jueves, 20 de septiembre de 2012

Memorias de un hombre de madera, de Andrés Ibáñez


Andrés Ibáñez, con la mejoria del hombre
de madera en sus manos
Dice así:
Esteban, un ebanista que disfruta construyendo relojes de cuco, se deja llevar por la curiosidad y entra en contacto con el Club de Buscadores de la Montaña. El protagonista y narrador de Memorias de un hombre de madera iniciará así un recorrido apasionante tras el misterio de su verdadera identidad. Visión personal y actual del mito de Prometeo, escrita con una prosa ágil que rezuma escepticismo y humor, Andrés Ibáñez ofrece en este libro una historia de sorprendentes giros, que ahonda con interés en las eternas preguntas sobre el sentido del mundo y el hombre, según ha destacado el escritor y académico José María Merino.

Puesto que Andrés Ibáñez escribe sus artículos y novelas para mí, con mensajes ocultos que sólo yo comprendo, muy bien podría ser uno de esos fanáticos que salen en las secciones de sucesos con cartas de amor por bandera y lágrimas de pasión incontrolada. Pero no me llega la estupidez para tanto, tengo que repartirla en dosis diarias para poder andar por este mundo con un poquito de felicidad.
Algo parecido me sucede con las tramas metaliterarias de tito Quique, como Bartleby y compañía por ejemplo. Que yo me vea reflejado en ellas me hace libre de reclamar su tutela. A veces siento que soy personaje vilamatiano, y a veces siento que mi padrino me roba las ideas. Ahijados bastardos de célebres escritores, ¿hasta cuando aguantaremos ser seres de tinta y tropo?
-Metafórico estáis.
-Es que no existo.
Cartesianamente, no existo, pues no lo pienso. Mejor será sentir, soñar, gozar, sufrir, será mejor ser canto instantáneo y libre que un metódico explorador de las literaturas.
Leo a Andrés Ibáñez todas las semanas como quien tiene cita con un psicoanalista. Alumbrador de sombras en sus artículos semanales, ya desde el principio me asombraba de esa capacidad suya de contar interioridades.
Entre Jung y Borges, cotidiano y simbólico, Andrés Ibáñez lo mismo te hace reseñas de libros del sol naciente que te comenta discos y conciertos. También es crítico de arte. Yo de mayor quiero ser Andrés Ibáñez.
-Ya eres mayor.
-Para lo que a tí te interesa, ¿no te jode?
Pepito Grillo es la voz de la conciencia, y yo resulto ser un Pinocho más rebelde y sincero que el original. Más vicioso también. En aquel capítulo en que Pinocho se iba con los muchachos a darse a los placeres y la mala vida me veo yo ahora.
Mi hada madrina quizá esté enfadada conmigo, pero no me lo dice, miente más que yo, se oculta más que yo, es a ella a quien le va a crecer la nariz. En mi cuento los roles están intercambiados. Yo ya no miento, me conformo con eludir verdades como quien se defiende de las fieras del camino. De vez en cuando me enfrento a una verdad y la estrangulo, de vez en cuando miro tu verdad y dejo que me mate un poco más, más por el juego erótico que vimos en El imperio de los sentidos que por querer morir.
Recuerdo que en mi adolescencia recorté de una revista un fotograma de esta película donde la japonesita, montada sobre su nipón le estrangula. Tal como hoy de vez en cuando recorto algún artículo de Andrés Ibáñez, luego me los encuentro años después cuando releo algo o muevo un libro de mi librería.
Al igual que Pinocho, Memorias de un hombre de madera es otra versión más del mito de Prometeo.
Todo un arquetipo.
Y hablando de arquetipos no sé yo si Andrés fue a ver la exposición del magno William Blake, y si la ha comentado en algún medio. Yo fui a verla anteayer y como un buen Pinocho, en vez de venirme a casa a escribir una crítica elogiosa, me fui de borrachera con los muchachos.
Uno debería mantener un blog con cosas así, como mi peripecia en La Central, la nueva librería inaugurada en Madrid.
O reseñar las últimas películas que he visto.
Más que nada para que tú me leas, que cada vez soy más tacaño contigo en posts, y más de una vez te he dicho que me pasaría las horas escribiéndote.
Pero también has de saber que me falta el tiempo, que los últimos meses han sido duros, y que tengo que invertir el tiempo en necesidades inmediatas.
Quizá recordarás que hace más de un año en un correo, en una de tus despedidas, te comentaba después de desearte suerte cómo me gustaría ser humano como vosotros.
Por esas semanas yo bromeaba con esa idea: yo soy un niño de madera, solía decir, no tengo por qué comportarme como vosotros, si ciertos derechos no me han sido concedidos, ¿por qué tengo que acatar ciertos deberes? Hay una ley de compensación. Ese es uno de los lemas de Sollozo, más lluvia que llanto, puesto que estamos aprendiendo, eso sí, más a llover que a llorar, como dice el poeta Carlos Marzal: gente que ve llover, gente que llueve. Ya casi no lloro, pero sí voy empapándolo todo con habituales tormentas y risueños sirimiris y calabobos, pues hay que refrescar este jardín que habito.
Esta idea defensiva que solía sacar yo en reuniones de amigos, más que nada por hacer reír a las chicas, me la he encontrado este mes en el libro de Andrés Ibáñez. Si ya me encontraba mensajes dirigidos a mí en sus artículos, el azar o el destino -que cada cual lea según su sino- hizo que me viera paseando mi palmito en esta novela mgnífica.
-¿Cuándo vas a dejar de fumar, David?
-Cuando deje de ser un niño de madera y me gane el derecho a ser un niño de verdad.
La novela en un principio da un poco de grima, recuerda a esas novelas de autoayuda que hacen furor y dan ardor en el estómago del alma. Algo entre Juan Salvador Gaviota y El Alquimista. Pero uno se va dando cuenta según avanza en las páginas que hay más propuesta literaria, y ya avanzada la novela con giros en la trama vamos viendo cómo nos adentramos en la ciencia ficción, AI, Inteligencia artificial, y ¿Sueñan los androdides con ovejas eléctricas?
He tenido la impresión, quizá desacertada, de que el giro que da el relato no fue premeditado, que la novela iba encaminada hacia lo metafísico cuando el autor decidió torcer por el sendero de la ciencia ficción, más libre y menos laberíntico.
El grupo de buscadores de la Montaña, que ocupa las dos primeras partes del libro, casi desaparece en la última parte, cuando se nos descubre el misterio de Sebastián.
En las últimas páginas tenemos hasta una interpretación metaliteraria.
Que la novela no sea confusa es signo de que no es pretenciosa, por eso este giro inesperado y el desconcierto por no ahondar más en la trama inicial no son sólo perdonables, sino hasta lógicos.
Hay autores que parece que no saben cómo dar solución a una historia, uno se encuentra con que todo ha sido un sueño y arreglado. Pues no. A novelas brillantes, finales brillantes. Esto se lo perdonamos a Hermann Hesse: por ser vos quien sois.
A Andrés Ibáñez no le sucede este mal de tantos literatos, no elige una opción fácil, aunque la que él le da a su novela sea inesperada y desconcertante. La vida está llena de opciones con las que no contamos, sorprendentes. Él elige una opción feliz y luminosa.
Que sigamos leyendo a Andrés Ibáñez tiene que ver con esto, en sus artículos son normales la sorpresa y la felicidad. Y que la sorpresa sea normalidad se agradece mucho.
Ambientes cotidianos, retratos pintorescos de personajes que lo son, realismo en el exterior y magia en el interior, difícil mezcla bien llevada.
Un estilo ágil, hermoso y lírico por momentos.
Una sencillez envidiable.
Sin embargo, y es algo personal, prefiero seguir considerando a Andrés Ibáñez como a un Hermann Hesse contemporáneo y español antes que como a un autor de ciencia ficción entre tantos.
Cada lector es libre de valorar lo que ama, y nosotros en Manicomio amamos a Andrés Ibáñez  por esos detalles misticocuánticos, miticocuánticos. Como buscador, como perseguidor que soy, el camino de conocimiento que ofrece este hombre me interesa. Me regalo el derecho a la interpretación, más cuando sus artículos y relatos están escritos para mí.
Me he sentido identificado con el protagonista de la novela. Más vicioso yo, más sucio yo, menos casto yo.
Quizá por esa idea de que sólo puede sentirse limpio quien ha estado sucio, esa lección catártica cristiana de que sólo merece ser perdonado quen tanto ama.
Muñeco de manos sucias soy. Desde este no tiempo en el que vivo, tus besos y tu lluvia de siempre me las lavan aún hoy.

sábado, 25 de agosto de 2012

La Trilogía de Nueva York, de Paul Auster


Paul Auster, un escritor elegante.

