo Tena, que por cierto es el mejor compositor de canciones. Se lo leí al mismo crítico que dijo que era Antonio Flores.
Pero yo siempre he sentido predilección por esta canción de Carlos Berlanga, que es el mejor:
En esta negra canción ha salido al padre, con su proverbial humor negro.
El esperpento, como si de Goya a Valle y de Valle-Inclán a Berlanga se pasaran el testigo. El esperpento, el disparate, esa deformación explicativa de la realidad absurda, es uno de los ingredientes característicos de Berlanga. El ajo de su gazpacho, y un gazpacho sin ajo no es gazpacho.
Tiene también como ingrediente esencial de su cine el ruido, el ajetreo, las prisas, la algarabía disparatada y cómica que oculta con su bullicio el silencio: la tragedia.
Lo decían en la radio, el otro día, Berlanga te hacía reír con una mano, y con la otra te oprimía el corazón.
En Plácido, por ejemplo, sólo hay un fondo de trágico silencio, lo que ocurre es que es tan vergonzoso lo que ocurre que es preciso ocultar esta desnudez desamparada con un traje de Navidad y cómico ruido.
La mejor película de Berlanga es Plácido.
No, La Vaquilla, el disparate de la guerra, la tragedia del hambre.
No, El Verdugo, tan imperecedera que está sucediendo. En países civilizados, como Estados Unidos. Si Berlanga fuera norteamericano, ¿quién sería? La ley para los anticomunistas seguro que iría contra él, a él, que según creo no era comunista.
¿Qué era Berlanga? Un erotómano, y llevaba o presidía una colección: La Sonrisa Vertical. Los erotómanos y la política casamos mal, yo sigo pensando en votar en las próximas elecciones voto nulo. Con el culo.
Con el cartel de París-Tombuctú, por ejemplo, o cualquier otra estampa de Venus Calipigia actualizada.
Estos haikus los escribí hace unos tres años tras una relectura de El Escolar, de Blake:
Inocencia
¡Infanticida!
No asesines tu niño
¡Deja que crezca!
Un niño tienes
dentro. Si lo abandonas
perdido estás.
No tengo nada
perdida la inocencia.
¿Y qué hay, ahora?
El escolar
Adoro levantarme en una mañana de verano
cuando los pájaros cantan en todos los árboles;
el cazador distante sopla su cuerno,
y la alondra canta conmigo.
¡Oh, qué dulce compañía!
Pero ir a la escuela en una mañana de verano,
¡Oh, desbarata toda la alegría!
Bajo un cruel ojo anticuado,
los pequeñitos pasan el día
entre suspiros y congoja.
¡Ah! Entonces a veces me siento y desisto,
y paso muchas horas de ansiedad:
sin obtener satisfacción del libro
ni sentado en la sala de clase,
agotado por la pesada andanada.
¿Cómo podría un pájaro nacido para disfrutar
sentarse en una jaula y cantar?
¿Qué le queda a un niño aburrido y con miedo
salvo plegar sus alas tiernas
y olvidar su dichosa primavera?
¡Oh, padre y madre! Si se cortan los pimpollos
y se quitan los capullos,
y si a las tiernas plantas se arrebata
el júbilo del florecimiento,
mediante la pena y la ausencia de cuidado...
¿Cómo despertará jubiloso el verano,
o cómo brotarán los frutos estivales?
¿Cómo cosecharemos lo que el dolor destruye,
o bendeciremos la maduración del año
cuando irrumpan los resoplidos del invierno?
William Blake. Cantos de Inocencia
Es este el poema de William Blake que junto a sus grabados y pinturas me hizo darme cuenta de algo. Como un reencuentro.
Es, además, uno de mis poemas preferidos de cualquier tiempo y lugar.
Tan distinto a mí, tan extremista y extraño, de fácil comprensión y difícil asimilación, Blake es muy distinto a mí, tan parecidos.
Si acaso en el desprecio de cierto tipo de mediocridad, si acaso un singular escapismo de lo regular.
No, no comparto quizá un extremismo de loco, pues al igual que él, loco, tengo mis propios extremos.
Esa estética suya me fascina, no quizá su ética, aunque todo es encontrarse o reencontrarse, en esta vida.
Preferible, dice, es asesinar a un niño en su cuna antes que albergar sueños insatisfechos. Pero solemos confundir retales de la obra con el vestido de su creador, y eso no es así, esos proverbios del infierno los dice un diablo, no el propio Blake, el visionario, el que ve, que se llama a sí mismo El Justo.
Sin duda en esa corriente de ensueños que corre paralela a los frutos artísticos realizados, los sueños se deslizan y todos los que tienen este tipo de inquietudes los sueñan. Ensoñando sueños ya soñados, que otros ya soñaron. La vida es sueño y el sueño forma parte de la vida, tanto como el sueño consumado. Potencia y acto. Lo que sucede ya sucedió dentro antes.
Críptica, la parrafada, ¿eh?
Llevo minutos intentando encontrar un palabro que no me sale, miro los diccionarios de sinónimos on line y de poco me sirven.
En la punta de la lengua.
Sucede también en la lectura de los poetas, la mayoría de ellos obscuros, crean cierto desasosiego en el lector.
Uno se inclina más a los claros, a esos que con palabras claras son complejos. Blake es de estos. Yo huyo de esos que no dicen nada usando palabras confuas y ...
Encontré la palabra, me ha venido de pronto, sin buscarla: hermético.
Y aquí sigo, divagando por divagar.
Los reencuentros y encuentros más felices son los que no se buscan apenas, uno deja de pensarlo y aparece de pronto.
Podría haberme ahorrado frases, pero escritura es juego, creación es búsqueda, y cuando uno se halla metido de lleno en el río dejándose llevar, ¡zas!, saxofonista de jazz, aparece la melodía perfecta.
Dejemos la divagación por unos instantes y sigamos con el hermético -tan claro él y certero como dardo en la diana-, William Blake.
Lo primero que tuve entre mis manos de su obra fue un libro tomado de la biblioteca municipal, una antología bilingüe, ¿o eran dos tomos?
Las clases acababan de terminar, comenzaban las vacaciones. Como todos los veranos yo iba al pueblo, y me cargaba una mochila con libros públicos y libros privados -propios- para esos meses, o ese mes.
Sentado con los amigos, fumando en unos bancos de la calle Camarena, yo disfrutaba ya con el simple tacto del libro.
Ahora recuerdo que me pasó algo similar con el poeta John Donne, antes de comprar algo suyo tomé prestada de la biblioteca una antología bilingüe.
Yo, que pese a todos estos años de estudio no tengo pueñetera idea de inglés, al igual que de francés, sentía predilección por las antologías bilingües, y leía algunos poemas de las dos maneras. Recuerdo este poema de Donne:
That thou lov'st me, as thou say'st,
If in thine my life thou waste,
That art the best of me.
Así comprobé que, al igual que hay una poesía que unos antepasados escribieron en castellano antíguo, pues eran antepasados; hay también un inglés antíguo. En vez de decir you decían thou.
¡Oh, tú eres lo mejor de mí!
La originalidad de Blake reside ante todo en sus pinturas, dibujos, grabados, llámalo lienzo o papel o como sea.
Tiempo después compré un calendario, desde entonces siempre compro calendarios, regalados o por mí comprados -llegué a tener uno guarrete de la interviú con la chica interviú del año: era rubia y a veces salía en las fotos con una de raza negra-. En los últimos años me ha dado por los calendarios de la revista Fotogramas, es así como uno tiene sueños de cine, ahora en Noviembre Katharine Hepburn ofrece fuego a James Stewart en Historias de Filadelfia.
