miércoles, 16 de noviembre de 2011

Una lectora nada común, de Alan Bennett

Alan Bennett, porque también nos gusta el humor inglés
de té con  nube de mala leche
Como ya avisé en el anterior post, hoy vamos a hablar de la reina de Inglaterra, que para algo uno es un príncipe y de cuando en cuando gusta de pasearse por entre la Realeza. No todo va a ser maleza, que es por donde me paseo siempre para perderme por ese dicho que hago mío de que para encontrarse a uno mismo primero hay que perderse.
Sin embargo, por mucha Realeza que tenga, esta novelita, más que una semblanza o un retal biográfico, es una ficción, una fábula amable que presenta un supuesto, una ilusión, una posibilidad.

El intríngulis

A la reina, un día de paseo por los jardines de palacio, se le escapan los perros, que entran ladrando en la biblioteca ambulante que va a palacio una vez por semana y aparca en la puerta de una de las cocinas. La reina ni lo sabía, la reina tiene a su disposición algunas bibliotecas que sirven más que para la lectura, para reuniones y otros menesteres reales.
Ya que ha entrado en busca de sus caninos lacayos enfurecidos, decide cortésmente llevarse un libro, por cumplir. Allí está uno de los pinches de cocina del palacio, un pelirrojo gay que está dispuesto a llevarse en préstamo un libro de fotografía con hombres desnudos.
A partir de entonces se desencadenan una serie de peripecias causadas por el enfrentamiento del  gusto recién adquirido por los libros de la reina con la antipatía que parecen tenerle a la lectura todos los que la rodean, desde su antipático secretario personal hasta el primer ministro. La misma noche del día en que descubre la biblioteca ambulante:
-Tenemos una biblioteca ambulante -le dijo aquella noche la reina a su marido-. Viene todos los miércoles.
-Estupendo. Los prodigios no cesan.
La misma camaradería que surge entre la reina y el pinche gay -que por cierto, sólo lee literatura escrita por gayers- no gusta en palacio, el muchacho es ascendido a paje para estar más cerca de Su Majestad, sentado en una mesita todo el día en un pasillo junto al despacho de la monarca sin otra cosa que hacer que leer y asesorarla e intercambiar opiniones y darse a pequeños retos, como la lectura de la obra magna de Proust en unas vacaciones.
No faltan los villanos, consejeros y secretarios, que harán todo lo imposible por quitarle el vicio a la reina.

El meollo
Poco antes de cumplir los 80, se da cuenta del tiempo perdido y se nos hace voraz. La República -así llamará la monarca este mundo conquistado- es un ámbito de igualdad, donde ella no es más que nadie, donde puede adentrarse sin ser vista, sin todas esas obligaciones y deberes, protocolos y cortesías. Como una niña, quiere transmitir su recién adquirida nueva alegría a todo aquel que la saluda, tanto si se reune con mandatarios -el premiere francés prefiere no opinar sobre Genet pero estará encantado de departir sobre Proust- como si va a inaugurar ante el pueblo. A todos preguntará qué lee, y hará saber lo que ella lee. Y subraya, y anota. Se hace socia de bibliotecas -o ya lo era, pues la principal patrona de la biblioteca londinense es ella-, merodea buscando las bibliotecas propias, pide prestados libros, libros regala. Conoce a Alice Munro. Autores que al principio de la novela no le entran bien, ahora después de una temporada como lectora de oficio, le entran demasiado bien y les entiende, como en el caso de Henry James. Ha conocido durante su vida a muchos escritores, y ahora se apena de no haber sido lectora entonces. Entonces prepara una cena para escritores a los que Norman -el pinche que ahora es paje- y ella admiran: un desastre, se siente como aislada. Se da cuenta que es mejor leer que conocer a los autores. Ella misma decide para el pánico de todos escribir sus memorias, pero no como hace todo famoso, si no como si fuera una nueva Proust -aunque le parezca una guarrería eso de mezclar el bizcocho en el té-.
El atractivo, pensó, estaba en la indeferencia: había algo inaplazable en la literatura. A los libros no les importaba quién los leía o si alguien los leía o no. Todos los lectores eran iguales, ella incluida.La literatura, pensó, es una mancomunidad, las letras, una república. (...) Sólo ahora comprendía su significado - república-. Los libros no se sometían (...)

Humor inglés
El lector se llega a identificar con el personaje. Yo, como lector, me he identificado.
¿Qué me ha llevado a leer esta novela?
Anteayer, buscando un libro de relatos de Felisberto Hernández, y no dando con él, me encontré en la estantería de exposición en la biblioteca más cercana a mi casa, esta novela, cuyas reseñas leí en su día en los suplementos culturales, pareciéndome atractiva la trama, más teniendo en cuenta que es novela inglesa de humor.
¿Ha cumplido su finalidad?
Cierto es. Té e ironía y una sutil mala leche en la nube de este té.
Un cierto humor negro, clásico de la isla, en una deliciosa tarde en un jardín inglés. Todos los personajes, menos los dos principales -la reina y el pinche gay-, son caricaturescos, desde el duque hasta el primer ministro. El duque por lo menos es un guasón.
Uno se reencuentra  felizmente con el humor aquél de los Roper y de los Monty Python -sin llegar a su irreverencia, aunque a veces ...-.
A la reina, en una de sus reuniones semanales con el primer ministro, le da por prestarle algunos libros. Así que el villano consejero especial -de suponemos Tony Blair- llama enfurecido al secretario personal de la reina:
Al final Sir Kevin recibió una llamada del consejero especial.
-Su jefa le ha hecho pasar un mal rato a mi jefe.
-¿Sí?
-Sí. Le ha dado libros para leer. Es improcedente.
-A Su Majestad le gusta leer.
-A mí me gusta que me chupen la polla. Pero a mi jefe no le obligo a chupármela. ¿Se le ocurre algo, Kevin?

Método caótico e intuitivo
Uno busca este tipo de libros, fascinado por la historia lectora de cada lectora, y de cada lector.
Así adquirí hace un par de semanas donde los Tipos Infames el libro de Jesús Marchamalo Donde se guardan los libros, que es una recopilación de los amados artículos sobre bibliotecas que publicara hace años en el ABCD y que yo esperaba y leía con la fruición de una reina inglesa en fábula. Como es relectura -aunque felizmente vienen viejas bibliotecas en nuevos artículos- ya lo comentaré más adelante, cotilleándote qué joyas guardan Luis Alberto de Cuenca y Andrés Trapiello. Me volví a encontrar, en la biblioteca de Juan Manuel de Prada, con el nombre de Felisberto Hernández, que buenos blogueros proclaman como uno de los mejores narradores de relatos fabulosos. Ayer me dí un paseo largo hasta otra biblioteca, la Antonio Mingote, y encontré Nadie encendía las lámparas, que ya comencé hoy a leer, dejándome una impresión de reconocimiento, de un modo de narrar y percibir las cosas como a uno le gusta: una Literatura. Buscaba otro en concreto, Las Hortensias, que buscaré en otras bibliotecas, cercanas o lejanas, o que compraré en una antología más completa, por este afán de posesión y de buscar lo completo que tiene alguien como yo que no lo es.
Yo, como ya me conoces, soy muy desastre en mucho, y como lector no lo soy menos, al igual que la reina de esta fábula no tengo un método de lectura, muchas veces lo intenté y me salí por peteneras a aires más frescos y anárquicos. El método de la reina es el mío: un libro lleva a otro libro, una lectura a otra lectura, un simple comentario, una reseña, una intuición -que nunca fallan estas, mecachis-, o un porque sí.
¿Y por qué no?
Ya sabes mi lema: buscar, encontrar, amar, por lo que en el próximo post te ofreceré aquella canción que faltaba como sueño y ausencia.

YSEQA

lunes, 14 de noviembre de 2011

Los raros



No he querido saber, pero he sabido, a través de Kirsten Dunst en su papel de Justine, que estamos solos en el universo.
-Yo sé muchas cosas -dice en una escena Kirsten, Justine.
La película se llama Melancholia, y está dirigida por un tipo que dice que es el mejor director del mundo, este mundo solo, en el universo. Este director se llama Lars, Lars Von Tryer. Este director no sé yo, que no opino por no molestar, si es o no el mejor, lo que sí sé es que es un tipo raro. Un raro.
Otro tipo raro en curiosa competencia para  director del año -por no decir de todo tiempo-, es Terrence Malick. Por sendas películas. Por raras películas. Más raras que soltarle a la urna una metáfora -o un tropo cualesquiera- en ese 20N aciago con memoria de efemérides y otras causalidades.
Iremos a votar, y votaremos raro.
Yo era un raro, ya no lo soy tanto, ahora me adapto.
Estos larsvontryers y terrencemalicks son unos inadaptados. Hacen Arte. La gente les hace una reseña y asisten a la proyección en reverencial silencio. Hoy una abuelita se ha escapado de los Golem en el minuto 40. Hace semanas, cuando lo de El árbol de la vida, la gente huía en manadas de los Ideal. Yo, con mi reverencial y proverbial paciencia, aguanté, porque se trata de Arte. Y el Arte duele, y hay que disfrutarlo con dolor, con tesón, con sudor. El Arte, como la fama, cuesta. Sobre todo le cuesta al que asiste al espectáculo: los euros, y la mala conciencia por no estar a la altura.
Pero mola.
¿Es que yo no leí el Ulises de Joyce?
¿Es que yo no leí las quinientas disgresiones de Los Miserables de Hugo?
¿Es que no sigo leyendo, con lágrimas y sorbiéndome los mocos de frustración, la introducción que le hicieron a Javier Marías para Corazón tan blanco en Crítica? La novela, por cierto, muy interesante, con esa elegante amenidad que sabe verter Marías, aunque no quiso saber, pero ya sabe.
Lo malo no es el objeto artístico, lo malo es todo ese funambulismo de bibliografías en la cuerda floja de mis entendederas. Lo malo es que te tragas un Melancholia y en el lote va incluido el Arte sádico de las horas de estudio infructuosas, con su código sólo para iniciados en la excelencia.
A un raro, si es famoso y premiado y de culto, se le permite todo. Yo se lo permito todo, y todo se lo perdono al que me aburre, pero no me vengan con tesis doctorales para la sentida melodía en una mala resaca.
Estos raros creadores viven en una permanente mala resaca, y tararean bien, bonito, por el polvo que no echaron ayer noche. Luego llegan la miríada de páginas bibliográficas a analizar la melodía, resaca incluída, y en vez de pasarte a tí la melodía te pasan la resaca, a tí, con el polvo que no echó el otro ayer noche.
Yo volveré a ser el chico raro de la clase, como lo fui hasta el bachillerato. Luego en la universidad nos juntamos mil raros y ya todo nos fue perdonado.
Pero no habrá paz para los rarunos.
Hacía tiempo que no te hablaba de cine. Ven, siéntate aquí, a mi vera, a la vera de mi canto que ni es arte ni hoy tiene resaca y ni es merecedor de bibliografías funambulistas para cuerdas de locos. Ven, te digo ven, a mi vera, que te voy a contar hoy el cine que yo ya ví, sólo para tus oidos que saben escuchar mejor, y más que todos los excelsos camaradas del Arte.