Considerada una de las grandes novelas de los años 80, y la que hizo célebre sin remedio a Paul Auster, La Trilogía de Nueva York debería formar parte de ese canon para libros de texto y demás guías para caminantes literarios.
El asombro, la Maravilla, la tuya fermosura y el libro de la nostalgia.
¿O es que acaso no estamos formando ya ese libro de todos los libros leídos, de los mejores libros leídos?
Sin duda, esta novela que son tres novelas formará parte de mi particular canon, de mi nostalgia futura, tanto es así que ya la estoy añorando.
Sin duda, las páginas que conforman La Habitación Cerrada, última novelita y colofón de la Trilogía, es uno de los mejores relatos leídos. Un relato pura sangre, el mejor Paul Auster y una de las vías de la mejor literatura posible: la de una historia bien contada.
(de las otras vías ya he estado hablando en los trescientos post anteriores)
Tanto es así, que las dos novelitas primeras de la Trilogía me parecen pequeñas, siendo de lo mejor de Paul Auster, comparadas con esta Obra Mayor. Habrá quien prefiera las otras, pero esta es mía, y página a página he ido quitándome el sombrero y adentrándome en el misterio de este personaje, Fanshawe, como un gran Meaulnes contemporáneo e igualmente inolvidable.
Quizá me gustó y turbó más El Libro de las Ilusones, libro mágico donde los haya, pero en La Trilogía de Nueva York hay una empresa mayor, una construcción irrepetible e irreemplazable, otra vuelta de tuerca más a la Literatura.
Heredera directa de Kafka y de Dostoyevsky -a mi modo de ver, o mejor dicho de sentir, ya que el primer relato, Ciudad de Cristal, me produjo la misma desolación que la lectura de El Doble-, hasta el mismísimo padrino de las letras españolas, don Enrique Vila-Matas -que tantos ahijados bastardos tiene, entre ellos yo mismo-, quedó fascinado por su lectura (link).
Luego se harían amigos, se meterían en polémicas tertulias, y se visitarían para cenas y otros saraos para escogidos plumerillas. El uno menciona el otro en alguna de sus novelas de autoficción y búsqueda, el otro dicen que hasta sigue su religión vilamatiana, que tantos seguimos aunque no sea de manera muy practicante.
En esta Trilogía tenemos los mismos ingredientes a base de obsesiones paulasterianas. Están, por ejemplo, las mismas chicas paulaster y los mismos tipos paulaster, al igual que hay chicos y chicas almodóvar. Los mismos ambientes y las mismas pequeñas tramas de indigencias, amoríos sugerentes a la vez que desengañados, y enajenamientos y extrañas decisiones. Así el azar, cómo no.


Enrique Vila-Matas y Paul Auster, dos metaliteraturas
 Hay cierto vínculo en esta novela mayor entre sus novelitas. Pero se trata más bien de un vínculo metafísico y de nombres repetidos. Quizá una segunda lectura aclararía algo. Ya digo que es novela para ser estudiada y analizada además de leída, porque creo yo que si en una primera lectura deslumbra, en una segunda, meditada, sería ya palabra mayor.
Según la contraportada, según algunos críticos de oficio, es una novela posmoderna.
Usa de la novela negra, o viceversa. Es como si la novela de género cobrara supradimensiones, algo que se ha repetido a lo largo de la historia del relato, como sucede con Don Quijote -muy querido por Auster- y las novelas de caballerías.
Para que luego me vengan a mí con que leer novela de género es perder el tiempo, cuando es de las subliteraturas de donde nacen algunas de las grandes obras.
De la parodia y del homenaje.

Ciudad de Cristal

Por una casualidad, por un malentendido, comienza la aventura. El protagonista decide seguir el juego al reclamo equívoco, y hasta el mismísimo Paul Auster se hace un cameo. Todo este misterio no se va resolviendo  como en la novela negra típica, sino que se disuelve en la degradación del ser, en el olvido de uno mismo, se superpone el juego a la misma vida y entonces tódo se va perdiendo, hasta la propia identidad, dejando al lector tocado y hundido.

Fantasmas

No menos extraña es Fantasmas, quizá novelita negra más típica en la forma. También aquí seguir el juego lleva a la enajenación, aunque aquí sí sea certero el reclamo. Un extraño encargo para un detective. Pasarse la vida mirando una ventana mirando a alguien que se pasa la vida mirando tu ventana recuerda al pez que se muerde la cola, pero aún hay más, vínculos invisibles trascienden los hechos.

La habitación cerrada

Algunas de las mejores páginas escritas por un gran fabulador, el relato de unas vidas, casi de corte clásico, pero narradas con tal maestría que son ya un clásico. La historia de una amistad que deriva de la admiración al odio, un cometido para el mejor de los amigos, que es sacar a la fama al amigo escritor desaparecido en extrañas circunsancias. La complejidad de la Trilogía, pese a la sencillez del relato, se acrecienta aquí en el juego de mentiras sin sentido, hasta llegar a una espiral desquiciada de búsquedas y desencuentros. Personajes carismáticos a los que no se llega a comprender, pero es que hay que comprender que lo que nos parece atractivo y fascinante no tiene porqué tener un sentido, pues quizá esté lleno de errores.
Así esta Trilogía, tampoco nos parece una obra perfecta, pues también tenemos los errores a los que Auster nos tiene acostumbrados, como las escenas amorosas que parecen sacadas de una fórmula -más de radio fórmula que química-, y unos giros en la trama que por querer parecer imprevistos resultan más bien desconcertantes.
Sin embargo en sus flaquezas la narración se humaniza, pues no estamos viviendo lo que se dice una vida plena, más bien las carencias se acentúan con el paso de los años, y por eso, por humana, esta obra más metafísica que realista, merece todo nuestro aplauso.
Tuvo éxito Paul Auster con estas fórmulsa suyas probadas en esta Trilogía, y las ha segido manteniendo con el paso de los años, con más o menos fortuna. Paul Auster siempre es garantía de buena lectura, aunque no siempre se halle en el estado de gracia en que está aquí o en El libro de las ilusiones.
Dicen, aún así, que su mejor obra es Leviatán. Habrá que leerla próximamente, pasada la cuarentena que merece cualquier literatura, pues toda literatura en grandes dosis puede enfermar al paciente, yo soy de los que considera que es mejor esperar un tiempo antes de repetir autor.
Y basta ya por hoy, sólo subrayar que es buena obra para los amantes de las obras buenas, metaliterarias y bien construídas y mejor narradas. La amenidad, además, es un tobogán que te hará pasar un buen rato.

Coda

lunes, 13 de agosto de 2012

Yo maté a Kennedy, de Manuel Vázquez Montalbán




Manuel Vázquez Montalbán o la tentación del Ulises

Una cosa buena tiene esta novela, y es la creación del detective más sibarita de nuestras letras.
He aquí el origen del mito, del compañero de tantos veranos, con el que hemos aprendido a comer, a beber, a quemar libros -será éste el primero que queme- y a caminar por la vida con cierto cinismo que no le queda nada mal a un nuevo arte de tomar distancias.
Sin embargo, todo parecido con el resto de la colección Carvalho es casual, accidental, o bien habría que resucitar al maestro Montalbán para preguntarle.
Por primera vez hablaré mal de una novela.
(Ah, no, que tambén comentamos aquí La Voluntad de Azorín)
Todo se lo perdonamos por la veintena de gratas y reconfortantes novelas que vendrían a continuación.
Salvando las distancias, es como si Joyce hubiera rescatado a Leopold Bloom o a Stephen Dedalus para una saga de novelas de aventuras, policiacas, o simplemente negras. O de humor.
O, como si don Gonzalo Torrente Ballester rescatara de lo incierto a nuestro José Bastida para una colección de novelas de misterio.
Novelas claras, amenas, sin concesiones a lo trascendente, sin ínfulas, consagradas al goce de leer.
En los tiempos de universidad me hacía feliz el pensar que terminado el último examen comenzaría una nueva novela de Pepe Carvalho. Era el capricho que me daba.
Así me sentía yo este mes de Junio, feliz por el reencuentro, y como me costara encontrar en las bibliotecas el dichoso libro inaugural, la felicidad por la promesa de gratas horas lectoras fue mayor al encontrarlo.
180 páginas en un mes. He batido el record de la tortuga lectora. Bueno, como descanso leí a Andrés Barba, y su densidad fue un refresco reconfortante. Y ahora el regreso a Paul Auster me está sabiendo a gloria bendita, casi lloro de emoción, algo de calidad y fácil de leer.
Es que resulta que fui a buscar una novela de detectives y me encontré con el Ulises español. Ni Tiempo de Silencio, ni Larva, ni Señas de Identidad, ni La Saga/ Fuga de JB. El Ulises español es Yo maté a Kennedy, de Manuel Vázquez Montalbán.
Se me caía la baba en la lectura por la comisura derecha de los labios, como en las siestas.
Es, esta novela, otro genial ejercicio experimental.
Vaya, una novela de ciencia ficción, me digo cuando la empiezo.
Vaya, ha pasado una hora y sólo llevo cinco páginas, me digo con cinco canas más en el cogote.
Como antes de ponerme gafas por mi hipermetropía y mi astigmatismo, veía doble al finalizar cada sesión de lectura.
Luego está lo de la política ficción, que da mucho juego tratándose de los Kennedy.
Hubiera sido buena lectura si hubiese sido más clara, menos artificiosa; más normal, menos engendro. Es como esas chicas monas que siendo monas se pintan como monas para parecer más monas y se quedan como orangutanas y no como guapitas.
Hasta ensayos arquitectónicos se nos gasta en tinta, el autor. Claro que hay que ver el contexto de Gauche Divine de la obra, del autor. Claro que hay que conocer el marco de experimentación y genio.
Una obra llena de guiños que quizá los amigos más próximos pudieran alcanzar. El lector común se encontrará cortejado por una obra mayor de un gran novelista, pero maldita la hora de la lectura, y bendito el momento de creación del detective.
El autor juega a recrear la era Kennedy como si fuese futurista, llena de inventos.