(Como se entere la ministra de sanidad se me mete en casa y me arranca el calendario y me denuncia por nicotínico y perverso. Más me valdría el calendario de la interviú con la africana y la española: alianza de civilizaciones)
Siempre me deshago de los calendarios al terminar el año, pero ese de Blake lo conservé, y algún curso en la facultad hice collage con él. Decoré mi carpeta con las cosas de Blake.
Siempre me gustó, en Septiembre, decorar las carpetas como quien decora su mente -y su alma-, para el nuevo curso.
Cuando estudiaba Hostelería, rama Cocina, tenía a la Sharon Stone -celebrada por entonces por nuestros instintos básicos- y a los Beatles en un collage entre cinéfilo y musical. Algún compi de clase, sentados algunos frente al lago de la Casa de Campo en horas de pellas, decía: está buena, pero yo prefiero a la Maribel Verdú, que con sólo mirarte te devora.
Yo era más de Sharon Stone. Hoy prefiero a la Verdú.
Estos compis míos ocupaban las pellas en tirar piedras a los patos del lago. Yo pronto me fui yendo solo -sin tilde- a mis añoradas pellas de cine en los Renoir y los Alphaville.
Coda
Impagables imágenes en una gran canción evocadora:
Ahora tú qué pensarás,
si cuanto más me oprimían
más amé la libertad.
El señor Dragó no sabe ni lo que dice, quizá todo esto es algo para darse publicidad y el negocio se le ha ido de las manos. Según parece esta noche se defenderá en la tele: más publicidad, entonces, y a meter más la patita. Alquien que, cuando le preguntan de dónde saca el tiempo para leer tanto como dice y también escribir, presume de no ir a saraos, mientras que paradojicamente está saliendo a la vez en cuatro programas de televisión y en tres tertulias en la radio, ¿es que se clona o se piensa que el receptor no procesa bien la información emitida?
Una vez hablé con él en la feria del libro, le admiramos mucho, dijo mi hermana, pero no estamos de acuerdo con muchas de las cosas que dices. Ni siquiera yo estoy de acuerdo conmigo mismo, dijo.
Al menos asimila sus contradicciones.
Ahora parece que el PSOE le llevará al Defensor del Menor por pederasta. Se lo tiene merecido más por bocazas que por pederasta. A Dragó le gusta mucho presumir de... y mitificarse. Aún recuerdo en una entrevista en la que explicaba el éxito entre las jovencitas: yo voy a buscarlas a la puerta de su casa con un todoterreno para llevarlas a conocer mundo, ven en mí a un padre, pero con polla.
Freud hablaba del deseo inconsciente de matar al padre y hacérselo con la madre. Creo que Freud, si se levantara hoy de la tumba, debería revisar sus textos y empezar de nuevo: psicoanalizando a Mr. Dragó.
Nos puede caer mejor o peor este señor, pero en un estado con libertad de expresión nos vemos abochornados con declaraciones variopintas de floras faunos. Bien por el fauno Dragó, quien escandaliza a los políticamente correctos se merece el aplauso.
Lo del PSOE es increíble, son ganas de gastar en denuncias lo que podrían gastar en un cambio de rumbo ellos mismos. Ahora les ha dado a especular con los apellidos de la gente, a falta de solucionar la crisis, ya que el país funciona tan superbién, habrá que hacer algo para ocupar las horas.
Lo dicho/escrito por Dragó en su libro forma parte del discurso literario.
En Literatura todo está permitido, ya que es la única patria donde todo es posible, lo celeste e infernal, lo más abyecto y sublime.
Nos ponemos a censurar y a condenar y a denunciar y no se libra ni el Dickens, que tanto niño maltratado sacaba en sus novelas.
Otra cosa es que lo que haya escrito en el libro a cuatro manos junto a Boadella sea cierto. Yo le condenaría entonces a que una decena de lolitos japos le hicieran lo mismo que dijo él que le hicieron esas lolitas japos.
Nota: Me olvidaba añadir un apunte sobre la autoficción, género entre la memoria y la ficción en la que el escritor mitifica su pasado para literaturizarlo. Sin duda, las novelas leídas de Dragó -El camino del corazón, La prueba del laberinto, Las fuentes del nilo- forman parte de ese género tan nuestro, que el mismo Umbral llevó a las cumbres de la prosa lírica.
Debo crear un Sistema o ser esclavizado
por otro Hombre. No quiero razonar y comparar:
lo mío es Crear... William Blake
En Desgracia, aquel libro de Coetzee que comenté hace semanas, se decía aquel proverbio de William Blake:
Mejor matar a un niño en su cuna que alimentar deseos que no se llevan a la práctica.
Claro es que, sacados de su contexto, los proverbios pueden llevar a engaño. Cobran su sentido dentro de la obra, dentro del paisaje, del tiempo, de la corriente literaria, de la propia individualidad.
Ese proverbio está sacado del libro: Matrimonio del cielo y el infierno, del apartado Proverbios del infierno, que tantas perlas de sabiduría ha ido soltando a lo largo del tiempo por todos los libros de citas. Quien habla ahí es un diablo, y dice cosas que inspiraría a los poetas por venir.
Los mismos Héroes del silencio asimilaban en el mejor disco de rock de la historia aquello de:
El camino del exceso lleva al palacio de la sabiduría.
He aquí más proverbios del infierno transcritos o escritos por aquel ser que, según su esposa:
El señor Blake no me brinda mucha compañía: pasa mucho de su tiempo en el Paraíso.
Aquí van, seleccionados por su discípulo Pasolosdíasvolviéndomeloco,también conocido como Pasolosdíasbuscandoenpenumbra:
El necio no ve el mismo árbol que ve el sabio.
Aquel cuyo rostro no irradia luz nunca será estrella.
La eternidad está enamorada de las creaciones del tiempo.
Las horas de la locura las mide el reloj,
pero ningún reloj puede medir las horas de la sabiduría.
No hay pájaro que vuele demasiado alto si lo hace con sus propias alas.
Si el necio persistiera en sus necedades llegaría a sabio.
Las prisiones se construyen con piedras de Ley; los burdeles con ladrillos de religión.
La desnudez de la mujer es obra de Dios.
Lo que hoy está probado, en su momento era sólo algo imaginado.
La cisterna contiene; el manantial rebosa.
Un pensamiento llena la inmensidad.
Quien ha sufrido tus imposiciones, te conoce.
Si otros no hubiesen sido tontos, lo seríamos nosotros.
El alma rebosante de dulce deleite jamás será profanada.
La condena estimula, la bendición relaja.
La cabeza lo Sublime; el corazón, lo patético; los genitales, la Belleza; manos y pies la Proporción.
La exuberancia es belleza.
El perfeccionamiento traza caminos rectos; pero los torcidos y sin perfeccionar son los caminos del Genio.
¡Suficiente! o demasiado.
Sin embargo esto es sólo una mínima parte de la inmensa obra del genio: sus poemas, sus otros escritos, sus simbólicos dibujos vienen a perfilar el paisaje sin fronteras del artista.
Imaginación frente a los sentidos que sólo ven materia y frente a la ley. Anarquía. Precursor, como todos los genios, en este caso precursor del romanticismo y del simbolismo. Donde yo aprendo, en estas escuelas, en esta Escuela del Alma, donde aún soy párvulo.
Donde yo calmo esta sed que no se acaba nunca: en estos sabios, místicos, locos veneros.
Santa ignorancia que nos mantiene vivos, un ignorante tiene que aprender mucho aún, el que todo lo sabe no aprende ya nada: está muerto.
Otros veneros hay donde yo bebo, donde está casi todo por descubrir, por aprender.
Eterna infancia del alma, en los viejos y dañados pupitres de madera en las frías aulas de paredes con desconchones.
Está por ejemplo el maestro Antonio Machado, otro sabio con proverbios, y con poemas que reflejan muy bien este estado del Ser frágil y en contínuo aprendizaje:
Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales.