Melancholia. (trailer)
Me gustaba más Kirsten Dunst como novia de Spiderman, aunque aquí está soberbia. Me gustó más, también, como Maria Antonieta. Sofía Coppola, aunque hay quien dice que es fea, a mí me pone mazo. Me montaba yo un menage a trois con la Coppola y la Maria Antonieta que no lo filmaba un larsvontryer ni después de la larguísima depresión que le entra después de un premio en Cannes. Antiticristo me gustó más. Ésta de Melancholia es muy esteta, muy bella en su conjunción planetaria pese a tanto apocalipsis. Los planetas son la música de Wagner -Tristán e Isolda-, el paisaje, el trabajo actoral, los melones de la Dunst, y mi reverencial silencio, tan peregrino a veces. A voces.
Sin embargo sigue en pie mi lealtad a Lars Von Tryer, por Los Idiotas, por Bailar en la Oscuridad, por Anticristo, por Dogville ... y por Melancholia, claro que sí, más rara de ver que difícil de tragar, y uno a lo largo de su vida se ha tragado tantos ladrillos -no me llores jamesjoyce, que tú eres mi padre bastardo- que le está cogiendo cierto gusto a esto de ser sodomizado por el Arte. Lo mejor, sin duda, es que no sale Penélope Cruz, que era para quien Lars Von Tryer cantaba su polvo no echado de ayer noche. Entonces yo me habría ido también en el minuto 40 con la abuelita que se sentaba detrás mío, a comer tortitas con nata en el Vips de la Plaza de los Cubos.
La Belleza de esta obra reside en el mal sueño que todos hemos tenido algún día, muy a menudo yo, qué te voy a contar que no te duela. Un apocalipsis narrado con el dolor de la desolación, pero con el latido feliz del que pese a todo se maravilla ante La Vida.
Yo me acordaba de tí, y de un sueño que tuve hace dos años y medio, en esa primavera rara de neurosis y añoranzas. En el sueño era de noche, y estaba yo con mi familia en una casa desconocida, con jardín, aunque en el sueño era nuestra casa. Se oían ruidos como de bombas al explotar, entonces salimos al jardín y vimos caer aviones, como derribados, pero no fue así. La luna se partió en dos, desapareció. Sería el efecto de la luna al romperse, qué sé yo, la gente salía a los jardines de sus casas con miedo y ansiedad. Pero no se acababa el mundo, no, sólo la luna acababa, y yo me acordaba de tí y pensaba: ¿qué será de ella, ahora que no hay luna?

El árbol de la vida.(trailer)
El apocalipsis, otra vez. Esta vez sin embargo no tiene un valor de acabamiento. El árbol de la vida gana puntos según pasan los meses, en el recuerdo. No miento si digo que me gustaría verla otra vez, pese a que salí del cine -salimos del cine- admirándonos de lo raro que era el mundo, de lo raro que era el Terrence Malick, de lo rara que era la película, y de lo raros que éramos nosotros por habernos atrevido a entrar al festín sin apreciar la comida en su propia valía. Manda huevos las cosas que hace la gente por el Arte.
Más esperanzadora, por religiosa, que Melancholia, El árbol de la vida es también la labor de un esteta, también esta vez con su ética incorporada. Con paciencia y silencio reverentísimos irá el espectador que quiera ser merecedor del premio al chico raro de la clase.
Yo soy raro.
Tú eres raro.
Él -Malick- nos gana por goleada.
Si ponemos juntos a Terrence y a Lars y les dejamos encerrados en una urna este 20N aciago, ¿quién ganará? Rajoy seguro.
-Ja, ja, me parto y me mondo. Anda a contar chistecitos al club de la tragedia, mozo. Y siga con su cinemanía, que escribiendo está más guapo.
-Gracias por el piropo, señora ... o señorita.
-Señora, por favor.
-A sus pies ...
Digo que si ponemos juntos a Lars y a Terrence, ¿quién se lleva la palma de la genialidad de la temporada de cine? Dicen que dicen, por ahí leí algo, que el mundo está demediado en dos bandas, los de Terrence y los de Lars, los de El árbol de la vida, o los de Melancholia. A mí, si me dan a elegir, me prostituyo a quien me page más. Es lo de siempre ¿ Barsa o Madrid? ¿Prosa sonajero o angloaburridos? ¿Sabrina o Samantha Fox? ¿Derechas o Izquierdas? No valen las medias tintas, no habrá paz para los tibios.
Acércate y ven, aquí a mi lado, que yo te diré en un susurro lo que sólo a tí y a mí importa. Lo demás es un circo, intereses creados, mafias, juegos para engañar el tedio. Tan peligrosos, a veces, que no merece la pena participar y dar la vida por aquello que ni te da de comer y que además te quita el sueño.
Juegos son, sí, de la edad tardía, sí, para engañar el tedio.
Hay una semejanza personal entre El árbol de la vida y Juegos de la edad tardía, de Luis Landero. Con la novela me pasó algo que rara vez me ha pasado -quizá con el Ulises de Joyce, que más que una lectura fue un parto por lo dolorosa, pero ahí tenéis al niño, haciendo posts porque ha leído el Ulises, qué mono y qué lindo-, ha ganado con el paso del tiempo. No recuerdo haber disfrutado especialmente con la lectura de Juegos de la Edad Tardía, sin embargo tengo un recuerdo maravilloso de ella, una novela imborrable, con unos personajes que se han quedado, y una fábula genial. Así me sucede también con El árbol de la vida, que según pasan los días gana en el recuerdo, y crece, como una flor extraña que se miró un día y sólo con ser mirada se quedó, y creció y dio fruto en el alma.
Así como me pasó contigo, así son las obras que duran, los amores que quedan, los que han dejado más que huella: camino, más que rastro: presencia.
Nos hemos puesto evangélicos, ¿verdad? Días después de leer El árbol de la vida, voy y me encuentro con un artículo de Juan Manuel de Prada, que escribió Coños, que escribió Las máscaras del héroe, y luego de un día para otro envejeció, sin venir a cuento. Ahora alguna le llama mi John Wayne. Y a mí, que sigo más joven y más guapo, ninguna me dice esas lindezas.
Bueno, a lo que íbamos, de lo que tratábamos. El artículo trata sobre El árbol de la vida, y Juan Manuel de Prada le da una interpretación evangélica. Luego termina diciendo que Malick tiene un par, por la película.
Bueno, no hay que ponerse tan genital, y menos tratándose de Malick. Yo, la verdad, prefiero los genitales de Elena, mi Elena, Elena Anaya.

La piel que habito(trailer)
Me gustó bastante, por lo general me gusta todo Almodóvar, pese a algún desliz, pese a alguna Penélope Cruz. Al que creó Qué he hecho yo para merecer ésto, sin embargo, yo le perdono hasta eso.
Yo fui a ver si Elena Anaya me enseñaba algo, y me lo enseñó todo. A ver si la Sofía Coppola hace Maria Antonieta II, versión X, y hacemos la rareza del año haciendo Arte los tres juntitos: Sofía, Elena, Kirsten, y yo.
La piel que habito, aunque dicen que es la menos, yo digo que es muy almodovariana. Con su comedia y su tragedia, haciéndoselo juntas. Allí el raro -o el menos raro- era yo, pues cuando todo el mundo callaba reverencialmente, yo reía con las ocurrencias de Pedro Almodóvar. La cosa está -no sigan leyendo si no la han visto- en que Elena Anaya antes era un chico, y Antonio Banderas va y le rapta por un feo que le hace a su hija Blanca Suárez. Una mañana mi Elena se levanta y ve que no se le levanta, se mira en el espejo y en vez de tener la cosa colgando le ha nacido un lindo coñito, que es el coño que le faltaba a Juan Manuel de Prada en Coños. A mí me entró la hilaridad.
Si un día yo me levanto y me miro al espejo y me encuentro a Elena Anaya, ¿no sería maravilloso? La de cosas que haría bajo las órdenes de Sofía Coppola, mi Sofía.
Pero no habrá paz para los soñadores.

No habrá paz para los malvados.(trailer)
También me gustó mucho. Es de esas películas tan buenas, tan buenas, que no parece ser española. Parece americana. Así que la obviamos.

Si la cosa funciona. (trailer)
Woody Allen es un dicector americano que hace cine europeo, y todos le aplauden.
El mundo es raro, el mundo del cine es raro, los que opinan -opinamos- sobre cine, son raros.
Así que lo obviamos.
Bueno, no, digamos algo, ya que la peli es buena, pese a ser americana que intenta ser europea y lo europeo sólo es bueno si parece americano.
La ví en la filmoteca, y tiene una gran lección para la vida, que se dice al principio, se demuestra durante la película, que tiene final feliz. Woody Allen hace a veces finales felices, y yo, si me levanto mañana en la piel que habitaré de Elena Anaya, iré a hacer cine raro con él, Arte para exquisitos españoles que sólo ven cine americano aunque el cine americano se travista en europeo, o que una mañana se levante europeo. Con un coñito europeo que Juan Manuel de Prada se olvidó de publicar en esos fabulosos homenajes ramonianos.