Los personajes son caricatos, las historietas cuando las hay sí son acertadas, como aquella en la que Kennedy se hace el exiliado en un mundo aparte esperando la hora propicia para la reconquista de su reino.
No sé, siendo obra de tan escaso volumen, cómo puede hacerse tan difícil todo. Acaso mis entendederas no han dado de sí, acaso es un juego, una broma, un simple divertimento, pero tan difícil de asimilar, cubista y caprichoso ...
Sólo se salva Carvalho, y cada escena en que éste sale, narrando en primera persona su vida pasada por ejemplo con Muriel, en su época comunista.
Si hubiera sido más sencilla habría sido mejor, esta vez sí que sí, esta vez sí que no persono la dificultad como otras veces. Aquí la forma no va con el fondo para crear estados o estampas, como en el Ulises. Aquí el embrollo no va con el espíritu de la obra porque así se precisa, como hacía Torrente Ballester, para conseguir la niebla y esa bendita locura.
Aquí la forma es caprichosa, siendo bueno el contenido. Pudiendo haber sido contada de otra manera, elaborada de manera más digerible, ¿por qué hacerla así?
Cada gran autor ha querido quizá crear su Ulises, y Manuel Vázquez Montalbán hizo aquí el suyo, un Ulises fallido.
Pero luego, en toda su obra posterior, pudo demostrar que no le hacía falta un Ulises, que supo crear un personaje fascinante y único, y fue creado aquí: Pepe Carvalho. Sólo por esto mereció la pena.
Ya me curaré de la mala siesta con el refresco de las novelas de Vázquez Montalbán que me quedan por leer, la mitad más o menos.
Eso me reconcilia.

jueves, 2 de agosto de 2012

Agosto, Octubre, de Andrés Barba



Andrés Barba, autor necesario .

No me gusto ... rara, desagradable, cruenta ... ¿ ?
Creo que quien esto escribió se olvidó una tilde. Con tilde cambia totalmente el sentido de la nota que me encontré entre las páginas del libro.

No me gustó ... rara, desagradable, cruenta ... ¿ ?
Hay que tener en cuenta el contexto en estos casos de duda sobre el sentido. El contexto de la nota es el libro donde la encontramos, y el lugar donde el libro estaba expuesto: la bibllioteca popular Antonio Mingote.
Alguien que utiliza un adjetivo como cruenta y se olvida una tilde es un alguien demediado, con su pequeña cultura equivocada en las normas. A todos se nos olvida alguna vez una tilde, pero qué catástrofe este pequeño olvido aquí, qué ganas de acercarme a tí: rara, desagradable, cruenta; por ver si es tu abominación a tí misma un reflejo real o quizá un fantasma atroz que viene a castigar tu alma flor, tu ser adolescente.
Pero ay, si se olvidó la tilde. Si se olvidó fue un pasajero más en este tren a la aventura que ofrece un libro, que luego dio su opinión, tan respetable y sin tlide.
Yo prefiero la versión de la niña que ha leído el libro y ha querido mandar un SOS a los viajeros que siguieran al libro, ajena al mismo libro y su historia. Su histeria de niña maldita, herida y en mis sueños mustia flor sin agua, que tan sólo mi agua curaría para hacer lozana y fresca su ser adolescente.
Un ser de lozanías.
Sería entonces.
Esta es parte de mi historia con Agosto, Octubre, de Andrés Barba.
Fui a por Aura, de Carlos Fuentes, y a por algo de poesía de T. S. Eliot, y ví expuestos libros que tratan y trotan los veranos, como caballitos de tiovivo o potrillos desbocados, según. Me llamó la atención este de Barba, ya había leído alguna crítica elogiosa, ya su título atractivo me reclamaba, ya la sinopsis de la contraportada me atrapaba.
Ya me tenía un poco harto y decepcionado la lectura del libro que aún continúo leyendo, de él hablaré en la próxima reseña. Necesitaba un descanso.
A mediados de mes, en el hospital Gómez Ulla, ese libro se me caía de las manos. Entonces me acordé del libro de Barba, entonces mi espíritu se me puso risueño, entonces leí.

Fue una tarde cualquiera de la segunda quincena de Julio, volví del hospital, necesitaba estar solo un par de horas. Estar solo y leer.
Este libro lo leía en casa, o tumbado en el sofá o en la terraza. Lo terminé anteayer, en casa, tumbado en la cama. Al día siguiente se acababan mis vacaciones y volvía al trabajo.
Este libro lo leía también en el hospital, o en la habitación, pasadas las doce, cuando apagaba la televisión, un rato antes de acostarme en la cama de acompañante. Luego miraba un rato más el barrio de Carabanchel con todas esas luces de ciudad pequeña.
Luego hacía una cosa que no hacía hace años, que es escuchar música en la radio y prestar atención a lo que nunca se presta atención: al bajo de la banda de turno. También a la batería. Al ritmo.
Así me di cuenta -conscientemente- de que las canciones de Police son sencillas y maravillosas con poco, sencillamente maravillosas. Walking on the moon.
También lo leí repantingado en uno de esos sillones junto al control de planta, donde está la sala de médicos y la enfermería, observando de vez en cuando cómo el personal jugaba a dr. House con los pacientes. Parecía como si el cojo más excéntrico que parió la ficción médica fuera a salir en cualquier momento, a atizarle un bastonazo al libro que yo leía para saltarlo al aire y después cazarlo al vuelo para cotillear un rato.
Yo hubiera preferido que nos dieran una habitación con vistas a Aluche, una habitación impar. Pero al coger los ascensores, cuatrocientas veces cada día, podía ver desde las ventanas mi barrio, mi reino, toda esa luminosidad propia y extraña de sus edificios blancos y rojos. De noche, como una ciudad lunar, walking on the moon.


Agosto, Octubre, ha sido considerada como una de las mejores obras de aquí, en los últimos años. Del mismo modo Andrés Barba, leamos si no algunas opiniones de hombres y mujeres preclaros:

Andrés Barba no necesita ayuda alguna. Tiene ya un mundo intencional perfectamente cerrado y una maestría impropia de su edad.
Mario Vargas Llosa, nobel literario.
Este escritor es un portento. Hay que leer a Andrés Barba.
Lola Beccaria, crítica literaria
Para mí Barba se ha vuelto un escritor imprescindible.
Rafael Chirbes, crítico literario.
Cuando la barba de Andrés veas pelar, echa tu apellido a remojar.
Príncipe de ArroyoLuche, graciosillo literario.

Dice así la leyenda de la contraportada:

La tensión de la adolescencia de Tomás llega a un pun­to de no retorno cuando viaja con su familia al peque­ño pueblo de veraneo en el que suelen pasar las vaca­ciones. Todo empieza a suceder de pronto como en un encadenamiento inaplazable: el descubrimiento del sexo y de la violencia, la muerte, la transgresión…
Novela de iniciación -y perdición- en verano, pero no es Verano Azul, precisamente. Ni un venerable marinero ni una pintora cursi aydarán a Tomás a en este escalón hacia ... ¿la madurez? No.
¿Hacia dónde?
Hacia una de esas parcelas del ser intocables, uno de esos abismos interiores que no nos atrevemos a mirar, por miedo a caer.
El logro de este autor está en desvelar ciertas pulsiones oscuras, ciertas atracciones inefables.
Creo que es necesario leer a Andrés Barba, pese a que esta historia nos parezca rara, desagradable y cruenta. Quizá nos lo parezca así porque rechazamos esa fascinación por lo raro, lo desagradable y lo cruento.
No vamos a desvelar, sin embargo, la trama, para picar así la curiosidad del lector. Es una historia atípica, una flor extraña y fea, un alto lirismo y una piedad suprema.
Hace aproximadamente once meses, casi un año, comentando La vida ante sí, de Romain Gary, hablábamos de La Piedad como personaje en algunas novelas. Poníamos también el ejemplo de Cowboy de Medianoche.
Al igual que en aquella película, aquí vemos que es posible querer lo que nunca pensamos, y más bien repelimos.
Una buena aventura para la psique, una historia bien narrada y en sazón de violencia que se discurre mientras se narra y de sexo sin ceremonias con sórdidas, frustradas y estampas de una culpa ajena y una vergüenza propia.
No dejen de leerla, aunque no sea para delicados paladares es lección de narrativa.

