lunes, 3 de octubre de 2011

El pan de los años mozos, de Heinrich Böll

Heinrich Böll

Después de leer algo de Robert Musil, de Thomas Mann, de Stefan Zweig, de leer bastante a Kafka, y de leer mucho a Hermann Hesse, mi atracción por los autores del XX que escriben en lengua alemana se incrementa con la lectura de Heinrich Böll.
Algo les es característico, una energía intelectual única, quizá surgida del venero del idealismo alemán.
Heinrich Böll, sin ser tan mítico y esotérico como Hesse, tiene un mismo estilo. Recuerda a Musil, eso sí, su realismo psicologista e intelectual, como si el personaje quedara elevado, más allá de sus vicios y defectos, a la altura de un héroe. Esta literatura con personalidad hace personajes de gran personalidad, con una complejidad interna que le va muy bien al lector ávido de reflejarse en la tinta que mira.
En esta novelita el amor no es el tema principal: el tema principal es el hambre.
Sin embargo, en las páginas en que el narrador-personaje relata el flechazo, vemos esta altura de imágenes, ideas, sentimientos que son buen ejemplo de la mejor literatura alemana. Y nunca cae en el sentimentalismo, sí cae en lo canalla que es la vida cuando el amor llega, en la putada que le haces al resto, en lo raro que es todo, en el deseo sexual -otra vez La Insinuación-, no hay Piedad para los muertos que deja este amor que llega de pronto. Más bien es un calentón, no hay nada más que un dejarlo todo por poseerse y que parezca que este día de pasión vaya a ser así siempre. Idealismo. Idealismo de calentón, hasta para eso hay un ideal, para esta erección que sentimos y que parece que no va a declinar nunca.
Narrado con una elegancia y delirio de temperamento alemán, y ya sabemos cómo se lo gastaron siempre los alemanes en esto de hacer la música y la literatura. Una locura más importante que toda la cordura que pueda encerrar lo real, porque lo real no es lo que sucede, si no ese ideal que te has forjado a base de trabajo y locura. Exaltación intelectual y extrañeza de vivir. Mann y Kafka.
Vivir es algo raro, sí.
La acción de la novela transcurre en un sólo día, desde que el narrador se despierta en la pensión y recuerda que tiene que ir a buscar a la estación a una muchacha de su pueblo que quiere prepararse para maestra, a la que casi no recuerda; hasta la noche, cuando los dos están solos en el coche de él, donde hay una frase memorable, que dice:
Surgieron imágenes en la cámara oscura: me ví a mí mismo inclinándome como un extraño sobre Hedwig, y tuve celos de mí mismo.
El final es impresionante en su narración, él ha quedado con ella y llega algo tarde, el café en que le espera ha cerrado, y, a pie de calle, ella es abordada por un hombre, por lo que se siente sola, indefensa, desolada. Luego nerviosa le contará a él, en el coche, en un monólogo conmovedor, todo lo que se le ocurrió por la imaginación en el momento en el que el hombre se declaraba.
Hay algo de expresionista en toda la novela, un kafkiano absurdo en la actitud de los personajes, entre la visceralidad y la improvisación, en todo caso sorprendente.
Han pasado pocos años desde la guerra, la memoria juega un papel tan importante como el presente mismo, por lo que  no podemos estiquetar a esta novela como una novela sentimental, de amor. Ya que, digo, el hambre y el ansia de pan son principales en el relato de los recuerdos.
-Cuando estaba en casa, le robé libros a mi padre para comprar pan, libros que él amaba, que había reunido y por los cuales había pasado hambre cuando era estudiante ..., libros por los que había pagado el precio de veinte panes y que yo vendía al precio de medio pan: éste es el interés que recibimos, de menos doscientos a menos infinito.

Al igual que en Los Miserables, de Hugo, está aquí el robo como desencadenante del relato. Lo que ocurre en los Miserables es que el robo de un sólo pan trae tragedia y culpa, mientras que aquí, el robo de unas planchas de cocina para comprar pan y cigarrillos, sólo acarrea la molestia de que se haya sabido, el personaje no siente culpa ninguna, el personaje narrador da más importancia a su hambre que al delito. Por ello ganará fama de ladrón, y él se excusa con su hambre.
Cuando empieza a ganar dinero con trabajo duro y constancia, lo único que hace es comprar pan, se pasea por todas las panaderías y compra pan de todo tipo, se llena los bolsillos, tanto pan que no puede comerlo él sólo, por lo que lo regala.
El pan de sus años mozos, años de hambre, es lo que importa, y la historia de pasión que aquí se narra -una historia por lo demás poco creíble-, es una excusa para narrar la historia que sí hemos de creer, la historia del hambre. Y del horror de los días que siguen al final de la guerra, veamos una de las mejores páginas que he leído sobre el descubrimiento de la muerte:
Ella y yo habíamos ganado una buena suma de dinero al escamotear parte de la chatarra que obtuve con un equipo de trabajadores en unas ruinas que tuvimos que desmantelar, antes que se derrumbaran. Algunas de las habitaciones, a las que subimos con largas escaleras de mano, habían quedado totalmente incólumes, y dimos con cuartos de baño y cocinas en los que había fogones, termos y otros objetos como nuevos, ganchos y colgadores en los que a veces estaban colgadas aún las toallas, estantes de cristal en los que estaban aún, perfectamente colocados, rasuradores eléctricos y tubos de carmín; bañeras donde aún había agua, y la espuma de jabón formaba grumos calizos en el fondo; agua clara, en la que nadaban animalitos de goma con que habían jugado los niños, asfixiados después en el sótano. Me miré en espejos donde se habían mirado personas que murieron pocos minutos después, y en los que, lleno de rabia y asco, rompí mi propio rostro a martillazos; esquirlas plateadas cayeron sobre el rasurador eléctrico y el tubo de carmín. Saqué el tapón del fondo de la bañera y el agua cayó cuatro pisos más abajo, y los animalitos de goma se hundieron lentamente en el fondo calizo.
En alguna parte había una máquina de coser, cuya aguja estaba clavada aún en un pedazo de tela marrón, que debía convertirse en unos pantalones para un niño, y nadie me comprendió cuando, por la puerta abierta, junto a la escalera de mano, la tiré abajo y se estrelló contra los bloques de piedra y los muros derruidos.  Pero lo que más me gustaba era destrozar mi propio rostro en los espejos que encontrábamos. Las plateadas esquirlas caían como un líquido tintineante. Hasta que un día, Wickweber empezó a extrañarse de que nunca hubiera espejos en el género procedente de los derribos ...


Heinrich Böll, como si fuera nuestro paisano

El nobel de literatura Heinrich Böll, conocido sobre todo por su novela Opiniones de un payaso, tiene fotografías con boina y cigarrillo en que parece uno de esos autores españoles de nuestra también excelente literatura del siglo XX: Baroja, Delibes ...  Habrá que seguir sus huellas, ya caminadas.