Él, el arquetipo del Maestro, viene de muy atrás, del comienzo, como todo arquetipo. Va de un tiempo a otro, está en una patria y en otra. La misma sabiduría para gentes que no se conocen, de ahí bebomos los de aquí, y los de allí.
El Eclesiastés, nunca dejaré de insistir en la importancia de este libro, su sencillez libera más que todos los libros de autoayuda que se publican hoy, proverbios para grabar en cada recodo del camino.
Todo es vanidad, y atrapar vientos.
3 ¿Qué provecho tiene el hombre de todo su duro trabajo con que se afana debajo del sol? 4 Generación va, y generación viene; pero la tierra siempre permanece. 5 El sol sale, y el sol se pone. Vuelve a su lugar y de allí sale de nuevo. 6 El viento sopla hacia el sur y gira hacia el norte; va girando de continuo, y de nuevo vuelve el viento a sus giros. 7 Todos los ríos van al mar, pero el mar no se llena. Al lugar adonde los ríos corren, allí vuelven a correr. 8 Todas las cosas son fatigosas, y nadie es capaz de explicarlas. El ojo no se harta de ver, ni el oído se sacia de oír. 9 Lo que fue, eso será; y lo que ha sido hecho, eso se hará. Nada hay nuevo debajo del sol. 10 ¿Hay algo de lo que se pueda decir: "Mira, esto es nuevo"? Ya sucedió en las edades que nos han precedido. 11 No hay memoria de lo primero, ni tampoco de lo que será postrero. No habrá memoria de ello entre los que serán después.
Anda, come con alegría tu pan y bebe de buen grado tu vino, que Dios está ya contento con tus obras. En toda sazón sean tus ropas blancas y no falte ungüento sobre tu cabeza. Vive la vida con la mujer que amas, todo el espacio de tu vana existencia que se te ha dado bajo el sol, ya que tal es tu parte en la vida y en las fatigas con que te afanas bajo el sol. Cualquier cosa que esté a tu alcance el hacerla, hazla según tus fuerzas, porque no existirá obra ni razones ni ciencia ni sabiduría en el she'ol a donde te encaminas»
Basado en este libro los Byrds hicieron una hermosa canción, que cuelgo en mi Jardín pues es uno de esos himnos de este Manicomio.
En el Tao Te King, otro libro de sabiduría, vemos la misma sabiduría:
El que conoce lo que es suficiente es rico.
Pero leamos el capítulo 3 completo:
No ensalzar los talentos
para que el pueblo no compita.
No estimar lo que es difícil de adquirir
para que el pueblo no se haga ladrón.
No mostrar lo codiciable
para que su corazón no se ofusque.
El sabio gobierna de modo que
vacía el corazón de deseos,
llena el vientre de alimentos,
debilita la ambición,
y fortalece hasta los huesos.
Así evita que el pueblo tenga codicia
y ambiciones,
para que los oportunistas
no busquen aventajarse de los otros.
Quien practica la no-acción,
todo lo gobierna.
Navegando siglos por la corriente de Sabiduría otros maestros vienen a decir lo mismo, contradiciéndose, uniéndose; porque en la contradicción y lucha, en la confusión, poniendo en duda la sabiduría que ha sido establecida, surgiendo del caos y del vacío y de la nada surge la Sabiduría (llegué por el dolor a la alegría, dijo José Hierro). A partir de las ruinas se crea el reino, a partir de la prisión se rompen las cadenas para la libertad, como en San Juan de la Cruz, otro maestro, que componía en una celda para la cima más alta, los más bellos, sabios, locos, místicos poemas. El misticismo no es más que la locura en estado de gracia, cuando el alma conoce, sabe: un místico es un sabio enloquecido, porque lleva en sí la fuente de la que beberán otros.
No podría faltar, entre los sabios, el más loco de todos, del que tanto hablo, Hölderlin:
Tú quisieras un mundo; por eso lo tienes todo y no tienes nada.
Ella sigue divina y pura entre la ruina de los tiempos
Recuerda este último verso de Hölderlin a un poema de Juan Eduardo Cirlot, con el que vengo a cerrar esta introducción a William Blake, repasando algunos -sólo algunos- de esos maestros en los que veo algo en común, una extraña y familiar manera de alumbrar el mundo, los territorios de tinieblas en los que nos hallamos perdidos.
Triste, mi corazón, como los ángeles
que sólo son cenizas estelares,
polvo de las galaxias más oscuras,
consunciones de cánticos ausentes.
Mis manos me acompañan hasta el bosque
donde un instante estuvo tu fulgor
de pronto recobrado por los ávidos
poderes de la nada y de lo nunca.
Me caigo en torno mío y me deshago
en un montón de letras en que apenas
tu nombre de amatistas y de muérdago,
Bronwyn, no se desgasta con el tiempo.
Seguramente a William Blake le gustaría esta cita de Cirlot:
…para que un libro exista no es preciso ni siquiera editarlo, ni aún escribirlo. Basta haberlo pensado verdaderamente. Hay placas de resonancia y de registro en el universo que tienen más valor que los oídos o las miradas del oyente y del lector, aunque éste no sea jamás desdeñable.
Cirlot, que es poeta simbolista más allá de toda vanguardia, y hace uso de toda vanguardia para crear su particular universo que nos parece como un añorado reencuentro.
Como particular universo es el de su precursor, Blake, del que seguiré escribiendo mañana.
Blake, tan diferente a mí que se parece a mis sueños.
Motor de poesía: por él, junto a otros demiurgos, comenzó la maquinaria de mis intenciones a funcionar.
No tengo más ambición que la de seguir admirándome por la mágica monotonía de la lluvia tras los cristales. Desterrada toda vanidad, el vacío que deja se llenará con el caudal de versos de aquellos maestros.
Empapad la tierra ardiente de la sequía, caed gotas como el llanto; buscad si no en esos místicos, sabios, locos veneros.
Hay en mi juventud un reencuentro feliz, conocí la poesía y los dibujos de William Blake, y era como si siempre hubieran estado conmigo.
Y por hoy basta, mañana seguimos.
(Otra vez se trata de un post orgánico, que irá creciendo, se irá edificando a lo largo del día, quizá hasta la noche, quizá hasta mañana)
Uno. Centenario
Me llamo barro aunque Miguel me llame.
Barro es mi profesión y mi destino
que mancha con su lengua cuanto lame.
Soy un triste instrumento del camino.
Soy una lengua dulcemente infame
a los pies que idolatro desplegada.
En estos días tenía yo la impresión de que no se celebraba el nacimiento de Miguel Hernández, si no el centenario de su muerte.
Por eso publiqué en mi Jardín ese Hoy es día de llantos en mi reino, como si guardáramos el luto, el funeral por una fecha de duelo.
Sin embargo, Miguel cumple cien años, y cien locos se complacen en su milagrosa poética. Se saló con la suya, se le salió el milagro-cima de la boca y de los dedos. Unos de los mejores poemas en lengua castellana quedan para la posteridad.
A fuerza de tesón y cabezonería, que el talento puede llegar como la lluvia, pero la tierra seca de Orihuela necesita el regadío por mano del hombre.
Dos. Beatos y mártires Miguel y Federico.
Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado
y por varón en la ingle con un fruto.
Quedan los dos así, en mi santoral literario, en este santuario donde reza mi devota admiración.
Quedan los dos así, hermanados por un igual trágico destino. Parecía que iban llamando con sus versos a la muerte, jugando al escondite con ella, dejándo ganar, amañando el juego como si ella fuese una niña. Parecía también que la quisieran, como enamorados.
No la tenían miedo, no, tan sólo una tristeza impotente ante el final: se acabó el juego.
