jueves, 7 de noviembre de 2013

El escritor y la pose (II). 100 años de Albert Camus

La leyenda de Camus es sobria y grave. Exige fieles que sepan leer: hoy, una estricta rareza. Su desafío del tiempo no conoce más templo que la biblioteca: lugar, en los tiempos que corren, muy poco frecuentado.
Gabriel Albiac


Quizá fue, son su sólo sé que no sé nada, Sócrates el primer existencialista. Y ahí, partiendo de esta nada, comenzamos a pensar.
Sócrates rodeado de sofistas, que todo lo sabían sin necesidad de pensarlo. Al igual que hay una prosa sonajero (Marsé dixit) también hay un pensamiento sonajero. Ya que la prosa es la materialización del pensamiento.
Luego vinieron los kierkegaard, los schopenhauer, los nietzsche, los heidegger, los sartre, los camus ...
Salvados de la nada en su amor a la sabiduría, asidos a ella para no caer en los abismos nihilistas. Esta angustia ante el vacío les hizo buscar un sentido, y este camino fue su legado a la humanidad. Como diría Sartre: El existencialismo es un humanismo.
También en literatura hay un existencialismo, no hay más que leer El árbol de la ciencia, de don Pío Baroja. Mi existencialista preferido es, como no, Francisco Umbral: su poética en prosa viene cargada de una mística surgida de un desolado nihilismo -Mortal y Rosa-.


Albert Camus, fotogénico

Que quede claro: la pose de Camus no es sólo estética, que también. Lo es ética, por eso sigue siendo considerado uno de los referentes morales de occidente. Es una posición ante esta nada, ante este mundo, por hacerlo habitable.

Más literato que su contemporáneo Sartre, menos ortodoxo y más disidente, más guapo e icónico. Sartre era más filósofo, quizá más ligón también, la suerte del feo que dicen. Los dos recibieron el Nóbel (Camus por el «el conjunto de una obra que pone de relieve los problemas que se plantean en la conciencia de los hombres de hoy».), pero Sartre lo rechazó, quizá por ser más existencialista, esta ortodoxia que digo. No se es mejor o peor por aceptar o rechazar tal premio, ya que son poses que quedan más o menos curiosas. 
Los dos eran la mar de franceses, la mar de humo de fumadores que eran..Y yo, que no he leído La Náusea, sí he leído El Extranjero. Prefiero a Camus -Albert Camín su nombre sonoro en castellano-. 
Me parezco más a Camus. Hubiera preferido quizá parecerme a Sartre, con todas esas estudiantes revoloteando a su alrededor, cortejando un nilismo muy feo pero con mucha labia.
A Albert Camus le traducíamos en la universidad, pasajes de El Extranjero, y alguien nos decía que su traducción más fiel sería El Extraño: por ese extrañamiento del nihilista ante el mundo, que se siente extranjero en el mundo. Luego leí en castellano la novela, después de cuatro o cinco años de estudiar francés no me quedé con nada de esta lengua hermana, pero sí aprendí a mejorar mi pose de literato fumador, por si algún efecto de musa me hacía. No soy bueno con los idiomas, pero sí lo soy como monito de imitación.

Todo el pensamiento de Camus irá siempre unido a su pose elegante de actor de raza. Es esa su raza, la de los actores que no necesitan histrionismos para ser buenos, les basta como una mirada o dar un paso para decir lo que tienen que decir, para transmitir algo: Henry Fonda, Humphrey Bogart, John Wayne ... Así también su pensamiento. Un pensador histriónico, de la mejor tradición de jacknicholsoniana, sería Nietzsche interpretando a Zaratustra.
Camus lleva muchas décadas siendo un icono. Queda muy bien en facebook con alguna de sus citas estampada, para que cualquiera que no sepa quien es diga qué guay y te ponga un me gusta. Yo acabo de hacerlo hace una hora.
La cita es la fotografía de un pensamiento inspirado. Ten cuidado con la cara que pones cuando te fotografíen, pues ese gesto quedará inmortalizado. Así también con lo que dices, pues en seguida te pueden sacar la foto cita, y ser tú ya para siempre quien eso dijo.
El pensamiento de Albert Camus ( harás el favor de leerlo así, que mejor queda: Albert Camí) es también muy fotogénico, pon en google camus citas y la lluvia de fotografías de sabios instantes te lloverán.
Harás bien en leerlas, sí, pero harás mejor si lees El Extranjero, obra completa e imprescindible.
Aquí unas pocas. 

"Bendito el corazón que se puede doblar porque nunca se romperá"

"Califico de estúpido a quien teme gozar."

"Está la belleza y están los humillados. Por difícil que sea la empresa quisiera no ser nunca infiel ni a los segundos ni a la primera."

"En las profundidades del invierno finalmente aprendí que en mi interior habitaba un verano invencible."

"No camines delante de mí, puede que no te siga. No camines detrás de mí, puede que no te guíe. Camina junto a mí y sé mi amigo"





Su pensamiento claro está que fue influyente, pero también lo fue su imagen. Son iconos hermanos como Bogart, Brando, Dean (al igual que Camus, James Dean murió en accidente de coche) 




No me queda claro quién imitan a quién, pero todos posan con el cigarrillo del pensador que quema la nada con el fuego de su pensamiento, convirtiéndola en humo.



Hasta yo mismo me he hecho fotografiar así hoy para celebrar su centenario -en Aluche, cómo no-, con camiseta de los grunge Nirvana, y no estará de más decir que el movimiento grunge es existencialista, el mismo Kurt Corbain era un abanderado del nihilismo, un buen ejemplo del sísifo de Camus, suicidio incorporado y todo. Ya dije alguna vez por aquí que yo en los 90 fui grunge, al menos en la manera de vestir.







jueves, 31 de octubre de 2013

Operación Fausto (III). El Maestro y Margarita, de Mijail Bulgakov y de los Rolling Stones.



De pronto me pareció que la oscuridad del otoño iba a romper los cristales, a entrar en la habitación y que yo me moriría como ahogado en tinta.
Mijail Bulgakov. El Maestro y Margarita.

Esperad que me desperece unos momentos y comienzo.







Consejos para la lectura y disfrute de El maestro y Margarita

Escuchar la canción de los Rolling Stones Sympathy for the devil, basada en la novela. Un libro que merece una canción de los Rolling no puede ser malo, aunque el honor es de ellos, dada la magnitud de la obra. Así pasaría años después con el poema Annabel Lee de Edgar Allan Poe (link), y es que si Santiago Auserón (link), le puso música, podemos apostar a que es de calidad suprema.
Despojarse de prejuicios: siendo una de las obras mayores del siglo XX, es una novela divertida, una gamberrada sublime. No espere el lector que la lectura sea fácil o ligera. El estilo lo es, no el contenido, casi una novela coral, muchos personajes, escenarios y sucesos.
Hay que conocer el contexto, el marco en el que fueron escritas estas páginas ni fueron cómplices ni cómodas para su aceptación. Hay una crítica implícita, como no, en tono paródico, de la sociedad soviética de aquel tiempo. No fue condenado el autor ni al exilio ni a cualquier otra pena dictada por la tiranía. Algo igual de doloroso para una obra: ostracismo, silencio. Y prohibición de publicar.
Se nota, por el ánima desnuda y gamberra que sobrevuelan sus páginas, que Bulgakov disfruta escribiendo, que Bulgakov es Margarita enamorada revitalizada por el necesario aire fresco y nuevo. Se nota que se libera el autor en la escritura, y con él nos liberamos todos a través del vuelo enamorado de Margarita.
Ella, Margarita, es la razón principal para leer estas páginas.

Fausto sin Fausto

Vimos en Marlowe al Fausto más auténtico, alguien que da el alma por cumplir todos sus deseos y antojos, ante un diablo generoso y complaciente. Vemos la danza de los pecados capitales más sugerente ante un Fausto comensal. Y aquí no hay Margarita. (Operación Fausto I)
El Fausto de Goethe, siendo menos coherente, es una obra maestra, por lo que vemos que a una obra maestra podemos pedirle cualquier cosa, menos lógica. No era lógico Don Quijote, ni lo era Horacio Oliveira. No es razonable este Fausto ni lo es este diablo. Fausto da su alma por sólo un deseo, aunque sea enorme, a un diablo tacaño y muy poco tentador. Aquí hay Margarita, sí, por lo tanto hay redención. Yo lo veo así, pues es ópera abierta. (Operación Fausto II)
En el Fausto de Bulgakov no hay Fausto. Fausto es la misma Margarita, la que entrega el alma por el hombre que ama: el Maestro. Él es un escritor, como Bulgakov, con sus problemas, como Bulgakov.
Condenado al ostracismo, arrojado al silencio. Desaparece, loco, a ese manicomio lugar de encuentro de tantos personajes de la obra. Margarita, sola, no vive sin su amante. Hasta que aparece el tentador, y ella es tentada. Pero con la piedad, Maestro y Margarita serán redimidos. El diablo de aquí es tan generoso como el de Marlowe, con el añadido especial de que es un caballero atractivo, un venerable anciano, un ser, siendo tan malévolo, de carácter amable y compasivo. Y su corte, estrafalaria, gamberra, terrorista.

Extraña y novedosa estrucura

Se van intercalando capítulos que hacen referencia a dos épocas y escenarios distintos y distantes: el Moscú de los años 20, la Jerusalén del siglo I.
Uno se pregunta qué tienen que ver el atormentado Pilatos con estos locos moscovitas tan histriónicos. Uno se va dando cuenta desentrañando el misterio según van apareciendo personajes. Unos sueñan, otros escriben la novela de Poncio Pilatos. Es la novela que escribe el Maestro, y que será condenada al silencio. La novela que con tanto mimo y lágrimas atesora Margarita, por ser una obra de libertad, el trabajo vital del hombre al que ama.
Tanto Margarita como el Maestro no aparecen en la novela hasta bien avanzada la trama, casi en la segunda parte. Y sí, son los personajes centrales, junto a Vóland  y su corte de diablos, además de otros como Iván, Berlioz ... son demasiados personajes como para mencionarles aquí.