Aquí una reseña por Santos Sanz Villanueva (link)
 
Coda



Andrés Barba ha traducido para la editorial Sexto Piso Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll. Hace justo 21 veranos leía yo esta obra mágica.
Feliz cumplelecturas.






sábado, 14 de julio de 2012

Ellas, de Malgorzata Szumowska, con Juliette Binoche



Fui al cine para ver si ellas me enseñaban algo, y ellas me lo enseñaron todo.

Juliette Binoche


Esta muchacha ...
Eran aquellos los tiempos de greñas y ropa de segunda mano, cuando los gorros cousteau y el eterno Otoño de Seattle en Madrid. Camisas de cuadros y camisetas de Pearl Jeam. Yo: los Héroes del Silencio. Yo: chico grunge de Aluche. He aquí yo, en un Otoño de Seattle en Aluche, cuando Aluche era Seattle y se hablaba de la Generación X y de morirse rodeado de cajas de pizza vacías y de gatos.

Este era yo, justo antes de dejarme las greñas grunge,
en un descampado que había frente a mi casa.
 La Mesetilla, lo llamaba yo.


La chupa negra fue comprada en el rastro y me
duró casi una década. Me había aficionado yo
a sacar fotos en blanco y negro, con una vieja
cámara que tenía mi padre
Fue por aquellos años cuando nos enamoramos de las chicas Krzysztof Kieślowski, yo no sabía cual me gustaba más: si Juliette Binoche, si Julie Delpy, si Irene Jacob. Krzysztof Kieślowski, cineasta polaco, afrancesado y de profundas miras, te hacía un cine molongo de hablar con los freakies de entonces, que llevaban sus greñas y su gorro cousteau y su camisa de cuadros. Yo estudiaba en la escuela de hostelería, rama de cocina, y las peyas me las hacía en los cines de Plaza de España, en vez de tirarle piedras a los patos de lago de la Casa de Campo o de jugar el mus en A´casiña, que era lo que hacían mis compañeros. Yo tardaría aún en dejarme el pelo largo -nos lo prohibían los profes-, pero sí me compraba mi ropa de segunda mano en el rastro y me veía todo ese cine político y social que nos venía de las islas: Jim Sheridan, Neil Jordan, Stephen Frears y Ken Loach. Y veía también todo Krzysztof Kieślowski. Y me enamoraba de sus chicas. Quizá Binoche no fuera la más guapa (Julie Delpy) ni la más atractiva (Irene Jacob), pero sí era guapa y atractiva, siendo además la más actriz, la más literaria; con una cierta fragilidad, complejidad y cercanía tan reales que parecía vivir muy cerca de aquí. Todo un talentazo. Juliette Binoche interpretó antes la adaptación al cine de La insoportable levedad del ser, motivadora novela de Milan Kundera, novela que se ama por excelsa y musa o se detesta por insoportable. Yo fui de los primeros, desde entonces siempre intento darle mi toque Kundera a mis escritos narrativos. Yo a veces creo que Binoche nació para ser chica Kundera, más que chica Kieślowski. ¡Oh, sí! Ella es la chica ideal para interpretar esas chicas kundera que lo enseñan todo. En la película que tratamos hoy, Ellas, la Binoche hace el papel protagonista, una madre todo terreno que además de su trabajo como periodista de investigación tiene que lidiar con su hijo adolescente porrero chevegarista que pasa de todo menos de vivir cómodamente, y su hijo preadolescente que vive para los videojuegos. Además, tiene que preparar una cena de negocios para su maridito. Ella descubrirá que ahí todos guardan -menos el peque de la consola- porno en el disco duro de sus ordenadores y ella no. Como si despertara, descubrirá una alternativa sexual, pero no gracias a los hombres de su casa, si no gracias a ellas.

Julie Delpy

Irene Jacob

 

Juliette Binoche

 

Ellas, de Malgorzata Szumowska


Joanna Kulig, que da vida a Alicja
Al igual que Kieślowski, Malgorzata Szumowska es una directora polaca afrancesada. También Binoche nació para esta película, al igual que para ser chica Kieślowski y chica Kundera. Lo del afrancesamiento queda muy chic y culto, todos aman La Francia, aunque la verdad sea dicha yo prefiero lo british, no hay más que verme con las gafitas Lennon en las fotos de arriba. Sin embargo los franceses lo hacen todo muy bien, desde la literatura a las películas, cuarenta veces verá uno Jules et Jim y leerá a Baudelaire como si no hubiera más. Pero yo es que soy muy inglés, qué le vamos a hacer, yo soy el que cambia de sitio el volante de los coches no por ser mejor, sino porque nadie me chista. Por ser distinto, y de mirada distante. Y bien. No este Lunes, sino el anterior, fui al cine a ver Ellas por ver si ellas me enseñaban algo, y sí, ellas me lo enseñaron todo. Me enseñaron que es posible vivir en los vertederos de la moral sin hacer mal a nadie, y siendo enjuiciadas; me eneñaron que es posible juzgar la sociedad cambiando de perspectiva. No, ni ellas ni ellos eran malos, tan sólo buscaban una salida, una mejoría, un escalón más arriba a la mediocridad de sus vidas, o a la inevitable indigencia. El mundo sin embargo se dedica a condenar, cuando hay tanto de condenable en verdugos reales con víctimas reales. Cara y cruz de una prostitución que se busca porque sí, ni obligada ni por inmediata necesiad. Ellas, ellas dos, son dos chicas de dieciocho, quizá de diecinueve, estudiantes que por diversos motivos ofrecen sus servicios por internet. Ella, la Binoche, trabaja para la revista Elle en un reportaje sobre estudiantes que se prostituyen. La historia narra un día en la vida de Anne (la Binoche), que mientras lidia con sus hijos tiene que tener la cena praparada para una visita de negocios, negocios de su maridito. Mientras, ella va preparando su artículo, su trabajo de investigación, y va descubriendo que tanto su marido como su hijo mayor ven porno on line. Se sorprende y se enfada. Y va recordando mientras hace la compra y cocina. En su memoria y en su reportaje, Alicja y Charlotte, dos muchachas de distinto carácter y con distintos motivos, tienen algo en común: se prostituyen.
Annais Demoustier, que da
vida a Charlotte
Vemos la historia de Alicja, estudiante polaca que se encuentra de pronto sin techo y sin medio alguno  -le han robado la maleta-. Un compañero se ofrece a darle cobijo, pero no es gratis, y suponemos que se lo montan juntos. Entonces descubre que es fácil estudiar en La Francia sin preocupaciones materiales. La película se centra en su experiencia con un hombre mayor con él, durante un día: juntos cocinan y cantan despelotados, juntos se lo montan y se les ve que disfrutan bastante. El papel de Alicja está interpretado por Joanna Kuli, y nos muestra el lado glaumoroso del oficio. Vemos la entrevista que le hace Anne en un cuarto de hotel, juntas se emborrachan con vodka y cantan juntas.
Es distinto el caso de Charlotte, interpretado por Annaïs Demoustier -a la que declaro mi platónico amor, ella ha venido para tomar el relevo de tantas actrices de todos los tiempos, ¡oh, Annaïs, Annaïs! La frescura de tu risa y la inocencia de tus gestos!-. La entrevista aquí se celebra en un parque, y Anne presencia cómo ella recibe llamadas de clientes y concierta citas con ellos, como quien queda con un amigo, risueña y feliz. Charlotte es una estudiante que vive con sus padres, en una familia de clase media, sin muchos lujos. Ella mantiene esas citas con esos hombres porque está harta de esos trabajos en pizzerías y hamburgueserías tan mal pagados. Ella reconoce que quiere más dinero, y lo quiere fácil. Aquí vemos que la historia no se centra en una sóla experiencia con un hombre, si no con varios hombres. Está muy bien narrados sus escarceos, jugando al desconcierto: nos hace dudar si está con su novio o con un cliente. A los clientes les trata ni más ni menos con un cariño de novia cachonda, mientras que con su novio siente algo, quizá un cierto remordimiento. Sobre todo en Charlotte vemos la cruz de este negocio, no sólo por este remordimiento por su historia oculta, sino por un mal trago con un cliente que se comporta violentamente con ella. Dolorosas las imágenes en esta escena. Sin embargo sigue prostituyéndose, le cuenta a Anne que sucede como con el tabaco, una vez que se empieza es difícil dejarlo: ya no podría vivir con menos dinero, con menos lujo. Y a pesar de todo sigue contactando con clientes con un temple risueño, como quien se cita con el novio.
Hay una escena extraña, lírica, que llena al espectador de pesadumbre. Charlotte visita a un oficinista. Le muestra tan sólo su vientre, y el hombre hunde su cabeza en él y solloza con una pena de llantos atrasados, de deseos insatisfechos y sueños rotos.
Anne, después de estas entrevistas, se siente convulsa, no puede comprender cómo estas muchachas puedan denigrarse así, y sin embargo no puede evitar admirarlas. Y hasta envidiarlas.
Llega la cena y asistimos a la mejor escena de la cinta. Mientras su marido y los demás hablan de negocios, de sus cosas, ella ensimismada sueña. Sueña despierta que está rodeada por los clientes de las chicas que ha entrevistado, y cantan, cantan la misma canción que Alicja y su cliente cantaran desnudos.
Entonces abandona a todos los de la cena y sale a la noche.
Película que me ha gustado mucho, que más que una moraleja ofrece una pregunta ¿por qué no va a disponer alguien de su propio cuerpo como quiera?