Miguel, el hermano pequeño, buscó la tragedia metiéndose de lleno en ella. Pudiendo llevar vida de hogar, en un exilio fructífero, donde posíblemente hubiese sido su labor más trascendente que en un nicho. Como un toro embistió a la niña-muerte que juega a ser torero.
Federico, el hermano mayor, se quedó quieto. Llamó, no buscó apenas. Hizo que se escondía, quiso que fuese ella la que le encontrara. Pudiendo llevar una vida de exiliado fecundísimo... se dejó besar definitivamente por esa novia a la que llevaba cortejando desde siempre.
Cualquiera que lea luego las crónicas de este tiempo diría que fueron hermanos.
Federico se sentía incómodo ante el hermano pequeño. Le evitaba. Un día llegó a decir a Vicente Aleixandre, por teléfono, que le echara de su casa. Si estaba Miguel, él no iba. Aleixandre y Neruda fueron los únicos que aceptaron al nuevo poeta que entró en la fiesta -duró casi un decenio- sin el traje de gala, pero con más ánimo de fiesta que cualquiera de ellos.
Sin embargo Federico no era mal hermano, esto de la vergüenza pasa en las mejores familias. Cuando Miguel publicó su primer libro, Perito en lunas, no tuvo buenas críticas. Apesadumbrado, mandó un ejemplar a Federico, pidiéndole que valorara la obra con sinceridad. Federico le escribió una carta justa: ánimo, eres buen poeta, hay buen campo abonado según veo, sigue. No te rindas.
(Con otras palabras, claro, perdonen la licencia por la ficción. Este es un blog de fábula).
Y feliz el hermano pequeño por esa única sonrisa del hermano mayor, siguió.
Tanto fue así, que en El rayo que no cesa Juan Ramón Jiménez hizo en El Sol, el diario de Ortega, una crítica elogiosa: fue su consagración.
Miguel Hernández, corredor de fondo, hizo un buen sprint final, alcanzando a Lorca.
Normal que el otro se encelara.
Normal que hasta otros más iguales en ideas como Alberti se rieran de Miguel. Era la envidia.
Tres. Elegías, proyectos, poetas longevos
Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.
Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
Parecía que tanto Federico como Miguel, con el mismo grupo sanguíneo en tinta, se desangraran, murieran a lo largo de sus trayectorias poéticas, dándolo todo, como si fuese cada uno el último poema.
Eso es vivir al límite: escribe deprisa, muérete joven, y tendrás una hermosa poética.
El ángel de Federico: como un don innato, que hace poesía según respira.
El proyecto vocacional de Miguel: autodidacto -como escriben algunos, ahora-, pasional, tesonero, ambicioso, con esa facilidad con que se hacen las cosas cuando se ha trabajado duro, antes. Querer es poder. Iba para pastor, para cabrero, pero le hizo un regate al destino.
Porque lo de Miguel fue una evolución constituída por revoluciones personales, una evolución con regates constantes, ¿poeta católico, pastoril, gongorino? No. Poeta del pueblo. ¿Un poeta para una ideología? Pasan pocos años, no, Cancionero y Romancero de Ausencias, el poeta más hondo, la amargura, la intensidad, una alta cima.
Con sólo la Elegía a Ramón Sijé ya es poeta de antología. Compuesto a primeros del 36, este poema muestra la autenticidad poética, liberada de los artificios de Perito en Lunas. Sin duda uno de los más grandes cantos de dolor de nuestra lengua.
Otro que se propuso, años antes, una poesía orgánica, como un proyecto vital, fue Jorge Guillén, el poeta más feliz de los del 27. Una vida dedicada a la vocación, con precisión casi científica, mejor dicho intelectual. No se desangra en cada poema para morir temprano, él, como Neruda y Alberti, fue el poeta longevo de vida fecunda.
Sus cartas de amor recién editadas -alguna he leído- vienen a afirmar mi tesis de que no sólo de tragedia se forja una literatura, una poética de buenos versos con base sólida de proyecto. Él escribió:
¡Cima de la delicia!
Todo en el aire es pájaro.
Se cierne lo inmediato
resuelto en lejanía.
Que la poesía no sólo es la expresión de un sentimiento dolorido, si no un clamor, una canción enamorada, completa: plenitud.
Son dos maneras complementarias, puedes elegir, o quedarte con las dos. Maldito el que pretenda forjar jaulas poéticas, pero bravo por los que eligen un camino-celda, monjes y monjas para Literatura, tan impura y poco virginal.
Ellos son los beatos de esta religión.
Cuatro. Los poetas de COU
Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo no se halla
hombre más apenado que ninguno.
Versos como estos de Miguel Hernández eran los que leía una y otra vez, en aquellos manuales de Tusón y Lázaro Carreter. Eran los que más me llamaban la atención, por su fuerza expresiva que conjugada con la tristeza hacían de mí un aprendiz un tanto histriónico y apesadumbrado, existencialista. Estos versos, con estos de Neruda:
Sucede que me canso de ser hombre.
Sucede que entro en las sastrerías y en los cines
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
Navegando en un agua de origen y ceniza
Y con estos de César Vallejo -lo dije siempre, otro hermano de Miguel Hernández, pero este casi gemelo-:
Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... ¡Yo no sé!
O estos de Blas de Otero:
Creo en el hombre. He visto
espaldas astilladas a trallazos,
almas cegadas avanzando a brincos
(españas a caballo
del dolor y del hambre). Y he creído.
No puedo evitar poner este otro de Blas de Otero entero:
Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte
al borde del abismo, estoy clamando
a Dios. Y su silencio, retumbando,
ahoga mi voz en el vacío inerte.
Oh Dios. Si he de morir, quiero tenerte
despierto. Y, de noche a noche, no sé cuando
oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando
solo. Arañando sombras para verte.
Alzo la mano, y tú me la cercenas.
Abro los ojos: me los sajas vivos.
Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas.
Esto es ser hombre: horror a manos llenas.
Ser —y no ser— eternos, fugitivos.
Y al que más quería entonces, Gabriel Celaya:
Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir quien somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.
Todos ellos, fuerza expresiva, claridad. Con dieciocho, diecisiete años, quizá antes: Miguel Hernández, Neruda, Vallejo, Celaya, Blas de Otero. Yo les imitiaba y leía, cuando los profesores se ponían demasiado crípticos, bañándome en las claras aguas de esta poesía. Tan sencilla.
Cinco. Paisajes de Miguel Hernández.
Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada,
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.
Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.
Tuvieron que pasar decenios, puñado de lustros sin lustre, para que los trovadores señalaran a Miguel en su cima.
Nuevos paisajes, con la deseada democracia, paisajes que guías como Joan Manuel Serrat mostraron al pueblo. Para que todos gozaran, aprendiendo, de la poesía.
Paisajes que son canciones, nuevos libros junto a los viejos, revistas, páginas, debates, entrevistas.
¿Quién era Miguel?
En estos días he usado del caótico método de la universidad. Nunca fui buen estudiante, más bien perezoso y desorganizado. Condenado por Esrivá de Balaguer y por Calvino, hallo mi Fe en Cristo y en María, en los que perdonan. Para condenaciones e infiernos ya tenemos las guerras inciviles y las manipulaciones mediáticas, políticas, sindicales.
(A buen seguro habrá un lugar de encuentro, más allá del fin, para los camaradas Miguel Hernández y Marcelino Camacho, el hombre honesto para los trabajadores, que con Nicolás Redondo hacía temblar a los gobiernos, y no este paripé de peloteo al gobierno actual. Los sindicatos siempre, y en cualquier momento, jaque al gobernante, jaque. Nunca palmaditas de buen rollo y paternales amonestaciones.
Después de este berrinche anarcocristiano, continuemos).
Se acercaban los exámenes y yo sin tocar un libro -de deber, los de placer sí los tocaba- ni un apunte. Me hacía entonces con libros de la bibliografía, y con otros que no eran de la bibliografía, y a leer, a comparar, a los esquemas y los apuntes.