Coda. La portada (relato)


Esta pequeña gran obra se merecía otra portada.
Vale que sea una edición del año 82 con indigestión de naranjitos y arconadas, cuando lo de PSOE y el relajamiento de las costumbres.
A mí, en uno de mis libros -que los tengo, ¡eh!- me ponen una cosa así y lo vería como una afrenta a mi orgullo -que lo tengo, ¡eh!-. Sería como un decir en la editorial no entendieron nada, será supongo yo que Heinrich Böll se revuelve en la tumba y vomita el nobel y todo manual de literatura en que su nombre está junto a Musil, Mann, Hesse ...
Principios del verano del 82, están todos en la editorial tomando una mirinda de naranjitos, mareados después de pasar a octavos, después de pasarlo mal , muy mal, qué mal, equipo anfitrión equipo caca. Y dice el jefe
- Oye, nena, pásame una foto de archivo para el libro éste del Enrique Böll, y ahora la porra, mil duros a que le metemos cuatro cero a los alemanes.
-Venga, va, no se las vea tan felices, jefe, mil duros yo a que ganamos en la prórroga uno cero.
-Yo mil duros a que perdemos.
-¡Pesao, pesao, cenizo, cómo vamos a perderrrr, Rrrramirez!
Y en esto que Calixta, romanticona y becaria -¿había becarias en los 80 o se decían secretarias?- dice:
-Jefe, que qué busco.
-Niña, algo que vaya a tono con el espíritu de la obra.
-Y de qué va.
- De uno que se enamora y lo deja todo tras el flechazo que siente al ver a una de su pueblo, y del hambre que pasaron los alemanes en la posguerra, calla ya, venga, que luego tienes que dejar constancia escrita de la porra del partido con los alemanes.
-Ah, amor, amor, me gustan las novelas de amor, a ver qué encuentro.
Esta fotografía de amores ochenteros parece sacada de un libro de religión de 3º de BUP, ¿tema?  La sexualidad en los jóvenes: la masturbación es egoísta y el sexo antes del matrimonio es el demonio. Para que te enteres.
Esta fotografía parece, digo, sacada de cualquier reportaje sacado de la añorada revista Dunia: El cortejo, La Primavera, La Sexualidad en los jóvenes, qué sé yo.
Perdido el partido y perdidos todos la porra menos el cenizo de Ramírez, el jefe se pone a la foto y le dice a Calixta, que le pone ojitos:
-Pero niña, qué me has traído aquí, qué horterada de foto es ésta para una novela sobre el hambre en la posguerra alemana.
-Ah, no sé, es una foto muy bonita para una novela de amor.
-¿Heinrich Böll no era alemán? Pues que se joda, jefe, que los alemanes nos han hecho perder mil duros por barba, menos al pelma de Ramírez, esta foto será nuestra venganza contra un escritor alemán.
-Pues a mí me gusta -suspira Calixta.
-Venga, que sí, la foto a la portada, que se jodan todos los heinrichbolles y los thomasmanes y robertmúsils.
Y así fue, como lo cuento. Si no te lo crees mira las hemerotecas y verás qué vergüenza nos hicieron pasar los alemanes en el 82 y qué fotos ponían la Dunia, la Telva, y todos los libros de religión de 3º de BUP.
-Nena, no te me pongas mohína que te has ganado la porra, metafóricamente hablando.
Calixta, enamorada:
-¿Que me gano qué, jefe?
-La porra.
-¿Metafóricamente, jefe, pero usted sabe de qué es metáfora una porra, que se moja, que se moja, que se moja en el café?
-Nena, tu tacita, venga, tacita de terciopelo.
-Jefe, de porcelana será.
-Nena, tu terciopelo.
-Jefe, mi taza, su porra, desayunémonos.
Desayunaron.
Y todo fue en el despacho como una cafetería en hora punta, siendo sólo dos, multitudes de señoras y señores desayunándose, siendo sólo dos, tan sólo dos, cientos de tazas sucias de pecado, cientos de porras mordisqueadas, saboreadas, con un hambre de posguerras alemanas y de sexo en la adolescencia.

martes, 27 de septiembre de 2011

Otra vuelta de tuerca, de Henry James

Henry James caricaturizado por John Sherffius

He de reconocer que a mí todo esto de los fantasmas me da mucho miedo. Voy al cine, veo The Ring, veo Los Otros -deudora de esta novela que comentamos hoy-, y aunque me lo paso de rechupete y me echo unas risas, mis brazos doloridos por los aterrados pescozones de mis acompañantes, luego lo paso mal, llego a casa y si estoy solo duermo duermevela con la luz encendida de la mesilla si estoy solo en casa y antes de acostarme miro dentro del armario y debajo de la cama.
Tengo, eso sí, más miedo a los vivos que a los muertos. Con un muerto se puede razonar más que con un vivo. A veces hablo con los muertos, quevedianamente. Abro un libro y me hablan, con ellos discuto, se mantienen firmes, a veces hasta cambian de opinión según cambias tú.
De niño, debajo de la mesilla de noche, me encontré una noche con el fantasma de El Principito. Llevaba un holgado jersey de color verde con números, y montaba en monopatín. Los fantasmas, lo sé bien, se visten como les da la gana.
La literatura de terror no me da miedo, sí me provoca suspense y admiración por la imaginación del autor.
He leído bastante a Stephen King, y es más literario que terrorífico, y a Dean R. Koontz, más rudimentario y repetitivo en sus novelas pero también interesante. También he leído a Peter Straub, este sí da más miedo. Y a Robert Bloch -Psicosis-, y a William Peter Blatty -El Exorcista-, cuyo careto sí que da miedo. De adolescente, leía El Exorcista y no tenía miedo, sí curiosidad, y sin embargo miraba la contraportada con el retrato de Blatty y me acojonaba (link de la foto)
Sí sentía horror con otro tipo de literatura, con El retrato del artista adolescente, de mi tío preferido, el tío James -Joyce-, del que soy sobrino bastardo. Le ví en Dublín y le dí algún cachete, me sacaron fotos, no te las enseño porque está muy feo eso de pegarle a un anciano en la vía pública. También salgo feo yo, poniendo cara de malo, demasiada pose de matón literario. En esta novela, un personaje habla de los horrores del infierno, y la verdad es que uno queda como atormentado.
Si en La vida ante sí traíamos como invitada a La Piedad (link), hoy traemos como invitada a La Insinuación.
La Insinuación salía en las novelas de antes, cuando la moral imperante, la moral victoriana por ejemplo, no permitía, no toleraba narrar las cosas tal como sucedían. La Insinuación es creada, entonces, por el lector, que ha de imaginarse lo que ocurre, entonces se vuelve acrivo, reflexivo, co-autor. Por eso considero que aquellas obras en que Insinuación aparece son buenas obras, son Literatura con mayúsculas.
En Otra vuelta de tuerca el miedo es inefable, pues la narración es ambígua. No se sabe qué es lo que ocurre con exactitud, se insinúa, sólo se dice del mal, de lo diabólico, pero no comprendemos por qué esos personajes eran tan malvados. Se les ve sufrir, y hasta llorar. Podemos, por los pocos rasgos que los definen, tener simpatía por ellos. Algo terrible debieron hacer cuando vivían, sin embargo no se dice qué hacían, sólo señales sueltas, un puzle de signos con lagunas de pistas que el lector ha de crear. Luego puedes hacer una película con tu versión, se han hecho algunas de esta novela, y el lector ve y compara y dice que muchas novelas es mejor no tocarlas, y si las tocas para el cine, mejor te lo inventas casi todo respetando, eso sí, La Insinuación. Por eso consideramos que la versión española de Eloy de la Iglesia es una versión respetable y buena, muy interesante. La Insinuación se queda, aunque los paisajes, personajes y roles cambien, pero en esta película Insinuación sale morbosa y perversa. Otra versión que he visto es, sinceramente, un tremendo error, pese a que los personajes sean los mismos y el guión más literal.
Yo, en la lectura, me montaba mi propia película. Imaginaba una instutriz de un siglo XXI y no del XIX, con el físico de Scarlett Johanson, sacándose fotos en el baño mirándose al espejo. Me salió una película muy erótica y cachonda, la verdad, así que el miedo al leer la novela fue menor, gracias a mi chica lost in traslation. Y la cosa fantasmal estaba en el juego de espejos, Scarlett en el lado de la realidad, el culo de la fantasma al otro lado del espejo. No me robéis la idea, juliosmedem en busca de erotismos exquisitos con fantasmales juegos de espejos.
A mí es que Julio Medem me gusta mucho, tiene esa manera de desdoblar el personaje, de fantasear la realidad y realizar la fantasía. Haría una versión muy desnuda y morbosa, muy melancólica y traviesa.
Como melancólica es la novela de James y traviesa La Insinuación fotografiada en ella para que tú, lector, te la imagines con tu particular imaginario.
Henry James insinúa una tórrida y enfermiza historia de amor entre fantasmas, que precisan de la complicidad de dos niños inocentes para seguir amándose así, tan como antes. Llega una candorosa institutriz enamorada del jefe que solicita que no le soliciten nunca. Tiene como cómplice, la institutriz, a la inocente ama de llaves. Los diálogos entre ellas están llenos de puntos suspensivos. Los puntos suspensivos son la trama de la novela, lo que no se dice, lo que no se cuenta, La Insinuación.
Narra James, eso sí, la tormenta interior de la narradora, que es la institutriz, y uno a veces tiene la impresión de que es una loca que ve fantasmas, sólo eso, y que arrastra a su locura al resto de los personajes. Es una impresión, las impresiones llegan con este maestro de la descripción psicológica que es James, con la lluvia de su tiempo. Ya que el contexto es esa época que cambió el relato dejando el convencional realismo atrás para esbozar retratos a base de ligeras impresiones. A James le gustaba mucho retratar mujeres en sus novelas, y la institutriz aquí le sale perfecta o en su locura o en su cordura salvífica, según la versión que prefiera el lector.
No voy a negar que a veces Mr. James escribe raro, enrevesado, que se pone pelma con su psicologismo, y no soy yo sólo, mismamente su discípula más aventajada, mi amada Edith Wharton, dijo que había veces que no comprendía lo que quería decir James.
Esta novela, potencialmente tan abierta, puede parir versiones como lectores tenga, claro que siempre sucede aquí, pero aquí más. Una adaptación literal no sería posible.
Ví una nada más terminar la novela, o inglesa o americana, con la sóla aportación de la carita guapa de la actriz. Por lo demás muy literal y muy bochornosa en cómo se transforma La Insinuación en escenas de sexo aburridas y desconcertantes para el lector.
Luego ví la versión del director vasco Eloy de la Iglesia, donde cambia hasta el sexo y sexualidad de los personajes, pero bastante digna. Lo erótico aquí se insinúa, como dije, lo morboso está en los gestos, las miradas, en los puntos suspensivos de los diálogos. No es que considere a Eloy de la Igleisia como un gran director de cine, le pasa como a Pier Paolo Pasolini, es un artista imprescindible, necesario. Uno mira el cine de Pasolini y ve que cualquier artesano del cine lo hace formalmente mejor que él, pero el encanto de su obra no está en la perfección, si no en su genialidad. En su mirada nueva, esclarecedora o turbadora.
Eloy de la Iglesia hizo El diputado y El Pico, entre otras, y con estas dos películas basta para considerarle como uno de esos imprescindibles cuya visión no puede ser cambiada por otro director mejor, más técnico, más perfeccionista.
En Otra vuelta de tuerca, Eloy de la Iglesia cambia la campiña inglesa por las tierras vascas, la institutriz hija de pastor protestante es aquí un seminarista recién salido de una escuela de jesuitas. Los niños, sí, son angelitos inocentes como los retrató James, son criaturas perversas como las retrató James. ¿Me contradigo? Se contradice ... ¿James? No hay contradicción. No hay malicia en estos niños, hay malicia en sus insinuaciones. Aquí, Insinuación, personaje principal de la historia, lo que da miedo, lo que produce deseo y aberración, sin caer en la tentación de lo explícito.
¡Cuanto pierden las obras cuanto más explícitas se vuelven! Lo que gana el lector, el espectador, cuando Insinuación se insinúa.