Obra de libertad y desnudez

Se toma muchas licencias este Bulgakov. No sólo usa del mito de Fausto a su antojo, sino que se dedica a desnudar todo lo que pilla, para mostrar sus vergüenzas. Ten cuidado tú, si lo lees, no sea que también te veas en pelotas. Pero no temas si no tienes nada vergonzoso que ocultar. Aprovecha la ocasión y vuela, vuela, sobrevuela el cielo sobre la ciudad prisión de tu existencia.
Podemos tomar el desnudo como metáfora, y actuando sobre varios frentes.

Desnudez vergonzosa

Hay un episodio significativo, cuando Vóland ofrece su espectáculo de magia al público moscovita. Ofrece modas de París a las mujeres, que ansiosas se abalanzan al escenario y  que en los probadores aparecidos por las artes mágicas de este diablo guasón se visten las mejores ropitas de la época. Una vez acabada la función todo desaparece, como en el pacto de Cenicienta con el hada: desaparecen las ropas, y todas en la calle quedan en paños menores. Así, de otra manera, va destapando este Vóland la codicia, la avaricia, la hipocresía, la corrupción, la vanidad, la inhumana burocracia -sobre todo literaria-  ... tantos vicios que asolan cualquier sociedad, y en concreto la del tiempo y lugar de la obra, por muy socialista y justa que se publicitara. Claro, esto no le fue permitido a Bulgakov ... A través de diversos episodios que son terribles gamberradas ejecutadas por Fagot, Popota -el gato tan humano que recuerda al gato con botas y al gato de Cheshire-, Asaselo el sicario, Abadonna -mirada letal - y Guela (que siempre van desnudas conmocionando y matando y enloqueciendo al personal); la ciudad va siendo asolada por el caos y la confusión.
(A qué espera Tarantino para una versión ... )

Desnudez liberadora

Mientras, Margarita sobrevuela el cielo, con la pomada que le ofreció el diablo, acompañada por su sirvienta Natasha (ésta sobre un cerdo, pues el cerdo de su vecino ha sido convertido en lo que es) en parte del trayecto. Las dos van desnudas, ¿a dónde se dirigen? Primero a una danza con sátiro y ninfas, luego a un baile muy especial, el baile de Satanás que recuerda a aquel baile del Fausto de Marlowe. Aquí van pasando ante Margarita, que es algo así como la reina de la fiesta, algunos célebres personajes que surgen del infierno.
Esta desnudez también es símbolo, pero de algo opuesto a lo que hablábamos antes. Aquí es libertad, vuelo, purificación, resurrección a la vida, pues va a buscar aquello que ama. Como en La bella durmiente, va a liberar del sueño febril de la locura improductiva a su amado. Aquí no es un príncipe a una princesa, sino una mujer infiel a su amante, un escritor sumergido en la frustración ante su obra censurada.
La pomada mágica de Vóland es la que permite el vuelo. No hay nada que este diablo no pueda hacer, puede hasta perdonar y dejar ir a súbditos de su reino de sombras.

Es, por lo tanto, una obra hermosa además de divertida. Amor, perdón, piedad ... todo termina con el amor como salvación. Demasiado bonito, y podría ser cursi si no fuera, vuelvo a repetirlo, por la gran gamberrada que es El Maestro y Margarita, escrita por este valiente llamado Mijail Bulgakov, que seguro que la escribió para sentirse vivo y libre, y para hacernos sentir así a sus lectores.
¿A qué esperas, amor, para desnudarte y volar conmigo?

El amor surgió ante nosotros, como surge un asesino en la noche, y nos alcanzó a los dos. Como alcanza un rayo o un cuchillo de acero.
Mijail Bulgakov. El Maestro y Margarita.

Coda

Han pasado meses desde que prometí este post, han pasado meses desde que leí el libro. Un año desde aquella última reseña: maravilloso David Copperfield, cuanto nostalgia por el corazón de Dickens, pues escribía con el corazón, qué duda cabe.
Me estoy volviendo un bloguero muy poco estajanovista, y eso no me hace ningún favor a la hora de competir en el ranking de los más y mejores.
Mi mamá me dice que me estoy despendolando. En el trabajo me llaman "el fiestas" además de meterme en la taquilla anuncios con escandalosas ofertas de casas de lenocinio. Alguien muy travieso me puso como fondo de pantalla y en relieve las palabras "il vividore", me gustó y lo dejé estar.
He evolucionado hacia la máxima desfachatez e indolencia, a veces me recuerdo al personaje principal de "El gran momento de Mary Tribune".
Sin embargo no dejo de pensar en ti un solo día, y me imagino a mí mismo narrando a tus bonitas orejas -las más bonitas en dura competencia con otras que me escuchan- todas mis correrías y venturosas hazañas de este verano pasado, el más divertido de mi vida - pero, ay, no el más bello, tú sabes bien cual fue- .
Darían para una novela, que llamaría umbralianamente "Verano y Ninfa"
Joven Diana, por Boutet de Monvel
Hace unos viernes, por ejemplo, para celebrar la entrada en el equinoccio de Otoño, me beneficié a la diosa Diana, diosa virgen de la caza, que no era ni mucho menos virgen aunque sí iba de caza con todos los aparejos con que le dotó madre natura. Me encontré, raro en mí -soy de temperamento vergonzoso y si paseo por piscinas y playas no soy de los que se quita la camiseta fácilmente- en pelotas fumando tan ricamente en la terraza de una coqueta habitación de hotel -dulce hotel (link)- con vistas a la piscina y el jardín. Con vistas, mis ojos, a la piel de Diana, cazadora de hombres, que se empeñaba en llamarme "bebé". Me sentí muy sabina y muy canalla. Luego me confesaría que no buscaba ni novios ni maridos, que esas cosas no se buscan: se encuentran. Su sueño era construírse un chalet en una parcelita que tenía en su tierra, y que para ello trabajaba duro. De vez en cuando se permitía el lujo de irse de viaje con las amigas: a Italia, a Roma. Me la imaginaba pidiendo audiencia al Papa Paco, que nos ha salido tan cristiano. Así, tan desnuda y tan diosa, tan Diana, tan cazadora, tan encontradiza.
Fue entonces cuando me decidí a ser más constante con el blog, o con la escritura en general. Por lo menos la lectura sí la respeto más, sí leo a diario, aunque sea para llenarme de escándalo, para santiguarme, para abochornarme y teñirme con rubor de quinceañera.
Me dí cuenta de que una vida tan literaria debía ser contada, sin reservas. No todos tienen la suerte -ni las agallas- de yacer con diosas. 
Ni de ser bendecido por las ninfas.
Alicias y piterpanes me preguntan por ti.

viernes, 6 de septiembre de 2013

50 sombras de Grey (pragmática del texto)



Tengo una debilidad
hay que calamidad
mi vida es un disgusto

Tengo una debilidad
no sé que pasara
Si no me doy el gusto

Pero que calamidad
vergüenza ya me da
las cosas que me pasan

Yo no sé que voy a hacer
o me curo de este mal
o me voy a enloquecer

Tengo, tengo, tengo
tengo una debilidad
tú lo sabes muy bien
estas muy enterada

Tengo una debilidad
no se puede ocultar
lo llevo en la mirada

Y esa gran debilidad
será lo que será
por mucho, o por nada

Yo no sé que voy a hacer
o me curo de este mal
o me voy a enloquecer

Tengo una debilidad
tú lo sabes muy bien
estas muy enterada

Tengo una debilidad
no se puede ocultar
lo llevo en la mirada

Y esa gran debilidad
será lo que será
por mucho, o por nada

Yo no sé que voy a hacer
o me curo de este mal
o me voy a enloquecer

¡Ay qué debilidad!

(Domingo Fabiano)

sábado, 10 de agosto de 2013

El blues de la rosa latente entre las ruinas



Todas las rosas blancas de la luna caían,
por la ventana abierta, en el cuerpo desnudo ...
Mirando aquellas carnes blandas que florecían,
hundido entre mis sueños, yo estaba absorto y mudo. 
(Juan Ramón Jiménez)


"Bebe, pajarillo imberbe, ya que no comes bebe"
Tengo una compañera en el trabajo que de vez en cuando me sorprende con alguna cita sonora o con alguna palabra de raro uso:" impoluto, reposeída".
Todo lo que se sale de lo común, de la rutina, de lo normal y de la norma nos revive, nos alienta y nos refresca. Todo es digno de ser literaturizado, pero hay modos de narrar extraordinarios que mitifican lo normal, al igual que otros hacen de lo asombroso algo cotidiano. Entre estos dos extremos nos movemos, nos vemos obligados a aceptarlo. No era necesario ver para creer, pero yo he visto y he creído.
Sin embargo sí es necesario vivir para crecer. Vivo y por lo tanto crezco, nena.
Últimamente siento cierto pavor al estancamiento. ¿Querías vivir con la placidez de un barquito por un río sin oleaje en sempiternos atardeanocheceres preso de sus juegos de luces y de sombras? Dicen que Venecia huele mal, por las aguas de los canales estancadas. Sin embargo es tan hermosa ... Un bello conjunto, sí, sin embargo prefiero rescatar el momento feliz de ese conjunto, la instantánea en la que no hay mal olor. Salvar de lo pútrido lo que aún late y tiene vida. Hace unos meses tomé una flor de un basurero. Lo sórdido no sólo está lleno de aventura, sino también de belleza.
Últimamente me muevo demasiado, nena. Qué va, me muevo y basta.
He podiido constatar que vivimos en un constante conflicto, allá donde voy siempre hay conflicto -en mi interior también, cuando me camino-. Nada entonces de góndolas venecianas, nena, hay que navegar sorteando los escollos. Hay que caminar conscientes de que en cualquier momento podemos pisar una mina y salir cojos. O mancos como yo. 
El último año ha sido duro y enriquecedor, y yo he cambiado. He tenido que acostumbrarme a vivir más en el presente -hacerlo eterno si acaso- menospreciando el mal pasado e indiferente -casi indiferente- al incierto futuro, nena. Sólo así hemos podido seguir adelante.
No he tenido límites: he estado manco y he llevado en cabestrillo durante meses mi brazo útil -el derecho-, y he tenido que aprender a manejar el izquierdo. 
He tenido también que gobernar a los que son más fuertes que yo, organizar mi mundo y el mundo de los míos, que es mi mundo.
Recuperado he vuelto al trabajo, y he tenido tiempo para todo, el tiempo no tiene límites, sólo las cárceles relojes limitan. 
Recuerdo una larga semana enfermo de un resfriado sin librar un solo día, aún así me sentía feliz por poder moverme.
Salir, ver, tocar, creer, crear, nena.

