miércoles, 16 de septiembre de 2015

Manicomiopedia (II)

MANICOMIOPEDIA



Cerveza


Color, aroma y sabor de las embriagadoras miradas de algunas muchachas.
"En mi garganta
los ojos de mi enamorada" (YSQA).


Encontrar


Para encontrar hay que perder primero. Luego buscar, después del encuentro amar. Pero la pérdida es inevitable para el encuentro.


Follar


Pretexto para los aperitivos y los postres. Follar en sí está bien: ejercita, aviva, descarga; pero lo que importa en verdad es la liturgia. En Manicomio lo practicamos sobre todo en los solsticios y equinoccios, en las noches de magia donde yacemos con diosas.


Luna


Se me ha caído la luna
en los reflejos del río
y rotita en mil pedazos
reparte su poesía
(YSQA)


Paloma


Hoy por fin he visto al viejo que da de comer a las palomas.



Rosa


Rose is a rose is a rose is a rose (Gertrude Stein)



Vila-Matas


Conocido aquí por Tito Quique, además de ser el autor de tratados metaliterarios como Dietario Voluble, Dublinesca o Bartleby y Compañía, y siendo también un gran motivador literario de largo aliento, don Enrique Vila-Matas, digo, es el padrino de Manicomio. 
Él, sin embargo, no lo sabe. 
Y como no se dé prisa se irá sin saberlo nunca.


lunes, 31 de agosto de 2015

Manicomiopedia (I)

MANICOMIOPEDIA

Anchoa


Manjar en salmuera enlatado que emparedado y acompañado de una cerveza -o varias- bien fría es ejemplo y espejo de lo que ha de ser una combinación perfecta. Con el boquerón en vinagre forma el famoso matrimonio, aunque como personas completas que son, valen por sí mismas. Valorada en Manicomio por su concentración de sabor y por su enjundia, la tomamos en la hora de la cena en días raros antisociales frente a una película clásica a ser posible en blanco y negro.


Babia

Patria límbica, famosa como destino turístico siempre a mano y sin fronteras. Aquí habitamos Nos.


Centuria

Nos, los Cien Locos


Dostoievski


Escritor capaz de rematar en su demencia al más orate. Sus novelas, rallantes, están lleras de seres histriónicos y atormentados. No leer mezclado con té, café, anfetaminas, cocaína, viagra u otras sustancias que alteren el sistema nervioso. Recomendable su uso en grandes cantidades con mayores injestas de alcoholes y otros depresores del ánimo.


España

Aparta de mí este cáliz (César Vallejo)


Hache




Jazz

La música de la libertad, que a la vez concede al oyente la posibilidad también de la libertad de detenerse a escucharla o de usarla simplemente como ruido de fondo. Con variedad de estilos, consiente en ser casado con otros estilos musicales en una ventajosa simbiosis. Es inmenso caudal, fontana, castalia, alfaguara ... Su uso está más popularizado de lo que comúnmente se cree: desde la publicidad hasta las películas pornográficas, esta música es ambiente como el mismo aire.


jueves, 27 de agosto de 2015

Relato de infancia y juventud en cuatro motivos


Uno




Nací después de la lluvia. La melodía Après la pluie, de Eric Satie, vino a conformar mi húmeda y cadenciosa personalidad, redimida por el momento feliz en que las nubes deshechas dejan que el sol ejerza su imperio, que calienta la tierra, llenándolo todo de fragancias azules, verdes y amarillas, de un dorado metal, de un mental abandono a la cadencia.
Al igual que otras abuelas hilvanan tejidos para vestir a sus nietos, mi abuela tejía al piano melodías de Satie, de Chopin, de Faurè, que cubrieron mi alma de lluvia y sol.


Dos




Dibujos animados en la sobremesa y por la tarde. Dibujos animados que representaban una realidad ideal donde sería divertido vivir, donde no habría problema sin solución. Yo de mayor sería el inspector Gadget de la existencia, con respuesta para todo. Era, mientras tanto, de niño, tan parecido a él, que él mismo era. Con respuestas para todo, sí, pero torpes. Y al final eran los demás los que terminaban solucionando los problemas. Más me hubiera valido querer ser como McGiver, que sin tanto gadget todo lo solucionaba con resolutivo ingenio.


Tres




La vida era un misterio que debía ser resuelto. En aquel tiempo devorábamos los libros de aventuras, de misterio, donde una incógnita abría un pasadizo secreto, ¿hacia dónde? Cuevas, casas, islas. Todo camino hacia la respuesta es obscuro, toda solución es justa, toda aventura enmarcada en el encanto y en lo mítico.


Cuatro


Cupido y Psique, de François Gérard


Estudiábamos en una biblioteca del barrio donde era más apetecible salir a fumar, a jugar a los futbolines, o ya que estábamos ahí, a merodear entre las estanterías de libros. Un día descubrí el mito de Eros y Psique, uno de los más bellos que fueran representados plásticamente. Buscar, descubrir, conquistar ... quizá ésto sea lo más hermoso que hay en mí, yo, que no conozco verdad, que no sé, al fin, qué es bondad, sí sé que mirar y escuchar es cierto y es bueno. Yo buscaba entre los libros, yo descubría, yo conquistaba las páginas y las hacía mías. Me enamoré por primera vez con dieciocho años, momento en el que se abrieron las puertas del palacio de las princesas encantadas, inaccesibles. Yo era Cupido enamorado, un dios más entre millones de diosecillos enamorados. Yo quería con Psique volar, llevar a esta bella muchacha a mi palacio triste. Hasta la misma Afrodita sentía celos de su belleza.


jueves, 20 de agosto de 2015

Rosa enferma (Cuento)