martes, 20 de septiembre de 2011

Umbraliana (VIII) Capital del Dolor.

Así nació la guerra en aquella plaza circular y espaciosa, ilustrada de campanarios y escudos, con los vencejos volando bajo hasta acariciarle a Paulo la cara, como curiosos de mirar el libro francés que solía estar leyendo. Así nació la guerra y Paulo pensó que aquello era una locura de falangistas y capitancitos jóvenes, un mal poema de Ridruejo, y que no iba a pasar nada. Encendidas las farolas de gas (había una de cuatro brazos en el centro de la plaza), Paulo se sentó de nuevo a leer, a la luz de las tinieblas. Sólo pensaba con el libro abierto.

Francisco Umbral se reencarna en el personaje Paulo, que es como un joven Umbral que comienza su vida periodística y literaria con su opinión de ser de lejanías. En el año 1936 nació, cuando Paulo ya había pasado la adolescencia, pero eso no es una traba para el literato que cuenta una historia que, sin haberla vivido, la vive ahora, sobre el folio en blanco, tecleando metáforas y personajes que son de él, sus creaciones.
Sí, los que conocemos la obra de Umbral por haberla leído, los que conocemos su imaginería, su lírica incendiaria y su genial instante de lectura, sabemos que Paulo es una proyección del mismo Umbral.
Aquel personaje de Travesía de Madrid que pedía besos a novias modosas e iba a las fiestas en Argüelles y ligaba estudiantes y extranjeras.
No usa aquí de la voz narrativa en primera persona, para jugarse y juzgarse mejor con esa lejanía que da la tercera.
Quien opine que vale, que este autor tiene la mejor prosa pero que no vale como novelista, que lea esta novela bien estructurada y mejor contada. Los personajes, pues bien, los personajes bien paridos, hasta los mal nacidos como Pepe, el falangista, su antagonista.
Un personaje entre dos bandos, que sólo piensa con el libro abierto, crítico postadolescente de su época, la fecha turbia de un siglo treintañero con todo el dolor de una guerra que dicen que fue prólogo a otra guerra mayor y contígua.
Paulo poeta que se mueve entre poetas y lee a los del 27, a Juan Ramón, a Machado.
Paulo periodista con sus primeros artículos, admirador del periodista independiente de la ciudad para el que trabajará. Paulo aún no sabe escribir mintiendo, y deberá aprender a pasar desapercibido para pasar la censura.
Los falangistas como Pepe, crueles, le requieren, pues eran sus amigos de juventud; pero Paulo va haciendo amistad con los proletarios de la ciudad, con los de la UGT, por razones estéticas que se van fundiendo en sus pulsiones éticas. Paulo se enamora de una proletaria, la Consti, al igual que antes se enamoró de Rosa Luguillano:

Rosa Luguillano, la mujer que lo despertó al amor, que lo inauguró en la cama, esa segunda madre que es siempre la primera puta. La mujer que lo parió para el sexo, que lo parió para macho y para la vida. 

No es Paulo precisamente un personaje para la bondad, siente desprecio por los débiles y quejicosos, como ese amigo suyo ciego y mal poeta, pero no por ello deja de ser su amigo. Sí tiene algo de justiciero, en contra de los amigos falangistas que usan de su fuerza para eliminar al débil, a favor de estos débiles que hubieran sido fuertes si hubieran podido.
No se dice, pero esta capital del dolor es Valladolid, cómo no, aquella pequeña ciudad de tedio y plateresco de su otra novela La leyenda del césar visionario, que tiene un mismo tema, un mismo dolor capital venido por la crueldad de los vencedores que tan bien olvidan, como se dice aquí.
Como esos personajes barojianos, Paulo se nos presenta abúlico de labores, inquieto de intereses.

Paulo no se sentía capaz de estudiar, de recobrar el presente, de hacerse cargo de su vida, sólo leía y escribía con placer y angustia, como si fuera a morir. Como un poeta viejo luchando contra la usura del tiempo. Pero estaba mucho en la calle, con unos y con otros, y comprendía que la guerra era en realidad una fiesta silenciosa y negra, o bulliciosa y roja en el Salón Rojo del Cantábrico.