Visitar los vertederos del amor y de la vida y hacer ramos de flores con lo que he podido salvar. Y eso me ha ayudado a continuar, nena.
Y hoy, que ya no tengo que ocuparme tanto de los demás y que podría darle más tiempo a lo mío, decido sin embargo salir y respirar: ver y tocar, y así creer para crear, aunque no fuera necesario ver ni tocar. Y si decido inaugurar una nueva etapa para esta bitácora es para no caer en el ensimismamiento, que fue tan pernicioso en mi pasado. La escritura es actividad, y late y late, y el teclado corazón bombea tinta y tira líneas y genera vida.
Una tercera etapa, nena, y recuerdo yo aquella primera en la que fui tan popular, fue una locura. Luego una segunda que fueron cuatro años tranquilos, con tus ojos pegados a los míos. 
Tus ojos son otra de las rosas que rescato de las ruinas, las ruinas de nuestra amistad.
Creo que has sido la única lectora fiel que conozco personalmente. Otros amigos cercanos me han leído, con la inconstancia y dejadez con que nos leemos los amigos.
Luego mis lectores fieles, que no conozco personalmente: sé que los tengo, me consta, y les ofrezco un festín, un carnaval de la carne y la lujuria, literatura genital, generadora. Es, ay, esta literaturitis crónica.
En este verano de gracia en el que no tengo vacaciones, en que Madrid está en clave de ninfa, restauro el manicomio -es que nunca se cerró, pero para que me entiendan-.
Presente Emperatriz más desnuda que nunca en clave de puta y rosa entre la mierda.
Es mi presente.
Ni siquiera creo que la mayoría de los libros que he leído en los últimos meses, desde Noviembre, merezcan una reseña. No me estimularon demasiado. Ni siquiera el Gran Gatsby, sin pena ni gloria por mi senda de libros. 
Sólo ahora que los libros que leo me vuelven a interesar y a entretener vuelvo a la carga, nena.
Carga liviana, ya que en El Maestro y Margarita, de Bulgakov, hemos aprendido un arte de libertad. A esta obra irá dedicado el próximo post, y eso que hace semanas que terminé su lectura. Sigue caliente Margarita generosidad y vuelo, no es un problema.
Mi rosa de los vientos, mi hoja de ruta, mi ninfa simbólica y carnal, carne mi rosa.
Queda inaugurado el manicomio, nena.
Perdonen la egolatría.
Te lo digo así como quien canta un blues, el blues de la rosa latente entre las ruinas.
Cercano a algunos de los locales más sórdidos del centro de Madrid hay un tugurio donde sólo ponen blues, hasta con un poco de suerte hay una banda tocando. Lo frecuento muy a menudo, podemos estar callados horas, escuchando, y bebiendo cerveza de la buena. 


lunes, 12 de noviembre de 2012

David Copperfield, de Charles Dickens




    ... y comprendo que es verdad cuando dicen que la vida es una sucesión de pequeñeces.
Charles Dickens. David Copperfield.

Día 1

Quizá escriba, después de tantas semanas, el post más largo de este blog. Cómo abarcar si no esta obra total, de aliento largo y luminosas páginas.
Podría haber escrito varios artículos, como otras veces, pero no he querido escribir nada hasta finalizar las 1200 páginas de la novela, que ya son páginas, que ya son hojas de este Otoño de lluvia y oro.
Tampoco he sabido por dónde comenzar, si hablando de Agnes -a mi modo de ver, uno de los mejores personajes que han sido creados nunca-, o de las lágrimas de hoy por la tarde, antes de llegar al final, yo, que nunca lloré leyendo una novela, aunque muchas me conmovieran. Pero ninguna como ésta.
Y es pura fábula, pese a que Dickens se encuadra en el Realismo, ese movimiento decimonónico del que inevitablemente ha bebido la Literatura hasta hoy, pese a tantas vanguardias y experimentos.
Es, lo que se dice, una novela tipo, lo que cualquier común entiende por novela. De las mejores de esta raza. Cuando uno se adentra en la lectura de libros que han explorado los infinitos caminos del contar, a veces, cansado y abrumado, sueña con este tipo de páginas que no necesitan de un análisis ni de una preparación literaria previa.
David Copperfield es El Libro. Lo que cualquiera entiende por libro.
Es un relato ameno, el relato bien contado de una vida.
Pero no, no es realista, es fábula. Y por eso es fascinante, por su fantasía pura que llega a lo humano más que cualquier otro realismo más purista.
Podría escribir un libro, o una tesis, sobre esta obra que tanto me ha gustado. Pero me conformaré con un largo artículo. ¿Te atreves a caminar conmigo por esta Vía Principal de la Literatura? El camino será largo, quizá tardemos varios días, pues la contención narrativa ya sabes que no es lo mío.
Obra escrita en el meridiano de su labor literaria, es considerada por el propio autor como su hija predilecta, ya que puso mucho de sí mismo aquí. No, no he leído aún nada sobre ello, pero sí me gustaría saber qué pasajes y personajes conciernen a su experiencia.
De Dickens sólo había leído, de adolescente, sus relatos navideños, además de la versión en cómic de algunas obras suyas como Historia de dos Ciudades o esta que comentamos hoy, David Copperfield. Era un poco reacio a leer a Dickens: demasiado famoso, demasiadas adaptaciones, un imaginario demasiado conocido. Pero uno se da cuenta de que para llegar a esta fama que no ha decaído con el paso de las épocas y las modas son necesarias ciertas bondades literarias, como son la calidad, el buen arte de narrar, la creación de personajes inolvidables, la hondura humana y el saber fascinar.
Era reacio porque me sucedía algo parecido a aquello que contaba Rafael Reig en su imprescindible Manual de Literatura para Caníbales a propósito de Antonio Machado y de una señora a la que le gustaban los perros y un señor al que no le gustaban las señoras a las que les gustaban los perros. ¿Que cuál es la anécdota? Lean el manual. Desde aquí intentamos motivar la lectura de obras edificantes para formar hombres de bien y mujeres distinguidas, y fomentar vicios y perversiones que hagan juego con una cierta catadura moral. Seamos buenos, pero que no nos falte la sal de la vida. En cierto capítulo del David Copperfield se describe una buena borrachera y una mala resaca, en un capítulo de diez páginas que debería ser ejemplo en un manual de escritura. (puede ser leído aquí. link)

 Si algo tiene Dickens de realista -aunque sigo opinando que no es un escritor realista como lo fueron sus coetáneos Balzac, Flaubert, Stendhal, Galdós, Clarín, Tolstoi ... , pues más bien es un fabuloso fabulador- son sus descripciones certeras de estados de ánimo y situaciones anímicas. Sucede lo mismo en otro capítulo, cuando David se enamora de Dora, en el relato de ese trance amoroso hay maestría y dominio del saber contar, tanta sagrada tontería -que tantos hemos pasado- no puede ser narrada mejor, en un capítulo llamado Caigo Cautivo.
Ya hace tiempo escribí aquí un post contando de qué manera compré el Copperfield (link), y aprovechando que éste es el año Dickens, he querido leerlo metiendo en la empresa a otros amigos. Así lo han leído mi querida hermana adoptiva y amiga de Iruña, que tanto se ha paseado por este blog casi como un personaje más; y mi viejo amigo el siempre joven poeta -así es como le presentan sus ancianos amigos cuando presenta su libro El Mal Hombre (link), que ya les vale- Rubén Romero, el componente más famoso de la Degeneración Akabá, de la que me  precio de ser el Unamuno, por ser el más viejo y el más pellejo -aunque el filósofo novelista tenía más de lo primero que de lo segundo-.
Curiosamente, hace casi un mes, Rubén y yo coincidíamos en la fascinación por el capítulo mencionado en que Tocayo Copperfield se emborracha y sufre una buena cruda. Según me contó lo subrayó enterito y lo recitó en voz alta a quien con él vive. De los akabaos, Rubén y yo somos los únicos que seguimos los consejos lectores de los otros akabaos. Gracias a él y a Hilvanes leí yo el Ulises de Joyce, donde según dicen algunos se homenajea el Copperfield, parodiándolo.
Para el buen arte del leer hay que seguir el instinto antes que nada, pero hay que saber dejarse guiar por quien comparte el mismo amor por la lectura.
Mañana pasaremos a comentar en líneas generales la obra, para después pasar a lo mejor de la novela, sus personajes, su capacidad para el retrato psicológico, su arte para la caricatura, y sus sobrecogedoras semblanzas trágicas, dignas de un Esquilo o un Lorca. Yo he podido observar tres tipos de personajes: caricaturescos, humanos y trágicos. Pero ya hablaremos de ello.