Tímidos anónimos.(trailer)
Esta película fui a verla el Viernes. Se la recomiendo a todos, exquisitos o no. Se pasa un buen rato, y la hilaridad no desmerece a un chiste almodovariano que entienda yo sólo. La peli es francesa, humor francés, que a lo mejor no gusta a todos, pero yo creo que algo sacarás de aquí que sí te guste. Aunque sea el chocolate. O la empatía por los raros personajes. Porque esta peli sí es de raros, más que las otras, porque estos son raros como tú y como yo, no como el Banderas poniéndole coños a los que se benefician a su hija Blanca Suárez, si no raros con complejo de raros, raros anónimos como los que nos encontramos a diario, tímidos de verdad, no de mentira. La vida misma, con concesiones al musical en los momentos de magia.
Luego nos fuimos a cenar a un chino donde cenan los chinos, que cenan unas cosas muy raras, que yo les ví.
Y por hoy ya basta, que me lío y termino contando cuentos chinos, cuentos chinos para niños del japón.
 Pasado, o mañana, te hablaré de la reina de Inglaterra.

Coda.
Y luego querrás que te cuente un cuento, que te escriba una novela, ¡un cuento chino te voy a contar!
Una novela de un mundo raro, te voy a escribir.
Pero ven junto a mí, aquí a mi lado, que te cuento yo lo que a nadie le importa, por mucho Arte que tenga, que a tí y a mí sólo nos concierne.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Pulp, de Charles Bukowski

Bukowski trabajando




Yo tenía talento, tengo talento. A veces me miro las manos y me doy cuenta de que podría haber sido un gran pianista o algo así. Pero ¿qué han hecho mis manos? Rascarme las pelotas, firmar cheques, atar zapatos, tirar de la cadena de los retretes, etc., etc. He desaprovechado mis manos. Y mi mente.
(Charles Bukowski. Pulp.)
No he querido saber, pero he sabido, que la ingesta de alcoholes de diverso tipo, acompañados de una vida sin motivaciones, hace que te sientas una mierda, tío.
Son las consecuencias de una vida disoluta. Búscate también un oficio de detective, en Hollywood, y te meterás en problemas. Con el casero de tu oficina, con el vecino de tu casa, con cada barman de cada tugurio cutre o no tanto que visites.
Yo, que soy un tipo decente y ya no mezclo -casi- y que tengo motivaciones -algunas- y que no soy detective -cocinillas- ni vivo en Hollywood -Aluche City, la ciudad sin ley- y que sólo visito garitos donde las bargirls me reciben con afecto y con cariño y los barman son chistosos y generosos en las tapas, pues me puedo dar con un canto en los piños.
Mis caseros reciben puntual y religiosamente su dinero, mis vecinos son encantadores. Todos me rinden pleitesía. Todos besáis mi lindo culo. ¿No lo querías saber? Pues ya lo sabes.
-Caballerete, deje usted de fardar y haga crítica literaria.
-Señora, la vida es pulp, y habrá que comenzar metiéndose en problemas.
-Joven, es usted un insolente.
-Insaciable, socia.
-Sucio.
Realismo sucio. Ejem. Centrémonos en este mundo sin centro y con extremos.
Lo pulp. A la mala literatura, así dice la dedicatoria de Bukowski en la novela.
Veamos. Lo minimalista. Leamos. Gente que se mata, tan fácil. La muerte es minimalista, y sin embargo, la señora Muerte siempre está más guapa que nunca. Algo de lirismo sucio arranca de las flores mustias de la vida este Bukowski. La señora Muerte es la protagonista principal de la novela, que le encarga un singular caso a nuestro detective Nick Belane: encontrar a Céline, al que se ha visto merodeando en una librería hojeando libros de Faulkner y de Thomas Mann, man -que es como decir tío en américa, hombre-. Louis-Ferdinand Céline murió, según las fuentes oficiales, en los albores de la década de los 60, pero al igual que Elvis, es visto por ahí de vez en cuando. Hasta los hay que dicen que han visto a Franco, con gafas de sol, paseando en coche.
Qué me van a decir a mí, que un día me encontré a Azorín para reconcomerme la conciencia, y que suelo encontrarme con James Joyce. Anteayer le volví a ver, apostado en la fachada de un bar de mi barrio, renqueante.
La señora Muerte va buscando a esta gente a la que tanto ven los vivos, para que vayan al lugar donde debieron ir según las fuentes oficiales. Un mundo en orden.
Ayer, día de Ntra. Sra. de la Almudena, patrona nuestra, me tocó la fiesta. La víspera me fui de cañas. Terminamos en aquel italoargentino del que te hablé hace algo más de un año, donde celebré, hace más de un año, donde brindé, hace más de un año, por los encantos de un personaje de novela pulp que estuvo entre mis brazos.
-No sea fatuo, pollo.
-Yo a veces es que soy muy pulp, señora.
Cuando se tercia. No había vuelto desde entonces. El hallazgo de la noche de anteayer fue una pizza al cabrales que me hace sentir nostalgia gustativa cada vez que la recuerdo y añoro, dos días después.
Listillo: la gente pulp no toma pizza al cabrales, toma whisky y cutreburguers en sórdidos bares donde siempre uno se mete en problemas, tío. Las camareras mascan chicle, llevan minifalda y delantalito, tienen los labios pintados, son viejunas, y te llaman darling.
Yo: que te jodan.
Por la noche soñé que leía un libro, y que deseaba terminarlo para darme a la lectura de Pulp, de Charles Bukowski, amarillo volumen que reposaba en mi estantería de pendientes. Es un libro que sustraí de la biblioteca de mi hermano, el que vive en Irlanda. La biblioteca de mi hermano duerme en parte en una caja de cartón, junto a libros como Reo de Nocturnidad, de Alfredo Bryce Echenique, que le regalé yo cuando vivía en Montpellier, pues sucede en Montpellier. Mi hermano, poco a poco, se está haciendo con otra biblioteca con libros que le regalan, que le regalamos, o que se compra.
Bukowski haciendo horas extras


Desperté y recordé el sueño, y decidí empezarlo ayer por la tarde, cuando leí más de la mitad, hasta que la mollera se me sobrecargó de alcoholes vicarios y de tías buenas y de extraterrestres y de tías buenas que son extraterrestres y que se encariñan con nuestro detective más chungo de L.A. Como la Sra. Muerte.
Bukowski hace selección tópicos pulp y los mete en su novela, y le queda ágil, delirante, amarga, desencantada, negra, erótica, reflexiva, mordaz, chistosa ... Algo muy recomendable para pasar dos tardes de Otoño: cien páginas un día, cien el otro. Es fácil, predominan los diálogos amenos, las descripciones rápidas, minimalistas, las reflexiones trascendentes de un alcohólico desolado y solo, al que sin embargo las tías buensa le llaman cariñosamente gordinflón.
Nuestro detective Nick Belane es adicto a la procrastinación, al whiskye, a la ginebra, al sake, al vodka sobre todo, a las apuestas hípicas, a los puros, a las patatas fritas y a pensar que el mundo está lleno de aburridos y que los que no se aburren sólo hacen gilipolleces. Casi nunca tiene un caso que resolver, pero en la novela se le juntan cuatro o cinco, todos entrelazados, entre ellos un caso literario -Celine buscado por la Sra. Muerte- y un caso de extraterrestres gusanos que se convierten en tías buenas y se meten en ataúdes en pelotas para asustar al de la funeraria y a nuestro hombre en L.A.
Humor negro sobre todo, y delirante inventiva.
No siempre hago caso de mis sueños epifánicos, en los que se me invita a leer algo. Sí hice caso con Cortázar y con Ernesto Sábato, aún tengo una cuenta pendiente con Luis Mateo Díez y con Jorge Semprún. Lo de Bukowski fue porque lo tenía más a mano. El otro libro de este sueño que leía en el momento en que se me ocurría leer al viejo Charles Bukowski no sé cual era, quizá alguno de Blasco Ibáñez.
Este Sábado convencía a un par de amigos incautos para que me siguieran a la filmoteca, donde nos tragamos la vida de Blasco Ibáñez, dirigida por Berlanga. Fui con la intención de motivarme a leer algo del autor valenciano: tengo sus obras completas en Aguilar, en piel, desde antes de nacer. Tuvo una vida trepidante y una obra fecunda. Luego fue a Hollywood a escribir guiones.
Yo, que he visto mucho Tarantino, no puedo evitar el comparar los diálogos de esta novlea, como si fuesen dichos por personajes tarantinianos. Cuando entran en la oficina de nuestro detective Nick Belane estos dos matones: Dante y Fante, por ejemplo.
Terminada esta tarde la novela, no puedo evitar mirar la ficha técnica de Pulp Fiction, de Tarantino, y resulta que fue realizada en el mismo año en que fue publicada Pulp, 1994. Las dos obras son homenajes más o menos paródicos al pulp, cierta literatura de kiosko, de saldo, barata, que alegró nuestra juventud, y que la alegra. Guardo aún, tras de la puerta, ciertas novelitas compradas a mis quince años en kioskos y en el rastro. Novelas a veinte duros, nuevecitas, otras no tanto. Las guardo para el Invierno, porque será largo, y nosotros somos tan jóvenes ...