 

Una reflexión


¿No vendo yo acaso mis manos por mil euros al mes como cocinero? ¿No ofrecí hace años mi cuerpo molido y vejado trabajando doce horas diarias por cinco mil pesetas de mierda? En este oficio hay que poner los cojones, me dijo alguien. Yo puse los cojones y me tomaron el culo y me hicieron mucho, mucho daño. Tanto daño que hay noches en que me revuelvo en la cama lleno de resentimiento y desconsuelo, pues casi pierdo la vida.
¿No vendemos todos, en nuestro oficio, nuestro cuerpo y nuestra propia vida? ¿No deseamos ser más, vivir más cómodamente y sin preocupaciones?
Cuando yo trabajaba en aquellos hangares, veía a chicas vestidas de azul, así eran sus batas, sus uniformes. Tenían dieciséis, diecisiete años, no habían tenido quizá oportunidad de continuar sus estudios. Ganaban, trabajando más de ocho horas, menos de seiscientos euros al mes. Es una manera de explotación muy decente y muy aceptada, muy legal, que no se enjuicia.
Un minero que se juega la vida, un albañil en el andamio, tantos oficios de riesgo, tanta miseria en la nómina.
Un actor vende su cuerpo, y su talento. Eso está bien.
Una modelo vende su cuerpo y sus pasitos en la pasarela. Eso está bien.
Todos nos prostituímos, dejasmos nuestro arte y nuestro cuerpo en el trabajo, cuando quisiéramos estar en otra parte.
Yo me prostituyo
tú te prostituyes
ella/él se prostituye
nosotros nos prostituímos
vosotros os prostituís
ellas/ellos se prostituyen.
El oficio de prostituta es más digno aún si cabe que el de gobernador de un lugar, pues quien gobierna beneficia a unos contribuyentes y maleficia a otros, mientras que quien vende placer y desahogo y amor lo da a todo aquel que pague.
El problema de la prostitución es no la puta ni el cliente, sino el proxeneta que se queda con la plusvalía del trabajador.
Y nosotros tenemos muchos chuloputas, proxenetas legales y elegidos libremente. Daoíz y Velarde, esos simpáticos leones de piedra que guardan simbólicamente la legalidad del poder democrático, son como los seguratas del más grande burdel que hay en España. Ellos, los diputados, son nuestros proxenetas. Nosotros, contribuyentes, sus putitas
Y luego me vendrás a mí, cabeza de alcornoque, pidiéndome el voto para fulano y para mengano, para zutano o para perengano. A mis chulos los elijo yo, tonto del culo, que te crees tú que perengano te va a sacar de pobre, chapero de mierda.

Coda


Esta reseña debió ser publicada la semana anterior, que fue cuando fui a ver Ellas, en los cines Golem.
Tras de mí, unos adorables abuelos, matrimonio seguro, comentaban la película.
Normalmente me disgusta que la gente hable en la sala, pero esta vez fue reconfortante, y hasta familiar, escuchar la conversación de estos dos seres:
-Anda, que como se enteren que nos hemos venido al cine a ver esta película, verás tú, verás -reía él.
-Calla, calla, sobre todo tu hermana, ay, como se entere tu hermana -reía ella.
Cominezan los títulos de la cabecera, y el hombre los va leyendo en voz alta.
En las abundantes y tórridas escenas de sexo, ella dice:
-Oye, pues la chica es guapa.
-Que sí, que sí.
Esta semana fui a ver Carmina o Revienta. No hago aquí la reseña pues ya la hice, para la revista Culturamas, de la que mi colega el poeta Rubén Romero es redactor jefe.
Estaba yo en el curro, en el turno de tarde, haciendo masa de croquetas de bonito, cuando recibo un sms. Miro, leo: "Ya que has visto la película de Paco León, ¿podrías tener la reseña para antes de la una de esta noche?" Le llamo: "coleguilla, salgo a las diez, lo intentaré, tenía algo pensado para mi blog pero te la hago a tí e intentaré ser más serio" Y él: "no, no seas más serio, meido folio en word" Le digo: "antes de las 12.30 te la mando, si te parece extensa la recortas tú"
Llego a casa, me tomo un zumo de manzana, me ´saco a la terraza mi tabaco de liar, y a fumar y a escribir. Folio y medio que me salió, y así tal cual, se la mandé. Habían dado las doce.
Terminé agotado, ya que a la mañana, antes de ir a trabajar, había pasado casi tres horas escribiendo la reseña para Aura, de Carlos fuentes, el post anterior.
Soy una putita muy eficaz, y lo hago gratis, lo hago por vicio. Aunque si me pagaran ya sería la relamida releche.
Que os guste:

http://www.culturamas.es/blog/2012/07/12/carmina-o-revienta-2012-de-paco-leon/

miércoles, 11 de julio de 2012

Aura, de Carlos Fuentes


Carlos Fuentes, creador de Aura

La joven inclinará la cabeza y la anciana , al mismo tiempo que ella, remedará el gesto
-Es el señor Montero. Va a vivir con nosotras.
Te moverás unos pasos para que la luz de las veladoras no te ciegue La muchacha mantiene los ojos cerrados, las manos cruzadas sobre un muslo: no te mira. Abre los ojos poco a poco, como si temiera los fulgores de la recámara. Al fin, podrás ver esos ojos de mar que fluyen, se hacen espuma, vuelven a la calma verde, vuelven a inflamarse como una ola: tú los ves y te repites que no es cierto, que son unos hermosos ojos verdes idénticos a todos los hermosos ojos verdes que has conocido o podrás conocer. Sin embargo, no te engañas: esos ojos fluyen, se transforman, como si te ofrecieran un paisaje que sólo tú puedes adivinar y desear.
-Sí. Voy a vivir con ustedes.
 Aura. Carlos Fuentes.
Punto y aparte.
En tu página de lector hay un nuevo punto y aparte.
Ahora puedes hacerlo como tantas veces cuando una obra te fascina, homenajeando el texto con algo de su estilo o algo de su esencia. O una parodia. Puedes hacerlo así, sí, o hacerlo en condiciones -¡pero qué condiciones!-, ya que te encuentras ante una novela de una magnitud mayor, siendo pequeña. Ha excedido tus suposiciones, excede ahora también tu capacidad de sorpresa.
Puedes continuar así, usando la segunda persona, el "tú" que utiliza Fuentes en Aura. O no intentar emular estas páginas mayores, esta creación perfecta, esta obra redonda. Y fascinante. Punto y aparte.
Hace semanas, cuando falleció el autor mejicano Carlos Fuentes, hice lo que hago siempre cuando se va un autor: leer necrológicas, artículos, consideraciones finales a su obra y su persona, homenajes varios que recapitulan una vida dedicada a la Literatura.
Carlos Fuentes era para mí, sin haberlo leído, un autor mayor menor, es decir, que siendo grande e importante, no le llegaba a la altura artística de un García Márquez o un Cortázar o un Borges o un Vargas Llosa. Era grande porque lo estudiábamos en los manuales. No era tan grande porque no se le leía, no se le ensalzaba ni resaltaba, no había tanta opinión, y ni mucho menos buena opinión.
(Carlos Fuentes es al Boom lo que es hoy Gerardo Diego a la Generación del 27, un Mayor sin buena fama ni lectores. Consideraciones políticas aparte, por favor)
Según parece su talento fue decayendo con el paso de los años. Con el peso, la carga, esa traba que es tener que crear sin desmerecer lo ya creado.
Sólo sentía prejuicios.