Día 2

Hubo un tiempo en que los libros eran artículos de lujo, y ahí vemos a Alonso Quijano el Bueno cómo malgasta su hacienda por leer más libros de caballería; y según dicen sus biógrafos, un joven y estudiante Napoleón quedaba algunos días en ayunas por comprar más libros. Sólo los locos y los ricos leían, además de los religiosos. Hoy los libros se malvenden a diversos precios, no se valoran tanto porque son más asequibles, yo mismo tengo frente a mí, ahora mismo, un largo centenar de obras compradas y no leídas. Podemos también visitar las bibliotecas, donde podemos disponer del libro que queramos, y gratis. Imaginemos el festín que se daría don Quijote si en sus días hubiera bibliotecas. Tenemos librerías de saldo donde podemos comprar libros a uno, dos, tres euros. Y en las librerías, recién salidos del horno, según qué libro, no hay que gastar más de diez euros para disfrutar de horas de lectura, además de repetir el mismo plato, pues ya es nuestro. Este David Copperfield que tengo en mis manos tiene su precio puesto en la solapa: 9.95 euros. Y sin embargo, lo he disfrutado día a día durante un mes, pasando tardes enteras tan sólo con su grata compañía.
Entonces, ¿cómo es posible, si el libro era un artículo de lujo, que Charles Dickens fuera un autor de éxito en sus días? La venta por episodios, lo que entendemos por folletines, novelas que se vendían por partes junto a los periódicos, formando parte de ellos. David Copperfield, por ejemplo, fue publicado mes a mes, e imagino en los lectores la misma ansiedad que sufrimos hoy ante la espera de un nuevo episodio de nuestra serie preferida. Recuerdo también a aquel protagonista de la barojiana El Árbol de la Ciencia, que pasaba las noches de verano leyendo los folletines ya publicados, pasando de episodio en episodio sin tener que esperar otra entrega.
¿Seríamos tú y yo lectores de esta guisa episódica? Qué impaciencia y qué voracidad ante la llegada de una nueva entrega. A mí, en estos días, me hacía feliz la sola idea de que tenía el grueso volumen esperándome, y cada vez que disponía de unas horas libres, me entregaba a él por completo. 1200 páginas trepidantes son una dosis importante, lo que quiere decir que poco a poco, página a página, como hojas de otoño, se va alfombrando el alma del oro de la literatura.

Como decíamos ayer, se trata de una novela convencional, lo que entendemos por novela, sin experimentos y sin disgresiones sobrantes, muy entretenida, más psicológica que realista, por ello más genial. Es decir, no son las suyas tediosas descripciones minuciosas, Dickens, en boca de su narrador, se deja llevar por sus recuerdos e impresiones. Escrita en primera persona, se toma la licencia de ser engañosamente minuciosa, todo recuerdo ha pasado por los mil filtros de las experiencias vividas,  además de la imposibilidad de la reproducción fideligna del pasado.
Ahora podríamos ponernos importantes y decir: ¡en el siglo XIX sí que se hacían buenas novelas! ¡Las únicas novelas que merecen la pena son las que tienen esta herencia! Pero ya sabemos que aquí sufrimos de literaturitis crónica, enfermedad que tiene en su esencia su misma medicina, si no nos moriríamos como quijotes apartados de sus sueños. Entonces cualquier pócima narrativa puede servirnos como virus y medicina, amamos a Dickens y también amamos a Joyce, a Baroja y a Torrente Ballester. No nos limitamos a un único camino, no evitamos ninguno por difícil que sea. La lectura de Joyce vino a curar la enfermedad causada por Bolaño, que a su vez nos curó de la enfermedad causada por Faulkner, y así leíamos a Víctor Hugo para superar la fiebre causada por Joyce ... Consideramos que la Literatura es una enfermedad porque nos contagia la fiebre del mundo creado por un autor, y sólo nos curamos con la no lectura o con la lectura de otros autores. La primera opción es el vacío, la segunda es la locura, la esquizofrenia feliz del que, como Walt Whitman, alberga multitudes.
Cogemos el bisturí, cirujanos somos. Abrimos. Vemos los excesos y defectos comunes a tantas obras literarias. El libro está bien. Tiene estos síntomas:
-Falsedad: lo mencionábamos antes. Es imposible que la memoria sepa reproducir lo vivido con tanta minuciosidad. Hay que rellenar sus fallos con fantasías.
-Trampas: trucos literarios, demasiado azar, los personajes salen y entran de la escena como si fueran los únicos habitantes del mundo Copperfield. Hay pocos nuevos personajes en la obra, todos son presentados en los primeros centenares de páginas. Desaparecen algunos como si no fueran a aparecer más, pero vuelven a entrar en la vida de David para atar los cabos sueltos. Dickens no deja ningún cabo suelto, todo tiene su solución, todo sucede por algo, todo personaje tiene su castigo y su premio. Es, por lo tanto, un mundo cerrado. Pero tan inmenso y oceánico que la estancia no está viciada. Es una novela redonda, circular. Es una obra de arte perfecta. Paul Auster es un buen ejemplo de esta herencia.
Sí, lo sé, voy contando sus miserias para ensalzarlas, salvarlas, convertirlas en oro. Porque, si no dignificamos esta miserable vida, ¿por qué seguir?
-Maniqueismo: personajes buenos buenísimos y malos malísimos. Pero Dickens, genio, se permite el crear personajes humanísimos, que evolucionan, que tienen un corazón moldeable por la mano del tiempo. De esto, que es lo más importante de la novela, hablaremos al tercer día.

-Sentimentalismo. Menudo culebrón, cuánto clínex usado y cuánto clímax lluvioso en el alma. Un grado más de emotividad buscamos siempre, y aquí lo encontramos. Nunca lloro cuando leo libros, pero aquí se me han empañado los ojos más de una vez, y con simples descripciones, como la del señor Dick. Ya hemos dicho que Charles Dickens es más psicólogo que notario, no se limita a describir, él hace que el lector se involucre en el ambiente, que viva en él. Una bondad como la del tarado Dick es tan real por ese saber dar en la diana de Dickens, porque sabe que nos identificaremos con este ser digno de manicomio que termina dándonos la lección de la única cordura posible: aquella que salva. Aunque se disfrace de locura.
-Exceso. Ya hemos abanderado aquí la causa del exceso otras veces. Por lo menos, un grado más de emotividad en la canción. Teníamos un post aquí, sobre la Literatura Excesiva y Excelente (link): Rebelais. Ya lo decía Blake, el loco, el místico, el visionario, ya lo cantaron los Héroes del Silencio (link). El camino del exceso es fuente de sabiduría. Un poco más de vino, mejor que menos, otra copa más, un bocado más, otra cerveza. Un poco más de perversión y de dulzura cuando estemos desnudos y abrazados. Y más entrega en el trabajo de la que sea necesaria. Pequemos por exceso y no por defecto, seamos generosos en palabras, en obras, hasta en omisiones. Somos cristianos, y ya decía el de Nazaret que el perdón se otorga al que mucho ama, que poco hay que perdonar al que poco ama. Y que yo te quiera a tí un grado más de lo que la distancia impone es porque somos lo que somos, excesivos. Las amantes que he tenido me dan más que a otros amantes, porque yo exijo, y doy, y soy, siempre un grado más, nunca uno menos. Creo que es mejor escribir de más que de menos, y mejor leer en exceso antes que contenidamente. ¡Ojalá fuera tan valiente que pudiera tropezar más, eso es señal de que camino! Quien no tropieza es que no camina. Llámame pesado, pero es que te quiero, y mi amor no es mediocre, quiere siempre un poco más, quiere entregarse aún más. Dickens es más, no es menos. Dickens hasta en sus defectos se excede, en los azares y en las casualidades, en las caricaturas y en esa manera maniquea de ver el mundo. Dickens, a cada personaje, le da un grado más de su carácter, subraya cada rasgo, se repite en cada escena. Es el ritmo, la rima, para la melodía de la vida. David Copperfield es más canción que relato, y es una canción con un grado más de emotividad en cada estrofa. Gusta más según va avanzando la obra.
Yo, al igual que he hecho con otros autores, he llevado a Dickens a mi santuario. Para mí es San Carlos Dickens, al que ya quiero tanto como pueda querer a Santo Julio Cortázar. Ya es de mis preferidos, y quiero seguir leyéndole: ¿Casa Desolada? ¿Los Papeles Póstumos del Club Pickwick?
Y ahora pasemos a lo que de verdad importa, la creación de Vida, los personajes. Mañana hablaremos de ello.

Día 3





De los elementos que forman una novela, suelo sentir predilección por los peronajes, más allá de una buena trama o una descripción sugerente. Un personaje bien parido, como David Copperfield, es lo que hace que el resto funcione, sobre todo si la narración es en primera persona y por lo tanto subjetiva. Por el filtro de su mirada conocemos al resto, y nos embauca para que tomemos simpatía por unos y antipatía por otros. No siempre es así, ¿por qué, si no, uno llega a sentirse fascinado por el diabólico y pérfido Uriah Heep? Ya su nombre es singular y atractivo. Simpatía por el villano, que muchas veces suelen tener más sustancia que los personajes positivos. El otro día veíamos la nueva película de la saga Bond, y se nos presentaba un villano Javier Bardem con un carisma especial, que hasta complejo de edipo tenía, además de un gran poder de seducción. El caso de Uriah Heep es extraño, y uno, a lo largo de la novela, espera que de un golpe de bondad y sufra una catarsis que le redima. Pero no es así, es cínico hasta en las últimas páginas, fiel a su perfidia. Hasta un magnífico grupo de rock le tomó el nombre prestado, tanto es el encanto que deprende su repelente figura. A mí me entraban ganas de hacerme coleguilla de Uriah, y es que tengo un viejo amigo que es muy parecido a él, los mismos gestos, la misma manera de expresarse, ¿quizá las mismas aviesas intenciones? Y es que hay que tener amigos hasta en el infierno. Es una cuestión de dialéctica.
Yo puedo ver aquí tres tipos de personajes, aunque la crítica haga otra distinción. La crítica dice: corazones indisciplinados, corazones disciplinados, corazones indisciplinados que por la experiencia terminan siendo disciplinados, como el propio Copperfield. Bueno ... yo lo veo de otra manera.
-Veo que hay personajes que son caricaturas, casi esperpénticos, que por ciertos rasgos exagerados de su carácter que sobresalen a los demás, como si fueran tics, pueden ser vistos como creaciones fantásticas más que humanas. Son ellos mismos hasta el cansancio o la risa, casi planos, el tiempo y la experiencia no les hacen mella. Quizá algún rasgo de humanidad les permita codearse con los personajes humanos, pero es tan grotesca o símplemente llamativa su estampa que pasan a ser reconocibles y hasta populares por estos rasgos y tics repetitivos, más que por otras cualidades.