Hace pocos meses leí La Higuera, de Ramiro Pinilla. Pues bien, nos encontramos otra vez con el mismo tema del dolor de una guerra, y sí, con los mismos personajes también. Los falangistas, como si se tratara de un juego de niños que ya se creen mayores y por ello con derecho a todo, entran, matan, rompen familias.
Dolor.
Si Pinilla nos estremecía con la extrañeza del cuadro en penumbra de una higuera y su guardián, Umbral nos estremece con lo que domina: las imágenes, las metáforas, las instantáneas preparadas desde una perspectiva inaudita, siempre nueva.
Vuelve a demostrarme que la buena literatura se hace en cada frase, que no hay que esperar a la página siguiente para el deslumbramiento, mística umbraliana, el alumbramiento de la belleza y el horror de la muerte está en el presente que estás leyendo.
Un ángel del mal, elemento literario, se pasea por estas páginas hermoso y caído. Una atracción por el dolor, su capital el centro de la guerra, su corazón tan plástico, que sangra y todo lo tiñe.
El mejor prosista de los últimos decenios, sí, y también un novelista único, sin igual, de los mejores.
Como en Un carnívoro cuchillo, otra vez ese cruel pacto de sangre y mierda que nos asqueara y fascinara.
Esta ciudad, como un microcosmos del cosmos de la guerra civil, de la macrocapital del dolor que sería luego la segunda guerra mundial. Con minúsculas, sí.
Una historia dentro de la Historia vista a través de un testigo de excepción, el joven Paulo en los cafés, los burdeles, las calles y cementerios; que es como si fuera Umbral nacido antes. Como otra de sus autoficciones, maravilla literaria, donde no queda claro dónde termina el autor y comienza el narrador y se funde en ellos el personaje. Testigo del dolor.


Paulo no deja de preguntarse, ante tanta grandeza, si no será él un insensato que va a contrapelo de la Historia. Como las razones políticas no las tiene claras, prefiere atenerse a sus razones estéticas, intuitivas, que nunca le engañan. Lo suyo es escribir en el periódico liberal, vivir en la plaza Circular, amar mucho a Constitución, tener hijos del pueblo y gustar ese sabor a tierra y sol crudo que tiene la vida.

Coda

Las citas:

Capital de la gloria.
Rafael Alberti.

Capital del dolor
Paul Eluard

lunes, 12 de septiembre de 2011

La vida ante sí, de Romain Gary (II)



Hoy traemos como invitada especial, para este post, a una quimera llamada Piedad.
Piedad se pasea por mundos de entelequia y realidad con su voluntad de bien. Si es en la fábula, Piedad aporta su toque de emotividad.
¿Émile Ajar, Romain Gary?
Recordemos aquella fábula fílmica, Cowboy de Medianoche, donde Piedad era personaje principal en el corazón de un prostituto que redimía su pecado en fraternidad desinteresada con aquel pobre diablo genialmente interpretado por Dustin Hoffman. Luego se tiñó todo, hacia el final, con la música azul de un mar donde todo era posible. No era más que un sueño, pero era una de esas historias más tristes que nunca escuché, que diría la rata Firmín. Porque la historia acaba mal, pero el tinte de piedad y océano, catártico, redimía de este mal infinito que es sobrevivir malamente sin poder evitarlo.

La vida ante sí,
novela de desposeídos
Hay una literatura del Bien, que no tiene muy buena fama entre los más altos estetas de la literatura. El maestro Umbral, mencionando a un francés de cuyo nombre no puedo acordarme, decía que no se hacía buena literatura con buenos sentimientos. Cuando en pocos días comentemos Capital del Dolor, hablaremos de ello.
Sin embargo tenemos un Quijote en la cima de la fábula, por donde Piedad se pasea, pese a tanta broma sádica. En el corazón del buen Sancho, por ejemplo, pese a su egoismo.
Sí, cogí el libro de la biblioteca, pero no me voy a poner a citar a Romain Gary, basta con hacer un comentario somero.
Hoy, Piedad, a veces se traviste de buenrollismo, y eso es inaguantable. Más que la edulcorada Piedad de los folletines de todos los tiempos, que buscaban la lágrima fácil y el despertar del buen sentir con impúdica franqueza; el buenrollismo es un melendi perroflaútico en la radiofórmula  de la realidad, donde todo está medido.
Queridos: donde la única solución a los problemas colectivos está en los que manejan el cotarro, nuestra piedad de poco vale, quizá al prójimo más cercano. Miríadas de hambrientos morirán al año, y una rubia risueña con una cuenta corriente más tocha que la tuya te pedirá aportación por la tele-tonta, mientras que los gerifaltes de siempre se limpiarán el cacas con el billete que les mandes.
Este mundo no tiene solución, pero tú sí.

Romain Gary, fabuloso fabulador, hasta de sí mismo
 Tú sí puedes redimirte y ser bueno, seguir el recto camino, deja de joder al prójimo y todas esas maldades y corrupciones déjalas para escribir buenos libros, te puede salir una Conversación en la Catedral cual hizo Varguitas cojonuda.
Sed piadosos, hijitos, y sed diabólicos en la página, que no se diga que malgastáis la vida componiendo discursos de Navidad y luego ni cedéis el asiento a las venerables ancianas ni respetáis el turno en la cola del híper.
En cierto sentido, La Vida ante sí es un precedente del buenrrollismo de hoy, y su alianza de civilizaciones con musulmanes y judíos queriéndose mucho, queriéndose tanto.
La Vida ante sí, de Romain Gary, es una novela donde Piedad es protagonista principal, en el corazón de Momo, el niño musulmán que hace de narrador. Por lo tanto, Piedad es la voz narradora de la obra.
Piedad está también en el corazón de la prostituta judía, ya vieja, que se ocupa de los niños hijos de puta (en la boca deslenguada del narrador Momo, que con franqueza tierna todo lo cuenta sin medida)
Está también en el corazón del negro travesti que asiste a la anciana judía, y a Momo.
Todos, en el portal donde Momo vive, tienen buen corazón.
También aquellos a los que conoce, como esa guapa actriz de doblaje que le invita a helados.
Momo lo mira todo desde su perspectiva barriobajera, y todo lo cuenta con su lenguaje lleno de malentendidos, que intenta hacer gracia en el lector. A veces, sí, lo consigue, aunque uno piensa en la vida de esta gente y siente más dolor que otra cosa.
Faulkner hizo uso de un retrasado mental para contar un melodrama, y le salió una cima literaria: El ruido y la furia. Perdón, quise decir discapacitado, no sea que el perroflauta de turno me atice con su canción de rastas y entonces ya sólo tengamos voluntad de bien en las canciones, y no en la vida.
(Aunque uno intenta hacer de su vida una Canción, de su canción la Vida)
Por lo menos Momo llama a las cosas por su nombre, aunque siempre se confunda y diga proxineta y no proxeneta.
Entre la risa y el llanto, la narración de Momo cuenta las desventuras de su vecindario, con especial atención a la judía, su verdadera madre, ya que de él hizo un hombre bueno.