Además, era un hijo de Faulkner, cosa que echa para atrás. Aunque todos los del Boom eran hijos de Faulkner, según parece, Fuentes era el hijo de papá.
Yo conocía a Faulkner por La muerte de Artemio Cruz y por La región más trasparente. Sin haberlo leído. El prelector siempre se guía por opiniones ajenas. Menos mal que el prelector si tiene intuición a veces le da uso, herramienta de lectura que pocas veces falla. Y la intuición no tiene por qué coincidir con la opinión.
La lectura no es una democracia en la que gobierna la mayoría lectora. La lectura es la anarquía o tiranía del lector, según los casos. Un acto que debería ser independiente y abierto, independiente porque la decisión la tiene el lector, abierto porque pese a esa independencia es necesario no perderse y escuchar y mirar las guías.
No me acerqué más a Fuentes por ese reparo ante las obras de la vanguardia y la experimentación. Otros Ulises por ahora no, por favor, más quebraderos de cabeza literarios por un tiempo no, yo me decía, tú te decías.
Tú te decías que la dieta ha de contener un banquete de tal magnitud una vez al año, o cada dos.
Ya has tenido tu Saga y Fuga de JB este año.
Pero alguien te dijo que El ruido y la furia era difícil y no fue así.
El prelector se sorprende en el camino de la lectura, todo lo que dicen los otros no siempre se adapta al lector nuevo. Cada camino, por muy transitado que haya sido, siempre es nuevo para el que se echa andar por vez primera.
El camino Carlos Fuentes, que se te presenta, te lo presentan, lleno de abrojos y trampas. Me lo presentan.
Aura entonces se me presentó como un fruto exótico. Cuando Fuentes murió, y leí los periódicos, algunos críticos alababan esta novela corta como una de sus mejores obras. Y esas alabanzas parecían ser sinceras. Me informé un poco sobre Aura, no pude llegar a conclusiones: su atractivo mayor quizá fuera en su corta longitud. Qué confundido estaba.
Más vanguardia por ahora no, me decía, más experimentos no, por ahora.
Sin embargo el Lunes me fui de bibliotecas como quien se va de señoras, para hacerme la ilusión de propiedad mientras dura el préstamo.
Lector, te tienes que dar cuenta, oh, alegría, que cuando vas a una biblioteca, todos esos libros, hijo mío, son tuyos. Con caducidad, sí, pero tú dime qué es perenne hoy, aquí.
Como en los burdeles, los cuerpos han sido manoseados por muchas manos, sus páginas han sido penetradas, gozadas, queridas y anheladas. Y a veces con asco y a veces con remordimiento.
Alguna vez, aquí, ya hice esta comparación.
Desde que perdí mi e-book voy más a la casa pública.
Y me llevé a T. S. Eliot (link), y me llevé a Fuentes, y alguno más. Ya os contaré.
Aura no lo encontré, pero sí el volumen I de El mal del tiempo, título con el que Fuentes ordena toda su obra Aquí sí estaba Aura.
De camino a casa me senté un rato en el parque, ribera del Arroyo Luche, y hojeé los libros. Leí también un folleto informativo sobre el año Dickens. Tengo aún a Dickens abierto de páginas esperándome en la cama. Es de mi propiedad, como una esposa -y yo soy suyo-, y sin embargo me voy a la casa pública.
Soy un lector sinvergüenza.
Hojeando el primer tomo de El mal del tiempo (Aura, Cumpleaños, Una familia lejana), en Alfaguara, me doy cuenta de que tiene unas páginas críticas de Juan Goytisolo. Casi me santíguo.
Juan Goytisolo, sabrá el lector, es azote. Es uno de los azotes mayores de nuestras letras, a mí me gusta leer sus entrevistas porque suele fustigar con una gracia bastante atractiva. Es junto a Julián Ríos, según las habladurías, uno de nuestros literatos más difíciles. Yo no me atrevo. Y uno de nuestros críticos más senabres.
De Goytisolo (Juan) comencé yo Señas de Identidad. Pero es peor que yo cambiando de registro. Tantas páginas en francés, y yo sin diccionario.
Pensé: si la comenta Goytisolo es que es más difícil de lo que yo pensaba.
Oh, mis prejuicios y yo.
Veo que no son muchas páginas, que Aura es novela cortísima. Haré un esfuerzo.
Comienzo la lectura sobre las seis, media hora.
Doy un paseo, me tomo un granizado de café en la ribera del Arroyo Luche. Tabaco de liar, le robo un malboro a mi cuñada, hace semanas que no me fumo un cigarro que no sea de liar.
Vuelvo a casa, leo una hora más en la terraza, hasta que anochece.

Trucha con jamón y ensalada de tomate.
Leo otra hora. Miro a mi alrededor, estoy rodeado de flores, los edificios de la calle Los Yébenes son altísimos. La noche es fresca, la vida opaca, pero a veces tiene una trasparencia mágica.
Aura me ha cambiado.
Punto y aparte.
La aventura de leer es a veces fácil, hermosa, te reconcilia son el summum literario.
Una obra redonda, mágica, perfecta, muy bien escrita, mejor contada.
Pertenece a este género personal que tanto me gusta: novela corta.
Me sentí como con La invención de Morel. Como con Bartleby el escribiente. Medel el de los libros. El gran Meaultnes. Como con tantas otras obras mayores y breves.
Hace tres años ya hice un elogio de lo breve (link)
Esta obra reúne todas las bondades de una buena novela.
Parece que estás leyendo Otra vuelta de tuerca, de James. A veces parece que estás con Felisberto Hernández. O Cortázar, Bioy Casares, el mismo Borges. Cómo algo tan pequeño puede dar tanto de sí.
Vida y muerte en sus páginas escasas, y el tiempo como protagonista. El tiempo o su destrucción.
Sazonado con algunas de las páginas más turbias que he leído.
Retrato de una locura que podría haber salido de la mente de Lovecraft.
Sí, tiene esa extrañeza que emanan las páginas de La invención de Morel, esa opresión claustrofóbica de Bartleby el escribiente. Tiene esa manera nueva de contar de Cortázar y Felisberto. También está el conejo de la Alicia de Lewis Carrol, que parece un guía por esa casona en penumbra, lugar de maravillas donde el tiempo pierde su textura de reloj cansino.
Es de lo mejor que he leído en mi vida, ya Fuentes con esta obra pertenece a mi santuario.
Y lo turbio, sí, dije lo turbio. Pocas obras que no sean impuras hay buenas. Es uno de los relatos más sórdidos y turbios que he leído. Erotismo de gozo y dolor.
Novela gótica.
Novela de realismo mágico.
Novela que te atrapa y no te suelta, hacía meses que no leía tan rápido. Suspense y lírica.
Como tengo por costumbre no te haré una sinopsis, pues ya hay reseñas en la red que puedes leer, google te lo pone fácil. Ya sabéis que uno de los lemas de Manicomio es: háztelo tú mismo.
Dice Goytisolo en las páginas que comentan esta obra que Cumpleaños ha de ser leída para comprender mejor Aura, ya que Aura a su vez explica Cumpleaños. Así lo haremos, Fuentes se lo merece, eso y el ocupar su sitio Mayor, pero siendo leído.
Obra mayor, obra maestra. Gracias, Fuentes.
Leed Aura.
Leerás Aura, y probarás lo que es bueno. Y sentirás el tiempo consensuado derrumbarse para dejar paso a la eternidad donde las buenas obras permanecen.

 Coda

Aura. Carlos fuentes.
No volverás a mirar tu reloj, ese objeto inservible que mide falsamente un tiempo acordado a la vanidad humana, esas manecillas que marcan tediosamente las largas horas inventadas para engañar el verdadero tiempo, el tiempo que corre con la velocidad insultante, mortal, que ningún reloj puede medir. Una vida, un siglo, cincuenta años ya no te será posible imaginar esas medidas mentirosas, ya no te será posible tomar entre las manos ese polvo sin cuerpo.

jueves, 21 de junio de 2012

Mi gran novela sobre la Vaguada, de Fernando San Basilio



Dejé a un lado mis lecturas comenzadas (Viajes con Herodoto, Trilogía de Nueva York ... ) todas ellas muy interesantes y edificantes, y me puse con Mi gran novela sobre La Vaguada, no menos interesante, no menos edificante. En unas cuantas horas se pasean ágiles los ojos, un par de horas el Lunes, otro par el Martes, tres el Miércoles. Luego me fui con un colega a ver Blancanieves. Hubiera preferido decir que nos fuimos de meretrices, o a beber cervezas hasta navegar la espuma, pero la honestidad es virtud en el bloguero de moda. Y yo, cuando miento, no es más que por verte reír. (link)
Sin embargo, ni la Kristen Stewart ni la  Charlize Theron nos enseñan nada. Dinero perdido. Hacía años que no iba al kinépolis. Hacía años que el kinépolis no venía a mí.

La Vaguada

Cuando era niño había publicidad de La Vaguada por doquier. Primeros de los 80: Naranjito, Tejerazo, ET, La Vaguada, Chanquete, Jomeini (sospechoso parecido entre estos dos), Pajares y Esteso (que no se parecían en nada pese a un mismo roll que lo que es a mí me dejó hasta el día de hoy sumergido en oleadas de un calor erótico irrefrenable). Etcétera.
Luego hice algunas pellas, ya por los 90, para ir a la sesión de la mañana. A ver Hook, el Capitán Garfio, por ejemplo.
También tenía un amigo en Cadalso que era de La Vaguada, muy heavy él, con el que pasaba largas horas contando chistes y bebiendo litronas y comiendo regaliz. También fuimos al cine de La Vaguada a ver películas basadas en novelas de Stephen King.
Luego aquí, los de Aluche, intimamos con unas chicas del Barrio del Pilar, que es como decir La Vaguada. Nos invitaron a las fiestas y vimos a Ella Baila Sola.
Luego ya superado el siglo XX, estuve trabajando un año y medio en mi oficio de cocinaca en una residencia junto a la calle Ginzo de Limia.
Mis últimas incursiones en el barrio han sido a partir de que uno de mis mejores amigos, después de casarse y tener hijos y subir en esta carrera de la vida como la espuma de la cerveza , se comprara un piso en La Ciudad de los Periolistos. No le visito mucho, pero cada tres o cuatro meses me dejo caer, o mejor dicho subir, y nos vamos por los pafetos de la zona a beber cerveza.
En la novela de Fernando San Basilio se bebe mucha cerveza. Proceso de identificación: afirmativo.