Coda

Una novela en la que el detective chungo tararea algún tema de Carmen, de Bizet, no es cualquier mierda, tío.

martes, 1 de noviembre de 2011

Corazón tan blanco, de Javier Marías

Javier Marías y tantos libros

No he querido saber, pero he sabido ...
(Javier Marías. Corazón tan blanco)
No he querido saber, pero he sabido, que la envidia sea quizá un motivo por el cual Javier Marías ha sido tan criticado por su obra literaria, por su singular y gran estilo. Una obra, por cierto, traducible, y laureada y valorada más allá de estas fronteras nuestras, y que será también que el estilo, el suyo estilo propio, manierista pero no tan frío, su poética como de verso en prosa, su lirismo liviano como alado.
No he querido saber, y así yo lo hago saber, porque toda esta bronca literaria me parece más un circo y una revista para frívolos, me parece más un ruido que un hecho literario. Yo, que siempre he admirado, yo, el admirador de todos ellos que alguna vez dijeron que.
Yo ya leí. Pasados años, siglo pasado. Mediaban los años noventa, Todas las almas, me atrapó un relato como sin trama, la trama, por cierto, aquí, es el estilo. Porque la vida no es una sucesión de sucesos, toda vanidad es marchita un día. La vida es estilo -no digo que el suceso sea una excusa para el estilo, si no que el suceso ya va siendo estilo-. El estilo es lo característico. Sin estilo queda una prosa como sin atributos.
Aquí en Corazón tan blanco, hay una gran trama, dolorosa, razón por la que el narrador no quiere saber, pero termina sabiendo -más que terminar, continúa, aunque sepa-. Y esa trama, sin este estilo como una nostalgia y un miedo, un mal presentimiento, no sería más que un relato veloz y unas razones. Sin más.
La trama es negra, y nuestro corazón, tan blanco.
El estilo es meditativo, reflexivo, rayante en la melancolía, o una cierta neurosis.
Me gustó Todas las almas, no sé por qué no seguí leyéndo más a Marías. Mis amigos dicen que lo mejor es Negra espalda del tiempo. Que por cierto.
Negra espalda del tiempo es una expresión recurrente en la obra, en la poética de Marías. No es el tiempo que se sucede, como el de un reloj. Es como esta mística que a mí tanto me gusta, de la que tanto o es hablado. Como una imposición, el tiempo aparte. Pasado, presente, futuro. No hay. O es que está aquí todo.
Personajes, motivos, van y vienen en las novelas y relatos de Javier Marías. Los mismos nombres, o personajes similares. Y los motivos.
Las consecuencias. Que parecen no querer acabarse ya en la página, y trascienden de la vida a la obra, de la obra al lector, así a su vida.
Y el estilo.
El estilo da muchas licencias. Yo, por ejemplo, con mi estilo hago lo que me da la gana, y me río de los límites, la normativa común -la autoritaria-.
Mi curiosidad, aún así, me hace merodear por el universo crítico antimarías. Cierto es, los fallos, pero es como si dijeran a Raphael -a propósito el pareado- que cuando canta tiene gallos.
Las grandes personalidades, así los grandes estilos, son carne de imitación y parodia, y hasta de crítica insana.
Dicen que a Javier Marías le leen mucho las mujeres, que gusta mucho al género. Y yo es que soy muy femenino. Sin llegar a.
Ayer celebraban el primer aniversario Los Tipos Infames (donde volvimos a rememorar el yo he venido aquí a hablar de mi libro característico de Umbral), y nos invitaron a vino y cervezas, me la agarré con poco, debió ser la mezcla: resaca hoy en el trabajo, porque mientras tú dormías el sueño de los justos, yo hacía una crema de calabaza sin truco ni trato, y me salió fetén.
-A usted se le escapa a veces el estilo umbraliano, y al igual que la mezcla de licores perjudica y da resaca, así también sucede con los estilos de variopintos autores.
-¿Que me ha llamado varioqué?
No tan distintos, y aquí vamos a rememorar aquel capítulo de Preludio a la fundación, de Isaac Asimov, en el que había dos tribus urbanas que se daban mala vida y mucha violencia sólo por el lado en que llevaban rapada la cocorota.
No tan distintos.
Parece que Javier Marías es fácil de traducir en otro idioma, de ahí su éxito. ¿Será traducible un estilo también, y por qué no, si es que no?
Umbral es difícil de traducir, por su estilo.
Sin embargo son dos estilos poéticos, con cierta fragancia similar en las evocaciones.
Uno se demora, con gusto por una retórica; el otro se soluciona en cada instante de la lectura.
Con concentración se necesitan varias páginas del uno para el hechizo, el otro te hechiza con una mirada -pero también aquí es necesaria cierta capacidad lectora-.
Ni peor el uno que el otro, ni el otro que el uno. Aunque yo tenga mis preferencias. Son estilos distintos. Pero es común en los dos la buena literatura, la que es capaz de deslumbrarte.
No tan distintos. Quizá distantes por las circunstancias extraliterarias. O Benet o Cela. Las páginas que he leído de ambos dos tienen su hechizo, cambian los ingredientes, las cantidades, pero el brebaje es potente y el efecto maravilloso, distinto, pero maravilloso. Aunque lo común es esta maravilla llamada Literatura.
Sí, distantes, por las circunstancias extraliterarias.
A veces las camadas de escritorcitos nos lloran por nada, sólo por pasar el rato y porque se aburren, también los niños lloran por aburrimiento, no sólo por hambre y frío y miedo. Cuando a un escritor se le llena la panza, se le abriga, y se le protege, empieza a berrear por tontunas, que si fulano me ha mirado mal, que si mengano no me ríe las gracias, que si zutana no me no me. Que si tú eres un angloaburrido y que si tu prosa es prosa sonajero.
Son como mafias, como clanes, indignados y escarmentados que ni escarmientan ni saben llorarlo bien. Yo me admiro de ver toda esta feria entre quevedos y gongorinos, desde antaño y hasta el coño.
Mírenme a mí, que no me meto con nadie y voy a lo mío y soy Príncipe de las Letras. Cualquier día Marías me apadrina -apadrine a un plumillas de barrio bajo- y me nombra Duque de ArroyoLuche. Ya que no me lo hace Vila-Matas -apadrinarme-, lo podría hacer el rey Xavier I. Javier Marías.
Javier Marías y Shakespeare, cosa que es honra honrar al grande y homenajearlo de esa manera, no sólo porque de él sacas los títulos, si no porque de él también sacas estilo, y filosofía.
Me gusta Marías por todo ello y más. En las fotos siempre sale o fumando o con libros, y de las dos maneras.
Y le respeto mucho, sobre todo leyéndole detenidamente, lapiz en mano para subrayar atento, que es la manera más piadosa de leer -como quien reza- a un escritor -ante un santo-.
Lo respeto tanto, tanto impone su manierista -pero no tan fría- manera de escribir, que para quitarle seriedad me veía de vez encuando los capítulos de Muchachada Nui en que se hace parodia (link 1) (link2)
Yo haré novelas con versos de Cirlot, que es mi poeta y mi épica. Mi lírica y mi mística.
Una novela será: Los árboles del miedo me llaman hijo mío, como el verso cirlotiano.
Y otra, como ese otro: Debajo de este barro manchado por tus perros.
Me gusta, de Corazón tan blanco, esa manera de describir tan certera y embalsamadora, ya sea un personaje -el padre Ranz, memorable su descripción-, o un motivo cotidiano -el murmullo de las mujeres cuando canturrean-. Es magistral ahí, ahí sobre todo, de ahí es donde quiere aprender uno a escribir, a ganarse ese magnetismo que imán Marías tiene en algunas páginas.
Sí, es un escritor magnético, un mago del texto, ese ejemplo literario que hace que la prosa se convierta en Literatura. Alquimista.
La cosa va de traducciones e interpretaciones, la novela va de las consecuencias del saber, y de que es mejor callar. La novela tiene una metafísica. De la vida. Del estilo.
Lo que no se dice no trae consecuencias, lo que se dice sí.
Hay mucho de lo que hablar, de otros aspectos y temas. Pero yo callo. Mejor tú te la lees, y ya si eso. El secreto.
Es necesario guardar secretos: moraleja.
Porque yo tengo uno muy grande. Tengo un secreto que nunca te diré, para que luego no digas, por mí: no he querido saber, pero he sabido ...
Mañana pensaré: no dije aquello sobre esta novela, pero mejor callar ya.
Hay una cosa, sí, aprovechando que es noche de difuntos, y a propósito de Corazón tan blanco, que también tiene sus difuntos, o mejor sus difuntas, sus muertas suicidadas o no. Es importante el tema de las muertas en Marías. Y yo sé de dos canciones, de las más bellas que oí sobre las muertas, aquí te las pongo, en mi blog de la belleza. Todo muy Poe y muy morboso.(link)
Y por hoy, que reanudo desde esta región ocultamente furibunda -como dijo aquél, que es éste del que hoy hablamos- esta laboriosidad , labor de bloguero, ya basta.


Coda

Mis manos son de tu color; pero me avergüenzo de llevar un corazón tan blanco.
(William Shakespeare. Macbeth.)

... nunca mencionábamos nuestro pasado tan mínimo, mínimo en sí y frente al presente tan largo, yo también era joven, aquello ocurrió y a la vez no ha ocurrido, al igual que todo, por qué hacer ni no hacer, por qué decir sí o no, por qué fatigarse con un quizá o un tal vez, por qué decir, por qué callar, por qué negarse, por qué saber nada si nada de lo que sucede sucede, porque nada sucede sin interrupción, nada perdura ni persevera ni se recuerda incesantemente, lo que se da es idéntico a lo que no se da, lo que descartamos o dejamos pasar idéntico a lo que tomamos y asimos, lo que experimentamos idéntico a lo que no probamos, volcamos toda nuestra inteligencia y nuestros sentidos y nuestro afán en la tarea de discernir lo que será nivelado, o ya lo está, y por eso estamos llenos de arrepentimientos y de ocasiones perdidas, de confirmaciones y reafirmaciones y ocasiones aprovechadas, cuando lo cierto es que nada se afirma y todo se va perdiendo. O acaso es que nunca hay nada.
(Javier Marías. Corazón tan blanco).

jueves, 13 de octubre de 2011

El doble, de Fiódor Dostoievski



... y mi maestro me enseñó qué difícil es encontrar el alma dentro de las sombras ...