Cartas, tebeos, páginas de periódicos, fotografías recortadas de alguna revista, y algunos poemas de su puño y letra. Esta es la única materia de aquel verano de 1986, cuyos nebulosos recuerdos se confunden en un túnel de misterio donde aún espera llegar, llegar hasta el final.
Estuvo enfermo casi todo Agosto, una de esas necesarias enfermedades adolescentes, agravada por el calor, la humedad, las bebidas frías, y un recién estrenado aire acondicionado que el cabezota de su padre se empeñó en encender aunque la reconfortante brisa de levante diera alguna tregua.
Recuerda aún con una mezcla de angustia y atracción morbosa la fiebre acompañada de delirios y ensoñaciones. Delirios de niebla en los que se mezclaban rostros conocidos en actividades desconocidas y rostros desconocidos que le acompañaban constantemente. Largas ensoñaciones en noches en vela, donde él era un hombre admirado por todos, escritor sabio, intelectual atractivo, que lo había leído todo y todos a él le leían. Un hombre entre dos amores, aquella muchacha clara que ahora sujeta con sus dedos, y aquella otra formada de oscuridad y niebla, llamada Rosa: aún recuerda su voz, su boca muy próxima a su oído, su aliento frutal y amargo, como sus besos, pues en este delirio de fiebre y desvelos él tuvo sus primeros besos de amor.
En la caja de galletas están las cartas que le llegaron de sus amigos del barrio, están las páginas de periódicos con reseñas de libros y entrevistas a escritores que admiraba, fotografías de chicas sustraídas de revistas. Él estaba locamente enamorado de una con pequitas y pelo castaño claro, de sonrisa fresca y nariz respingona, de mirada bicolor y cejas graciosamente arqueadas. Esta muchacha, que anunciaba viajes a playas de ensueño y cruceros exóticos, muy bien podría estar desnuda, al menos lo que se veía era sin vestido, hombros, parte superior del tórax ... El anuncio jugaba con esta ambigüedad, entre la castidad de un rostro luminoso y la posibilidad de un cuerpo desnudo. Una mezcla irresistible para este adolescente que coleccionaba instantes de belleza, de claridades, de luminosas ideas, y que sin embargo era atraído por lo oscuro, lo misterioso, lo nebuloso.
Enseguida hizo de esta muchacha su novia imaginaria. Cuando la fiebre daba su tregua la imaginaba en la orilla, vestida sólo con fina arena de playa, acercándosele, sentándose a su lado, diciéndole en su oído su nombre. Su aliento era el de la brisa marítima. Sus ojos eran como las dos tonalidades del mar. El izquierdo era entre gris y castaño, como eloleaje más próximos. El derecho era azul, más o menos claro, según la luz.
Esto era en los momentos de más lucidez, porque en las primeras horas de la noche, cuando su cuerpo ardía, la pesadilla a veces se repetía. Su familia marchaba huyendo del horno en el que él estaba, se iba a parajes de nieve a montar en trineo, en una absurda algarabía de risas y cantos. Pero no estaba sólo. Otra familia le cuidaba entre la preocupación y el celo. Le cambiaban constantemente de alcoba, a veces despertaba en dormitorios espaciosos rodeado de estanterías repletas de libros o de juguetes infantiles y antíguos, otras en habitaciones cochambrosas, sucias de polvo y telarañas, en las que se incorporaba gritando y despertándose en la suya propia, uno de los dos dormitorios del apartamento en la playa que alquilaron sus padres aquel año, dormitorio que debía compartir con su hermana pequeña, pero que por su enfermedad no compartía, su hermana dormía tan a gusto en el sofá cama del salón, y era la que más reía y gritaba esquiando en la nieve, en un frescor polar reconfortante.
Nunca era la misma alcoba, pero siempre le visitaba alguien extraño que con mimo maternal le arropaba o acariciaba.
Entre estos desconocidos era asídua la compañía de esa chica de pelo azabache y tez pálida, sombras de ojeras y un magnético brillo febril en sus ojos. Tú también estás malo, le decía, y se tumbaba junto a él. Acercaba su boca de melocotón: me llamo Rosa.
Un día le preguntó, o más bien fue una afirmación: tú tienes una novia. Y él le hablaba de la sirena de la fotografía, vestida de arena y con mirada martítma. Rosa respiraba sin celos.
A veces escuchaba gritos y llantos, entre sueños se levantaba y aparecía un un cuarto de baño de sucia claridad donde una Rosa era bañada, sujetada por estas gentes extrañas. Ella le miraba y cubriéndose cerraba mucho los ojos y depertaba él con los ojos doloridos por la presión de los párpados. Los oídos aún doloridos por los gritos y carcajadas de su hermana en trineo.
Luego seguía durmiendo, y Rosa, limpia y con un pijama que era como el de su hermana, se abrazaba a él y le decía que le hablara de su novia y de la casa en que vivía en Madrid. ¿Tú dónde vives? Le preguntó en un sueño a Rosa: yo vivo en la playa. Eres una rosa de mar, entonces. Ella se abrazaba más a él y él se despertaba abrasado por la fiebre.
En uno de los sueños los dos leían la entrevista a un escritor en una de esas páginas. Le preguntaban dónde vivía la novia de la fotografía que publicitaba vacaciones paradisíacas. Y él contestaba: es Rosa la que vive en la espuma, es Rosa la novia. Entonces se miraban y se reían. Rosa desnuda y mojada, con los ojos aún brillantes por el llanto en el baño, se acercaba a su boca y le besaba. Entonces él se despertaba llorando, pero ya no tenía fiebre.
A veces, relee las reseñas y entrevistas de esa caja de latón. Estremecido, se para en aquella parte:
-¿Qué es La Rosa?
-La Rosa, en poesía, es la poesía misma.
-En sus versos, a veces es lozana, a veces enferma.
-La Rosa es siempre efímera, tiene una vida corta, pero es eterna. No hay poema más hermoso que el que logre expresar ese contraste.
Luego vuelve a sus poemas, y relee el que escribió cuando ya estaba bueno, días después de la última fiebre, sobre la arena de la playa. En esos días había crecido sin duda, se sentía mejor, como si también hubiera crecido en sabiduría e inteligencia.