Estos días de atrás he recobrado esa sensación feliz del aprendizaje caótico, como quien en un inmenso jardín come de un fruto y de otro. Ideas como frutos. Paisajes.
Dos biografías he tenido en mis manos, las dos antíguas, para la novedad me he empachado a artículos:
Una de Jacinto-Luis Guereña, en Destino, del año 1978, que titula cada capítulo con la palabra paisaje, de ahí este título mío para este apartado: Paisajes de la escuela, Paisajes de Ramón Sijé, Paisajes del amor, Paisajes de la guerra... Y así.
De esta manera, el autor hace una semblanza meditativa y lírica, a veces repetitiva, elogiosa. Llegó hasta mí este verano, rota pero valiosa.
He estado releyendo la biografía de Federico Bravo Morata, editado por Fenicia en el 78. Pertenece a mi hermana, a su biblioteca de filóloga. En su alcoba pasaba yo tardes enteras, quevedianamente, en conversación con los difuntos como libros. Una tarde-noche (Tendría veinte años a lo sumo) la pasé con este libro. Esta semana volví a agenciármelo, y he disfrutado enormemente con su lectura, es un libro lleno de datos, amenísimo, bien documentado pero liviano, aunque no es poco extenso. Es una biografía más exhaustiva que la anterior, pero más entretenida, no tan personal ni repetitiva.
Tenía yo, además, un librito con las cartas y crónicas periodísticas en la batalla. Ayer iba en el metro, en dirección a Tribunal, absorto leyendo los perfiles de los compañeros de trinchera del poeta. Y antes las crónicas, que quisiera transcribir, aunque fuera sólo algún fragmento:
Llegamos a un pueblo desierto: en las piedras de las calles había sangre y pólvora seca. Lo primero que hicimos fue mear, y después nos lanzamos a curiosear por las casas despobladas. Entré en un corral, atraído por el olor a establo y tropecé con una vaca que mugió como si fuera su dueño. Cuando volví a la calle, no pude menos que reírme al ver a un compañero vestido de mujer capitalista, con un gramófono que daba vueltas en sus manos y a la espalda el fusil con un lirio en el cañón. Aquello mudó mis humos y mis pensamientos se hicieron más anchos. Revista Al ataque nº 3, 23 de Enero de 1937
Luego están las revistas que se vuelcan en el centenario con diversidad de artículos, siempre interesantes, como un País Dominical de hace unas semanas, y El Cultural de hoy del diario El Mundo, con un monográfico que he devorado despúes de una siesta reparadora.
A ver si mañana hay igual suerte con el Babelia y el ABCD.
Cual ha sido mi alborozo al ver que en esta revista (pinchen para leer el artículo) escribía el poeta Jorge Urrutia, nuestro profesor de Literatura en la universidad, uno de los hombres que más sabe de la obra de Miguel Hernández. Ha escrito sobre ella, junto a su padre el también poeta Leopoldo de Luis, y en aquellas clases finiseculares nos mostraba y explicaba los paisajes que quedan hoy de Miguel Hernández: sus obras.
Sus obras, todos sus poemas, en libros, bibliotecas, en internet. Fácil es acceder hoy a su obra. Ël, Miguel Hernández, que no tuvo medios y todo se le ponía en contra, llegó a ser lo que fue. Nosotros, que lo tenemos todo a mano, ¿qué haremos con el paisaje por poblar y edificar de nuestro futuro?
Que largo es el invierno, y nosotros somos tan jóvenes ...
Seis. Incómodo Miguel Hernández
Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.
Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.
Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.
Hay un poema de Pedro Salinas que me recuerda a Miguel Hernández en dos de sus versos:
No, no te quieren, no
tú sí que estás queriendo
Pese a todo, y sobre todo pese a todos, escribió parte de la mejor poesía de ese lustro en castellano, y hoy es uno de los grandes.
Primero su padre, a él no le gustaba que leyera libros ni que escribiera, él hubiera preferido que oliera a tabaco y a sudor, y que se ocupara del trabajo en el campo.
Si leía por las noches, entraba el padre en el cuarto y le daba en la cabeza y apagaba la luz. Luego Miguel seguía leyendo.
En el pastoreo era igual, se llevaba los libros de la pequeña biblioteca del pueblo, o los que le dejaban sus amigos. De pronto aparecía el padre y directo, otra vez, a la cabeza. Parece que cuando empezó a triunfar el padre le felicitó, por primera y última vez. Sin embargo, cuando murió, dicen que dijo: él se lo buscó.
Con los amigos, allí, con los que tanto amó, como Ramón Sijé. Cuando Miguel, inquieto e incómodo en los trajes antíguos, comenzó a criticar a la Iglesia y dejó el conservadurismo por el comunismo -con el auspicio de Neruda-, se distanció de los suyos, sus amigos de siempre, con los que compartió primeras lecturas y escritos. Se sentía incómodo con ellos, hasta que no murió su mejor amigo, Sijé, dicen que no escribió de verdad, con autenticidad, libremente, tal como era él y como pensaba.
Luego en Madrid, presentándose a la élite de la cultura, pidiendo favores, protección, dinero. Escribía a Orihuela, atosigaba a Sijé, a los que sabía que podían mantenerle para su sueño: el estudio y la creación poética. Podía llegar a ser pesado, pidiendo más, pero era franco, no engañaba.
Ya hablamos del caso de Lorca, que le evitaba, en casa de Aleixandre una noche quería leer La Casa de Bernarda Alba. Échale, dijo secamente a Aleixandre Lorca, cuando éste le dijo: ¿qué puedo hacer?
Luego esa incomodiad del lector ante su vida, cuando deja a su familia por la política, pudiendo haberse salvado, haberles salvado del hambre, quién sabe, o quizá no.
Cuando Miguel se entera cómo alimenta su esposa a su hijo, escribe uno de los poemas más hermosos, del que se hizo una de las canciones más bellas Después de la guerra, detenido, encarcelado, condenado. Era incómoda esa condena: bastante mala fama habían generado con lo de Lorca. Los literatos fascistas, que también los hubo -y no escribían mal- hicieron lo posible porque no le condenaran a muerte, porque le bajaran la pena a treinta años, y lo consiguieron. Sin embargo no duró, enfermó de tuberculosis, curas y otros cuervos quisieron que se redimiera. Quizá aceptara la religión, pero no cedió con sus ideas, eso no lo cambiaba. Por esa razón no le llevaron a un sanatorio para tuberculosos, y se murió en la cárcel.
Allí hizo amistad con jóvenes literatos, como Antonio Buero Vallejo, que le hizo el retrato-icono a Miguel, por el que hoy se le reconoce como a un mito. Aquí lo tenéis, arriba.
Anduvo solo, sin generación, era único, llegó tarde, era de otra clase social, difícil de clasificar entonces, rara avis, aunque hoy, pasado más de medio siglo desde la creación de su obra, casi un siglo, podemos ver su significación, sin la incomodidad dentro del bosque, si no desde fuera.
Y siete. Querido Miguel Hernández.
Adiós, hermanos, camaradas y amigos,
Despedidme del sol y de los trigos
Estos fueron los últimos versos de Miguel Hernánez. A mediados de los noventa le mostraba a un amigo poemas de Dionisio Ridruejo, Manuel Machado, Leopoldo María Panero, Jose Antonio Primo de Rivera. Escritores del bando nacional, y este amigo mío era de derechas. Luego le mostré los dos versos de Miguel Hernández, y me dijo: estos dos versos valen mucho más que todas las poesías de todos estos que me has enseñado.