A quien le gustó la peli Amelie, francesa, le gustará esta novela, francesa también. Con sus personajes estrafalarios, que le restan asco a la tragedia.
Me gustó más La vida, instrucciones de uso, de Perec, qué le vamos a hacer. También aquí se cuentan las vivencias de los vecinos, pero en otra onda. Una fascinación por la vida, y eso gusta, eso se busca en los libros.
La vida ante sí, todos se lo dicen a Momo: tienes la vida ante tí. Y el gran hallazgo de esta novela está en el puño de amargura en la garganta cuando Momo lo oye, y no se lo cree, y se ríe.
Como en Qué bello es vivir, sólo el prójimo puede redimir al prójimo, ni el ministro en su despacho ni la presentadora de televisión con su sonrisa de radiofórmula hacen nada.
Vemos lo mismo en la teleserie Aida, con sus delincuentes, egoístas, prostitutas y discapacitados con un gran corazón. Claro, como el Luisma es discapacitado ... Todos se ayudan entre sí, con su Piedad, tan de historias con ternura y mala leche. A mí me encanta Aida. A Carlos Boyero, azote de fórmulas fílmicas y televisivas, también, que se lo leí yo, un día.
Si acaso tú, que lo lees, que lo miras, puedas ser por tu propia voluntad y tu propio entendimiento una mujer de bien, un hombre de bien.
Me recuerdo a mí mismo en un autobús que me lleva por La Mancha, Cáceres, Badajoz, en este Agosto pasado. Un hombre y una mujer, que no son del mismo pueblo, pero sí de la misma tierra extremeña, hablan tras de mí. Entre el discurso de Momo y la charla sobre la vida y sus delitos, goces, y faltas de mis desconocidos compañeros de viaje, y entre mis sueños pequeños también, pasé una buena tarde, larga, ya que el autobús paró en cien pueblos, para que dejara parte de mi sueño en cada uno de ellos. Lagos. Pasé por muchos lagos. Y por las lágrimas de Momo, y de la puta judía que no quería ir a un hospital, y celebraba sus rituales en un sótano oculto.



Llevaba este libro un día por Madrid, y tomando café con una amiga, me dice, ¿de qué va? Le cuento la historia de Momo. Me dice, ah, sí, lo de los hombres grises. No, le explico, eso es otra cosas.
Michael Ende también tuvo su Momo, pero era chica y luchaba contra los que te arrebatan el tiempo sin darte nada a cambio. Un buen relato simbólico, era éste de Ende, pues los hombres grises sí existen, y hay que echarles un pulso de contínuo: no haciendo nada, por ejemplo, vivir sin prisas. Y, junto a los monjes del Buda, recitar, sentados, con toda la vida ante tí: este es el mundo de la ilusión, este es el mundo de la ilusión.
O, leyendo a Roman Gary, su historia de putas y desposeídos.
Una buena manera de invertir tu tiempo.
Buen rollito, perroflaúticos lectores.

Coda

Luego aquel puto con cara de buenazo, cowboy de medianoche, volvió a su ser en la piel de Jon Voight, e hizo de Papa.
También, entre tanto, fue papá de una buenorra, la Jolie.
Sed corazones piadosos, y tendréis buenos frutos.
¡Ay, la Jolie! Angelina ...


miércoles, 7 de septiembre de 2011

La vida ante sí, de Romain Gary/Émile Ajar (I)


Esta reseña debería haber sido escrita en su momento, recién leída, con la urgencia de la crónica -personal- diaria.
Hubiera preferido hacer hoy una umbraliana, que tengo Capital del Dolor recién leída. Esta novela es un espejo de estetas y líricos, cómo no, espejo de literatos. Cuando dicen, digo, que ni Ramón Gómez de la Serna ni Francisco Umbral eran buenos novelistas, miro el caso de los zafones y falcones, que tanto venden, y a los que tampoco consideran buenos novelistas. En el otro extremo los unos, de los otros.
Roman Gary quizá fuera un buen novelista, ganador del Goncourt varias veces y con distintas máscaras. Otros dirán que no.
Yo sí que soy un buen novelero, novelista.
Aunque tú digas que no.
La Literatura es como la política, unos se piensan con razón, y sinrazón tienen los otros. Y los fachas/rojos, son unos malnacidos. En Literatura sucede lo mismo con la manera de peinar la prosa. Con la manera con que maquilla la pluma la tábula rasa de La Literatura, donde no hay un puto mandamiento, sólo un instinto de supervivencia hacia lo más sagrado y vital. Que cada cual elija aquí lo que es vital, sagrado, y nada más.
Debería acostarme ya. Mañana trabajo. Mi oficio es el de cocinero, ayer me cortaba el pelo un peluquero tuerto y me llama una compañera. Elegimos el menú de los días siguientes, qué voy a dar yo, qué vas a dar tú. A mi compañera le gusta hacer lentejas. A mí me gusta hacer lasaña. A cada uno le gusta lo que mejor le sale. Los hay, que como Romain Gary, hacen bien algo, y luego algo distinto. Luego le darían el Goncourt, como se lo han dado anteayer -es un decir-, a Houellebecq, aunque dicen algunos que a éste se lo dieron para amaestrarle. He leído críticas on line y en papel, sobre esta novela premiada. Me lo paso bomba, leyendo críticas de libros de Houellebecq. Es muy porno. Usa mucho del plano detalle: le chupó la polla, por ejemplo.
Después de pagar al peluquero tuerto me fui a por un Henry James a la biblio municipal. La cosa promete. Hay erotismo entre líneas. Una inocente institutriz se va a una casa en la campiña inglesa, y llueve, y ve a un fantasma, un varón descamisado que se lo hace todo con sólo mirarla. Amenábar hizo algo así, con la Kidman. Almodóvar mañana me contará algo, y a ver si Elena Anaya me enseña algo. Algo ya enseñó este verano, y fue el cotilleo de Agosto, entre indignados y peregrinos. Dicen que le gustan las mujeres, a mi Elena. Tenemos tanto en común ...
Romain Gary tuvo una vida interesante de seudónimos y premios. Nunca había oído hablar de Romain, hasta que me regalaron La vida ante sí, escrita por Émile Ajar. Un seudónimo premiado, Ajar, y la gente le decía a Romain, ¿ves? Así hay que escribir. Los críticos le regañaron: así, y no como tú. Luego resultó que Romain se travestía en otras literaturas. Juguetón. Enmascarado. Gary era Ajar, ajá.
Juego de máscaras, sí, algún día me verás como a un príncipe. Otro, como a un mendigo. Sí.
Nunca había oído hablar de él, y es que en literatura -ahora con minúsculas- se dan mucho las modas.
Henry James no fue muy querido en los años que siguieron a su muerte. Hasta que su psicologismo fue tomado en cuenta. Tenía discípulas como la Wharton, y uno ama a la Wharton como ama a Jane Austen. Por vicio. Y eso que no es precisamente este francés con apellido tan raro, joaquínlebequ, como se diga. Este es un pornógrafo.
Ayer ví La Pianista, de Haneke. La pianista es una exigente profesora de piano que en sus ratos de vicio se va a los sex-shop a ver porno. Que lea a honolebec, digo yo. También se va a espiar a las parejitas haciendo cosas en los coches de los cines abiertos. Muy americano, eso. Es una rareza, Haneke, un esteta violento, sin llegar al circo Tarantino.
Si Umbral fuera cineasta, por violento, sería más Haneke que Tarantino. Un Haneke más lírico, más poético, menos patético.
No tengo La vida ante sí, lo presté al volver de Dublín, no puedo hacer una buena reseña. Lo cojo de la biblio y te cuento.
Tan sólo estoy conciliando el sueño, mañana, con el uniforme de cocinero, con el pelo recién cortado por un tuerto, seré príncipe, seré mendigo, lo seré todo y no seré más que nada, tábula rasa para sobrevivir por instinto literario, literato.
Según Jesús Ferrero, en otro libro del que pienso hablarte, es necesario el narcisismo, tener un romance con nosotros mismos, que no se acabe nunca. Eros y Misos. Las experiencias del deseo. También ganó un premio.
Convocando el sueño hoy, ayer soñé que la lotera me saludaba alegremente. Buen presagio. Lo mismo soy rico, voy a comprobar la loto.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Un nuevo curso con propósitos e ironía