Dostoievski, agudo conocedor
del alma humana

Uno debería dejar este tipo de literatura aparte, para leerlos en la época feliz, vida dichosa. O, mejor, uno no debería leer libros así jamás.
El día que terminé El Doble, aparte de que la cruda espantaba mi ánimo, tuve al anochecer uno de esos ataques de ansiedad que me acometen cuando me da por pensar demasiado, a más de 80 km. de imágenes por hora. La culpa fue de Dostoievski y su capacidad para narrar la paranoia de un pobre diablo en el que no me era difícil verme reflejado.
Anochecía. Junto a mí alguien leía a Julia Navarro, y me preguntaba:
-David, ¿has leído este libro?
-No, yo no leo ese tipo de libros.
-¿Y por qué?
Quizá por la masoquista curiosidad que mata el felino que llevo dentro. Uno se cree sabio, sagaz, se cree que ve entre las tinieblas, y que conoce. Ágil y armonioso como el gato, feroz como la pantera. Luego lee a Dostoievski y se da cuenta de su mundo caótico, desquiciado, en ruinas. Un perro apaleado por los fantasmas que estando dentro parecen rodearnos reencarnados en los que nos rodean.
Esta literaturitis crónica, lo dije siempre, es paranoica. Un manicomio con cien locos felices hasta el momento de leer a este genial autor de novelas de terror que es Dostoievski.
-Es lo que hay, pícaro -me dice Fiódor junto a su vaso de vodka-. Acompáñame a la Nevski Prospekt y verás pasar a un hombre como tú, a un loco entregado a las miserias de su imaginación, y verás las consecuencias.
La perspectiva Nevski es arteria principal en San Petersburgo. Algo así como la Gran Vía en Madrid, con tanta historia y vida que es inevitable que sea una arteria principal en las novelas de los hombres que la han paseado. En Crimen y Castigo también paseábamos por ella.
Yo paseo casi todas las semanas la Gran Vía, una cosa digna de ser paseada, vivida, literaturizada.
Fíjate que leo también novelas de terror honestas, con su etiqueta de terror, con sus fantasmas. Pero no dan tanto miedo, que no, que Otra vuelta de tuerca me encendía más la imaginación sexual que la del miedo. Eso de que una institutriz casta y pura vea los fantasmas de un antíguo lacayo y una antígua institutriz que cuando vivos se dedicaban a montar películas porno sadomasoquistas en un caserón construído para horas de té y disciplina inglesa, pues más que miedo, da como morbo.
El doble de Dostoievski, novela no muy larga pero sí muy intensa, de fantasmas interiores y esquizofrénicos desdoblamientos, sí que da miedo.
En los primeros capítulos sin embargo, parece una novela de humor, se retrata a un tipo un tanto ruin en una época maniática, que hace sentir al lector un asco y una carcajada inmisericorde. Hasta que la lástima aparece cuando vemos cómo todo el universo se conjura para hacerle la vida imposible.
Usurpador ...
James Joyce. Ulises.
El tema de El doble, según parece, no es único de Dostoievski. Otros lo usaron, otros lo harán. Ni de la literatura. Me recuerdo a mí mismo, casi un niño, imaginando una historia similar, conmigo mismo como personaje, aterrado ante esa posibilidad. ¿Y si un día llegas a casa y te encuentras a tu doble siendo querido por tu familia, por tus amigos, usurpando tu cama, tu plato, todos tus alrededores?
Un clon que usa de tus gestos y físico, que va de aquí para allá, como el maligno personaje de Dostoievski, aprovechándose de tu parecido para ganar influencias, para meterte en problemas, para el mal.
Con esto llegamos a la conclusión, gloria y miseria de la literatura -la buena-, que hay temas que recorren el tiempo del hombre, generación tras generación, comunes a todos. Miedos ancestrales, hondos, como creados por un demonio de la locura, para la locura. El miedo con más horror que el miedo a los fantasmas, un terror que nace de uno mismo, miedo a perder la identidad, la comunicación con los otros, el miedo a no hacerse comprender.
Vemos en esta novela cómo el desquiciado funcionario intenta explicarse, hacerse comprender, y que no puede, en un marco de oficina y calles con lluvia y nieve. Una de las técnicas que utiliza el autor es la de la ambigüedad, no llegamos a saber si el doble es un personaje más -entonces se trataría de una novela fantástica, de horror, como manda la tradición de Hoffman-, o si es producto de la mente en ruinas de un esquizofrénico. Entonces sería un gran retrato, genial, de la mente humana. De una u otra manera, de una pesadilla.
En los primeros capítulos reconocemos la paranoia en el personaje: estoy rodeado de enemigos que quieren hacerme la vida imposible y yo que soy honrado y voy por mi propio camino sin meterme con nadie me merezco algo mejor y ya verán cómo me saldré con la mía, porque soy astuto y a mí nadie me gana.
Luego vemos cómo llega a la locura más difícil  e irreal, la esquizofrenia, o vida o sueño, o todo mezclado, un delirio de dobles que te impiden actuar, llevar una vida ordenada, la fantasía es el mundo y tú la verdad, y la comunicación etre el sujeto y el predicado es imposible.
El miedo a esta locura es lo que provoca esta novela, novela precursora, que no fue comprendida en su tiempo, tuvo malas críticas, no fue bien acogida, y tuvo que esperar a un nuevo siglo para que se dieran cuenta del gran retrato que era.
Dostoievski, una
incisiva mirada al alma humana
Tuvo que llegar Freud -algunos dicen que su valor filosófico y literario es mayor que su valor medicinal- para iluminar algunas de las páginas más oscuras de los mitos y los cuentos -aunque la filosofía y la literatura son buenos medicamentos-.
No lo pasaba tan mal leyendo un libro, y a causa de éste, desde que hace unos años leyera Bartleby, el escribiente, de Melville. Una noche en que salí de trabajar, llegué a casa, no había nadie, me puse a leer y el silencio, desolación e incomprensión del libro emigró hacia fuera.
Este masoquismo, doctores, me viene desde muy jovencito, desde que dejara las novelitas de Enid Blyton para pasar directamente al Dorian Gray de Wilde y al Josef K, de Kafka.
Sabemos que tanto Dostoievski como Melville (en su Bartleby) son precursores de Kafka, que abren un camino, o mejor dicho una herida, que quizá no debería haber sido abierta, o transitada por lectores, el camino en los abismos del alma en un mundo tan ordenado como parece ser el mundo, con la administración eficaz como paisaje.
Estos libros, como en la canción de La Unión, sientan mal. Y uno debería meterse mejor en el ancho camino de los libros mejor vendidos, gruesos de trama y fórmula literaria, donde todo está medido y bien dosificado. Literatura medicinal para las mentes enfermas.

Coda



Mientras, los estantes se vacían a causa de tu extrema
voracidad.
Y es que comer libros es tu mayor pasión.
Día a día la biblioteca es menor.
No sé si sí o porque no resulta evidente, los libros
a tu mente le sientan mal, le sientan mal.
Alicia tuvo un grato sabor.
Boris Vian esa extraña sensación.
Y es que ahora devoras todo lo que te dan.
Papel y tinta, el resto que más da.

lunes, 3 de octubre de 2011

El pan de los años mozos, de Heinrich Böll

Heinrich Böll

Después de leer algo de Robert Musil, de Thomas Mann, de Stefan Zweig, de leer bastante a Kafka, y de leer mucho a Hermann Hesse, mi atracción por los autores del XX que escriben en lengua alemana se incrementa con la lectura de Heinrich Böll.
Algo les es característico, una energía intelectual única, quizá surgida del venero del idealismo alemán.
Heinrich Böll, sin ser tan mítico y esotérico como Hesse, tiene un mismo estilo. Recuerda a Musil, eso sí, su realismo psicologista e intelectual, como si el personaje quedara elevado, más allá de sus vicios y defectos, a la altura de un héroe. Esta literatura con personalidad hace personajes de gran personalidad, con una complejidad interna que le va muy bien al lector ávido de reflejarse en la tinta que mira.
En esta novelita el amor no es el tema principal: el tema principal es el hambre.
Sin embargo, en las páginas en que el narrador-personaje relata el flechazo, vemos esta altura de imágenes, ideas, sentimientos que son buen ejemplo de la mejor literatura alemana. Y nunca cae en el sentimentalismo, sí cae en lo canalla que es la vida cuando el amor llega, en la putada que le haces al resto, en lo raro que es todo, en el deseo sexual -otra vez La Insinuación-, no hay Piedad para los muertos que deja este amor que llega de pronto. Más bien es un calentón, no hay nada más que un dejarlo todo por poseerse y que parezca que este día de pasión vaya a ser así siempre. Idealismo. Idealismo de calentón, hasta para eso hay un ideal, para esta erección que sentimos y que parece que no va a declinar nunca.
Narrado con una elegancia y delirio de temperamento alemán, y ya sabemos cómo se lo gastaron siempre los alemanes en esto de hacer la música y la literatura. Una locura más importante que toda la cordura que pueda encerrar lo real, porque lo real no es lo que sucede, si no ese ideal que te has forjado a base de trabajo y locura. Exaltación intelectual y extrañeza de vivir. Mann y Kafka.
Vivir es algo raro, sí.
La acción de la novela transcurre en un sólo día, desde que el narrador se despierta en la pensión y recuerda que tiene que ir a buscar a la estación a una muchacha de su pueblo que quiere prepararse para maestra, a la que casi no recuerda; hasta la noche, cuando los dos están solos en el coche de él, donde hay una frase memorable, que dice:
Surgieron imágenes en la cámara oscura: me ví a mí mismo inclinándome como un extraño sobre Hedwig, y tuve celos de mí mismo.
El final es impresionante en su narración, él ha quedado con ella y llega algo tarde, el café en que le espera ha cerrado, y, a pie de calle, ella es abordada por un hombre, por lo que se siente sola, indefensa, desolada. Luego nerviosa le contará a él, en el coche, en un monólogo conmovedor, todo lo que se le ocurrió por la imaginación en el momento en el que el hombre se declaraba.
Hay algo de expresionista en toda la novela, un kafkiano absurdo en la actitud de los personajes, entre la visceralidad y la improvisación, en todo caso sorprendente.
Han pasado pocos años desde la guerra, la memoria juega un papel tan importante como el presente mismo, por lo que  no podemos estiquetar a esta novela como una novela sentimental, de amor. Ya que, digo, el hambre y el ansia de pan son principales en el relato de los recuerdos.
-Cuando estaba en casa, le robé libros a mi padre para comprar pan, libros que él amaba, que había reunido y por los cuales había pasado hambre cuando era estudiante ..., libros por los que había pagado el precio de veinte panes y que yo vendía al precio de medio pan: éste es el interés que recibimos, de menos doscientos a menos infinito.