Hay una escena crucial para la historia de nuestras letras. Durante la guerra, un día Miguel Hernández fue a casa de Vicente Aleixandre con una carretilla. Allí puso los libros del poeta amigo,para salvarlos, y luego sentó ahí al mismo Aleixandre, para salvarle, para cruzar las calles con él y sus libros dentro, como si fuese un vendedor ambulante.
Luego Aleixandre contaría de qué manera le sacó de allí, su cuerpo caliente, sudoroso por tamaño esfuerzo.
Esta historia real, parece más bien un sueño cargado de simbolismo.
A Vicente Aleixandre le concedieron el Nobel en el año 1977, y se vio en este galardón un premio a toda una generación, la del 27.
La estrella más próxima a esa generación-consteleción como una vía láctea, en constelación propia. Él sólo un puente hacia otros poetas, llevando el peso de una tradición, y de su propia fortaleza, un nuevo canto, el grito del hambre, el derecho de todo un pueblo al alimento. Y el derecho a la cultura, que es alimento del alma.
Coda
Cuántos poetas, cuántos murieron allí...
... mi país,
como una espina clavado.
Devolvedles el honor
a quienes se lo habéis robado.
Rodeados de una alegre juventud formada por joviales jubilados -dejad que me abandone al vicio de la redundancia-, ayer fuimos a ver Los Seductores, en el cine Palafox, en el barrio de Bilbao. Nosotros éramos, biológicamente, los de menos edad, además de una muchacha veinteañera y solitaria que había delante, guapita ella.
Yo recordaba los tiempos en que salíamos de copas por el barrio de Bilbao. Íbamos al Catavinos y al NadaNada. En el Catavinos bebíamos unos finos intempestivos, que te dejaban la boca con el buen gusto disidente entre tantos calimotxos y güiscolas de garrafón. El NadaNada se caracterizaba por la buena música y los grupitos de chicas con ganas de conversar, y por los baños más guarros que imaginarse la lectora pueda, el baño de chicos al menos: un pantano de orines y alcoholes de variada graduación rodeaban la taza. Cuando mear era una aventura las suelas de los zapatos quedaban pegajosas como chicles, goma de mascar caminos ensuciados con nuestros pasos de juventud etílica. Había dos opciones: o el rock en el NadaNada o la pachanga y discomemeces en la ChocitaSueca.
También estaba ese garito de heavy patrio, El Caronte, donde la camarera te invitaba a un tequila si sabías responderle qué director dirigió qué película, y cual era la actriz protagonista de tal peli, y quién escribió este drama, y qué poeta estos primeros versos. Mis amigos y yo solíamos acertar, así que la borrachera nos costaba poco, con los BarónRojo de fondo o los SangreAzul. Los BarónRojo eran duros y contestatarios, los SangreAzul unos romanticones, pero los del rock duro hacen buenas baladas:
De todos ellos, yo prefiero a Rosendo -al que dedicaré un día un post- y a los Asfalto -del los que colgaré algo cuando escriba el post que os debo sobre William Blake-.
Hoy pensaba hacer un homenaje a Miguel Hernández, pero el calendario me ha regalado más tiempo, resulta que el incómodo Miguel nació el 30 y no el 28. Así que disfrutaré más estudiando, porque es que parece que estoy estudiando, y disfrutando de ello, esta última semana la estoy dedicando a leer poemas, biografías, artículos sobre el poeta trágico con permiso de su hermano Lorca, aunque Lorca se avergonzara de su hermanito pequeño. Todos se avergonzaban del poeta cabrero: su padre, sus amigos católicos, los geniales del 27 que plenos de genialidad no tenían hueco para más genio, hasta llegar a hoy y a los avergonzados manuales de literatura, seguimos apartando y cruzando la acera cada vez que Miguel Hernández pasa cerca de nosotros. Hasta algunos sinvergüenzas querrán, el día en que Miguel cumpla cien años, quitarle genialidad al genio con la excusa de su militancia política y su milicia. Con toda esa malicia ideológica que pone el bando contrario, de uno y otro color, siempre, para siempre, a la mierda las ideologías y los cabrones que las sustentan, cornudos de sí mismos. Ya lo decía el general Franco, y hubiera estado bien que se lo dijera a Miguel, imaginémoslo: muchacho, haz como yo y no te metas en política.
La diferencia está en que el general ganó la guerra con la excusa de la política y la religión, cuando se supone que la una ha de ser construcción y la otra liberación; y que el miliciano poeta la perdió tiñendo de sangre de tos tuberculosa de roja vergüenza las crónicas de la historia y la literatura. La tos del poeta tuberculoso dignifica su obra, mientras que la tos del político contagia de virus todas las estancias del país-casa. El poeta se contagia a sí mismo y muere, como el escorpión que era Miguel Hernández, según la astrología. El político lo contagia todo con la gonorrea de sus prostituciones.
Luego están los poetas y literatos que se meten en política, como el mismo Miguel y como don Mario Vargas-Llosa. Nadie es perfecto, todos tenemos la tentación del mal aunque sean buenas las intenciones: la de querer salvar a un pueblo de sí mismo. Un pueblo sólo se salva llevando la contraria, por sí mismo, votando siempre a la contra, huyendo de correcciones y asimilando el instinto anarquista que todo vecino lleva dentro.
Hijitos: sed díscolos, gamberros e indolentes. Ante todo, dudad, hasta de vosotros mismos. Y por un día hagamos caso al abuelito Franco: no nos metamos en política.
Que toca hablar de Los Seductores, sonrisa atractiva y partida de Vanessa Paradis, tonterías del guapo y ganso Romain Duris:
Seré breve, que después del suavizante la lavadora me avisa de que finaliza y he de hacer la colada:
No se la pierdan si quieren pasar un buen rato, entretenido, con risas de diversa graduación.
Sobre todo por Romain Duris haciendo el ganso, es como un Jim Carrey francés y seductor, y ya sabemos lo bien que queda Jim Carrey, el mejor histriónico para la risa.
El guión es pura chorrada increíble, no hay que pedir credebilidad al buen chiste bien contado, porque la película ante todo está bien contada.
Cada actor en su papel está bien, la misma ninfómana amiga de la novia, por ejemplo, despierta el deseo y la hilaridad en el espectador, nuevo y exótico combinado: la risaerección. No me quiten el palabro que lo acabo de inventar, mía la patente. Acostumbrados a llorar con el deseo, hace falta la faz risueña del deseo.
Yo, de mayor, además de ser joven, quiero ser seductor, pese a los repentinos ripios que se me salen. Incontinencia.
Vanessa Paradis... corrían los años del tequila por los garitos del barrio de Bilbao, en Madrid, cuando yo me enamoraba de esta francesita de belleza extraña, curvas en delgadez extrema, sonrisa partida, porque el lado risueño del deseo nunca será tan perfecto como su sollozo. 1992, casi veinte años:
Queremos tanto a George Benson porque él nos enseñó a amar el jazz.
A finales de los 80 yo presumía de eclécticos gustos mucicales, con excepción del heavy metal y el jazz. A principio de los noventa ya se me pasó la tontería acústica: llegó el tecnopollas bakalao con bayas de Chimo Bayo para las preferencias de mis inquinas.
Un tío mío, recién enviudado, pasaba mucho tiempo con mi familia, y allá al pueblo que se vino unos días de finales de verano con su nueva novia y un maletín de cintas para la banda sonora en carretera, que el asfalto deja de ser gris para ser alfombrilla del paso a la gloria cuando hay buena música en el coche.
Sólo recuerdo dos: Amores, de Mari Trini, y una cinta de George Benson que me deslumbró, primer flechazo hacia el jazz y su riqueza de estilos infinita. This masquerade, es un tema que recuerdo, quizá el culpable del recien nacido amor por la música más libre que conozco: el jazz, metáfora vital donde las haya, además de infalible método de escritura literaria.