Oscar Wilde en Nueva York, por
Napoleon Sarony

Este verano estuve en Dublín y me acordé de tí.
A finales de Agosto comencé un post: Glosario de Ferragosto, donde te cuento, pero he decidido que no, pues hablo de Lo Prohibido, ¿cómo, qué es eso? Autocensura, contención: castración. Todo lo que quisiera decir y no digo, está prohiblido, se engloba en mayúsculas prohibiciones, diciendo así: Lo Prohibido.
Propósito para el nuevo curso, seré bueno. Seré un bloguero correcto, ni dulces ni grasas saturadas, mucho ejercicio y vegetales, carnes proteicas. Adíós, torrezno, adiós. Adiós crocantis, tú, mi dolor: tú: mi crocanti.
Como cuando niño, olor a goma de nata y libro de texto recién abierto, fragancia de tiza y pizarra, días nublados, monotonías de todas las lluvias tras la ventana. Las primeras peyas fueron en gimnasia, tres compañeros jugábamos a los contrabandistas, alejados de los silbatos de aquella profesora de gimnasia que tenía la cara picada de viruelas. Las segundas fueron en el bachillerato, saltándonos inglés para los futbolines, la litrona, la palmera de chocolate. Llegábamos medio borrachos a latín. Ego sum in taberna.
Libro de texto fragante y gomas de nata, sacapuntas de plástico, lapiceros de mina frágil. Propósitos de nuevo curso que duraban días, a lo sumo una semana, hasta que las tardes, largas, cada vez más cortas penetrando el Otoño hasta llegar al Invierno, tardes de procrastinación: mañana. Y ese mañana siempre fue mañana. Hasta que miremos el ayer con desconcierto, sin un hoy del que sentirnos orgullosos.
Pero no tanto. Me siento orgulloso de muchos hoy, ay, mañana ya vendrá, ayer se ha ido. Pero no te hablaré de mis orgullos: Lo Prohibido.
Blogueros dietistas, literatos nutricionistas, aconsejan. Yo seré un literato sano, un bloguero ejemplar.
Hablaré de libros, sólo de libros y de Literatura, quizá de cine. Adiós procrastinación, adiós litronas. In taberna quando sumus ya no, nunca.
Los libros leídos este verano, in biblioteca quando sumus. Alguna película, de Woody, in filmoteca quando sumus.
Haré como Cela, don Camilo, que se flagelaba hasta escribir al menos una página al día, con lágrimas via crucis hacia el nobel, ¡crucifícale!
Haré como Vargas Llosa, don Mario, que dejó de fumar y de beber porque le restaba tiempo para el sacerdocio literario via crucis hacia el nobel, ¡crucifícale!
In taberna quando sumus ya no, nunca.
En Agosto leí algo, te hablaré de ello. En Agosto Madrid se llenó de peregrinos, ya estaban los indignados. Festival de la juventud, los unos, los otros.
Yo me fui a Dublin. Y me acordé de tí.
Le dí un puñetazo a Joyce, le toqué las tetas a Molly Malone -Molly Melones, o sea-, charlé con Oscar Wilde que siempre te da la lección de la ironía, de las pocas que en Literatura puede merecer la pena. Oscar se acordó de tí, y me dijo que sí, que le leyeras, aunque pusiera todo su genio en palabra, y no más que talento en su obra.
Yo tuve mi festival de juventud también, festival de la carne: Lo Prohibido.
Pero para el nuevo curso seremos sanos, nos limitaremos, fuera excesos.
In taberna quando sumus ya no, nunca.
Aunque si quieres que te hable de Lo Prohibido, yo te hablo ...

Aunque si tú quieres que te hable de Lo Prohibido, yo te hablo ...

sábado, 3 de septiembre de 2011

Oboe

¿Cómo es posible que un objeto en apariencia tan insignificante pueda generar tantos universos de paz, armonía y belleza?

http://emperatrixmundi.blogspot.com/2011/09/oboe.html

miércoles, 10 de agosto de 2011

Las benditas cocineras y los malditos bastardos


Yo nunca me aburro.(link)
Si acaso me angustio, sí, como en la viñeta de Maitena.
Y yo al menos aquí, en esta ficción que te ofrezco, soy un tipo bastante inteligente. Luego la realidad no, eso es otra cosa, la realidad es un laberinto con varias salidas y esta imposibilidad mía por llegar a ellas, en realidad soy bastante torpe. Todo un cretino.
Así que al menos una cosa sí es cierta: me angustio.
Y no me aburro. Hay bastante donde elegir fuera de uno, y dentro qué te voy a contar yo que nunca te haya contado, que aunque no soy de dormir mucho sí soy de soñar de sol a sol.
Ayer, cuando volvía del cine, desde el autobús miraba los edificios de la calle Segovia y del paseo de Extremadura e imaginaba cómo se viviría ahí dentro, y me hacía una ligera estampa y un intenso ambiente con todo lo que ello conlleva.
Decidí bajarme del autobús cuatro paradas después, sólo por andar un poco más hasta casa. Después de vivir en una decena de casas en tan sólo diez minutos, sentí una angustia atroz, sentí que podía caerme en cualquier momento en una grieta de tierra que se abriría, o que iba a echarme a volar por tener la imaginación tan inflada como un globo.



Luego, por la noche, dí buena cuenta de Entre parénesis, de Roberto Bolaño. Un puñadito de artículos, la entrevista Estrella Distante del final. En la radio, después de un poco de rock, en Radio 3 emitieron buen jazz.
Al menos me alejé de mis neurosis, y reí con ciertas ocurrencias del guasón de Bolaño.
Pasaré a comentarte qué tal estos días.

Viernes

Después de tomarnos unas cervezas de esas que tienen ellos, los Tipos Infames, bajamos por Fuencarral y Carretas para, involuntariamente, caer como si nada donde la Spanish Revolution. Teníamos, eso sí, pensado en ir a ver cómo seguía el fantasmal centro del centro.
Justo fue llegar nosotros, justo corrían los indignados a Sol, abiertas ya sus entradas (o salidas)
Ya el día antes me había paseado yo por ahí, después de unas pintas y unas cañas por La Latina. En Sol no había ni un alma el Jueves, nunca ví tanto furgón policial junto. En la entrada (o salida) de la calle Mayor, algunos curiosos como yo miraban el fantasmal centro del centro, donde el km 0, allí donde comienzan los caminos. Un hombrecillo repartía propaganda para un puti-club cercano, le daba igual la mano que cogiera el folleto, hombres y mujeres por instinto de paseantes aceptaban el papel con su anuncio de sensualidad y carne.
Me metí por Arenal para llegar a Preciados. En esta entrada (o salida), además de tres curiosos -yo entre ellos-, un par de indignadas jaleaban a los policías.
El Viernes más allá de las 10 p.m., ya te digo, volvió todo a la normalidad de las semanas anteriores. Bajando por Carretas se oyó el fragor de la carrera y el griterío celebrante: ¡ha salido el sol! Decía alguno.
Muchos de los que regresaban llevaban etiquetas: muy frágil, en sus vestidos.
Mi colega, uno de los akabaos -Comeclavos/CiudadanoQuien- se lió a mandar sms a todos los de clase. Sin embargo, sólo le contestó otro akabao -SumoSacerdote-.
Una hora después, tras un bocata calamares y otra caña, degustando una pinta Guiness donde siempre.
-¿Volvemos?
-No -contesto- yo me tomo otra y me piro con mi hermano, que ha traído el coche.
-Pequeño burgués de mierda.
En lo que tardo en tomar la segunda pinta escucho la conversación de mi hermano, hablan de cartas, de timbas. Mi hermano es un tahur. A mí, cuando jugaba hace años y les sacaba los cuartos a los amigos de mis padres allá en Cadalso, me llamaban El Potroso.
En estos días tiento a la suerte otra vez, ya que dicen las predicciones astrológicas que Júpiter deambula por mi signo.
Te diré cómo.