Al igual que en Los Miserables, de Hugo, está aquí el robo como desencadenante del relato. Lo que ocurre en los Miserables es que el robo de un sólo pan trae tragedia y culpa, mientras que aquí, el robo de unas planchas de cocina para comprar pan y cigarrillos, sólo acarrea la molestia de que se haya sabido, el personaje no siente culpa ninguna, el personaje narrador da más importancia a su hambre que al delito. Por ello ganará fama de ladrón, y él se excusa con su hambre.
Cuando empieza a ganar dinero con trabajo duro y constancia, lo único que hace es comprar pan, se pasea por todas las panaderías y compra pan de todo tipo, se llena los bolsillos, tanto pan que no puede comerlo él sólo, por lo que lo regala.
El pan de sus años mozos, años de hambre, es lo que importa, y la historia de pasión que aquí se narra -una historia por lo demás poco creíble-, es una excusa para narrar la historia que sí hemos de creer, la historia del hambre. Y del horror de los días que siguen al final de la guerra, veamos una de las mejores páginas que he leído sobre el descubrimiento de la muerte:
Ella y yo habíamos ganado una buena suma de dinero al escamotear parte de la chatarra que obtuve con un equipo de trabajadores en unas ruinas que tuvimos que desmantelar, antes que se derrumbaran. Algunas de las habitaciones, a las que subimos con largas escaleras de mano, habían quedado totalmente incólumes, y dimos con cuartos de baño y cocinas en los que había fogones, termos y otros objetos como nuevos, ganchos y colgadores en los que a veces estaban colgadas aún las toallas, estantes de cristal en los que estaban aún, perfectamente colocados, rasuradores eléctricos y tubos de carmín; bañeras donde aún había agua, y la espuma de jabón formaba grumos calizos en el fondo; agua clara, en la que nadaban animalitos de goma con que habían jugado los niños, asfixiados después en el sótano. Me miré en espejos donde se habían mirado personas que murieron pocos minutos después, y en los que, lleno de rabia y asco, rompí mi propio rostro a martillazos; esquirlas plateadas cayeron sobre el rasurador eléctrico y el tubo de carmín. Saqué el tapón del fondo de la bañera y el agua cayó cuatro pisos más abajo, y los animalitos de goma se hundieron lentamente en el fondo calizo.
En alguna parte había una máquina de coser, cuya aguja estaba clavada aún en un pedazo de tela marrón, que debía convertirse en unos pantalones para un niño, y nadie me comprendió cuando, por la puerta abierta, junto a la escalera de mano, la tiré abajo y se estrelló contra los bloques de piedra y los muros derruidos.  Pero lo que más me gustaba era destrozar mi propio rostro en los espejos que encontrábamos. Las plateadas esquirlas caían como un líquido tintineante. Hasta que un día, Wickweber empezó a extrañarse de que nunca hubiera espejos en el género procedente de los derribos ...


Heinrich Böll, como si fuera nuestro paisano

El nobel de literatura Heinrich Böll, conocido sobre todo por su novela Opiniones de un payaso, tiene fotografías con boina y cigarrillo en que parece uno de esos autores españoles de nuestra también excelente literatura del siglo XX: Baroja, Delibes ...  Habrá que seguir sus huellas, ya caminadas.


Coda. La portada (relato)


Esta pequeña gran obra se merecía otra portada.
Vale que sea una edición del año 82 con indigestión de naranjitos y arconadas, cuando lo de PSOE y el relajamiento de las costumbres.
A mí, en uno de mis libros -que los tengo, ¡eh!- me ponen una cosa así y lo vería como una afrenta a mi orgullo -que lo tengo, ¡eh!-. Sería como un decir en la editorial no entendieron nada, será supongo yo que Heinrich Böll se revuelve en la tumba y vomita el nobel y todo manual de literatura en que su nombre está junto a Musil, Mann, Hesse ...
Principios del verano del 82, están todos en la editorial tomando una mirinda de naranjitos, mareados después de pasar a octavos, después de pasarlo mal , muy mal, qué mal, equipo anfitrión equipo caca. Y dice el jefe
- Oye, nena, pásame una foto de archivo para el libro éste del Enrique Böll, y ahora la porra, mil duros a que le metemos cuatro cero a los alemanes.
-Venga, va, no se las vea tan felices, jefe, mil duros yo a que ganamos en la prórroga uno cero.
-Yo mil duros a que perdemos.
-¡Pesao, pesao, cenizo, cómo vamos a perderrrr, Rrrramirez!
Y en esto que Calixta, romanticona y becaria -¿había becarias en los 80 o se decían secretarias?- dice:
-Jefe, que qué busco.
-Niña, algo que vaya a tono con el espíritu de la obra.
-Y de qué va.
- De uno que se enamora y lo deja todo tras el flechazo que siente al ver a una de su pueblo, y del hambre que pasaron los alemanes en la posguerra, calla ya, venga, que luego tienes que dejar constancia escrita de la porra del partido con los alemanes.
-Ah, amor, amor, me gustan las novelas de amor, a ver qué encuentro.
Esta fotografía de amores ochenteros parece sacada de un libro de religión de 3º de BUP, ¿tema?  La sexualidad en los jóvenes: la masturbación es egoísta y el sexo antes del matrimonio es el demonio. Para que te enteres.
Esta fotografía parece, digo, sacada de cualquier reportaje sacado de la añorada revista Dunia: El cortejo, La Primavera, La Sexualidad en los jóvenes, qué sé yo.
Perdido el partido y perdidos todos la porra menos el cenizo de Ramírez, el jefe se pone a la foto y le dice a Calixta, que le pone ojitos:
-Pero niña, qué me has traído aquí, qué horterada de foto es ésta para una novela sobre el hambre en la posguerra alemana.
-Ah, no sé, es una foto muy bonita para una novela de amor.
-¿Heinrich Böll no era alemán? Pues que se joda, jefe, que los alemanes nos han hecho perder mil duros por barba, menos al pelma de Ramírez, esta foto será nuestra venganza contra un escritor alemán.
-Pues a mí me gusta -suspira Calixta.
-Venga, que sí, la foto a la portada, que se jodan todos los heinrichbolles y los thomasmanes y robertmúsils.
Y así fue, como lo cuento. Si no te lo crees mira las hemerotecas y verás qué vergüenza nos hicieron pasar los alemanes en el 82 y qué fotos ponían la Dunia, la Telva, y todos los libros de religión de 3º de BUP.
-Nena, no te me pongas mohína que te has ganado la porra, metafóricamente hablando.
Calixta, enamorada:
-¿Que me gano qué, jefe?
-La porra.
-¿Metafóricamente, jefe, pero usted sabe de qué es metáfora una porra, que se moja, que se moja, que se moja en el café?
-Nena, tu tacita, venga, tacita de terciopelo.
-Jefe, de porcelana será.
-Nena, tu terciopelo.
-Jefe, mi taza, su porra, desayunémonos.
Desayunaron.
Y todo fue en el despacho como una cafetería en hora punta, siendo sólo dos, multitudes de señoras y señores desayunándose, siendo sólo dos, tan sólo dos, cientos de tazas sucias de pecado, cientos de porras mordisqueadas, saboreadas, con un hambre de posguerras alemanas y de sexo en la adolescencia.