-Veo también personajes humanos, muy humanos, azotados por el tiempo, escarmentados por las visicitudes, llamados a evolucionar.
-Luego están los trágicos, muy literarios, que tampoco parecen de verdad y que pueden pasar de la caricatura a la tragedia sin pasar por lo humano, como es el caso de Rosa. Sabemos que en la tragedia hay un elemento, la catarsis, que purifica al héroe a través del dolor, de la experiencia, haciendoles no mejores éticamente hablando, sino más sublimes, hermosos, artísticos, literarios. Sabréis la distinción que hacía el gran Valle-Inclán sobre la manera de mirar según el tipo de teatro. En la tragedia vemos a los personajes desde abajo, y ellos nos parecen superiores, como héroes, renovados por una crisis, una catarsis, y se vuelven casi divinos. En el teatro clásico les vemos de igual a igual, humanos como nosotros. Luego, en el esperpento, dede arriba, como si fueran caricaturas, como vistos a través del espejo del Callejón del Gato, que deforma. Así veíamos a Max Estrella, como un héroe trágico, conviviendo con seres esperpénticos como don Latino, que es el Uriah Heep de esta obra.
Se atina más así, con la sublimación y el esperpento, antes que con el relato exacto.
Lo queramos así, la vida no puede ser relatada tal cual es, y atina más quien usa de la intuición, de la impresión, de la exageración, que aquel que usa regla y calculadora y calculando y midiendo va creando.
Simbolistas somos, y el símbolo evoca, no imita.
Como en esas películas en que las personas humanas conviven con dibujos animados, en David Copperfield vemos este maravilloso universo donde caricaturas y humanos conversan y hacen buenas migas y hasta se hacen faenas.
Pasemos lista, damas y caballeros. Revisaremos sólo los más importantes, que tienen un papel determinante en la vida de David. Otros, como el doctor Strong y su joven esposa, como mistress Markleham (también conocida como el Viejo Soldado, caricaturesca), Jack Maldon, el señor Barkis, la señora Gudmige ( viuda victimista que pasa de caricatura a humana cuando es necesario), miss Mowcher (enana astuta y pícara, pese a su aspecto y maneras, podría ser más humana que caricatura), mister Creakle (que pasa por una curiosa metamorfosis, yendo de profesor a la vieja a usanza con el lema de la letra con sangre entra a experimentar con altruístas métodos para la reconversión de los presos), el respetable Littimer, el asmático y fumador señor Omer ...
Son muchos los personajes que merecerían alargar el artículo.

Caricaturas

Uriah Heep. Se sale de la novela y forma parte ya del imaginario literario universal, al igual que aquella caricatura, Mr Scrooge, de Canción de Navidad. Con la humildad como carta de presentación y la hipocresía en el corazón, Uriah es lo que hoy se conocería como un trepa, un pelota, un ser que lográndose hacer necesario a los demás consigue lo que quiere con sibilinas tretas y pérfidas intenciones. Es inteligente, un gran psicólogo que conoce las debilidades del prójimo para alentarlas y así usurpar su lugar, como hace con su jefe, Mr. Wickfield (quizá el personaje más humano de la novela). Envidia secretamente a David a la vez que ama al ángel Agnes, hija de Wickfield. Pese a que es un personaje redondo, inolvidable, Heep es un personaje plano, siempre igual de educado y humilde, al igual que su madre, pero siempre cínico.

Mr. Murdstone y miss.Murdstone. Padrastro de David, su carta de presentación es la firmeza y la religiosidad, con un alma llena de odio y frustración. Es lo que llamaríamos hoy un maltratador psicológico, que hace de David un personaje infeliz a la vez que poco a poco va robándole la salud y la alegría a su joven esposa. Miss Murdstone es una réplica de su hermano, que se hace con el gobierno de la casa inutilizando a su cuñada, la madre de David, a la que tratan como a una inútil. Estos dos dañinos personajes aparecen de vez en cuando a lo largo de la obra, y son los que provocan que David tenga una infancia anormal, con maltratos y víctima de explotación laboral.
David Copperfield y Uriah
Heep, de Harold Copping

Mister Micawber. Si no fuera porque en la novela tiene un papel finalmente salvífico, resultaría patético. Entre la tragedia y la más despreocupada alegría, Micawber reparte la ciclotimia más cargante que haya podido leer yo en una novela. Si existiera hoy, sería víctima principal del cobrador del frac, como personaje del TBO tendría un lugar en la memoria colectiva de eternos adolescentes. Pero Micawber es un soñador bueno y voluntarioso. Eso sí, muy plasta, y muy prolífico. Su mujer va pariendo como si no hubiera mañana mientras son desahuciados constantemente, metiendo al más tonto en el ajo. Sin embargo luego es un tipo cumplidor, agradecido, leal. Y muy cargante. Siempre está esperando esa oportunidad, y la tendrá, para felicidad ajena más que propia, que también. Su esposa es tan tonta como él, e igual de ingeniosa. Leal a él, aunque el barco se hunda, no deja de aportarle su confianza sin reservas junto con otra remesa más de querubines. Atención al mayor, el típico hijo graciosillo de familia ajena al que hay que reírle las gracias. Al final todos consiguen sus sueños, y lo agradecen con creces. Pero la guerra que dan hasta entonces no tiene precio.
Mistress Crupp. Casera de David en su época de estudiante, es digna de tener viñeta propia en el 13 rue del Percebe.
Las tías de Dora. Dos solteronas pintorescas que viven de las rentas de un feo que les hicieron los padres de Dora cuando las invitaron a tomar el té pero no a cenar. Y están con el disco rallado dándole vueltas al mismo asunto una y otra vez. Pero son dos señorosas bondadosas y abnegadas a la hora de la verdad.

Trágicos

Nobleza obliga. No todos son bondadosos, pero sí todos tienen un aura de santidad o de malditismo, según. Son trágicos o por su final catártico -purificador- o por su comportamiento. Hay una escena digna de Lorca, La nueva y la antítua herida, en la que Rosa Dartle y mistress Steerforth se comportan como personajes lorquianos.
El capítulo La tempestad, anterior a éste, es uno de los más logrados de la historia de la Literatura, y parece seguir la tradición griega de un destino fatal que hace de simples mortales héroes.

Mañana continuaremos ...


Día 4


Ham. Lo que le convierte en trágico es su amor puro hacia Emily, que desencadena un destino fatal.

Míster Peggotty. Lo que se dice un santo varón, y por hacer el chiste podría tratarse de una mezcla de Jean Valjean (aquel protagonista de Los Miserables, un ser que parece no tener necesidades mundanas y cuya generosidad y abnegación son proverbiales) y Chanquete (no sólo por su barba y porque viva en un barco anclado en tierra, sino porque los niños le adoran).

Emily. Sobrina del anterior y prometida de Ham, la novia infantil de David, cuando eran niños y correteaban por la playa buscando conchas ... Desencadena una de las tramas, la tragedia, abandonando el barquito del tío y el amor de Ham, es la amada infiel a la que todos querían y todas envidiaban. Quizá sea más humana que trágica, pero en la redención y el perdón de los suyos se recicla en ángel.
David y Emily, por Harold Copping

Martha. La prostituta, la amiga de Emily. Al igual que ésta, se redime y por su abnegación se vuelve ángel.

Mistress Steerforth. Un ser altivo, enamorada de su hijo, al que le da todos los caprichos convirtiéndole en un hombre soberbio bastante atractivo, ya que es uno de los logros de la novela. Su vida gira en torno del hijo.

Rosa Dartle. Amiga de la anterior, es uno de los personajes más misteriosos. Tiene todos los rasgos para ser un personaje caricatura, por su temperamento quisquilloso, pero resulta trágica su obsesión por el hijo de su amiga, del que fue amante y al que concedió unos caprichos de otra índole. Está señalada con una marca en el labio provocada por el joven Steerforth en una pelea. Según parece tienen un gran atractivo y magnetismo, hasta el mismo David fantasea con llevársela a su pisito de soltero, pues sería buena compañía. Junto a mistress Steerforth protagoniza el lorquiano capítulo La nueva y la antítua herida, ante los ojos de David.

Steerforth. Personaje complejo donde los haya, caprichoso y cruel, podría ser el símbolo de la soberbia. Es, además, un ser libre, fuerte en todos los sentidos, embaucador, carismático, protector, como un hermano mayor para David. David le admira sin reservas, y pase lo que pase esta adoración no se va según se van sucediendo los episodios de la trama que protagoniza con Emily. David le conoce en el internado al que los Murdstone le deportan, y enseguida hacen una amistad singular, en la que Steerforth, cuatro o cinco años mayor, ejerce de guía, protector y hasta de administrador del pequeño David. A cambio, David, todas las noches, le narra las historias de los libros que había leído. Sí, puede tratarse de una amistad hermosa, por eso Steerforth nos resulta uno de los personajes más fascinantes, por cierto aura de malditismo y grandeza aristocrática. Es muy parecido a su madre, pero el amor enfermizo que siente su ésta por él no es correspondido. El final fatal de Steerforth le convierte en uno de esos héroes trágicos de que tanto gustaban los griegos. También he tenido amigos como Steerforth, y puedo asegurar que pese a todo, los recuerdos siguen leales. Él le dice a David: "¡Vamos! Hagamos ese trato. Prométeme que, si alguna vez las circunstancias nos separan, sólo te acordarás de lo mejor de mí." Y por hoy ya basta.
Mañana más.