Contagiado por la fiebre de la rosa de mar enferma
causada por los primeros besos de amor que ella me dio
busco delirante en la orilla donde ella habita
sus pétalos grises y azulados
sus ojos brillantes por el llanto.
Todo es gris, todo es azul, todo es profundo
me sumerjo en su busca y cuando salgo
soy un hombre nuevo 
con la rosa abrazándome
con la rosa que enferma se moría siendo ola en la arena
resucita y es eterna siendo mar, Rosa de Mar, mía por siempre.


domingo, 28 de junio de 2015

Los Reencuentros Felices

Hace unos años, cuando yo escribía en esta bitácora a menudo y sin vergüenza de postear sobre tantas experiencias, titulaba con Los Reencuentros Felices algunas vueltas a algunos autores. Creo recordar que entre ellos estaban Francisco Umbral -como no-, Paul Auster, Don Miguel de Unamuno, Herman Hesse ...
En las últimas semanas he tenido tantos reencuentros felices que sería en vano añadir lo experimentado en el título, tantos hechos azarosos o buscados he gozado.
Y mi ánima, por dentro sin embargo, lloraba perdida y desvalida. Son varios los motivos que tengo para estar triste, pero esto que escribo hoy no trata sobre la tristeza. Un caballero, y no dudes que aquí yo lo soy, nunca habla de sus penas, si acaso de alguna tristeza antígua y abstracta, ese mal de los poetas y esa pena lírica y noctívaga.
Sé cuales son mis males, y a algunos no sé darles solución, pero a alguno de ellos sí, y eso estoy resolviéndolo ahora mismo.

Carlos Edmundo de Ory
Hace poco más de una hora regresaba a casa, y sólo por el gusto de atraer a la musa demoré mi paseo, pues anochecía, y mirando los altos edificios que por arriba inauguran mi calle, me acordé de ese verso del sabio y libre poeta Carlos Edmundo de Ory, que es para mí mi propia vida en los últimos años, pues estoy ...

borracho de ocio y de crepúsculos

Recuerdo el día que conocí a de Ory: el día que murió y que de él hablaron en la prensa. Entonces le leí, y le convertí en uno de mis preferidos, y enseguida publiqué en alguno de mis blogs algo sobre él. Por aquellos días, ya digo, escribía sobre mucho de lo que vivía, y hoy sentí que debía volver a algo de todo aquello.
Ya en casa decidí ponerme a esto, pues a ti te gusta leerme y a mi me hace bien, pues forma parte de mi camino, y estoy siempre perdiéndome en los mágicos bosques de sus alrededores. Cumplo todas las mañanas con una hora de lectura, ahora estoy en un reencuentro con Murakami, con su último libro, Hombres sin Mujeres. Interesante, te va a gustar.
Pero hablemos, sin embargo, de algunos de los otros encuentros.
Hace quince días tuvimos cena los de la EGB. A algunos hacía 27 años que no nos veíamos. Ante mi asombro, uno dijo que yo era muy popular, y otra recordó que yo era el que contaba los chistes. Tuvimos la fortuna de que nuestro colegio estuviera abierto por una fiesta que allí se celebraba. Allí entramos entonces para pasear los patios y hacernos fotos. Al pasar junto al gimnasio recordé algunas pesadillas. Qué poco me gustaba la gimnasia. Qué infeliz me recuerdo entonces. Pese a todo, en la madurez me encuentro más feliz que entonces, pese a mis paseos por lo más oscuro del bosque encantado de la vida, siempre alejándome del camino, siempre volviendo a él para comprobar que sigue allí y así ha de ser, pues soy yo mismo. Así que tomé al niño indefenso que fui y lo traje conmgo, rescatándole de esas torturas de gimnasio.
La semana pasada, esperando a mi amigo el crítico de cine -me gusta presumir de ello- me encontré con otro, uno de mis mejores amigos del instituto. Seguimos manteniendo la amistad hasta los 30 años. Luego, por razones que aquí no importan, nos distanciamos, lo que no quita para que cada vez que nos encontramos fortuitamente charlemos y a veces hasta nos tomemos algo. Me lanzó el piropo que todos me lanzan últimamente, "hombre, Zapata -me dijo entre la sorpresa y el recochineo".
LLevo ya casi un año dejándome la barba, y me da un aspecto que no disgustando a la parte de la población que más me importa, sí provoca en la otra la guasa y hasta el escándolo. Por una vez sigo la moda, esta vez la hipster, como si parte de la población que se cubre de ocio por la zona de Malasaña se hubiera convertido a la religión de Mahoma. " Cualquier día te piden los papeles y te meten en la cárcel -me dice un antíguo jefe, paternalista-" Pero los niños para los que trabajo me miran con simpatía y las mujeres con curiosidad y hasta con agrado, y esto es lo que me importa.
Otro reencuentro feliz fue el que tuve con Carolina hace una semana, a ella mi barba le parece bien, "pero un poco más corta, David, no estaría mal -me dice acariciándola-". Después de una dura semana de trabajo, y de un viernes de locura en el que durante catorce horas seguidas de cocinar, correr, hacer pedidos y preparar notas atrasadas, de dirigir a compañeras a las que no estoy acostumbrado a mandar-no me gusta y no me adapto al papel de jefe, pese a que mi jefa me lo recordara a principios de semana-, después de, también, servir cervezas y refrescos a docenas de padres sedientos, después de todo esto, digo, no se me ocuerre otra cosa que, en vez de ir a casa a descansar, llamar a mi compañero de correrías para tomarnos algo aprovechando la brisa benéfica en alguna terracita. Terminé -quizá era lo que necesitaba más que el descanso- en los brazos de Carolina. Cuando me vio aparecer corrió hacia mi. Normalmente se queda sentada y atenta esperando que reclame yo su atención, pero hacía meses que no aparecía yo por allí y parece ser que tenía tantos deseos de verme como yo de verla. Ante todo quería saber cómo iba su trabajo, si el negocio que quería poner ya funcionaba. Miento: ante todo quería su contacto físico, mirarla, sentir su placer más que el mío.
Con los efectos tan gratificantes de esta droga tan dura, solitario, me dejé perder por Madrid, hasta que cogí un taxi y llegué a casa con una sonrisa constante, y me dormí con el aroma de Carolina como nana.