martes, 27 de septiembre de 2011

Otra vuelta de tuerca, de Henry James

Henry James caricaturizado por John Sherffius

He de reconocer que a mí todo esto de los fantasmas me da mucho miedo. Voy al cine, veo The Ring, veo Los Otros -deudora de esta novela que comentamos hoy-, y aunque me lo paso de rechupete y me echo unas risas, mis brazos doloridos por los aterrados pescozones de mis acompañantes, luego lo paso mal, llego a casa y si estoy solo duermo duermevela con la luz encendida de la mesilla si estoy solo en casa y antes de acostarme miro dentro del armario y debajo de la cama.
Tengo, eso sí, más miedo a los vivos que a los muertos. Con un muerto se puede razonar más que con un vivo. A veces hablo con los muertos, quevedianamente. Abro un libro y me hablan, con ellos discuto, se mantienen firmes, a veces hasta cambian de opinión según cambias tú.
De niño, debajo de la mesilla de noche, me encontré una noche con el fantasma de El Principito. Llevaba un holgado jersey de color verde con números, y montaba en monopatín. Los fantasmas, lo sé bien, se visten como les da la gana.
La literatura de terror no me da miedo, sí me provoca suspense y admiración por la imaginación del autor.
He leído bastante a Stephen King, y es más literario que terrorífico, y a Dean R. Koontz, más rudimentario y repetitivo en sus novelas pero también interesante. También he leído a Peter Straub, este sí da más miedo. Y a Robert Bloch -Psicosis-, y a William Peter Blatty -El Exorcista-, cuyo careto sí que da miedo. De adolescente, leía El Exorcista y no tenía miedo, sí curiosidad, y sin embargo miraba la contraportada con el retrato de Blatty y me acojonaba (link de la foto)
Sí sentía horror con otro tipo de literatura, con El retrato del artista adolescente, de mi tío preferido, el tío James -Joyce-, del que soy sobrino bastardo. Le ví en Dublín y le dí algún cachete, me sacaron fotos, no te las enseño porque está muy feo eso de pegarle a un anciano en la vía pública. También salgo feo yo, poniendo cara de malo, demasiada pose de matón literario. En esta novela, un personaje habla de los horrores del infierno, y la verdad es que uno queda como atormentado.
Si en La vida ante sí traíamos como invitada a La Piedad (link), hoy traemos como invitada a La Insinuación.
La Insinuación salía en las novelas de antes, cuando la moral imperante, la moral victoriana por ejemplo, no permitía, no toleraba narrar las cosas tal como sucedían. La Insinuación es creada, entonces, por el lector, que ha de imaginarse lo que ocurre, entonces se vuelve acrivo, reflexivo, co-autor. Por eso considero que aquellas obras en que Insinuación aparece son buenas obras, son Literatura con mayúsculas.
En Otra vuelta de tuerca el miedo es inefable, pues la narración es ambígua. No se sabe qué es lo que ocurre con exactitud, se insinúa, sólo se dice del mal, de lo diabólico, pero no comprendemos por qué esos personajes eran tan malvados. Se les ve sufrir, y hasta llorar. Podemos, por los pocos rasgos que los definen, tener simpatía por ellos. Algo terrible debieron hacer cuando vivían, sin embargo no se dice qué hacían, sólo señales sueltas, un puzle de signos con lagunas de pistas que el lector ha de crear. Luego puedes hacer una película con tu versión, se han hecho algunas de esta novela, y el lector ve y compara y dice que muchas novelas es mejor no tocarlas, y si las tocas para el cine, mejor te lo inventas casi todo respetando, eso sí, La Insinuación. Por eso consideramos que la versión española de Eloy de la Iglesia es una versión respetable y buena, muy interesante. La Insinuación se queda, aunque los paisajes, personajes y roles cambien, pero en esta película Insinuación sale morbosa y perversa. Otra versión que he visto es, sinceramente, un tremendo error, pese a que los personajes sean los mismos y el guión más literal.
Yo, en la lectura, me montaba mi propia película. Imaginaba una instutriz de un siglo XXI y no del XIX, con el físico de Scarlett Johanson, sacándose fotos en el baño mirándose al espejo. Me salió una película muy erótica y cachonda, la verdad, así que el miedo al leer la novela fue menor, gracias a mi chica lost in traslation. Y la cosa fantasmal estaba en el juego de espejos, Scarlett en el lado de la realidad, el culo de la fantasma al otro lado del espejo. No me robéis la idea, juliosmedem en busca de erotismos exquisitos con fantasmales juegos de espejos.
A mí es que Julio Medem me gusta mucho, tiene esa manera de desdoblar el personaje, de fantasear la realidad y realizar la fantasía. Haría una versión muy desnuda y morbosa, muy melancólica y traviesa.
Como melancólica es la novela de James y traviesa La Insinuación fotografiada en ella para que tú, lector, te la imagines con tu particular imaginario.
Henry James insinúa una tórrida y enfermiza historia de amor entre fantasmas, que precisan de la complicidad de dos niños inocentes para seguir amándose así, tan como antes. Llega una candorosa institutriz enamorada del jefe que solicita que no le soliciten nunca. Tiene como cómplice, la institutriz, a la inocente ama de llaves. Los diálogos entre ellas están llenos de puntos suspensivos. Los puntos suspensivos son la trama de la novela, lo que no se dice, lo que no se cuenta, La Insinuación.
Narra James, eso sí, la tormenta interior de la narradora, que es la institutriz, y uno a veces tiene la impresión de que es una loca que ve fantasmas, sólo eso, y que arrastra a su locura al resto de los personajes. Es una impresión, las impresiones llegan con este maestro de la descripción psicológica que es James, con la lluvia de su tiempo. Ya que el contexto es esa época que cambió el relato dejando el convencional realismo atrás para esbozar retratos a base de ligeras impresiones. A James le gustaba mucho retratar mujeres en sus novelas, y la institutriz aquí le sale perfecta o en su locura o en su cordura salvífica, según la versión que prefiera el lector.
No voy a negar que a veces Mr. James escribe raro, enrevesado, que se pone pelma con su psicologismo, y no soy yo sólo, mismamente su discípula más aventajada, mi amada Edith Wharton, dijo que había veces que no comprendía lo que quería decir James.
Esta novela, potencialmente tan abierta, puede parir versiones como lectores tenga, claro que siempre sucede aquí, pero aquí más. Una adaptación literal no sería posible.
Ví una nada más terminar la novela, o inglesa o americana, con la sóla aportación de la carita guapa de la actriz. Por lo demás muy literal y muy bochornosa en cómo se transforma La Insinuación en escenas de sexo aburridas y desconcertantes para el lector.
Luego ví la versión del director vasco Eloy de la Iglesia, donde cambia hasta el sexo y sexualidad de los personajes, pero bastante digna. Lo erótico aquí se insinúa, como dije, lo morboso está en los gestos, las miradas, en los puntos suspensivos de los diálogos. No es que considere a Eloy de la Igleisia como un gran director de cine, le pasa como a Pier Paolo Pasolini, es un artista imprescindible, necesario. Uno mira el cine de Pasolini y ve que cualquier artesano del cine lo hace formalmente mejor que él, pero el encanto de su obra no está en la perfección, si no en su genialidad. En su mirada nueva, esclarecedora o turbadora.
Eloy de la Iglesia hizo El diputado y El Pico, entre otras, y con estas dos películas basta para considerarle como uno de esos imprescindibles cuya visión no puede ser cambiada por otro director mejor, más técnico, más perfeccionista.
En Otra vuelta de tuerca, Eloy de la Iglesia cambia la campiña inglesa por las tierras vascas, la institutriz hija de pastor protestante es aquí un seminarista recién salido de una escuela de jesuitas. Los niños, sí, son angelitos inocentes como los retrató James, son criaturas perversas como las retrató James. ¿Me contradigo? Se contradice ... ¿James? No hay contradicción. No hay malicia en estos niños, hay malicia en sus insinuaciones. Aquí, Insinuación, personaje principal de la historia, lo que da miedo, lo que produce deseo y aberración, sin caer en la tentación de lo explícito.
¡Cuanto pierden las obras cuanto más explícitas se vuelven! Lo que gana el lector, el espectador, cuando Insinuación se insinúa.

martes, 20 de septiembre de 2011

Umbraliana (VIII) Capital del Dolor.

Así nació la guerra en aquella plaza circular y espaciosa, ilustrada de campanarios y escudos, con los vencejos volando bajo hasta acariciarle a Paulo la cara, como curiosos de mirar el libro francés que solía estar leyendo. Así nació la guerra y Paulo pensó que aquello era una locura de falangistas y capitancitos jóvenes, un mal poema de Ridruejo, y que no iba a pasar nada. Encendidas las farolas de gas (había una de cuatro brazos en el centro de la plaza), Paulo se sentó de nuevo a leer, a la luz de las tinieblas. Sólo pensaba con el libro abierto.

Francisco Umbral se reencarna en el personaje Paulo, que es como un joven Umbral que comienza su vida periodística y literaria con su opinión de ser de lejanías. En el año 1936 nació, cuando Paulo ya había pasado la adolescencia, pero eso no es una traba para el literato que cuenta una historia que, sin haberla vivido, la vive ahora, sobre el folio en blanco, tecleando metáforas y personajes que son de él, sus creaciones.
Sí, los que conocemos la obra de Umbral por haberla leído, los que conocemos su imaginería, su lírica incendiaria y su genial instante de lectura, sabemos que Paulo es una proyección del mismo Umbral.
Aquel personaje de Travesía de Madrid que pedía besos a novias modosas e iba a las fiestas en Argüelles y ligaba estudiantes y extranjeras.
No usa aquí de la voz narrativa en primera persona, para jugarse y juzgarse mejor con esa lejanía que da la tercera.
Quien opine que vale, que este autor tiene la mejor prosa pero que no vale como novelista, que lea esta novela bien estructurada y mejor contada. Los personajes, pues bien, los personajes bien paridos, hasta los mal nacidos como Pepe, el falangista, su antagonista.
Un personaje entre dos bandos, que sólo piensa con el libro abierto, crítico postadolescente de su época, la fecha turbia de un siglo treintañero con todo el dolor de una guerra que dicen que fue prólogo a otra guerra mayor y contígua.
Paulo poeta que se mueve entre poetas y lee a los del 27, a Juan Ramón, a Machado.
Paulo periodista con sus primeros artículos, admirador del periodista independiente de la ciudad para el que trabajará. Paulo aún no sabe escribir mintiendo, y deberá aprender a pasar desapercibido para pasar la censura.
Los falangistas como Pepe, crueles, le requieren, pues eran sus amigos de juventud; pero Paulo va haciendo amistad con los proletarios de la ciudad, con los de la UGT, por razones estéticas que se van fundiendo en sus pulsiones éticas. Paulo se enamora de una proletaria, la Consti, al igual que antes se enamoró de Rosa Luguillano:

Rosa Luguillano, la mujer que lo despertó al amor, que lo inauguró en la cama, esa segunda madre que es siempre la primera puta. La mujer que lo parió para el sexo, que lo parió para macho y para la vida. 

No es Paulo precisamente un personaje para la bondad, siente desprecio por los débiles y quejicosos, como ese amigo suyo ciego y mal poeta, pero no por ello deja de ser su amigo. Sí tiene algo de justiciero, en contra de los amigos falangistas que usan de su fuerza para eliminar al débil, a favor de estos débiles que hubieran sido fuertes si hubieran podido.
No se dice, pero esta capital del dolor es Valladolid, cómo no, aquella pequeña ciudad de tedio y plateresco de su otra novela La leyenda del césar visionario, que tiene un mismo tema, un mismo dolor capital venido por la crueldad de los vencedores que tan bien olvidan, como se dice aquí.
Como esos personajes barojianos, Paulo se nos presenta abúlico de labores, inquieto de intereses.

Paulo no se sentía capaz de estudiar, de recobrar el presente, de hacerse cargo de su vida, sólo leía y escribía con placer y angustia, como si fuera a morir. Como un poeta viejo luchando contra la usura del tiempo. Pero estaba mucho en la calle, con unos y con otros, y comprendía que la guerra era en realidad una fiesta silenciosa y negra, o bulliciosa y roja en el Salón Rojo del Cantábrico.