Día 5


Humanos

Como ya comentamos, Dickens le añade a su canción un grado de intensidad, y así sucede con sus personajes, que a través del filtro de la mirada bondadosa de David podrán moverse entre la comicidad y la tragedia, pero siempre se nos presentarán como terriblemente humanos, y así por lo tanto con ellos nos identificamos, porque son como nosotros. Ya dije que mi personaje preferido era Agnes, pero es una elección subjetiva, por lo tanto humana. Comprenderé tu desacuerdo.

David Copperfield No tanto él como su mundo, pero es que su mundo es él ... Nos compadecemos de él para terminar envidiándole, pero casi sabemos más de los demás que de él mismo, y sin embargo no deja de apuntar lo que siente, ni sus conclusiones. ¿Qué sabemos del alma de David? Él dice que su corazón es indisciplinado, y que a fuerza de vivir se va domando. Yo no le veo tan voluble, ni siquiera caprichoso, ni en sus primeros amores. Lo que sí le pasa es que con el tiempo, y a todos nos pasa, va conociendo mejor sus necesidades y comprende mejor sus afectos. Va sabiendo lo que quiere, lo que le hace bien y lo que le hace mal. Una vida, la suya, digna de ser narrada, pero quizá sea el personaje que menos podamos describir someramente, quizá porque empatizamos con él, y siempre nos parece más difícil definir lo que nos es cercano. "Si soy yo el héroe de mi propia vida o si otro cualquiera me reemplazará, lo dirán estas páginas" Y así es, así que invito al lector a leerlas, y a que saque sus propias conclusiones.

Mistress Copperfield, que luego será una infeliz mistress Murdstone, la madre de David. Enviuda demasiado joven, y David no conocerá a su padre. Se nos representa como buena, hermosa, pero débil y falta de carácter. En su nuevo infortunado matrimonio acabará sus días, víctima de un sutil maltrato psicológico por parte de su marido y su cuñada. Le arrebatan lo que más quiere, su propio hijo, y asistimos indignados de qué manera se deja pisotear. ¿No debería estar entre los personajes trágicos? Quizá le sobren acontecimientos trágicos y le falte carácter trágico. Humana es, y preferimos recordarla bailoteando con su pequeño David, como una madre más.

Peggotty. Ser bondadoso que servirá de apoyo a David a lo largo de la novela. Sirve en su casa y es su único aliento cuando a su madre ya la han inutilizado como persona. Quiere a David como a un hijo, y éste la quiere como a una segunda madre. La vemos siempre con su cestita de costura y con el libro de los cocodrilos -el mismo que se refleja en la edición que yo he leído, la edición de Debolsillo-. Gracias a ella David conoce a su hermano, el santo señor Peggotty, a Ham, a la pequeña Emily, y a la señora Gudmige. Será gracioso ver cómo Su Davy hace de celestino, y termina casándose con el señor Barkis, el cochero, un tipo bueno y lacónico con un defecto muy común: es de la cofradía del puño cerrado. Vamos, un poquito tacaño.

David y Dora, por Frank Reynolds
Betsey Trotwood. Una de las grandes creaciones de Dickens. Inevitable sentir admiración y respeto ante esta mujer humanísima y extravagante. Es la tía de David, su hada madrina, en palabras de Dick, la mujer más maravillosa del mundo. En el primer capítulo nos cae rematadamente mal, pareciéndonos un ser histérico y caprichoso. Iba encaminada a convertirse en caricatura, pero todo tiene un porqué, y es que estaba pasando un mal momento. Se había casado con hombre guapo, un vividor, al que abandonó y que estará durante toda la novela dándole el coñazo pidiéndole el dinero. Es una mujer de armas tomar, excéntrica -atentos a su cruzada contra los burros y el matrimonio-, altruísta, generosa, con un carácter seco y cortante, pero con un fondo tan excepcionalmente bueno y un ingenio tan preclaro que terminamos rendidos. Adopta como compañero de vida al gran Dick, al que sólo ella dice conocer en su valía.

Dick. El singular Dick ... Podría ser carne de manicomio. Podría tratarse de una persona con retraso. Sin embargo, como diríamos hoy, su inteligencia emocional es de superdotado. Siendo un personaje secundario, algunas de las mejores páginas están centradas en él, con un grado de emotividad añadida. Aficionado a las cometas y con el tic de hacer sonar las monedas en el bolsillo, trabaja a diario en un memorial donde siempre se le aparece el rey Carlos I, cosa que ha de evitar y nunca logra, como en el mito de Sísifo, por lo que ha de romper a diario todas las páginas escritas. Tía Betsey le salvó del encierro, viendo en él grandes apitudes, y Dick lo demostrará en el caso del doctor Strong, salvando su matrimonio. .

Tommy Traddles. Extraordianario personaje, simpático y positivo, aunque si hay alguien que en su infancia lo haya pasado peor que Copperfield, quizá haya sido el bueno de Traddles. Con más paciencia que el Santo Job y una vitalidad envidiable, este tipo conseguirá lo que quiera. El tesón y la alegría le ayudarán en todos los contratiempos, que no son pocos. De niño es la víctima de las palizas del señor Creakle, el director del internado, y de adulto su amigo Micawber se aprovechará de su bondad para pagar sus deudas, aunque luego Micawber le recompensará con creces. Enamorado de la cenicienta, la hija de un pastor protestante que tiene, si la memoria no me engaña, diez hijas, deberá esperar años hasta que el golpe del enamoramiento de la hija para todo sea asumido y así poder casarse. De niño tenía la peculiaridad de pasarse el día dibujando calaveras, y su rasgo inconfundible es un pelo pincho que, como aquel personaje de Quino -Manolito, amigo de Mafalda-, es imposible de domar. Es el mejor amigo de David a lo largo de la novela, y que el soberbio Steerforth sienta desprecio por él quizá pueda ser debida a esa envidia de los que no se contentan con nada por los que son felices con lo poco que tienen. Ese dicho: la felicidad no está en conseguir lo que quieras, sino en valorar lo que tienes, es el lema de Tommy.

Dora. La mujer niña, la primera esposa de David. Es inevitable compartir el amor de David por ella, criatura adorable. Memorables son las páginas que narran el enamoramiento de David y su posterior cortejo. Cuando ella le da el sí, no dejarán de discutir, y sin embargo se querrán tanto ... David nos la presentará como si fuera un hada o un duende, un ser de fábula. Hipersensible e inmadura, es un desastre para la vida doméstica, relatada en estampas costumbristas que nos regala Dickens y que leemos con gusto. Pero tiene tanto encanto, y se desvive tanto por ser aceptada y querida por todos, que se lo perdonamos todo. Es enternecedor leer cómo ella es consciente de sus limitaciones, y entonces le pide a David que no olvide nunca que ella es su mujer niña. Podría tratarse de un personaje, por su final, trágico, pero Dickens acierta en su creación, atina en la descripción psicológica de Dora, personaje totalmente verosimil y humano. Hará buena amistad con Agnes, y Agnes le guardará un tremendo secreto que será desvelado al final, dejándonos con los ojos húmedos. Tiene una amiga, La recordaremos acompañando a David cuando escribe, cuando comienza a triunfar en el mundo de la Literatura. Ella le irá pasando las plumas, y por tarde que nuestro personaje se acueste, ella siempre se empeñará en estar a su lado. No podemos dejar de mencionar a su mejor amiga, Julia Mills, que les ayudará a llevar su noviazgo en secreto y a superar sus discusiones de enamorados para que no lleguen, en palabras suyas, al desierto. Julia es esa amiga que, por algún desengaño amoroso, parece estar de vuelta de todo, y sabiduría no le falta para proteger a este par de tortolitos.
Agnes Wickfield, por
Frank Reynolds

Míster Wickfield. Aquí no hay duda, he aquí el personaje más humano de la novela. Enviudó joven, y toda su vida estará dedicada a su hija Agnes, donde ve reflejada a su esposa, y que será la única motivación de su existencia. Es un hombre inteligente y bueno, pero tiene una gran debilidad: el alcohol, que diezmará sus aptitudes con el paso del tiempo. El pérfido Uriah Heep, que trabaja para él, se aprovechará de su debilidad para hacerse hasta con su firma. Wickfield se dará cuenta de todo, pero se verá impotente no tanto para luchar contra Heep como para luchar consigo mismo. David vivirá con él y con su hija Agnes durante su adolescencia, mientras estudia en Canterbury.

Agnes. "No puedo recordar dónde ni cuándo había visto en mi infancia vidrieras pintadas en una iglesia, ni recuerdo los asuntos que representarían. Sé únicamente que cuando vi a la niña llegar a lo alto de la vieja escalera y volverse para esperamos, bajo aquella luz velada, pensé en las vidrieras que había visto hacía tiempo, y su brillo dulce y puro se asoció desde entonces a mi espíritu con el recuerdo de Agnes Wickfield".
Mi amor por Agnes me impedirá ser objetivo en el comentario del personaje. Agnes es un dechado de virtudes, el ángel bueno, y esto podría hacer de ella un personaje literariamente poco sustancioso. Es para David como una hermana, es la voz de su conciencia. Pero esto no acaba aquí. Ella es la que ama. Como en la poética de Pedro Salinas, el suyo es un amor que no necesita ser correspondido para ser completo. Eso le hace grande, magnífica y digna. "Traté de recordar lo que ella me había dicho aquella otra noche: que su cariño no necesitaba ser correspondido. Sentí como si hubiera un mundo que tuviese que atravesar en un instante" En este mundo demediado, entre los que aman y los que son amados, nos identificamos con los primeros.