Fernando San Basilio, como su personaje,
cerveza en mano

Blancanitos y los Siete Enanieves

Pasaré a comentar de manera somera la peli disfrutada ayer.(link)
Terminada la película y encendido mi nuevo móvil android, me doy cuenta de que habrá una segunda parte: la Blanqui no sabe si casarse con el cazador o con el hijo del Duque. Así que lo de fueron felices y comieron perdices no se ve.
El relato de Blancanieves es interesante, simbólico, mágico, oscuro, da que pensar. De niño la bruja de la madrastra me atemorizaba en mis peores pesadillas. Hoy, interpretada por la Theron, se convierte en un sueño de lo más delicado.
Una mujer envejece y se mira al espejo: no se encuentra tan bella como antaño. Mira a su alrededor y ve a su hijastra adolescente y la odia por ello. Esto es Blancanieves.
Lo de los siete enanitos no sé a qué viene a cuento, la verdad, tendré que retirarme a meditar su significado simbólico.

La cerveza

El personaje de la novela que intentamos comentar hoy -si los siete enanitos que me acosan para que vaya a besar y resucitar a la virginal Blancanieves me dejan- bebe mucha cerveza, más que yo y Mario Vaquerizo juntos.
Mario Vaquerizo siempre sale, en la serie que comparte con Alaska, bebiendo cervezas. Él y sus amigos. Yo bebo mucha cerveza. Pero yo no puedo estar ebrio de cerveza a diario, yo necesito estar sobrio al menos un cuarto del día.
Duermo unas 6 o 7 horas. Total que me quedan unas 17. De estas, contando en que no trabaje -libro mucho porque los extras me los pagan en tiempo y no en dinero, y como cuando trabajo hago muchos extras, pues acumulo tiempo, es decir que, como me decía hoy vía e-mail un hermano mío, trabajas menos que el ángel de la guarda de los Kennedy- necesito estar atento y concentrado al menos doce, o hasta catorce. Leer ebrio no está bien. Escribir ebrio ... Hemingway esperaba a terminar sus taitantas palabras para darse al alpiste, y hay que tomar ejemplo de Hemingway, con el que me comparan a veces por mi cara de conmigotonteríaslasjustas. Un día estuve en Pamplona y me fotografié con Hemingway petrificado.
Estuve en Pamplona y me acordé de tí.
Alcoholizarse está bien, pero a ratitos.
Tampoco es que veamos a nuestro personaje en la novela que intentamos comentar bebiendo cerveza contínuamente. Busca trabajo y busca piso. Encuentra unas novias que se le quieren llevar al huerto y antes de saltar el muro le dejan fuera de. El huerto aquí es un no lugar. La Vaguada es un no lugar, territorio mítico. Eso ya se me había ocurrido a mí, pero con Aluche.
El personaje y yo. Mario Vaquerizo y yo. El personaje y Mario Vaquerizo. Tan distintos los tres.
Con la pasión común de la cerveza.

Mi gran novela sobre Aluche

Aluche, territorio mítico, microcosmos literaturizable.
Lo que yo escribo sucede un Aluche.
Una vez dejé una de mis novelas a unos amigos y uno de ellos dijo, y sigue diciendo cuando sale el tema:
-Sí, yo la leí, es como La casa de los espíritus, pero en Aluche. Tiene una escena porno que no sé cómo se le habrá ocurrido al David, ni en qué película la habrá visto. Todos montando a caballo girando alrededor de la marquesa y del miliciano mientras copulan junto a un arroyo.
Así de qué manera va a publicar algo uno algún día.
En algo no se confunde, y es en ese seudorealismo mágico, en Aluche. Territorio mítico.
Aluche nació conmigo, o casi. Yo me vine a vivir aquí en el 73, recién nacido. Era casi todo un páramo, o una llanura encharcada, o un desierto donde llovieron ideas como edificios.
Mario Vaquerizo, también
cerveza en mano.
Al igual que tantas cosas del cuerpo humano, se hace grande conforme te haces grande. Aluche se hacía grande al igual que ciertas partes de mi cuerpo.
La Vaguada y el personaje crecían igualmente, míticos. Proceso de identificación: afirmativo.

Bloomsday

Y diréis, pertinaces lectoras. Y lectores.
Os preguntaréis con la duda por sombrero.
¿De qué manera llegó la novela a sus manos?
Este Sábado celebramos el Bloomsday a nuestra manera.
Comimos opíparamente y nos sacamos fotos para la posteridad. Para la prosperidad del mundo y que tomen ejemplo las nuevas generaciones.
Dimos un buen repaso a la literatura desde sus cimientos. Literatura, territorio mítico, un no lugar.
Desde el Antíguo Testamento hasta nuestros días, es decir, Fernando San Basilio.
Dando un salto desde Faulkner y sus secuaces, que son legión.
Pensamos, dijimos: no hay ahora una generación de talentos, como aquella de las últimas que hubo, que hubo a mediados de siglo con los Aldecoa y los Martín-Santos. Gacría Hotelano, ¡oh, García Hortelano!
Pensé, les dije: hay que leer novela de hoy, no todo va a ser hallar sobre lo hollado. O viceversa: hollar sobre lo hallado.
Los pioneros se adentran en la espesura de lo desconocido. Como Blancanieves, que se encontró con siete enanitos.
Yo algo he leído de hoy. Los que asistimos a este Bloomsday de Chamberí, algunos, en los 90 leíamos, -tiempos de universidad-, algunos novísimos: Loriga, Mañas, Maestre.
Yo hoy leo algo, algunos novísimos. Algunos los he comentado aquí, otros me los callo. Otros me los como con patatas, me los trago con cerveza rubia espuma rubia espuma rubia rubia.
Uno se encoge de hombros, como que casi no le interesa lo que se publique hoy.
Otro me saca un San Basilio, Fernando, ya me lo mencionó hace meses, y se ha hecho adicto a él, al igual que yo, a partir de ayer que terminé Mi gran novela sobre La Vaguada, soy ya un adicto.
Este amigo mío conoce la obra de San Basilio no por casualidad: los dos son libreros, y si aquí se habla de la profesión de corrector, mi amigo también es corrector.
El otro amigo, el que más sabe de literatura pero pasa de los novísimos del hoy, ya está empezando a ser reconocido merecidamente. Es un Poeta. No diré nombres. Ya hablaremos de nombres, de la misión edénica del nombrar.
Yo te nombro a tí con tu nombre tan parecido a tí, que eres tú misma.
-¿Y de Joyce, qué dijeron?
-Pues lo de siempre, Joyce, Joyce ... Joyce y el Ulises. Pero sobre todo hablamos de Faulkner e Hijos S.L.
Faulkner, tan Antíguo Testamento, tan Boom latinoamericano, tan medio siglo XX hispano. Tan territorio mítico Yoknapatawpha, tan no lugar, tan La Vaguada y tan Aluche. Faulkner. Faulkner and me. Vaya par de S.L. Vaya par.
Y así es como leí a Fernando San Basilio.

Mi gran novela sobre La Vaguada

¿Y el comentario?

http://www.culturamas.es/blog/2010/06/25/mi-gran-novela-sobre-la-vaguada/

http://lamedicinadetongoy.blogspot.com.es/2011/06/mi-gran-novela-sobre-la-vaguada-de.html

http://latormentaenunvaso.blogspot.com.es/2010/07/mi-gran-novela-sobre-la-vaguada.html

http://www.diarioabierto.es/7051/mi-gran-novela-sobre-la-vaguada

Si queréis un comentario a gusto del consumidor, pedídmelo y os lo hago a vuestra medida.
Otra opción es pagarme un psicoanalista.
Cuando trabajaba cerca de La Vaguada, por aquel entonces yo, leía un libro de un autor nuevo, Rodrigo Muñoz Avia: Psiquiatras, psicólogos, y otros enfermos. Muy divertido. Luego se lo regalé a una amiga.
Por aquel entonces yo, cuando en La Vaguada yo ...