Hace pocos meses leí La Higuera, de Ramiro Pinilla. Pues bien, nos encontramos otra vez con el mismo tema del dolor de una guerra, y sí, con los mismos personajes también. Los falangistas, como si se tratara de un juego de niños que ya se creen mayores y por ello con derecho a todo, entran, matan, rompen familias.
Dolor.
Si Pinilla nos estremecía con la extrañeza del cuadro en penumbra de una higuera y su guardián, Umbral nos estremece con lo que domina: las imágenes, las metáforas, las instantáneas preparadas desde una perspectiva inaudita, siempre nueva.
Vuelve a demostrarme que la buena literatura se hace en cada frase, que no hay que esperar a la página siguiente para el deslumbramiento, mística umbraliana, el alumbramiento de la belleza y el horror de la muerte está en el presente que estás leyendo.
Un ángel del mal, elemento literario, se pasea por estas páginas hermoso y caído. Una atracción por el dolor, su capital el centro de la guerra, su corazón tan plástico, que sangra y todo lo tiñe.
El mejor prosista de los últimos decenios, sí, y también un novelista único, sin igual, de los mejores.
Como en Un carnívoro cuchillo, otra vez ese cruel pacto de sangre y mierda que nos asqueara y fascinara.
Esta ciudad, como un microcosmos del cosmos de la guerra civil, de la macrocapital del dolor que sería luego la segunda guerra mundial. Con minúsculas, sí.
Una historia dentro de la Historia vista a través de un testigo de excepción, el joven Paulo en los cafés, los burdeles, las calles y cementerios; que es como si fuera Umbral nacido antes. Como otra de sus autoficciones, maravilla literaria, donde no queda claro dónde termina el autor y comienza el narrador y se funde en ellos el personaje. Testigo del dolor.


Paulo no deja de preguntarse, ante tanta grandeza, si no será él un insensato que va a contrapelo de la Historia. Como las razones políticas no las tiene claras, prefiere atenerse a sus razones estéticas, intuitivas, que nunca le engañan. Lo suyo es escribir en el periódico liberal, vivir en la plaza Circular, amar mucho a Constitución, tener hijos del pueblo y gustar ese sabor a tierra y sol crudo que tiene la vida.

Coda

Las citas:

Capital de la gloria.
Rafael Alberti.

Capital del dolor
Paul Eluard

lunes, 12 de septiembre de 2011

La vida ante sí, de Romain Gary (II)



Hoy traemos como invitada especial, para este post, a una quimera llamada Piedad.
Piedad se pasea por mundos de entelequia y realidad con su voluntad de bien. Si es en la fábula, Piedad aporta su toque de emotividad.
¿Émile Ajar, Romain Gary?
Recordemos aquella fábula fílmica, Cowboy de Medianoche, donde Piedad era personaje principal en el corazón de un prostituto que redimía su pecado en fraternidad desinteresada con aquel pobre diablo genialmente interpretado por Dustin Hoffman. Luego se tiñó todo, hacia el final, con la música azul de un mar donde todo era posible. No era más que un sueño, pero era una de esas historias más tristes que nunca escuché, que diría la rata Firmín. Porque la historia acaba mal, pero el tinte de piedad y océano, catártico, redimía de este mal infinito que es sobrevivir malamente sin poder evitarlo.

La vida ante sí,
novela de desposeídos
Hay una literatura del Bien, que no tiene muy buena fama entre los más altos estetas de la literatura. El maestro Umbral, mencionando a un francés de cuyo nombre no puedo acordarme, decía que no se hacía buena literatura con buenos sentimientos. Cuando en pocos días comentemos Capital del Dolor, hablaremos de ello.
Sin embargo tenemos un Quijote en la cima de la fábula, por donde Piedad se pasea, pese a tanta broma sádica. En el corazón del buen Sancho, por ejemplo, pese a su egoismo.
Sí, cogí el libro de la biblioteca, pero no me voy a poner a citar a Romain Gary, basta con hacer un comentario somero.
Hoy, Piedad, a veces se traviste de buenrollismo, y eso es inaguantable. Más que la edulcorada Piedad de los folletines de todos los tiempos, que buscaban la lágrima fácil y el despertar del buen sentir con impúdica franqueza; el buenrollismo es un melendi perroflaútico en la radiofórmula  de la realidad, donde todo está medido.
Queridos: donde la única solución a los problemas colectivos está en los que manejan el cotarro, nuestra piedad de poco vale, quizá al prójimo más cercano. Miríadas de hambrientos morirán al año, y una rubia risueña con una cuenta corriente más tocha que la tuya te pedirá aportación por la tele-tonta, mientras que los gerifaltes de siempre se limpiarán el cacas con el billete que les mandes.
Este mundo no tiene solución, pero tú sí.

Romain Gary, fabuloso fabulador, hasta de sí mismo
 Tú sí puedes redimirte y ser bueno, seguir el recto camino, deja de joder al prójimo y todas esas maldades y corrupciones déjalas para escribir buenos libros, te puede salir una Conversación en la Catedral cual hizo Varguitas cojonuda.
Sed piadosos, hijitos, y sed diabólicos en la página, que no se diga que malgastáis la vida componiendo discursos de Navidad y luego ni cedéis el asiento a las venerables ancianas ni respetáis el turno en la cola del híper.
En cierto sentido, La Vida ante sí es un precedente del buenrrollismo de hoy, y su alianza de civilizaciones con musulmanes y judíos queriéndose mucho, queriéndose tanto.
La Vida ante sí, de Romain Gary, es una novela donde Piedad es protagonista principal, en el corazón de Momo, el niño musulmán que hace de narrador. Por lo tanto, Piedad es la voz narradora de la obra.
Piedad está también en el corazón de la prostituta judía, ya vieja, que se ocupa de los niños hijos de puta (en la boca deslenguada del narrador Momo, que con franqueza tierna todo lo cuenta sin medida)
Está también en el corazón del negro travesti que asiste a la anciana judía, y a Momo.
Todos, en el portal donde Momo vive, tienen buen corazón.
También aquellos a los que conoce, como esa guapa actriz de doblaje que le invita a helados.
Momo lo mira todo desde su perspectiva barriobajera, y todo lo cuenta con su lenguaje lleno de malentendidos, que intenta hacer gracia en el lector. A veces, sí, lo consigue, aunque uno piensa en la vida de esta gente y siente más dolor que otra cosa.
Faulkner hizo uso de un retrasado mental para contar un melodrama, y le salió una cima literaria: El ruido y la furia. Perdón, quise decir discapacitado, no sea que el perroflauta de turno me atice con su canción de rastas y entonces ya sólo tengamos voluntad de bien en las canciones, y no en la vida.
(Aunque uno intenta hacer de su vida una Canción, de su canción la Vida)
Por lo menos Momo llama a las cosas por su nombre, aunque siempre se confunda y diga proxineta y no proxeneta.
Entre la risa y el llanto, la narración de Momo cuenta las desventuras de su vecindario, con especial atención a la judía, su verdadera madre, ya que de él hizo un hombre bueno.



A quien le gustó la peli Amelie, francesa, le gustará esta novela, francesa también. Con sus personajes estrafalarios, que le restan asco a la tragedia.
Me gustó más La vida, instrucciones de uso, de Perec, qué le vamos a hacer. También aquí se cuentan las vivencias de los vecinos, pero en otra onda. Una fascinación por la vida, y eso gusta, eso se busca en los libros.
La vida ante sí, todos se lo dicen a Momo: tienes la vida ante tí. Y el gran hallazgo de esta novela está en el puño de amargura en la garganta cuando Momo lo oye, y no se lo cree, y se ríe.
Como en Qué bello es vivir, sólo el prójimo puede redimir al prójimo, ni el ministro en su despacho ni la presentadora de televisión con su sonrisa de radiofórmula hacen nada.
Vemos lo mismo en la teleserie Aida, con sus delincuentes, egoístas, prostitutas y discapacitados con un gran corazón. Claro, como el Luisma es discapacitado ... Todos se ayudan entre sí, con su Piedad, tan de historias con ternura y mala leche. A mí me encanta Aida. A Carlos Boyero, azote de fórmulas fílmicas y televisivas, también, que se lo leí yo, un día.
Si acaso tú, que lo lees, que lo miras, puedas ser por tu propia voluntad y tu propio entendimiento una mujer de bien, un hombre de bien.
Me recuerdo a mí mismo en un autobús que me lleva por La Mancha, Cáceres, Badajoz, en este Agosto pasado. Un hombre y una mujer, que no son del mismo pueblo, pero sí de la misma tierra extremeña, hablan tras de mí. Entre el discurso de Momo y la charla sobre la vida y sus delitos, goces, y faltas de mis desconocidos compañeros de viaje, y entre mis sueños pequeños también, pasé una buena tarde, larga, ya que el autobús paró en cien pueblos, para que dejara parte de mi sueño en cada uno de ellos. Lagos. Pasé por muchos lagos. Y por las lágrimas de Momo, y de la puta judía que no quería ir a un hospital, y celebraba sus rituales en un sótano oculto.



Llevaba este libro un día por Madrid, y tomando café con una amiga, me dice, ¿de qué va? Le cuento la historia de Momo. Me dice, ah, sí, lo de los hombres grises. No, le explico, eso es otra cosas.
Michael Ende también tuvo su Momo, pero era chica y luchaba contra los que te arrebatan el tiempo sin darte nada a cambio. Un buen relato simbólico, era éste de Ende, pues los hombres grises sí existen, y hay que echarles un pulso de contínuo: no haciendo nada, por ejemplo, vivir sin prisas. Y, junto a los monjes del Buda, recitar, sentados, con toda la vida ante tí: este es el mundo de la ilusión, este es el mundo de la ilusión.
O, leyendo a Roman Gary, su historia de putas y desposeídos.
Una buena manera de invertir tu tiempo.
Buen rollito, perroflaúticos lectores.

Coda

Luego aquel puto con cara de buenazo, cowboy de medianoche, volvió a su ser en la piel de Jon Voight, e hizo de Papa.
También, entre tanto, fue papá de una buenorra, la Jolie.
Sed corazones piadosos, y tendréis buenos frutos.
¡Ay, la Jolie! Angelina ...