Sábado.

El Sábado por la mañana lo dedico a las labores de las personas adultas:
Desayunarse.
Leer el periódico.
Echar al Gordo de la Primitiva.
Comprar tabaco.
Al menos, eso era lo que veía yo cuando niño, lo que me llamaba la atención de la gente mayor. Yo quería ser mayor para fumar, leer el periódico, y beber güisqui. Mis padres, todos los viernes, se iban con los amigos a echar la quiniela. Luego supe que se iban a un bar de la calle Tembleque a beber cañas, y de paso, la quiniela. Nunca les tocó nada. También echaban la Primitiva. Millones a veinte duros, cada semana, jugando a la lotería, la Primitiva. Pues qué baratos, los millones, decía la madre de un amigo de clase.
En la última semana estoy echando a todo: bonoloto, primitiva, euromillón, gordo ...
Tentando a la suerte así, ya que Júpiter me traerá la fortuna.
También leí que Marte se está paseando estos días por mi signo, por lo que mi alma será campo de batalla, la lucha tendrá sentido, ya que de entre todas las dudas las únicas certezas se impondrán.
Y así ha sido.
En estos días estoy escribiendo mucho, la verdad es que no le encontraba ningún sentido, pero era ponerme a ello y salírseme las ideas y las imágenes por sí solas. Entonces era cuando llegaba el sentido, el tiempo recobrado, la meta en cada instante, todo este presente que nunca se acaba. Es una de mis grandes certezas: la ficción. Generadora de heridas, cauterizadora de otras. Yo soy yo y mis fabulaciones. Todo en la vida es fábula: pesadilla o cielo, pero fábula. Un caótico berenjenal de sinrazones donde el sentido lo pones tú con tus certezas, porque quizá el sentido que te quieran imponer otros te quede tan pequeño que te asfixie o te quede tan grande que te pierdas, ¡oh, fábula! Juego de roles, arcanos que resolver hacia la consolidación del arquetipo en que tú actúas. Búsqueda incesante, lucha interior, Juan Eduardo Cirlot, marciano, lo sabía muy bien, nacido bajo el signo de Aries, regido por Marte. Ejemplo de ello es su lírica épica y mística.

Estoy en un espacio que no puedes
abrir con los espinos de tus manos
humanas, temblorosas.
Yo destruiré las redes
de todos los arcanos y las rosas
tenebrosas.

Retornaré al pantano gris
y volverá el instante lis
de envolverte en mi luz
más allá de la torre y de la cruz
con relieves,
para que tú me lleves al lugar
en que nunca nos podrá separar
ni el filo de una espada,
ni la doble amenaza de la nada.

Algo me está buscando entre las hierbas
azules de otra vida.

Algo como una imagen sacramento,
como una niebla de temblor.

(Juan Eduardo Cirlot)

Pero volvamos al centro del post, que por cierto, va sobre cine y sus fabulaciones basadas en hechos reales.
Por una parte tenemos Julia & Julie, la historia de dos cocineras reales. Sin embargo les sale su historia como un hermoso cuento. Una peli muy recomendable.



Julia se va a vivir a Francia con su marido, y aprende a cocinar para ocupar su tiempo, que siente tan vacío. Es una mujer sin complejos, expansiva. Publica un libro de recetas y se hace famosísima, como una pionera de arguiñanos televisivos.
Luego está Julie, que se va con su novio a vivir a un barrio cutre, de ambiente desolador. Es funcionaria, atiende el teléfono de asistencia para afectados del 11-S. Por las tardes no sabe cómo ocupar su tiempo, tan vacío. Al igual que la otra se hace cocinera, y como mandara el sabio Ezra Pound, van como una plaga contra el aburrimiento del mundo. La otra escribió un libro, esta se hace un blog.
Interesante ..., mi linda muchacha se hace un blog, donde publica en forma de diario una receta al día del libro de la otra. Se lo impone como un reto. 365 recetas. Luego ahí lo cuenta todo, cómo le va con el novio, cómo le salen los guisos. Es gracioso ver su tristeza porque nadie comenta sus entradas. Un día recibe un comentario: de su madre, que arremete contra su nueva manía bloguera. Luego, la verdad, tiene bastante éxito, publica sus entradas del blog en un libro y le hacen una película.
Las dos actrices están muy bien, Meryl Streep como la expresiva y aparatosa Julia y Amy Adams como Julie, que me rocordaba a tí en tus ojos claros, tus gestos felinos, y ese carácter entre la fragilidad y el temperamento.
Las dos atractivas amigas con las que fui salieron de la filmoteca con ganas de cocinar. Hambre no teníamos, ya habíamos tomado unas tostas y unos postres donde las mantequerías de siempre, en este gastronómico y etílico Barrio de las Letras. Pasó una cosa extraña, que para mí no lo es tanto. Entramos y estaba vacío. Un cuarto de hora después ya estaba lleno el garito. Así pasó el Viernes, por cierto, llego yo, indignado, a Sol, y enseguida se me llena todo de indignados. Allá donde vaya, atraigo multitudes.
Así que después del cine fuimos a una tetería, donde yo me tomé dos grandes jarras de cerveza, tanta era mi sed. Una se tomó un mojito, la otra un té. Charlamos sobre signos astrológicos y sobre cartas astrales. La una leo, la otra cáncer pero de ascendente leo, yo un pececillo bastante felino, gatito persa. Junto a la calle del León. Cerca de la calle del Príncipe. Semuá.

Domingo



Día de las mujeres en camisón. Salgo por la tarde, algunas mujeres van en camisón. En el autobús me enamoro de una que va delante de mí, que viste su camisón color crema, es muchacha carnal, muy sencillita, imagino un otoño con ella tomando té y escuchando nocturnos de Chopin. Bajo del autobús, por las calles del centro me viene una sospecha, otras mujeres van también con su camisón, más o menos cortos, más o menos transparentes.
Por la noche, en casa, liando cigarrillos con el tabaco que compré el día anterior cual persona madura después de jugar al Gordo de la Primitiva, me veo los dos capítulos de Camelot. Ahí también van todas en camisón. Algunas también van desnudas. Sin embargo por la calle no iban así. Sería demasiado sospechoso, está bien eso de vivir en la fábula, pero no tanto. Demasiado para mi neurosis todos juntos: Merlín, Queen Ginebra, King Arthur, Prince of LucheFloyd, y mi Fata Morgana, mi Eva Green, mi hada en camisoncito. Eva Green está perfecta como hada Morgana, con su belleza misteriosa en camisón todo el día (link), a veces hasta sin él.

Martes

Ayer me fui solito a la filmo a ver Malditos Bastardos, la única tarantinada que me quedaba por ver.



Soy fan de Tarantino, sí, Tarantino ya es una marca desde hace años, y todo lo que lleva su etiqueta me gusta. Repite su virtuosismo en el montaje, sus golpes de ingenio, sus obsesiones, sus típicos personajes, la ultraviolencia, el humor negro, el gusto por el revival, el homenaje contínuo a los que él considera sus maestros.
El otro día me lo decían unos amigos tomando unas cervezas y raciones en las terrazas de la ribera del arroyo Luche:
-Te pareces a Tarantino.
-Vale.
-También te pareces a Iker Jiménez.
-Hijos de Barrabás.
 No sólo en el careto, también me parezco a Tarantino en que me repito más que el ajo tierno para el pan tumaca. Uno encuentra su estilo, asume sus obsesiones, se fascina por las mismas historias, se lía a crear, los Beatles soy yo, decía McCartney cuando le reprochaban que se repetía desde hacía décadas.
Cada cual tiene su fórmula, su marca, la máscara donde jugar a estar vivo.
Desde el primer minuto, en los títulos de crédito, uno reconoce el mundo de Quentin, donde es tan fácil matar y morirse, pero de risa y de asombro.
Al contrario que la película Julia & Julie, Malditos Bastardos no está basada en sucesos reales, aunque su contexto sí lo sea. Tarantino juega con la Historia, la cambia a su antojo, sin respetar a los personajes reales que la conformaron. Así se carga a Hitler, por ejemplo, supongo que por el mero placer de hacerlo él solito con su ingenio. Y todos le aplaudimos por ello al terminar la película.
Aquí se carga Tarantino hasta al apuntador. Como en las viejas pelis del Oeste, a las que homenajea.