Hurté, sobrino vil, aquella joya al tío socialista que me me despertaba los fines de semana en Aluche para que le acompañara donde Las Torres para comprar los churros y las porras del desayuno. El mismo que me comentaba cuando iba a buscarnos a mi padre y a mí a la misa de los domingos, en la puerta de la iglesia, sus dolorosas erecciones tras la operación de próstata por aquella secuencia erótica en la mesa de la cocina de Jessica Lange y Jack Nicholson en el Cartero siempre llama dos veces. Aquel al que en las siestas jodíamos con el Cara al sol de un disco con canciones de la guerra, en una cara tenía canciones del bando nacional, en la otra del bando republicano.
A un tío así no se le roba nada. Un sobrino que roba su música al tío que le compra churros para el desayuno y le confiesa su intimidades es un gañán de la peor calaña.
Pero quiso el cielo mediar en tal delito, así que mi tío se dio cuenta semanas después de la ausencia de la cinta de casette, y me lo comentó, ¿me dejé en Cadalso una cinta de Georges Benson? Es mi favorita, y no la encuentro.
Yo, señor juez, no soy malo, tan sólo un poco cretino, así que confesé con mentirijilla: sí, te la cogí yo, me olvidé de devolvértela, es muy buena, ¿eh? Cojonuda, dijo él, así que volvió el objeto del delito al maletín de las cintas para el coche. Mi tesoro...
Pequeño y ruin Gollum, en aquel verano le hincaba el diente yo al Señor de los Anillos.
Eduardo Arroyo
La máscara es más real que la vida Eduardo Arroyo
Según el Libro de la Maravilla en su Teoría de Máscaras, cada persona usará de cuantas máscaras sea preciso para hallar su autenticidad. Esto forma parte de mi filosofía.
El Jueves pasado estuvimos en la fundación John Marzo (Fundación Juan March para los gachupinos), donde Félix de Azúa nos presentó con original guión a Eduardo Arroyo. Ante todo humor y filosofía de la la vida.
Sombra, de Eduardo Arroyo
Yo, que no suelo llevar el Babelia por la calle, porque no me confundan con un babelio, lo llevé aquel día, e iba apuntando en los espacios en blanco las perlas que iban soltando.
Félix de Azúa, en formato de novela, hacía introducción y presentaba capítulos para la vida y obra del pintor Eduardo Arroyo. Fue una pena que el acto durara sólo una hora, nos quedamos a la mitad, nos reímos bastante, y algo aprendimos. Dos sabios como dos abuelos contando batallitas. Decía, por ejemplo, Félix de Azúa:
El artista no tiene biografía, su biografía es su obra en cada momento de la creación.
Más o menos eso, la obra consumada en cada momento es la biografía del artista.
Me gusta Félix de Azúa porque es un gran motivador, de él leí yo Lecturas compulsivas.
Después nos fuimos a la inauguración de Tipos Infames, enoteca-librería donde uno se puede dar a los placeres del gusto, paladear vinos y mirar libros.
Y la tentación, ¿qué?
Yo ya no robo nada, aunque un montón de libros a tu disposición produce en el ánima lo mismo que Georges Benson cantando, tocando su guitarra en el balanceo del swing más elegante: ganas de delinquir y apropiarse de lo ajeno.
Aunque, valga el pareado, yo ya soy bueno.
Me consuela saber que el día de mañana me dedicaré a atracar bancos. O eso, o la desidia de todos los días: el sudor y el trabajo.
Coda
En la Fundación Juan March la exposición del pintor romántico Asher Brown Durand provoca en el alma la maravilla, lo sublime. Es contemporáneo del inmenso Caspar David Friedrich, como podemos ver sus pinturas están hermanadas por esa melancólica, sobrecogedora belleza, por ese vértigo del que Carmen Martín Gaite hablara en sus novelas ante las pinturas de Friedrich.
Místicos, simbólicos, representando el vértigo de la soledad de la fragilidad humana ante el misterio inconmensurable de esas frondosidades. Senderos que van, ¿hacia dónde? De espaldas los caminantes, los contempladores; pequeñísimos, en búsqueda permanente de Verdad y de Belleza.
A Friedrich le dediqué algo en Libro de Arena y en este blog ilustré dos poemas con sus obras, y le debo en mi bitácora emperatriz un buen puñado de entradas, por ser él el artista que ha conseguido plasmar lo no visible: el alma.
Cierra tu ojo físico, con el fin de ver ante todo tu cuadro con el ojo del espíritu.[...] El pintor no debe pintar únicamente lo que ve ante él, sino lo que ve en él. Si no ve nada en él, que renuncie a pintar lo que ve fuera. (C.D. Friedrich)
Así pues, hoy dedicamos en la bitácora emperatriz un post al pintor Asher Brown Durand.
Últimamente estoy con antojo de publicar un post sobre el gran poeta romántico -místico, en realidad- inglés William Blake, a propósito de una frase suya que se cita en Desgracia, la novela que comentábamos el otro día de Coetzee. Pero va a ser que será otro día, Machete, machete en mano, se nos ha adelantado.
El pasado Domingo íbamos a ver La herencia Valdemar a la filmoteca, que está de sobredosis de cine español con esto de los premios Goya, cuando, calle Atocha hacia delante, pasando por la Plaza Jacinto Benavente junto a los Ideal me topé con el cartel de Machete. Y recordé el trailer. Y propuse el cambio. Y la sintaxis tan rara que me sale hoy tiene su razón de ser échenle la culpa al tío Vanguardias.
Pese a que el precio del cine comercial cuatriplica el precio del cine de arte y ensayo, y habida cuenta de que el cine comercial está lleno de palomiteros parlanchines y el cine de arte y ensayo está lleno de gente que va a ver cine de una manera crítica e inteligente e interactiva que es como se debe ver el cine según dicen los ecos -de Umberto Eco, claro- de la conciencia si no se quiere ser un integrado, pues elegimos Machete.
Gran película, Machete:
Machete es como el capítulo catorce del Ulises de Joyce, Los bueyes del sol: una escabechina.
Analicémoslo. Lo.
Mi mente enferma, al igual que la película Machete, está llena de mujeres desnudas, políticos corruptos, y otras dipsomanías. Al igual que en Machete Machete machete en mano acaba con todo eso que da gusto, en mi cabecita loca llega el tío Vanguardias vanguardia en prosa y acaba con mis escasas, demediadas, perturbadas neuronas, qué disgusto.
Ahora sí que sí, soy un letraherido.
Después del capítulo catorce he cumplido la mayoría de edad lectora. Ahora sí que puedo salir en la televisión y hablar con propiedad y sin vergüenza en el programa de Sánchez Dragó.
Ahora sí que sí, y sin complejos, escribiré lo que me salga de las orejas: cerumen.
Me ha tranquilizado leer en la extensa y muy amena introducción -comparado con el capítulo catorce, Azorín es ameno-, en el apartadillo en que se comenta el capítulocatorce, que ha sido el capítulo menos apreciado por la crítica.
Tiene sus cosas, ¿eh? Hay momentos brillantes, frases hermosas. Momentos. Frases. Pero el capítulo en sí, en general, es como ver a Machete interpretando a Salomé bailando para Herodes Antipas y tomándose él/ella el capricho de cortarle la cabeza al Bautista. Y todo con la excusa de sacarle jugo al lenguaje, experimentar, estudiar, analizar la evolución de la lengua. Robert Rodríquez hace lo mismo con su Ulises/Machete, pero con la sangre, a ver hasta dónde llega, y cómo evoluciona el chorro una vez que la cabeza del malo es ¡crash! desgajada.
Y, al igual que el Ulises de Joyce ha generado toneladas de bibliografía, Machete generará toneladas de remakes, parodias, epígonos.
Machete y sus epígonos, sería una buena tesis para el año dosmilcuarenta.