Sonia, cual Venus Calipigia,
cobrando vida
entre mis manos
Tengo por costumbre, como ritual mágico o como costumbre extravagante, al cruzar los equinocios y los solsticios, el hacer ciertas cosas: son fechas de ocaso e inauguración. Suelo cortarme el pelo -y arreglarme la barba en el último año-, y suelo visitar el Jardín de Venus. No suelo entregarme por completo, quien yace con diosas ha de saber que el verdadero placer está en la contemplación de su goce, no en el propio goce egoísta.
No quiero olvidar, no busco olvidarme de mí mismo. Quiero recordar a cada una de ellas, sólo busco hacer de mi memoria un álbum con estampas dignas de un amante, de un literato, de un ser en busca del tiempo perdido y recobrarlo. Sólo quiero eso: recobrarlo.
Hace pocas semanas, es un ejemplo, volví a Sonia. Le leí la mano y le regalé una rosa. La estampa en mi memoria queda así: una estatua griega esculpida a cincel cobrando vida con mis manos en su cuerpo, con mis ojos en las líneas de su mano. Se acerca un indio o un chino -yo no lo recuerdo- y me ofrece una rosa para ella. Ella acepta la ofrenda. Y queda en mi memoria estampada su elegante figura con una rosa en la mano que leí.
Al día siguiente de lo de Carolina me reencuentro con antiguos compañeros de trabajo. Hace más de dos años trabajaba yo en un centro de menores en una finca custodiada por Sus Majestades los Gatos, que también eran alimentados por mí. Tú misma, transformada en gata de color canela, ibas a visitarme a menudo y me observabas mientras cocinaba. Fueron tiempos felices, tiempos de cambio, también tiempos duros. Echo de menos tu presencia felina siguiendo mis pasos, o es que quizá sigues ahí, pero más sigilosa y misteriosa que nunca. Y has de saber que amo a los gatos -Umbral también lo hacía- porque te amo a ti . Y tú dices que amas el Umbral que hay en mi. Menudo círculo vicioso.
Pues bien, uno de esos compañeros daba con su grupo un concierto de rock. Este educador, como profesional y como persona, es de una calidad humana excepcional, pues el trato que daba a los chavales era un trato familiar, hacía que no echaran tanto de menos una familia.

Umbral y gato
Yo no soy de los que creen, como tantos cretinos, que la vida sea una serie de ciclos que hay que superar. Creo que una evolución hacia delante también puede ser circular, que hay que pasear hacia atrás de vez en cuando y no olvidar lo bueno que hubo, que hay que retomar, que hay que salvar lo que nos hizo, lo que nos trasformó. Que todo es futuro, un espacio por conquistar, pero que somos pasado, y éste es nuestra cadena pero también nuestro arma. Yo creo en la vida como un eterno presente, y recojo las páginas del pasado para actualizarlas, y así tener un futuro habitado y reconocido. Todo lo mío está ya en el futuro, aguardando para ser poblado.
Curiosamente ayer tuve otro reencuentro azaroso, con algunos parroquianos de La Cueva. A este garito habría que dedicarle un próximo post, donde tanto y tan bueno vivimos. Qué pena que desapareciera, pues era un báquico templo donde yo ejercí de guía para almas sedientas y lo señalé como lugar de peregrinación. Allí, alrededor de dos años, fui considerado como lo que soy: un personaje famoso, un pieza. Menudo pieza "el Pizo", se decía por entonces.

Un retal para Hilvanes

"Los días van cayendo poco a poco encima de los anteriores y, a su vez, los entierran los siguientes. Pero todos los días pasados se quedan depositados en nosotros como en una inmensa biblioteca donde hay libros más viejos, y algún ejemplar que seguramente nadie pedirá nunca. No obstante, si ese día pasado, cruzado por el espacio traslúcido de las épocas siguientes vuelve a la superficie y nos cubre, tapándonos del todo, entonces, por un momento, los nombres recuperan el significado antiguo; y las personas el rostro antiguo; y nosotros nuestra alma de entonces; y sentimos, con un sufrimiento inconcreto, pero que se ha vuelto tolerable y no durará, los problemas que hace mucho se tornaron insolubles y tanto nos angustiaban a la sazón. Se compone nuestro yo de la superposición de nuestros estados sucesivos. Pero esa superposición no es inmutable como los estratos de una montaña. Hay perpetuamente plegamientos que hacen aflorar las capas antiguas".
Marcel Proust. En busca del tiempo perdido

Coda a Sonia

Desnudémonos pues como viejos amantes
que lo mismo de siempre nos queda delante.
Desnudémonos pues como viejos amantes
que se apague la luz y que el sol se levante.
Te quiero salvar de tu desnudez
en pleno centro de la soledad.
Me quiero salvar haciendo revolución
desde tu cuerpo de cristal.
Algo nos está pasando, ayer te leí una mano
y cada dibujo al verme me interrogó.
Algo nos está pasando, ayer apreté el interruptor
de encender la luz y encendí el sol. 



Algo nos está pasando, ayer te leí una mano y cada dibujo al verme me interrogó ...

lunes, 30 de marzo de 2015

Los señores de la montaña y las torres de marfil

Muchos días de desazón social me abrigaba en la idea de una misión, la misión Torre de Marfil, y tan sólo esa ensoñación me salvaba del mal social, creyéndome un otro, un sabio en su torre de marfil.
Monsieur de Montaigne vivía tan ricamente instalado en su torre de marfil, y no le fue nada mal, al menos la herencia que nos dejó es germen, semilla, generadora.
Yo me he convertido en un modelo ser aristotélico, ser social, ser político, ser un gusano más en la podrida manzana de la insania, de la situación de la nación.
El mismísimo señor de las altas cumbres
donde hemos de llegar algún día.
Michel de Montaigne.

Por vanidad prefiero decir que vivo el spleen de Madrid antes que reconocer que soy gregario. Son fatuas ventajas que tiene el haber leído. Me gusta visualizarme sin embargo en la ordenada vida del literato sabio en su santuario. Agún día seré como Montaigne, como Pla, como Kant, como Umbral, como Patricia Highsmith, o como el mismísimo Proust. Como la santísima quimera del literato en sus atributos más atractivos.
Por compensar, ya que no escribo tanto, ya que ya no soy tan creador, sí soy al menos un sujeto literario con sugerentes predicados. Me envidian los casados y me admiran los solteros.
Cocinero ilustrado, voy diligente por caminos rectos con intenciones apolíneas, desviándome a cada reclamo del bosque de lo dionisiaco. Por eso me veo más reflejado en la primera imagen, queriéndome en la segunda, cuando en la segunda se me escribe a mí, que quisiera ser yo el que escribiera la escena primera, y en este círculo vicioso -pues vicioso soy un rato- estoy, querer y no poder, la realidad y el deseo, o sea.

Ilustración que Lewis Carroll hizo para su obra magna,
supongo que para el episodio de la merienda de los locos
 Contento estoy, pues al final he conseguido los ensayos completos de Michel de Montaigne, padre de todos los pensadores de andar por casa, que ven el mundo y lo escriben, como Josep Pla, y así más o menos mencionado por Francisco Umbral. Me los ha regalado mi amiga Perséfone. Bueno, ella me regaló una tarjeta regalo, y ante sus narices -que luego mordí lujuriosa, tiernamente-, tomé el gordo y goloso tomo. Ella se compró el Ser y Tiempo, de Heidegger.

El gran Jardiel escribiendo la insania del mundo
 Luego compartimos tapas y cervezas con otras amigas: una nos habló del carro platónico, el alma en un carro y el auriga que es la razón y los caballos que son los impulsos y yo pensando vanidoso y egocéntrico, recordando la bella y cierta alegoría, que todos escriben sobre mí, hasta el mismísimo Platón, no sólo Lewis Carroll, no sólo Jardiel Poncela.
Después, la bella Perséfone y yo nos quedamos solos y bebemos café y luego ella Baileys y yo bourbon. Es agradable estar fuera bebiendo y fumando en una terraza, los dos muy juntos, hablando de sexo, de lo que no haremos esa noche, pues tenemos una tensión sexual no resuelta que queda platónica mareando la cuestión entre lo casto y lo guarro, caballo casto, caballo guarro, jamelgos divergentes en el mismo barco alado.
De camino a casa, hojeo el voluminoso ejemplar de sabiduría y leo fragmentos. Te gustará Montaigne, lo sé, hubiera comprado el libro ante tus narices cuando vinieras a verme, pero te las morderé igual, lujuriosa, tiernamente.

Heredero del título de Señor de la Montaña, Michel de Montaigne decidió en su larga baja de funcionario encerrarse en su torre de marfil, oh, su castillo. Cenaba con su esposa temprano y frugalmente y luego entre libros y conversación quevediana con los difuntos, escribía la vida y su ego ante ésta. Sobre el tamaño de su polla -según parece es cierto-, sobre clásicos latinos como Propercio,  Plutarco y Séneca, sobre las razones del vestir la desnudez y sobre el qué sé yo y esto también es cierto-.
Yo recordaba a Josep Pla, en su torre de marfil, señor de su montaña, pasando el día en la cama leyendo también a los clásicos y escribiendo la vida que pasa. Luego se iba de cena con los amigos y en amor y buena compañía se iban todos al burdel. Vida ejemplar donde las haya, así su sempiterna y oriental sonrisa.
También a Kant, cuya semblanza leí no hace mucho, el más importante filósofo hacia la modernidad, tenía una rutina de fumar y dar clase y de comer por ahí y de tertulia con los amigos y luego leer y escribir y todo a las mismas  horas cada hecho en su momento tan así tan ordenado que el vecindario sabía la hora que era por el momento en que pasaba paseando el reloj de nuestro pensar, Immanuel Kant. También hay que leer a Kant, su ética en la que hay que ser lo que se quiere ser, aunque no lo seamos. Aunque yo no sea bueno, si hago lo bueno, bueno seré, e imponiéndonos la norma ética seremos por fin ese Yo por el que luchamos, esa sociedad perfecta, esa quimera que nos devora por no existirla. Kant, ese coñazo en COU, ha de ser un padre espiritual, un espejo en el que reflejarnos.
Pla, sonriendo siempre como el gato de Cheshire

Y más señor de la montaña que nadie, más que nadie en su torre más marfileña que ninguna, está Marcel Proust, el tío tumbagas de la literatura, en dura competencia con Carlos Onetti. Pla, si no hubiera sido tan putero y tan vivales, hubiera formando parte de una trinidad de tíos tumbagas muy curiosa, escribidores en la cama, escribiendo la vida, su ego, su polla y el vestir con literatura esta desnudez nuestra que nos tiene ateridos y perdidos, desconcertados.

Un retal para Hilvanes

Aunque hay muchos artistas que han puesto imágenes en ocasiones concretas a ‘Alicia en el País de las Maravillas’  (entre ellos, Dalí), lo cierto es que las ilustraciones que solemos asociar con la obra magna de Lewis Carroll son las de John Tenniel. Se trata de un ilustrador y humorista de finales del siglo XIX al que Carroll recurrió personalmente al darse cuenta de que sus propios dibujos pecaban de amateurismo. (Seguir leyendo)

Coda

Quiero más forjar mi alma que amueblarla

(Michel de Montaigne. Ensayos)

domingo, 9 de noviembre de 2014

Las hojas del Otoño son las ruinas del sol del Verano

Monedas sucias de cobre
un manto que tu cuerpo cubre
notas de soledad que cimbra
el viento desde su cumbre


Otoño: trastienda de trastos rotos.
Otoño: quizá la estación más valiente, pues ante la llegada del frío se desnuda.
Otoño: la estación seca de la lluvia seca de las hojas secas.
Otoño: sus hojas son las ruinas del sol del Verano.
Otoño: se engañan los poetas que consideran la Primavera como la estación romántica. No es si no el Otoño, pues es la estación de las ruinas.

Un retal para Hilvanes

... la madrugada vino y se fue con el viento de Otoño con recuerdos abandonados por los tejados ...



Cambra de la Tardor, un poema de Jon Juaristi.