Coda

Parece como si este poema de Pedro Salinas se lo hubiera escrito David a Agnes, y a ella se deben algunas de las páginas que me han hecho estremecer de toda la Literatura.


No, no te quieren, no.
Tú sí que estás queriendo.

El amor que te sobra
se lo reparten seres
y cosas que tú miras,
que tú tocas, que nunca
tuvieron amor antes.
Cuando dices: «Me quieren
los tigres o las sombras»
es que estuviste en selvas
o en noches, paseando
tu gran ansia de amar:
No sirves para amada;
tú siempre ganarás,
queriendo, al que te quiera.
Amante, amada no.
Y lo que yo te dé,
rendido, aquí, adorándote,
tú misma te lo das:
es tu amor implacable,
sin pareja posible,
que regresa a sí mismo
a través de este cuerpo
mío, transido ya
del recuerdo sin fin,
sin olvido, por siempre,
de que sirvió una vez
para que tú pasaras
por él -aún siento el fuego-
ciega, hacia tu destino.
De que un día entre todos
llegaste
a tu amor por mi amor.




lunes, 8 de octubre de 2012

Bruma, de Richmal Crompton




Miss Richmal Crompton, creadora,
escorpio de mirada aguda



En lo que a mí respecta, debo en gran medida a Richmal Crompton, aquella casi invisible mujer inglesa, el haberme dedicado a la literatura... Tengo por tanto, una muy vieja deuda contraída con ella y con su banda de niños dignos y desobedientes, que tanto imité en mis primeros escritos. La publicación del presente libro, Bruma, es un pálido intento de comenzar a pagarla. Bienvenida a este Reino.
Javier Marías
Delicada joyita la que tocamos hoy, editada por Reino de Redonda, uno de esos espacios donde apetece recrearse por el buen gusto y más aún por su dosis de misterio.
Xavier I es uno de nuestros hombres, por él sentimos cierta fascinación lógica, puesto que somos sus lectores -es decir, sabemos de lo que hablamos, no es una fascinación lejana como podamos sentirla por lo  extraño-. Su prosa es envidiable por elegante, tiene el don de encandilar con su personal estilo, algunas de sus páginas nos han encantado por cierta melodía inolvidable. Yo como príncipe, más que defender, he de aprender del rey Xavier.
(Se nos antoja como próxima lectura de don Xavier I el libro Vidas Escritas (link), ya que somos jóvenes aspirantes a Literatura, creadores y criaturas. Te lo digo por si quieres acompañarme en este festín en aula, donde juntos nos edificaremos, nos alimentaremos, nos amaremos. Como tantas veces.)
Algunos críticos le restan méritos, otros llegan a considerarle mal escritor. El propio Umbral, que es nuestra Cima, le nominaba angloaburrido. Pero ya hemos tratado estas guerras, hoy toca artículo feliz. Uno de los tantos méritos de Javier Marías es la creación de la editorial Reino de Redonda, donde rescata y alumbra caprichos y rarezas.
El volumen no sólo nos trae en castellano -traducción de Juan Antonio Molina Foix- estos relatos de fantasmas, si no que vienen añadidos como anexos unos apéndices con curiosas imágenes redondianas y listados de nombres de pares del reino. Ajenos a los relatos, sí, pero que vienen a enriquecer esta pieza exótica.
Nuestro lema: buscar, encontrar, amar. Buscamos también placer en la lectura, y aquí lo encontramos. Amamos a Richmal Crompton desde niños, y aún hoy la tenemos en nuestro santoral, a ella recurrimos. Hace algunos años compré en la revista Discopley -añorada- la colección completa del ácrata Gullermo Brown. Proscritos somos, con los proscritos huímos de esta realidad severa.
En los relatos de Guillermo muchas veces llueve -en aquellas islas siempre está lloviendo-, y estos muchachos tienen un cobertizo donde fabulan con la fe en la posibilidad. Recuerdo a Guillermo cualquier mañana lluviosa, sin clase, en su cobertizo, escribiendo una novela de aventuras o de terror, bebiendo agua de regaliz. Estos días, no sólo por Bruma, me acuerdo de Richmal Crompton por el agua de regaliz. Me he aficionado al regaliz en estado puro. Las noches que paso en el hospital me tomo una barrita antes de dormir, después de las 22.30 no puedo bajar a fumar, y a un apasionado del tabaco como yo lo soy eso le ayuda.
Con Bruma he vuelto a gozar del estilo Richmal Crompton, hace años -no demasiados- que tengo abandonado a Guillermo, aunque de los treintaitantos volúmenes ya he leído bastantes en esta edad adulta.
Aún tengo, felizmente, Guillermo para rato.
Aunque ni Fernando Savater ni el mismo Javier Marías, que presentan estos cuentos de fantasmas, los consideran obras maestras, he de decir que los he disfutado bastante, más que Otra vuelta de tuerca, de Henry James -puse más atención al erotismo encubierto que al terror que se supone-, libro que comenté aquí hace un año.

Purista literario: (rasgándose las vestiduras) ¡Pero cómo, rebajar a la obra maestra del terror de esta manera! ¡La precursora, la homenajeada por tantos!
Moi: (sonriente y felino) Jefe, se le ven las flácidas vergüenzas cada vez que se encabrona, mejor mésese las barbas y los cabellos, que también queda muy bíblico.

Son trece relatos con el sabor de la más clásica tradición del terror, alguno también deudor del James de Otra vuelta de tuerca, La Chiquilla, por ejemplo, es uno de los mejores, quien haya visto El sexto sentido de Shyamalan o Los otros de Amenábar reencontrará la misma temática de vivos y muertos conviviendo de manera más o menos pacífica. Un gran relato, La Chiquilla.
Así también Las hermanas, cuento de no más de diez páginas que podría dar para un gran novelón psicologista a la vez que esotérico. Así sucede con otros relatos, donde la agudeza psicológica compite con un terror cotidiano, tan próximo que gracias a la narración bien llevada parece cierto. Eso ya nos lo demostró con el magnífico Guillermo Brown.
Bruma, que da título a esta colección de relatos, es el más poético de todos. Rosalind sin embargo tiene el don literario por su  hondura, su tristeza, el tema de la culpa de un carismático artista que olvida lo que ama, y es maldito por ello. Recuerda a esa película de Wody Allen, Match Point.
Los hay hasta mitológicos, como La estatuilla de bronce o El roble, donde reaparecen ancestrales fuerzas para beneficiar o hechizar a gentes del siglo XX. Porque no olvidemos que son relatos del tiempo en que vivió Crompton, donde la gente conduce y se pierde con el coche como en las leyendas urbanas.
A nuestro amigo el Marqués de la Pollalzada también le ha gustado esta serie de cuentos para adultos. Al igual que en Otra vuelta de tuerca, el erotismo está en lo que no se dice pero se sobreentiende. Hay mujeres de pechos grandes y orientales que miran lascivamente. Hay mujeres lánguidas que salen a la oscuridad en saltos de cama blancos, hay modelos que siguen fascinando con su belleza después de muertas. En La estatuilla de bronce, por ejemplo, una joven es entregada al dios Apolo.

Coda

Comencé este libro en un largo viaje en autobús hacia el levante. La única semana de vacaciones que he disfrutado de verdad este verano.
Estuve en Valencia y me acordé de tí.
Me fotografiaron con don Vicente Blasco Ibáñez, a las puertas de su casa museo.
Nos fotografiamos en La Albufera, navegando en barca, mientras un pasajero amigo y el que manejaba la barca se fumaban un porro. Atardecer de fábula. Mi amiga fantaseó con rodar una película porno. La industria porno Valenciana no es ninguna tontería. Yo grababa con el móvil el atardecer y decía chorradas en torno a la obra de Blasco Ibáñez. La Barraca, Cañas y Barro, sucedieron aquí.
Me fotografiaron también en la playa rodeado de muchachas en bragas brasileñas y de mujeres con tetas de silicona. Lo primero mola, lo segundo no tanto. Al igual que en literatura, la silicona está bien para los que gustan de lo espectacular, más que de lo natural. Existe una literatura con tetas de silicona que vende mucho, y cada cual es libre de escribir así tan de clon con modelos predeterminados, y de leer así, de esta manera al tacto tan frío. Hay que tenerlo en cuenta para nuestras clases de Literatura Comparada. Pregunta de examen: peligros de la literatura operada con tetas de silicona. Respuesta: en los altos vuelos pueden desinflarse. Vean lo que según cuenta la leyenda urbana le ocurrió a cierta actriz española en viaje de avión, entre las nubes.
Aunque Richmal Crompton, en sus relatos en Bruma, describe a mujeres de pechos grandes, podemos observar que son cien por cien naturales. Aunque este libro es más bien de pecho escaso pero redondo, tipo manzana. Hay mucha chica bella famélica entre sus páginas, de piel blanca y de mirada clara.
La chica que se me sentó al lado en el autobús muy bien podría ser uno de estos personajes. Esbelta y elegante, aunque tenía las zapatillas blancas de tenista sucias. Era bastante guapa, y tan curiosa que se le escapaban los ojos sin remedio a los libros que iba sacando e iba leyendo. Sobre todo a este de Bruma.
Saqué el libro, lo acaricié, miré detenidamente los apéndices, leí las introducciones de Savater y Marías, leí también los listados de duqes de Isla de Redonda. Leí el primer relato, y no pude evitar en representarme en la imaginación a mi compañera de viaje como protagonista de La estatuilla de bronce. Yo también le eché una miradita al libro que ella leía: Comer, Rezar, Amar. Comentamos por aquí en un post la película basada en este libro.
Hubiera sido un buen pretexto para el ligoteo, pero yo no soy un personaje de Eric Rohmer. Más bien parezco uno de estos personajes de Richmal Crompton que narran estas historias de fantasmas, tipos más bien solitarios que son invitados a casas donde suceden cosas extraordinarias, y narran los hechos insólitos que se esconden tras lo cotidiano.
Si yo te contara, ¡ay, si lo que no habla dijera!