La película me ha gustado bastante.
De Robert Rodríquez recuerdo su parte de Abierto hasta el amanecer como una broma de mal gusto.
Es que yo soy más de Tarantino.
Llega Tarantino con sus cuarenta minutos de buen cine y luego llega el Rodríquez a sacarle vampiros y bestias infames e infumables esperpentos.
Salía por ahí la Salma Hayek, muy buenorra ella, meneando el palmito, creo recordar, sí, pero el capítulo catorce también tiene sus momentos brillantes.
Claro que si uno va a ver Machete tiene que saber que va a ver casquería y desparrame.
Pero la peli es honesta, no se toma en serio a sí misma, una parodia del cine que representa, un cómic salvaje que salta a la pantalla.
No es violencia extrema, es exageración de la violencia hasta minimizarla para hacer de ella algo risible. Como aquel disparo del Travolta en Pulp Fiction, en el buga que tan inteligentemente limpió de casquerías incrustadas Mr. Lobo, sin mover un dedo.
Violencia extrema, en el otro extremo, está Haneke, por ejemplo, que maneja el horror con contención, con un efecto mayor que este cine de la exageración.
La semana pasada soñé con aquella película de Haneke, Funny Games, en el sueño se metían en casa dos tipos angelicales, y yo, nada más verlos, llamaba a la policía, oigan, que se me han metido dos psicópatas como los de Funny Games en casa, todo esto por una paranoia que se me metió dentro, sin conocerles de nada.
Lo mismo me ha pasado con el capítulocatorce, horrorizado, paranoico hasta la última neurona, oigan, que se me ha metido el tío Vanguardias en casa, machete en mano, y me está dejando el cerebro para fregar platos, como un estropajo. Con salvauñas, eso sí.
Que es bueno guardar algo de agresividad mental, ¡uauggghhhh!
Y de repente, después de arrancaros la primera risa, los nervios se fueron corriendo y que me quedé yo sola en el escenario, os miré, y vuestra sonrisa me hizo fuerte. Segura. Y seca (la boca). Vamos, como si llevara una compresa Evax que me otorgara this power ;P. Gabs
¡Oh, mon Petite-Sue! , ahora que miro el vídeo resulta que estuvimos media hora escuchándote, y no menos de un cuarto de hora, como tenía yo grabado en mi cabeza. La amenidad es para el humor lo que los garbanzos para el cocido: esencial., más que las mismas risas.
Aunque también son esenciales las risas, claro, ý esas que se escuchan de fondo, esas no, que no que no, que yo estuve allí sentado, esas no son enlatadas.
Como te dije despés, un buen monólogo scomo el tuyo se caracteriza por la identificación del público con el narrador, y viéndonos reflejados en esa realidad cotidiana caricaturizada que el humorista cuenta, salta la carcajada.
Y aquí me hallo yo intelectualizando el humor, ¿qué necesidad tendré yo de hacer teoría?
Vayamos pues a los ejemplos en estas rarezas nuestras que nos ofreces. En el gimnasio. No los piso, soy gimnasiumfóbico. De tiendas. Tal como lo cuentas, y sí, las dependientas son así. Despedidas de solteras. No quieras saber qué es lo que decimos los chicos cuando vemos un grupo de muchachitas en despedida de soltera con minipililas caucásicas en la coronilla. Los treintaitrés: la edad de Cristo. Me siento un abuelo, ya que sobrepasé la edad, soy yo el que le dice a la peña lo de la edad de Cristo. El merkadona.Yo también soy adicto a la marca Hacendado. El feisbuk. A mí la gente también me pide que haga cosas raras en el feisbuk.
Compañías de teléfono. Quieren acabar con nosotros, ahí le has dado, es el momento genial del monólogo.
Conocí a mi querida amiga Gabs en finiseculares años, aquellos en los que nos estábamos construyendo una educación sentimental. Bueno, yo aún sigo en ello, aunque era conocido como el Unamuno de la clase, por mi edad avanzada, sobre mí escribían los akabaos manifiestos del tipo:
-David era el que fregaba la cubierta de la carabela La Niña.
-David le metía mano a Sócrates mientras Platón tomaba apuntes para los famosos diálogos.
-David le daba collejas a Hitler en el colegio, por lo que Adolfo creció siendo un niño acomplejado y luego montó la que montó.
También me llamaban Ramón, por mi parecido físico-psicológico-literario con el autor de las greguerías.
Los akabaos éramos siete, y cada uno tenía una especialidad.
Uno de nosotros sentía pasión por el teatro, el Sábado anterior nos contaba que iba a hacerse un máster sobre el tema, eso está bien, no hay que abandonar las pasiones, no sea que la pasión nos abandone a nosotros y nos convirtamos en carne anónima para el trabajo y el consumo.
Otro estaba muy politizado, de éste sabemos poco, a mí me enseñaba las miserias de las entrañas del Rectorado, como un Virgilio joven y anarquista. Juntos gamberreábamos y hacíamos numeritos absurdos por los pasillos. Un día unos skin-heads quisieron gresca a las puertas de la universidad Carlos III con nosotros. Gracias a él descubrí a los Bad Religion, a ver cuando les dedico un post, son los reyes del punk melódico.
Luego al resto quien me haya leído en mis blogs ya saben, CiudadanoQuien, SumoSacerdote o Gargantúa, y Azarías, antibloguero pertinaz y el JuanBautista de la Literatura. Ciudadano y Gargantúa formában un tándem excepcional como blogueros: el uno es un caústico y excelente crítico cultural, de fina y rara inteligencia; el otro un poeta erudito y guasón, en nuevo y admirable cóctel. Tengo enlazado una bitácora que tuvo Ciudadano cuando se hacía llamar Comeclavos.
Susanamatopeya era la única chica, aunque bueno, yo también he sido siempre muy femenino. Ella se destacaba por dos facetas: pintaba muy bien, sobre todo mujeres desnudas, luego dejaba los apuntes a cualquiera y la gente decía: joer, no pude estudiar nada, veía mujeres desnudas por todas partes. Era el síndrome de San Antonio y sus tentaciones.
Además del buen narrar sobre el papel, en viva voz era genial para el relato anecdótico aderezado con perlas de su cosecha y sano cabreo; tenía la costumbre de monologarnos, hay poco o nada de artificio en el monólogo con que nos regaló el Sábado pasado en el teatro Residui, así es ella, naturalidad neta, magra.
Tenía por aquellos años el pelo abundante y rizado, antes de conocerla de nada, a veces se sentaba delante mía y con todo mi morro y sibilinamente solía jugar con sus ricitos, con la voz en off del profesor de turno aburriéndonos, o solazándonos, según.
Mujer tumbada, de Egon Schiele.
Su libro era Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé, y empeñada en que lo leyéramos lo dejaba o regalaba. Yo le presté Los cuadernos de Don Rigoberto, del recién celebrado Mario Vargas Llosa. En Los Cuadernos de Don Rigoberto se relataba el amor de Rigoberto y de Fonchito por la pintura erótica, y se centraba este interés en la figura de Egon Schiele, y yo sabía que por eso este libro podía gustarle.
Personalmente, y ella lo recuerdará, me provocaba gran ternura aquel abrigo azul que llevaba los días de invierno, un abrigo para el que no existía la palabra jubilación, abrigo fiel desde los tiempos de la EGB.
Por eso ahora, cuando la oímos en su monólogo hablar sobre los zapatos y lo que nos cuesta y la pena que nos da el deshacernos de ellos, inevitable es este recuerdo. A mí me sucede lo mismo, difícil es que unos zapatos me gusten, pero cuando doy con ellos les doy el uso fiel, o mejor dicho leal, ya se pueden estar resquebrajando y llenándoseme de lluvia que no los tiro ni a tiros.