Aquí llega el otoño, con su voz de ceniza,
desalentando sueños, cubriendo de hojarasca
las imágenes rotas que el coraz6n conoce.
Ante mi casa lloran las cañas azotadas
por el viento nocturno, y asciende hasta mi cuarto
el olor inquietante de la tierra mojada.
Conozco esta fragancia de carne entumecida,
de deseo imposible: es la estación del miedo.
La vida se derrumba como una torre endeble.
Amor, un dios decrépito recorre Vinogrado.
Oigo bajo la lluvia sus pasos inseguros
y un bordón que golpea en los árboles muertos.


sábado, 27 de septiembre de 2014

Jakob von Gunten, de Robert Walser


Y si yo me estrellase y perdiese, ¿qué ser rompería y se perdería? Un cero. Yo, individuo aislado, no soy más que un cero a la izquierda. Y ahora al traste con la pluma. ¡Al traste con las ideas! Me voy al desierto con Her Bergamenta. Quiero saber si en medio del Páramo es también posible vivir, respirar, ser, desear y hacer sinceramente el bien, y dormir por la noche y soñar. ¡Bah! Ahora no quiero pensar en nada más. ¿Tampoco en Dios?  ¡No! Dios estará conmigo. ¿Qué necesidad tengo de pensar en Él? Dios está con los que no piensan. Adiós, pues, Instituto Benjamenta.

Robert Walser. Jakob von Gunten


Novela de culto


Rompo o interrumpo mi silencio o mi siesta para hablaros de esta pequeña y gran obra, fundacional y estupenda. 
Nos quedaba por leer, de entre los grandes pioneros de la modernidad, a Robert Walser, escritor para escritores. Iba adelantado a los adelantados. Kafka entre otros, entre risas, siguió sus huellas, dicho de otra manera: fue por él influido.

Jakob, personaje genuino


La verdad es que sí, que la novela es carcajeante por momentos, risueña entre esas paredes de tedio del Instituto Benjamenta, donde un grupo de adolescentes se prepara para el mundo, para ser nadie, para ser ceros a la izquierda. 
Jakob es nuestro virgilio por ese universo benjamenta, universo cerrado que nos abre con su espíritu curioso, su mente abierta, su corazón expectante. Hay cierta tensión entre la realidad esquiva y los deseos adolescentes. La vida está por llegar y Jakob se prepara para recibirla con los brazos abiertos y actitud desafiante, pero luego todo resulta ser nada, o es que no somos nadie y el mundo todo nos devora.
Jakob es uno de los personajes más perfectos que me he encontrado en mi periplo como lector -aún alumno lector, aún principiante, pues todo me queda por leer y aún soy muy joven, un Jakob von Gunten lector ante la literatura vida-.
El joven Robert Walser
Es, digo, un personaje literario perfecto. La narración es un diario, un monólogo interior sin la traca jamesjoyce aún, sin las voces afines faulknerianas todavía. Es la suya una voz narradora sencilla, con todas las complejidades propias al ser humano, por eso dirá Vila-Matas que Jakob von Gunten somos todos. También yo, por supuesto, y quisiera imitar su voz para escribir esta reseña, con la contradicción pura de ser humano y para más inri adolescente. Jakob von Gunten, con su voz, sería el reseñista perfecto de sí mismo, por eso todo acercamiento a ese microcosmos imagen del mundo será en vano.
Jakob es un joven inteligente -inteligentísimo- y lleno de humor -que se lo pregunten a Kafka- y de ternura -pese a su juego travieso a costa de los demás. Lo leemos por ejemplo cuando retrata a sus compañeros, sobre todo a Kraus, su antagonista. Kraus representa al alumno perfecto para ser nadie, un ser que no se plantea las normas, que obedece sin más.
Jakob es escapista, cae en el autoengaño, pero tiene el don de la genialidad, su interior es rico en fantasías llenas de metáfora, de humor y de ternura, de lirismo. También se escapa hacia fuera, no sólo hacia dentro. Le vemos paseando por las calles en la pose de ser otro, de alguien que aún no es y que quisiera ser. Hasta se va de putas alguna tarde ociosa, como usted podrá leer en la mediateca de nuestro amigo el Marqués de la Pollalzada. Es un ser erótico, vaga entre su puro amor a la maestra, Fraülein Benjamenta, a los libidinosos sueños con mujeres desnudas. Con una gracia única en literatura, relata también algún tonteo homoerótico entre compañeros.  
Recordemos que hemos leído aquí en Manicomio otros libros sobre institutos: el Törless de Musil y a Vargas Llosa en La ciudad y los perros, sendas metáforas del mundo viciado y vicioso, como el Instituto Benjamenta.
Un anciano Robert Walser bajo la lluvia
Lo que aquí nos parece genuino de este personaje es la pura contradicción, ese cariño interior hacia los demás personajes frente a su actitud traviesa y juguetona, sacando de quicio a todos, hasta el propio lector, que lee estupefacto e interrogante cómo puede ser posible en un ser tanto mundo para nada. 
Tanta nada para el mundo.

A lo Jakob von Gunten


Compré la novela uno de los últimos sábados del verano. Había pasado la tarde con mi amiga Perséfone, estuvimos en la terraza del Hotel de las Letras, donde la leí infames poemas de otros amigos -me amenazó con suicidarse tirándose a la Gran Vía- y bellos poemas míos -entonces me quiso un poco más, pero es lo que le decía luego a alquien en la Plaza del Olavide: toda la tarde leyéndole mis poemas y ni siquiera me mete mano un poco-. Luego paseamos hacia Callao, donde anochecimos, y antes de la noche cerrada, teniendo tiempo disponible hasta mi cita en Olavide, me metí en La Central y estuve posando para el mundo a lo Jakob von Gunten, modernamente, como Baudelaire. Un ser para la modernidad, que para algo me estoy dejando barba de talibán y llevo gorra -me han dicho de todo, que si parezco musulmán, dominicano, mafioso de la Costa Azul, hipster, Cortázar y hasta el mismo Che Guevara-. Voy a lo hipster mirando libros y me encuentro con esta joya de libro. Vila-Matas nos lo había recomendado en voz y escritos, y ya sabemos lo que es don Enrique, un escritor puente, alguien que nos lleva a otros, generosidad literaria, amigo generoso que nos presenta a otros y siempre acierta. ¡Oh, escritor musa! Gracias por este libro.