Durante una semana nos vimos todas las tardes para jugar. Nunca se lo conté a mi tía. La chiquilla estaba siempre esperándome cuando yo aparecía, y corría a mi encuentro con su radiante sonrisa de bienvenida. Deduje, aunque no sé si en realidad me lo contó ella misma, que a pesar de su felicidad se había sentido muy sola hasta que yo llegué. Aquellas tardes transcurrieron mucho más rápidamente que las demás tardes, pasadas o futuras. Y todo el tiempo (no sólo esas tardes en concreto) yo me daba cuenta de esa curiosa sensación de felicidad ... casi de éxtasis.
La chiquilla. Richmal Crompton.

Hay que regresar de vez en cuando a la felicidad de las lecturas de esos creadores que nos incitaron a amar la Literatura. Richmal Crompton, Enid Blyiton, Michael Ende, Julio Verne ... Si no fuera por ellos yo no estaría escribiendo aquí, para tí.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Memorias de un hombre de madera, de Andrés Ibáñez


Andrés Ibáñez, con la mejoria del hombre
de madera en sus manos
Dice así:
Esteban, un ebanista que disfruta construyendo relojes de cuco, se deja llevar por la curiosidad y entra en contacto con el Club de Buscadores de la Montaña. El protagonista y narrador de Memorias de un hombre de madera iniciará así un recorrido apasionante tras el misterio de su verdadera identidad. Visión personal y actual del mito de Prometeo, escrita con una prosa ágil que rezuma escepticismo y humor, Andrés Ibáñez ofrece en este libro una historia de sorprendentes giros, que ahonda con interés en las eternas preguntas sobre el sentido del mundo y el hombre, según ha destacado el escritor y académico José María Merino.

Puesto que Andrés Ibáñez escribe sus artículos y novelas para mí, con mensajes ocultos que sólo yo comprendo, muy bien podría ser uno de esos fanáticos que salen en las secciones de sucesos con cartas de amor por bandera y lágrimas de pasión incontrolada. Pero no me llega la estupidez para tanto, tengo que repartirla en dosis diarias para poder andar por este mundo con un poquito de felicidad.
Algo parecido me sucede con las tramas metaliterarias de tito Quique, como Bartleby y compañía por ejemplo. Que yo me vea reflejado en ellas me hace libre de reclamar su tutela. A veces siento que soy personaje vilamatiano, y a veces siento que mi padrino me roba las ideas. Ahijados bastardos de célebres escritores, ¿hasta cuando aguantaremos ser seres de tinta y tropo?
-Metafórico estáis.
-Es que no existo.
Cartesianamente, no existo, pues no lo pienso. Mejor será sentir, soñar, gozar, sufrir, será mejor ser canto instantáneo y libre que un metódico explorador de las literaturas.
Leo a Andrés Ibáñez todas las semanas como quien tiene cita con un psicoanalista. Alumbrador de sombras en sus artículos semanales, ya desde el principio me asombraba de esa capacidad suya de contar interioridades.
Entre Jung y Borges, cotidiano y simbólico, Andrés Ibáñez lo mismo te hace reseñas de libros del sol naciente que te comenta discos y conciertos. También es crítico de arte. Yo de mayor quiero ser Andrés Ibáñez.
-Ya eres mayor.
-Para lo que a tí te interesa, ¿no te jode?
Pepito Grillo es la voz de la conciencia, y yo resulto ser un Pinocho más rebelde y sincero que el original. Más vicioso también. En aquel capítulo en que Pinocho se iba con los muchachos a darse a los placeres y la mala vida me veo yo ahora.
Mi hada madrina quizá esté enfadada conmigo, pero no me lo dice, miente más que yo, se oculta más que yo, es a ella a quien le va a crecer la nariz. En mi cuento los roles están intercambiados. Yo ya no miento, me conformo con eludir verdades como quien se defiende de las fieras del camino. De vez en cuando me enfrento a una verdad y la estrangulo, de vez en cuando miro tu verdad y dejo que me mate un poco más, más por el juego erótico que vimos en El imperio de los sentidos que por querer morir.
Recuerdo que en mi adolescencia recorté de una revista un fotograma de esta película donde la japonesita, montada sobre su nipón le estrangula. Tal como hoy de vez en cuando recorto algún artículo de Andrés Ibáñez, luego me los encuentro años después cuando releo algo o muevo un libro de mi librería.
Al igual que Pinocho, Memorias de un hombre de madera es otra versión más del mito de Prometeo.
Todo un arquetipo.
Y hablando de arquetipos no sé yo si Andrés fue a ver la exposición del magno William Blake, y si la ha comentado en algún medio. Yo fui a verla anteayer y como un buen Pinocho, en vez de venirme a casa a escribir una crítica elogiosa, me fui de borrachera con los muchachos.
Uno debería mantener un blog con cosas así, como mi peripecia en La Central, la nueva librería inaugurada en Madrid.
O reseñar las últimas películas que he visto.
Más que nada para que tú me leas, que cada vez soy más tacaño contigo en posts, y más de una vez te he dicho que me pasaría las horas escribiéndote.
Pero también has de saber que me falta el tiempo, que los últimos meses han sido duros, y que tengo que invertir el tiempo en necesidades inmediatas.
Quizá recordarás que hace más de un año en un correo, en una de tus despedidas, te comentaba después de desearte suerte cómo me gustaría ser humano como vosotros.
Por esas semanas yo bromeaba con esa idea: yo soy un niño de madera, solía decir, no tengo por qué comportarme como vosotros, si ciertos derechos no me han sido concedidos, ¿por qué tengo que acatar ciertos deberes? Hay una ley de compensación. Ese es uno de los lemas de Sollozo, más lluvia que llanto, puesto que estamos aprendiendo, eso sí, más a llover que a llorar, como dice el poeta Carlos Marzal: gente que ve llover, gente que llueve. Ya casi no lloro, pero sí voy empapándolo todo con habituales tormentas y risueños sirimiris y calabobos, pues hay que refrescar este jardín que habito.
Esta idea defensiva que solía sacar yo en reuniones de amigos, más que nada por hacer reír a las chicas, me la he encontrado este mes en el libro de Andrés Ibáñez. Si ya me encontraba mensajes dirigidos a mí en sus artículos, el azar o el destino -que cada cual lea según su sino- hizo que me viera paseando mi palmito en esta novela mgnífica.
-¿Cuándo vas a dejar de fumar, David?
-Cuando deje de ser un niño de madera y me gane el derecho a ser un niño de verdad.
La novela en un principio da un poco de grima, recuerda a esas novelas de autoayuda que hacen furor y dan ardor en el estómago del alma. Algo entre Juan Salvador Gaviota y El Alquimista. Pero uno se va dando cuenta según avanza en las páginas que hay más propuesta literaria, y ya avanzada la novela con giros en la trama vamos viendo cómo nos adentramos en la ciencia ficción, AI, Inteligencia artificial, y ¿Sueñan los androdides con ovejas eléctricas?
He tenido la impresión, quizá desacertada, de que el giro que da el relato no fue premeditado, que la novela iba encaminada hacia lo metafísico cuando el autor decidió torcer por el sendero de la ciencia ficción, más libre y menos laberíntico.
El grupo de buscadores de la Montaña, que ocupa las dos primeras partes del libro, casi desaparece en la última parte, cuando se nos descubre el misterio de Sebastián.
En las últimas páginas tenemos hasta una interpretación metaliteraria.
Que la novela no sea confusa es signo de que no es pretenciosa, por eso este giro inesperado y el desconcierto por no ahondar más en la trama inicial no son sólo perdonables, sino hasta lógicos.
Hay autores que parece que no saben cómo dar solución a una historia, uno se encuentra con que todo ha sido un sueño y arreglado. Pues no. A novelas brillantes, finales brillantes. Esto se lo perdonamos a Hermann Hesse: por ser vos quien sois.
A Andrés Ibáñez no le sucede este mal de tantos literatos, no elige una opción fácil, aunque la que él le da a su novela sea inesperada y desconcertante. La vida está llena de opciones con las que no contamos, sorprendentes. Él elige una opción feliz y luminosa.
Que sigamos leyendo a Andrés Ibáñez tiene que ver con esto, en sus artículos son normales la sorpresa y la felicidad. Y que la sorpresa sea normalidad se agradece mucho.
Ambientes cotidianos, retratos pintorescos de personajes que lo son, realismo en el exterior y magia en el interior, difícil mezcla bien llevada.
Un estilo ágil, hermoso y lírico por momentos.
Una sencillez envidiable.
Sin embargo, y es algo personal, prefiero seguir considerando a Andrés Ibáñez como a un Hermann Hesse contemporáneo y español antes que como a un autor de ciencia ficción entre tantos.
Cada lector es libre de valorar lo que ama, y nosotros en Manicomio amamos a Andrés Ibáñez  por esos detalles misticocuánticos, miticocuánticos. Como buscador, como perseguidor que soy, el camino de conocimiento que ofrece este hombre me interesa. Me regalo el derecho a la interpretación, más cuando sus artículos y relatos están escritos para mí.
Me he sentido identificado con el protagonista de la novela. Más vicioso yo, más sucio yo, menos casto yo.
Quizá por esa idea de que sólo puede sentirse limpio quien ha estado sucio, esa lección catártica cristiana de que sólo merece ser perdonado quen tanto ama.
Muñeco de manos sucias soy. Desde este no tiempo en el que vivo, tus besos y tu lluvia de siempre me las lavan aún hoy.