En mí tiene Tarantino tiene un incondicional, así que espero más de lo mismo para la próxima, ¡oh, fabulador!


Coda

Nunca he tocado nada de lo que
tú eres.

Estás como una idea en un instante
puro.

Clara en tu firmamento de firmeza
blanca.

Desnuda Bronwyn, llámame, ya voy;
caigo.

(Juan Eduardo Cirlot)














viernes, 5 de agosto de 2011

Otro cuento chino y una boda en Sevilla



Las Bodas de Fígaro
Aquí me hallo, escuchando el aleteo de la música de Mozart al pasar, pues dicen que es remedio de males varios, del mal del alma sobre todo.
De hoy no pasa, y este post debería haberlo publicado hace semanas.
Con la asistencia a Las bodas de Fígaro reciente, en el Teatro Real, escribí esto, y luego decidí hacer un post que reuniera tabién el Turandot, de Puccini, por alcanzar dos pájaros con tino:

Hace dos viernes estuvimos en el Teatro Real degustando Las bodas de Fígaro, de Mozart. No he hecho post sobre ello por pura pereza. En el gallinero, vimos la representación a veces sentados y a veces de pie. Yo permanecí casi todo el tiempo de pie, por sentirme Salieri en la célebre película.
Algo de medicinal tiene la música de Mozart, yo me sentía después más sano, más vital, más liberado. Su música es como un pájaro medicinal que entrando por los oídos se queda un tiempo en el alma, ¿hasta cuándo?
Luego fuimos a cenar al Gino´s de Arenal, y los varones asistentes baboseamos al mirar las piernas de las muchachas de pantalón corto o minifalda.
Hablamos, cómo no, de Literatura, y cayó otra vez el nombre de Ramiro Pinilla: La Higuera, Antonio B. el Ruso ...
Animado por la embriaguez que da Mozart sumada a la que dan la cerveza y la sangría hablé mal del Ulises de Joyce: si le quitas algún capítulo no pasa nada. Luego, cuando les escribí para rectificar diciendo que sería un crimen arrebatarle al libro cualquier capítulo pero que sería más saludable para la obra quitar la mitad de las páginas de muchos capítulos, uno de ellos, el único incondicional de la obra, escribió que en ese momento sintió ganas de hacerme cositas muy feas.
Después de la cena cambié de amigos y me fui al Bringas a tomarme unas pintas. Luego estuvimos en un garito en la calle Toledo, donde quise entablar relaciones con una monumental africana -me ofreció sensual su mejilla, o yo se la tomé con toda mi desvergüenza- y una guapísima sudamericana. Llegué atraído por el movimiento de caderas al son de la música de Shakira, vestían unos apretados vestidos que a duras penas aprisionaban sus curvas venusinas. Pero iba con ellas una gorila -de verdad que era tan grande y fea como un gorila- que me gritó en lo mejor del flirteo: ¡oye tú que están casadas!


Aquí el aria que mas me gustó de Las Bodas de Fígaro, que suceden en Sevilla, aunque allí todos canten italiano:



Turandot
Y ahora vamos con el otro cuento chino, Turandot.
Hacía meses que no veía a una amiga, y me escribe y me dice: te invito a la ópera y así nos vemos. Cómo negarse a esto. Sin embargo, la ópera era gratis, en el Centro Cultural Moncloa, interpretado todo por unos jóvenes que nos hicieron pasar una tarde fabulosa.
Luego tomamos algo por Argüelles.
Ya de noche, solo, decidí pasear la calle Princesa en vez de coger el metro, sólo por el placer de pasear y mirar edificios, viandantes. Sentí algo parecido a la felicidad. Yo me acordaba de Umbral y de sus días felices en Argüelles. Todo aquel pasado se hacía presente en mis sensaciones, ese cierto misticismo umbraliano, que ya se me quedó para siempre ...
Como ya te conté hace meses cuando fuimos a lo de Boccanegra (link), mi oido para la ópera es muy duro. Sin embargo Turandot me gustó enterita, no tanto el personaje Turandot como la ópera en sí. Es que Puccini, así como Rossini, son tan fáciles que hasta un lego como yo puede estimarles. Nessumdormas aparte, todo ahí tiene la delicada y exótica belleza de un mirar rasgado que te rasga los ojos del sueño.
Es como un cuento maravilloso, de esos de Grimm, Perrault, Andersen, con su parte de crueldad y su parte de maravilla. Y con su guinda de felicidad.
Turandot es cruel y bella princesa, que quiere vengar la afrenta de otra princesa, antepasado suya, que fue violada por un extranjero. Así pues, a todo aquel que tiene intención de pedirle matrimonio, ella le impone tres interrogantes, que si no son resueltos, tal osadía de querer matrimonio será pagada con la muerte.
Hasta que llego yo, príncipe de Persia, gatito ronroneador que a tu falda se acomoda, gatito persa sedentario entre almohadones. Así que no confundirme con Jerjes, el otro príncipe persa, pues él era un ambicioso guerrero y yo no soy más que un perezoso gañán sin ambiciones mundanas, tan sólo tú, mi Turandot, tan sólo mi ambición mi Turandot entre almohadones.
Y digo miau y maullo las respuestas acertadas, la esperanza, la sangre, Turandot, que cuanto más fría es más ella quema.
Y mi linda Turandot que no, mi ninfa gata que rehúye al gato Apolo gata Dafne en su roll de Turandot.
Y digo miau y maullo yo una prueba: yo moriré si adivina mi nombre. Yo, que soy yo y mis heterónimos. Tú: mi Turandot, princesa cruel que no quiere mi abrazo, pero sí mi nombre.
Nadie, en este manicomio dormirá entonces, y todos cantarán el celebérrimo nadie duerma, nessun dorma. Todos: Carreras, Pavarotti, Domingo, Bocelli, un tal Paul Potts, y hasta unos heavys: los Manowar:



El nessun dorma es como el hit number one de todo tiempo.
Y todo, ya ves tú, porque me huyes.
Así de importantes somos, tú: mi Turandot, yo: tu gato persa.
Centenares de tenores y señores que nos cantan.
Que no duermen, nadie duerma, nessun dorma, tan sólo por el aria de esta eterna noche, oscura noche del alma.
Noche en la que tú me matas cada vez que me nombras, y matas también a todo aquello que a mí no me nombra.
Hasta que digas: Amor, ese es tu nombre. Entonces amanece, y sí, mi nombre podrá morir, pero tendrá sentido, Quevedo lo sabía (link) , y Sabina también, porque amores que matan nunca mueren.
Porque yo quiero, corazón cobarde, es que mueras por mí, y morirme contigo si te matas, y matarme contigo si te mueres, porque el amor cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren.
Muchacha de ojos tristes ... Mi Turandot, tú: mi tristeza.



El caso es que ella dice: Amor, ese es tu nombre, y entonces todo el manicomio con sus cuentos chinos canta el nessun dorma, nadie duerme, todos se emborrachan, arman la gran orgía del siglo, perdices escabechadas comen, etcétera. Ah, y viven muy felices. Por siempre.
Amen.



Y luego me pedirás que te cuente un cuento, ¡un cuento chino, te voy a contar!