Un retal para Hilvanes


Vila-Matas a viva voz en mi jardín: yo también soy Jakob von Gunten






lunes, 16 de junio de 2014

Bloomsday 2014. Recordando el Ulises de Joyce


Bloomsday


Fiesta lieraria


Viendo a esta singular gente pasándoselo tan bien, me han entrado ganas de participar en la fiesta, a ratos y desde mi alcoba, riñones de cordero y burdeles sadomaso en la memoria, con una armoniosa melodía que surge de un piano en algún momento, en algún capítulo, olas de mar y cojas enseñando pantorrilla.
Cierto estilo de vanguardia y catecismo, una manera de monologar interiormente una mujer, además de algún capítulo infumable escrito mal a propósito.
A propósito de Joyce, mi tío Vanguardias, que si no lo hubiera hecho él quizá nadie se hubiera atrevido a tamaña gamberrada antirromántica: hacer ruinas de lo sagrado para crearlo de nuevo. Recordemos que Romanticismo es hacer surgir de las ruinas lo añorado de una manera ideal, sacra. Lo que hace Joyce, sin embargo, es destrozar, forzar la ruina, para crear a su antojo. Modernismo frente a Romanticismo. La broma le salió tan bien que hasta le estudian en las universidades. Quizá, él y yo lo sabemos, tan sólo quería contar un chiste que sólo entendiera él mismo.

El Ulises como libro de autoayuda.


Me acaba de comunicar Hilvanes que la bohemia se acabó:
http://www.enriquevilamatas.com/eduardolago/AnnaLiviaPlurabelle12.html
Y yo digo que no, que no es posible, siendo el Ulises una obra del Sí.
A la mierda los libros de autoayuda, no se confundan, esas secciones en las librerías son lugares de culpa y mea culpa, ¿por qué no soy feliz si los he leído todos y he seguido las pautas para sanar mi vida y eliminar mis zonas erróneas?
Los verdaderos libros de autoayuda se encuentran en la sección de clásicos. El Maestro y Margarita, La Saga/Fuga de JB, El gran momento de Mary Tribune, Guillermo el Travieso, Alicia en el País de las Maravillas, David Copperfield, El Eclesiastés, Don Quijote, Travesía de Madrid, Ulises -de Joyce, claro, aunque la Odisea también, claro-.
Las pautas a seguir para ser más feliz que propone Joyce son estas, y no tiene que ser por este orden:
-Tómese un desayuno contundente como unos riñones a la plancha y lea el periódico sentado en el trono.
-Vaya al entierro de algún conocido acompañado de amigos que le ninguneen.
-Bébase unas cervezas negras.
-Agítese la sardinilla en la playa mirando a las muchachas, aunque sean cojas.
-Váyase de putas con algún amigo y practique el sadomaso con un fondo de muebles parlantes que cuenten sus intimidades.
-Filosofe sobre lo humano y lo divino con este amigo.
-Escuche el orgasmo de una mujer hermosa, ¡oh, sí, sí, síiiii!
El Ulises termina así, con Molly Bloom lanzando un sí. Pocas obras hay tan vitalistas como ésta.
Y si aún así sienten inclinación por la culpa, no pierdan el tiempo leyendo esos libros de la sección de autoayuda, mejor lean otros clásicos como Kafka y Dostoievsky, grandes conocedores de la complejidad humana.

Joyce y yo.


Hoy, sin embargo, no he encontrado mejor manera de celebrar mi Bloomsday que escribiendo sobre el Ulises. Otros años me he tomado unas guiness para brindar por Joyce.
Es que yo, a lo largo del año, ya celebro bastantes Bloomsdays. Este sábado anterior, por ejemplo, me tomé unas cuantas guiness. Eso es lo de menos. Lo demás es que tengo días en que, desde que me levanto hasta que me acuesto, darían para escribir varios clásicos de la Literatura.
Me hago acompañar por gente tan bohemia como Joyce, Baudelaire, García Hortelano, Umbral, el Gato de Cheshire -que viene a contarme que tú, mi Alicia, aún tienes alguna alcoba en tu corazón donde yo habito y no habita el olvido-, y Garcilaso de la Vega. Sobre todo, a diario en mil batallas, Garcilaso. Y por las noches de farra Baudelaire, y en mi soledad también. Y Joyce en muchas maneras de mirar el mundo, tan raro y de sintaxis tan difícil.
El tío Vanguardias y yo. James Joyce, Ay.
Por las mañanas, de camino al trabajo, más de una hora con libros y somnolencia. Leo a la Munro, leo a Kipling, leo a Borges y a Bioy, leo a Baudelaire. 
Leemos las obras y luego las olvidamos o las vivimos. Yo prefiero lo segundo. No sólo me empapo de la obra, sino del personajes que la creó. Me dejo acompañar por ellos, que pusieron tanto de sí en sus páginas. Voy con Umbral, voy con Joyce, voy con Baudelaire. Son mis amigos, me ayudan a vivir, me hacen feliz con sus gamberradas literarias. Se creían excelsos, pero nunca se tomaron demasiado en serio. En el fondo son gente muy campechana, como nuestro rey jubilado, Juan Carlos. Y ahora que se retiró de sus funciones y correrías, sólo me queda la esperanza monárquica de, en alguno de mis bloomsdays, encontrarme en un burdel con Felipe VI. Si Juan Carlos I fue leyenda urbana, también lo será su digno sucesor, Felipe VI.
Sí.

Un retal para Hilvanes


Una anécdota de James Joyce, a quien un día una periodista, tras mucho trabajo, logró entrevistar y le hizo la pregunta clásica de ¿Para quién escribe usted?, y Joyce le contestó: "Cuando yo escribo estoy sentado en la punta de una mesa; en la otra punta está un señor que se llama James Joyce. Bueno, pues yo le escribo cartas a ese señor". 


Coda


Quien pudo ser quiero que seas tu, 
dímelo dimelo una vez, fue una burla por favor, 
dímelo, confiesa, tal vez no existas, ante la duda un sueño, 
cariño, mi vida, criatura de rubí, 
que puedo hacer sin tu vigor


 aun que sea solo un gesto, 
un guiño solo un beso, inténtalo una vez, 
o antes de cada cita mi deseo es que digas 
siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii. 

domingo, 11 de mayo de 2014

Que trata de los vicios y de lo infinito




Feria del libro antiguo y de ocasión


Como todas las primaveras, hombres y mujeres del hierro cultural indoblegable somos imantados al paseo de los Recoletos.
Mi problema es la falta de espacio, y aunque me tientan las obras completas de Guy de de Maupassant a precio de saldo y en vieja y entrañable encuadernación, termino adquiriendo la delgadez de Novalis y Leopardi, a los que siempre estoy a punto de tomar y nunca tomo, en tomos de tapa dura, pero torpe de mí, sin estudio preliminar, sin un buen prólogo. Así que me arrepiento, pero no demasiado.
La compra de verdad interesante es El spleen de París, de mi compadre Baudelaire, con el que tanto amamos. Editado por la delicada Espuela de Plata, me aseguran que está a mitad de precio.
El que conmigo va, como siempre, se compra lo mismo que yo multiplicado por diez. Ojalá tuviera yo su espacio. Y su dinero.

Gabo


A Gabriel García Márquez aquí en Manicomio le vivimos más que le leemos, pero también le leemos para saber que le vivimos. La tarde feliz y soleada en que terminamos Cien años de soledad, las noches de verano en que leímos El amor en los tiempos del cólera, la lectura en alta voz, en una piscina, de los relatos de Los funerales de la mamá grande, y cómo nos angustiamos con El coronel no tiene quien le escriba, y cómo celebramos Memoria de mis putas tristes.
La última puta que me dio su teléfono era triste también, y me recomendó Crónica de una muerte anunciada. De vez en cuando miro en su wassap por enterarme de su estado y ver su foto -a veces me sale ninfa de extrarradio y a veces voluptuosa de mercadillo, a veces publica lemas muy mal escritos pero devotos y llenos de sentimiento, gratitud, y autoestima-. Después de una semana atormentada no la llamé, pues siendo de la ciudad de Cali y teniendo maromo, ya me veía yo pidiéndole clemencia a la Virgen de los sicarios por mis ganas de romance y aventura, oh, desventurado.
(No sólo ando falto de espacio, sino de tiempo. Este apartado viene a destiempo, pero más vale un requiem tardío que temprano)

Ida


Una monjita de vida intonsa y de mirada intensa decide vivir -como le comentó su tía suicida- algo de pecado antes de tomar los hábitos, por no vestir los santos por inercia, como tantos hacen tontos. Fuma, bebe, se lía con las cortinas embriagada, se baja las bragas antes un guapo saxofonista. En el marco de una Polonia comunista llena de feligresía católica. Con aroma a jazz y humo de incienso y tabaco, con aroma en blanco y negro y fragancia a mirada intensa de rubia mona y mocita.
El rapto de Perséfone, por Bernini
Es de lo mejor que hay en cartelera, invito a mi amiga al cine, y ella invita a café en la librería Ocho y Medio, y luego también se empeña en invitarme a cerveza y chuminadas del Mcdonalds.
Durante la película pienso en ella y sé que le está gustando mucho, y me acuerdo de tí, te gustará mucho también, por esa manía que tienes todos los veranos de dejarme solo por meterte en un convento, mi intensa Perséfone de noviazgo intonso -de páginas cerradas-. Mi amiga Nieve y tú no sois muy distintas pues sois muy perséfones y guadianas: aparecéis y desaparecéis. Enclaustradas o liberadas, qué sé yo, es este complejo de Perséfone que tenéis todas a las que yo amo.




Un retal para Hilvanes


Nos ha dejado la decana de las letras españolas, Mercedes Salisachs. Así hace su necrológica el escritor catalán Ignacio Vidal-Folch.(link)
Yo le traigo a usted hoy este retal, un fragmento de la entrevista que le hicieron en la revista Mujer Hoy, donde se habla de nuestra gente: Jardiel, La Gaite ...


MH. Pero siempre habla muy mal de sus inicios. 
MS. ¡Uy! ¡Un desastre! Empecé mi carrera con un fracaso sonadísimo. Pero dos personas me apoyaron: Eugenio D’Ors, que dijo cosas muy bonitas de mis escritos y me animó, y Enrique Jardiel Poncela, que me escribió una carta preciosa. Yo fui a verle a un café en el que escribía y nos hicimos muy amigos. Murió poco después. Conservo algunas cartas suyas y creo que incluso escribió una poesía para mí. Pero “Primera mañana, última mañana” fue la única novela seria de esa época. Descubrí cómo tenía que escribir y ya no paré. 
MH. ¿Le resultó todo más difícil por ser mujer? 
MS. No mucho. Ya había muchas mujeres que escribían: Ana María Matute, Carmen Martín Gaite, Carmen Laforet... Martín Gaite era simpatiquísima, buenísima. Cuando la conocí estaba empezando a escribir. Su marido, Rafael Sánchez Ferlosio, ya era premio Nadal. Ana María Matute y yo también nos conocimos de jovencitas. Yo le tenía una gran admiración, la quiero mucho y creo que ella también me quiere. Lo pasó mal en su matrimonio. Su marido era muy buen escritor, pero un ser alocado y rarísimo. Ella merece ser académica. porque conoce el castellano de maravilla. 

L
eer entrevista completa (link)
De esta mujer creo que tengo por ahí una novela de hermoso título, El volumen de la ausencia. No digo que en un futuro no la leamos.

Coda

¡Ay los vicios humanos! Son ellos los que contienen la prueba de nuestro amor por el infinito. 
Charles Baudelaire 

Baudelaire, por Courbet