jueves, 14 de junio de 2012

Distopía

 A la memoria de Ray Bradbury

Ray Bradbury, en umbraliana foto
 Bradbury, donde los libros están prohibidos

La semana pasada fallecía Ray Bradbury, autor de novela de ciencia ficción, que siempre ha ido, desde sus comienzos, estrechamente vinculada a la posibilidad de otras sociedades donde nuestra sociedad pueda reflejarse. Las colecciones de este tipo de literatura -por no decir subgénero, término peyorativo las más de las veces- están llenas de utopías y de distopías.
Sin embargo, aquí Ray Bradbury es sólo una excusa para tratar de las distopías probables, distopías de este mundo nuestro que han existido de alguna manera, o que existen, o que existirán.
Su novela más conocida -en dura competencia hacia la fama con Crónicas Marcianas-, Fahrenheit 451, es un buen ejemplo de ello. Luego el gran Truffaut haría una buena adaptación para el cine. (link)
En esta sociedad creada por este amante de las bibliotecas, los libros están muy mal vistos, tan perniciosa se suponía su presencia que el cuerpo de bomberos se ocupaba de quemarlos. A 451º F arden los libros. Para salvaguardar esta dañina semilla, un grupo de disidentes, antes de ver sus libros desintegrados por el fuego, deciden aprenderse al menos uno. Así se forman los hombres y mujeres libro.
Una sociedad donde no ya todos,  sino aunque sólo sean ciertos libros los prohibidos, ya es una distopía. Esto ha sucedido a lo largo de la historia, con inquisiciones varias. En la novela de Juan Marsé que comentábamos en el post anterior, Caligrafía de los sueños, leemos como en la posguerra española quemaban los libros.
En la literatura distópica tenemos como ingrediente principal la manipulación del ser humano en su conjunto, mental y hasta espiritual, en cuerpo y alma. Con la quema de libros se consigue sesgar una parte de la realidad que no se quiere sabida.
Otro ingrediente es la vigilancia extrema, sabida o no, y por lo tanto el miedo que viene añadido a este control.

Orwell y la obra maestra de la literatura distópica

Estos dos componentes son fundamentales en la que quizá sea la obra maestra de todas las distopías, 1984, de George Orwell. Él mejor que nadie supo recrear una sociedad sumergida en la manipulación, la vigilancia extrema y el miedo.
Y sin embargo su pesadilla no era soñada, era bien real, ya que dentro del mundo en el que él vivía y escribía, otras sociedades había como modelo para su obra: tanto el nazismo como el estalinismo, los regímenes totalitarios en general.

George Orwell
 Lo que hace Orwell es imaginar un futuro donde este tipo de regímenes sería llevado a su máxima potencialidad.
El personaje principal, por ejemplo, es un funcionario cuya misión es hacer desaparecer todo tipo de información que el poder establecido quiere que sea olvidado. Con lo cual se manipula la hitoria, y más aún los recuerdos. Son graciosos, entre comillas, los episodios en los que se cambian a gusto del poder los enemigos del pueblo. Los que ayer eran amigos hoy son enemigos, y el pueblo no hace más que vibrar de amor y odio con los hermanos y adversarios de cada momento.
El control, pues, es total, hasta en las casas hay pantallas con el afable gran hermano que vigilan todos los movimientos de los ciudadanos.
Las similitudes con el tiempo presente son claras. Que vivimos manipulados, es cierto. Pero gracias a que podemos entender que tenemos como dos poderes simultáneos, ya que se supone vivimos en una democracia, podemos contrastar y hasta elegir. Aunuqe la diferencia entre las dos opciones sea más estética que ética, más superficial que de carácter.
Lo mismo sucede con el control y la vigilancia. Yo, ahora dispongo de un móvil android, en el que tengo vinculadas todas mis cuentas y redes sociales. Ahora todos mis movimientos son guardados. Para un paranoico como yo esto está bien: siempre he tenido razón, y ahora que sé que soy vigilado haga lo que haga, no tengo porqué esconderme. Ahora por ejemplo estoy escribiendo haciendo uso de una herramienta más de este leviatán de nuestros días.
En 1984 vemos la distopía perfecta, con curiosas similitudes con el mundo de hoy, tan inteligente es la novela. Vemos por ejemplo de qué manera hacen creer al pueblo que fuman y comen lo que hay, un tabaco, cafés y chocolates infames, mientras que los altos funcionarios toman lo que de verdad es un buen tabaco, un auténtico café, un excelente chocolate. Hacen creer a la gente que lo que toman es lo que pueden tomar, que es lo mejor, guardándose para sí lo auténtico. Así también con las canciones que el pueblo escucha y tararea, canciones elaboradas por una máquina. Canciones de radio fórmula todas iguales, cortadas por el mismo patrón, que sirven para calmar el sentimentalismo del pueblo, pero no pueden acceder a más. Al igual que la ilusión de la lotería, que nunca toca si no son pequeños premios.
Es una sociedad que juega con la ilusión del pueblo, que se cree feliz o infeliz según convenga.

La utópica distopía de Huxley


Aldous Huxley
 Muy distinta pero con grandes similitudes es la obra de Aldous Huxley Un mundo feliz. Aquí la gente sí que parece realmente feliz, en una sociedad perfectamente organizada, con sus castas y sus élites y sus familias humanas. Es muy distinta a 1984 porque aquí al pueblo sí se le da lo que quiere: calmar sus necesidades más primarias, de maneras más o menos sotisficadas. Lo que le une a 1984 son los ingredientes fundamentales: manipulación -aquí llevada al extremo de la manipulación genética-, vigilancia, y miedo. Aunque aquí el miedo se da como la angustia ante lo desconocido, horror a perder el bienestar en pos de la verdad, del conocimiento. En Un mundo feliz mejor es no saber, ser inocentes: es éste un mundo edénico, donde el pecado es saber y conocer.
Quizá nuestro mundo actual, esta sociedad de bienestar, otra vez entre comillas, en que vivimos, sea más parecida a Un mundo feliz. La manipulación usa aquí un arma infalible: las drogas, que crean dentro de los personajes una satisfacción que les hace mansos, disciplinados, y lo que es mejor para ser manipulados: dependientes. Y felices.
Yo a veces pienso, y siento, que nuestros gobernantes deberían manipularnos de esta manera tan jovial y positiva. Todos drogados, haciendo el amor todo el día y por doquier, sin otra preocupación que la de que ningún pelma nos venga con que hay otros mundos de libertad y conocimiento.
Hasta las castas más bajas, los parias de Un mundo feliz, los trabajadores manuales, tienen su derecho a sus pastillitas para no rechistar ni sentirse infelices.
Si es que hay distopías y distopías.

La inocencia distópica de William Golding

Con esto volvemos atrás, unas decenas de miles de años.
La primera distopía viene tras el cierre de la primera utopía, el Jardín del Edén. El paraíso terrenal. Allí los primeros humanos sólo tenían el deber de ser felices, teniéndolo fácil. Además, tenían la labor intelectual de poner nombre a los animales y a las cosas. Sin embargo, no debían tomar la fruta del conocimiento, porque si no se verían desnudos.
Y así andamos todo el día desnudos, frágiles, y lo somos porque sabemos. Somos frágiles porque sabemos.
Sabemos por ejemplo que todo es mejorable, que se puede progresar y evolucionar a un mundo mejor, que vivimos en una sociedad de carencias y escasez. Es imposible ser inocentes, no ser culpables, cuando sabemos. Cuando sabemos que todo a nuestro alrededor sangra, que el mundo está roto, que nos han roto el mundo.
-Mi juguete se ha rompido -llora un niño.
Una felicidad plena es inconsciente, despreocupada, ignorante e inocente. Un hombre, una mujer felices, son seres sin culpa. No saben que están desnudos, que son frágiles. Todo está bien como está.
Un mundo feliz, la novela de Huxley, es un edén actualizado.
Y con esto tocamos la última distopía a comentar, la genial El señor de las moscas, de William Golding.
 
William Golding
 En esta parábola acertada de nuestra sociedad, un grupo de niños son abandonados a su suerte en una isla desierta.
Seres inocentes, sin culpa, ingénuos e ignorantes. Un nuevo comienzo, la restauración del paraíso.
Pues no. Se van estableciendo en sociedad y van cometiendo todos los errores e injusticias que cometió el hombre desde el albur de los tiempos.
Podríamos alargar el post unas cuantas parrafadas más, ya que la literatura distópica es abundante. Un ejemplo de hoy está en Saramago y su Ensayo sobre la ceguera, otra parábola de nuestra sociedad, donde ni siquiera estando ciegos e impedidos somos capaces de evitar la culpa.

Una consideración final

Para concluír, quisiera dar mi opinión. Toda utopía es el germen de una distopía. Otro día podríamos hablar de utopías. La de Sto Tomás Moro, por ejemplo. La República de Platón. El mismo Edén del Antíguo Testamento. En teoría, toda utopía se nos antoja atractiva e ideal. En la práctica, se una distopía, ya que estamos acostumbrados, dada nuestra torpeza y curiosidad y afán contínuo, de romperlo todo.
Y sobre todo el poder. No es posible una sociedad sin que haya un leviatán con el que poder pactar una dosis de felicidad a cambio de su poder. El poder que nos da un mundo tan frágil, tan precario. Difícil no será romperlo con nuestra torpeza y curiosidad.
Leí cada una de las obras comentadas hace más de quince años, pero guardo en mi memoria su lección. Alta literatura, qué duda cabe.

Coda

http://emperatrixmundi.blogspot.com.es/2012/03/eden.html




Y un anexo: